Noticias desde el Paraguay

 




Homilía del Nuncio Apostólico en el Paraguay



(Lunes 15 de diciembre de 2008)


 

Publicamos, sin ningún comentario, el texto integral de la Homilía del Nuncio Apostólico en el Paraguay, Mons. Orlando Antonini, pronunciada con ocasión de la Mons. Orlando Antoniniclausura del octavario de la Virgen de Caacupé, esta mañana, lunes 15 de diciembre de 2008.

Esta Homilía es tan rica y completa en su brevedad, que verdaderamente no encuentro nada que añadir o comentar.

Quien me conoce sabe bien que de mí se puede decir cualquier cosa, excepto que soy un adulador que vende su conciencia a cualquier persona, fuese esta aun Dios. La conciencia no se vende a nadie. Y cuando un hombre no tiene el coraje de seguir el dictamen de su conciencia, cueste lo que cueste, esto indica que ha perdido su dignidad y su responsabilidad y, por lo tanto, que se ha reducido a una cosa entre otras cosas.

La Homilía del Nuncio Apostólico manifiesta el coraje de llamar por su nombre las realidades que se viven en el Paraguay. En efecto, se trata de palabras claras y libres, y que, al mismo tiempo, no hacen una indebida invasión en diferentes esferas de competencia; al contrario de lo que han hecho muchos y diferentes artículos publicados en la prensa nacional, que han creado tantas confusiones y han puesto en ridículo a la Iglesia.

Se puede estar de acuerdo o no sobre la postura del Representante del Pastor Supremo de la Iglesia Católica.

No se puede decir, sin embargo, que no sea una postura de extrema claridad, que indica un camino a la Iglesia que vive en el Paraguay.

Lo repito: leyéndola y releyéndola con extrema atención, no he encontrado nada que falte, nada que añadir, nada que comentar.

Según mi parecer, se trata solo de estudiarla y hacerla llegar al pueblo santo de Dios, para que toda esta confusión que reina entre dos esferas diferentes de competencia (lo que es de Cesar y lo que es de Dios) - esferas que no deben permanecer separadas, pero sí bien distintas - lentamente desaparezca.

Esta Homilía, en este particular momento de vida del país, rompe definitivamente con un clima de incertidumbre y de utilización del altar al servicio del trono que, hay que decirlo, estaba creando un clima irrespirable.

Una vez más lo repito: esta Homilía es tan clara que no se necesita ningún comentario. Lo único que se puede añadir es: “El que tenga oídos para oír, que escuche” (Mc 4, 9).

Emilio Grasso

15/12/08


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          Clausuramos hoy solemnemente el Octavario de la Virgen Inmaculada en esta Catedral-Santuario de Caacupé, Capital Espiritual del País.
 

Caacupé          Para honrar de verdad a la Madre de Dios y Madre nuestra hagamos de manera que nuestro peregrinaje alcance su sentido espiritual más auténtico y constituya una nueva etapa en nuestra conversión a Dios. Escuchen por lo tanto, hermanos peregrinos, la palabra de Dios, acérquense a los sacramentos, reflexionen y asuman el compromiso de cambiar de vida cuando regresen a sus hogares. Si esto lo hacen muchos, el Paraguay y América Latina, por ser tan católicos y marianos, podrán ir ocupando los primeros asientos en las estadísticas de la ética, de la honestidad, de la seriedad y lealtad y, por ende, de la justicia, de la igualdad y finalmente también del desarrollo material. 

          Además, recuerdo a todos que el pasado 25 de noviembre se conmemoró el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y en Paraguay se está llevando a cabo la llamada jornada “El Silencio Mata”, como parte de una campaña para erradicar todo tipo de violencia y discriminación contra la mujer. La Virgen María es el prototipo de la mujer. Que entonces se de siempre un trato digno a las mujeres, porque la violencia física o moral contra una mujer será también una ofensa a María. Tanto el hombre como la mujer fueron creados por Dios, y en su diferencia gozan de la misma e idéntica dignidad.


          A pesar de los excepcionales privilegios con que el Señor gratificó a María en vista de su misión de ser la Madre de Jesús – como el privilegio de su concepción inmaculada – todos los católicos sabemos bien que la Virgen Santa no es una diosa, sino nuestra hermana, la primera en la Iglesia por su fe, pero carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos. Ella está para inducirnos a la fe y a la obediencia a Cristo, así que, como dijo a los sirvientes de Caná de Galilea, nos repite hoy a nosotros: “Haced lo que Jesús os diga” (Jn 2,5).
 

