Conocer la vida consagrada/4

 


HUELLAS DE LA TRINIDAD EN LA HISTORIA



En una de las afirmaciones más significativas y originales de la exhortación apostólica de Vida consecrata, Juan Pablo II habla de la vida consagrada como "una de las huellas concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina"[1]. Es una frase que, a veces, queda desapercibida, mientras que expresa más profundamente que muchos discursos la dignidad de esta vida, considerada como una de las huellas de la Trinidad en la historia.

Al hablar de la vida consagrada, los documentos del Magisterio siempre han hecho emerger en particular su dimensión cristológica, esto es, la relación especial que la liga al seguimiento de la vida del Señor. Sin disminuir el valor de esta óptica, según la cual Cristo representa el centro y el sentido fundamental de esta vida, la exhortación apostólica ha querido profundizar también en su dimensión trinitaria. Aún antes de ser imitación de la existencia terrena del Hijo de Dios, la vida consagrada es un reflejo de las relaciones trinitarias que, mediante ella, dejan las propias huellas en la historia de los hombres, para despertarlos a la belleza divina.

Confesión de la Trinidad

En el número precedente de la rúbrica hemos hablado de la dimensión carismática de la vida consagrada. Su compresión se profundiza ulteriormente cuando se considera que los consejos evangélicos, cuya asunción, según la diversidad de los carismas, constituye su proprium, son un "don" y un reflejo de la Trinidad. Ellos revelan, en efecto, las relaciones entre las mismas personas divinas[2].

Su asunción por parte de los miembros de las familias religiosas, antes de transformarse en un camino "moral" con determinadas reglas de conducta, es una confesión y una proclamación de la vida trinitaria.

El misterio de la unidad-trinidad de Dios, conjuntamente con el de su encarnación en Jesucristo, constituye el centro de nuestra fe. Poco estamos acostumbrados, sin embargo, a reflexionar sobre las consecuencias pastorales, operativas y prácticas, que de él derivan para la vida cristiana en general y para la de las personas consagradas de manera especial.

No tenemos que olvidar, en efecto, que la vida trinitaria, en la que persona y comunión, identidad y relación están perfectamente realizadas, y la unidad y la diferencia existen sin alguna confusión, es una realidad, no solo que contemplar, sino también que imitar[3].

Huellas de comunión...

La vida consagrada es considerada, por lo tanto, una de las "huellas" concretas que la Trinidad deja en la historia, porque hace visible algún aspecto de la vida íntima de Dios.

Esta vida es esencialmente comunión, hecha de relación y donación entre las personas divinas, modelo para toda la Iglesia.

La comunión en la Iglesia no está creada por la jerarquía, ni por el pueblo; no está impuesta de lo alto ni viene de abajo, no es programable, ni alcanzable como objetivo de una cualquier estrategia; esta es don, comunicación de la vida trinitaria, común participación de ella.

A las personas consagradas, es donada como vocación especial[4], y exige de los miembros de las comunidades una acogida activa y operante en la escucha recíproca, en el rechazo de cada actitud de indiferencia y de irresponsabilidad hacia el hermano ("Soy acaso el guardián de mi hermano?", Gén 4, 9) o de actitudes de autosufficienza ("El ojo no puede decir a la mano: 'No te necesito'. Ni tampoco la cabeza decir a los pies: 'No los necesito'", 1Co 12, 21).

La comunión, además, precisamente porque es a imagen de las relaciones trinitarias, no puede alimentarse solo de relaciones horizontales hechas de atención al hermano o de necesidad del hermano, que corren riesgo de transformar a las comunidades en grupos cerrados o en organizaciones puramente filantrópicas; esta necesita siempre la trascendencia al otro y de la remisión al "tercero"[5].

Del amor entre el Padre y el Hijo procede el Espíritu Santo, la "tercera" persona de la Trinidad, que vive en el Padre y en el Hijo. De la misma manera, para los miembros de la comunidad, el "tercero" que garantiza su trascendencia es este mismo Espíritu que, mediante la persona y los proyectos de los Fundadores, los ha reunido en familia religiosa, con un común itinerario evangélico. La adhesión personal, libre, responsable y fiel de cada individuo a este es la condición de la comunión entre los miembros y de su irradiación al exterior.

... y de comunicación

Fruto de la comunión es la comunicación, que halla el propio modelo en la autocomunicación de Dios en Cristo. Comunicar es siempre donar, volver común, compartir con otros lo que es propio, y estar dispuestos a recibir del otro.
En el interior de las comunidades no siempre se es capaz de comunicar de esta manera, y esto deforma su rostro, amenazando la credibilidad de su acción apostólica.

La "comunicación" es perturbada cuando evitamos el diálogo fraternal, cuando falta la parresia, es decir, la franqueza y la libertad evangélica, o cedemos a actitudes de complicidad, de hipocresía, de indiferencia o de componendas ante la verdad sobre nosotros mismos o sobre los demás.

Una auténtica comunicación no se realiza gracias a la performance de los medios técnicos; exige, en cambio, siempre una actitud de humildad y el reconocer que somos deudores, que dependemos de otros para nuestra vida[6], pero también que tenemos la riqueza de un amor gratuitamente recibido, que debemos transmitir. El reconocer, sobre todo, que la comunicación se hace posible gracias a Aquel que, para comunicar, se ha bajado tanto hacia nosotros hasta revelarnos en la cruz su pasión de amor.

Silvia Recchi





[1] Vita consecrata, 20.
[2] "La referencia de los consejos evangélicos a la Trinidad santa y santificante revela su sentido más profundo. En efecto, son expresión del amor del Hijo al Padre en la unidad del Espíritu Santo. Al practicarlos, la persona consagrada vive con particular intensidad el carácter trinitario y cristológico que caracteriza toda la vida cristiana", Vita consecrata, 21.
[3] "La comunidad se constituye a imagen de la Trinidad", Estatuto de la Comunidad Redemptor hominis, 6.
[4] "Se pide a las personas consagradas que sean verdaderamente expertas en comunión", Vita consecrata, 46.
[5] Cf. E. Bianchi, Comunione, en Le parole della spiritualità. Per un lessico della vita interiore, Rizzoli, Milano 1999, 190-191.
[6] Cf. E. Bianchi, Comunicazione, en Le parole della spiritualità..., 185-187.



11/10/08