          Lo que Jesús os diga: su palabra, la Palabra de Dios. Porque nosotros, que quedamos humildemente perteneciendo a los millones de ‘tontos crédulos’, no a los pocos que se sienten los únicos ‘inteligentes’, creemos en Jesús, que es la Palabra de Dios. Y tal como nos ha recordado el Santo Padre al inaugurar en Roma el Sínodo de los Obispos, el mes de octubre pasado, esa Palabra “es el fundamento de todo, es la verdadera realidad… Debemos cambiar nuestra idea de que la materia, las cosas sólidas, que se tocan, serían la realidad más sólida, más segura... Aparentemente, estas son las verdaderas realidades. Pero todo esto un día pasará. Lo vemos ahora en la crisis de los grandes bancos: el dinero se desvanece, no es nada, o por lo menos es frágil e inconsistente… Quien construye su vida sobre estas realidades, sobre la materia, sobre el éxito, sobre todo lo que es apariencia, construye sobre arena… Por eso, debemos cambiar nuestro concepto de realismo. Realista es quien reconoce en la Palabra de Dios, en esta realidad aparentemente tan débil, el fundamento de todo. Realista es quien construye su vida sobre este fundamento que permanece siempre” (Meditación para la hora tercia en el aula del Sínodo, 6-X-2008).


          Y bien, ¿qué nos dice la Palabra divina en las lecturas bíblicas de este lunes de la tercera semana de Adviento?
 

            En la primera, tomada del libro de los Números, Dios nos da como icono de vida al profeta Balaán. El rey Balac, en guerra contra los israelitas, pidió por tres veces a ese profeta, a cambio de honores y plata, que lanzara una fórmula de maldición al pueblo de Israel. Por tres veces la respuesta de Balaán al poderoso rey fue firme: “Aunque me diera Balac su casa llena de plata y de oro, yo no podría incumplir la orden de Yahvé mi Dios en nada” (eso es el v. 18 del pasaje del capítulo que hemos escuchado). ¡Qué lección de coherencia y de desapego al dinero nos viene, hermanos y hermanas, del profeta Balaán¡, ejemplo de hombre de convicciones y de principios, no condicionado por las ventajas personales y los bienes materiales! Preguntémonos seriamente si la causa profunda de los males de nuestra sociedad, en nuestras relaciones humanas y profesionales a todos los niveles, en la conducta personal y en la actividad económica, en la actividad política y en la administración pública, no es precisamente el apego a lo material, a los intereses personales, lo cual hace que se abandonen, sin escrúpulo alguno, los valores éticos y morales más sagrados, la coherencia a sus convicciones, el bien común, los compromisos asumidos, lo pactado y firmado.


           Tengamos ante todo convicciones y principios. Yo acostumbro citar a los jóvenes confirmandos cuanto ya el papa Pablo VI, comentando un versículo del Evangelio de San Juan – que el Bautista no era una caña agitada por el viento – les decía en 1971: "El Evangelio llama cañas agitadas por el viento a aquellos hombres que se doblan según el viento que tira. Hombres faltos de personalidad propia; hombres disponibles a las ideas ajenas, listos a doblegarse al dominio de la opinión publica, de la moda, del interés; hombres del miedo, hombres del respeto humano, hombres-ovejas. Pero llega el momento en que hace falta ser ‘personas', es decir, hombres que viven según determinados principios. Según ideas-bisagras. Según ideas-luces. Según ideas-fuerzas. Hombres que han hecho su elección, y según esta elección, caminan y viven”. Desafortunadamente hoy se tiende a lo momentáneo y a lo provisional, no se valora lo permanente y definitivo; y la idea de consagrar una vida a una causa es ajena a la cultura post-moderna. Incluso entre los cristianos que sienten su vocación apostólica, la entienden en términos del quehacer, no del ser, por lo tanto no para siempre. Muchos hoy temen los compromisos definitivos. Al contrario, Dios nos ama para siempre. Hasta lo que es realmente humano, no acaba.


          Seamos firmes como el profeta Balaán. Seamos hombres y mujeres de palabra, de principios, hombres y mujeres de ética, que son fieles a lo acordado, que no liquidan los valores éticos por provecho personal, que están firmes en sus convicciones e ideales, proclamándolos y defendiéndolos contra todos y todo, aún a costa de perder algo, algo que, en realidad, después se comprueba como ganado.


          A este propósito, algunos ven al mismo Vaticano contradecir este llamado del Nuncio
 a la fidelidad a los principios, en cuanto que cambió su postura con el ex Obispo y ahora Presidente de la República. Creo oportuno por lo tanto volver a precisar algo ya explicado en un comunicado de prensa de la Nunciatura Apostólica del pasado mes de julio, en el que se aclaraba que las razones por las cuales la Iglesia se opuso a la candidatura presidencial de un clérigo no fueron de naturaleza política sino exclusivamente eclesiales y pastorales. Dichas razones permanecen todas validas. La Iglesia, luego de experiencias históricas dañinas por la misma, prohíbe a los clérigos asumir cargos públicos que conlleven el ejercicio del poder político. Más aun cuando los clérigos, también en buena fe, eligen abandonar el ministerio sagrado por un cargo político como si Cristo no fuese suficiente para la transformación del mundo, lo que rayaría en la idolatría de la política. Esas razones permanecen idénticas hoy. Si un ‘caso Lugo’ se repite, la Iglesia volverá a oponerse tal y cual lo hizo aquí en el Paraguay, y por las mismas razones ideales. Estas razones nuestras en las ultimas elecciones no fueron consideradas, o más bien, si lo fueron, se pensó que no se podían atender porque no se tenía otra alternativa política para lograr el cambio en la vida nacional. Así el pueblo dio, en base a la actual ley electoral, una clara victoria a la candidatura de Monseñor Fernando Lugo y lo eligió a la Presidencia. Los paraguayos mismos verán después si la elección que hicieron fue acertada, o si se equivocaron. Pero para la Iglesia el asunto pasó de político a institucional, y a este nivel no hay dudas: se tomó nota de la voluntad popular, y se aceptó y reconoció al nuevo Mandatario, brindándole consecuentemente el respeto, la lealtad y la colaboración que se merece como representante de todos los Paraguayos, y, por el bien del pueblo o sea por la paz social, el Papa accedió a regularizar su situación canónica. Es así que un analista pudo escribir en un noto periódico argentino: “¿Podía Roma mantener un entredicho con un presidente de una nación de mayoría católica por razones que no hacen a la fe, sino a normas que dejan un resquicio y cuando el interesado mismo buscó un acuerdo? Eso sí: la Iglesia seguirá pensando que los clérigos no deben ocupar cargos públicos y Lugo tendrá una presión adicional para hacer un buen gobierno…” Eso mismo el Nuncio se lo ha dicho una vez al Presidente, en broma: “Con los problemas que nos has dado en la Iglesia, que por lo menos tú hagas un buen gobierno, para el bien del pueblo…”. A la Iglesia no le compete asumir el rol de una oposición política partidaria a los gobiernos. A la Iglesia compete lo que la constitución prevé y lo que los Obispos paraguayos ya recordaron: colaboración en las materias que corresponde, e independencia y autonomía, por lo tanto: sin abdicar su rol profético de anuncio y denuncia si es necesario, como con cualquier otro gobierno de cualquier signo político. 

          La otra llamativa palabra de Jesús, que María nos pide seguir, nos viene del evangelio de San Mateo. Los sumos sacerdotes y ancianos preguntaron a Jesús con qué autoridad él hablaba y actuaba como lo hacía. Sabemos que Cristo no les respondió porque sus disposiciones interiores no eran rectas; le preguntaban para hallarlo en alguna falta, no para dejarse transformar por sus palabras. Pero la pregunta era, y es todavía, legítima: para hablar y actuar en nombre de la Iglesia se tiene que estar autorizados. Cristo fue una excepción por las razones que sabemos; su ejemplo no es reproducible, sería una gran presunción. La autoridad es connatural a una religión ‘revelada’ como es el Cristianismo. Tratándose de realidades espirituales y divinas, la verdad no puede ser el resultado de una búsqueda, ni se construye por mayorías como en las realidades humanas. Además, la verdad
 de que se trata es una Persona, y un acontecimiento. Ella existe por sí misma, autónomamente, y para que sea conocida en un inagotable descubrimiento tiene que ser acogida y ‘obedecida’, o sea, experimentada. Para eso es necesaria una instancia autorizada que la conserve como un depósitum, la transmita intacta y la proponga auténticamente. La actitud consecuente es la de ‘estar en comunión’ con esa instancia autorizada, que es la autoridad eclesial, la cual, asistida por el Espíritu Santo, sola puede garantizar su autenticidad y su interpretación. Habiendo surgido interrogantes entorno a la doctrina que predicaba, San Pablo, tal como cuenta él mismo, después de catorce años subió a Jerusalén, “expuse a los notables en privado el Evangelio que proclamaba entre los gentiles, para ver si corría o había corrido en vano”, y al final, “reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran las columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mi y a Bernabé” (Gal 2,1-9).

          Como se puede ver, la comunión es un asunto típico de la Iglesia y concierne una realidad de tipo jerárquico, que puede aplicarse a otros organismos como el cuerpo humano, la familia, la escuela, mientras que a la sociedad, dada su naturaleza pluralista, puede aplicarse solo por analogía.
 

          Precisamente la comunión en la Iglesia es el núcleo de las líneas pastorales establecidas para los próximos años por la Conferencia Episcopal paraguaya, y ha sido el lema del novenario a la Virgen este año. En los días pasados los celebrantes que se han alternado en las solemnes liturgias han ofrecido útiles y variados puntos para la reflexión, tocando los diferentes aspectos y niveles de la comunión eclesial. A este propósito, guardémonos de seguir esos esquemas mentales secularizados y relativistas, para los cuales la Iglesia es una simple empresa humana en la cual rige la lógica del poder y de la contraposición social, donde a veces, para resolver problemas internos de comunión y ejercer presión sobre los Pastores, se recurre a instrumentos mediáticos, no a los evangélicos.

          Como representante del Papa en el Paraguay, permítanme dar énfasis al nivel más amplio de la comunión visible: el de la unión entre Iglesias locales e Iglesia universal, entre fieles y Pastores de una Iglesia particular y el Sucesor de Pedro en Roma, el Papa.
 

          Queridos hermanos y hermanas. El Catolicismo se caracteriza precisamente por tener SS. Benedicto XVIal Papa y a los Obispos a él unidos, y por reconocer su autoridad universal y su magisterio. Si no hay una afectiva y efectiva comunión con el corazón visible de la Iglesia Católica, el Papa, tanto en los aspectos doctrinales como litúrgicos y disciplinares, las Iglesias locales corren el riesgo de encerrarse en sí mismas y transformarse en sectas nacionales, quizás autónomas de Roma, pero en cambio, inevitablemente, esclavas de los poderes locales. Al fin y al cabo la sujeción al Romano Pontífice constituye la garantía de la misma libertad de las Iglesias locales. Estar unidos a Cristo exige estar unidos a su Iglesia aquí en la tierra, y la Iglesia está donde está Pedro, que por voluntad de Cristo es el signo y el fundamento visible de su unidad. Cada Iglesia local entra en comunión con las demás Iglesias en el mundo a través del Sucesor de Pedro en Roma. Por eso la comunión con la Iglesia Universal es esencial para su unidad y no puede ser subestimada en la vida diaria de una Iglesia local. Lo que se comprueba no cuando no hay problemas, sino precisamente y sobre todo cuando los hay, en algún momento de la historia de una Iglesia local.
 

          Queridos hermanos y hermanas. Dentro de 10 días será Navidad. Nos reuniremos en familia, celebraremos el Nacimiento de Jesús. Que cada uno, en su conciencia, considere si vive de acuerdo con su fe, si procura creer en el Hijo de Dios sin esperar paraísos en la tierra que no están de acuerdo con la naturaleza limitada del hombre, herida en lo más íntimo por el pecado original y los propios pecados personales. Que cada uno prepare en su alma un pesebre donde nazca Cristo, mediante una buena Confesión sacramental, mediante una Comunión llena de sinceridad, mediante propósitos auténticos de comenzar una vida nueva, más humana y más cristiana.

         
Y que la Virgen Santísima de los Milagros de Caacupé, Madre de Dios y Madre nuestra, a quien el pueblo paraguayo venera tan piadosamente aquí en este Santuario Nacional, nos ayude a tomar propósitos firmes de ser cristianos coherentes, en plena comunión con el Papa y los Pastores a él unidos, hombres y mujeres de principios, que no claudican ante ningún becerro de oro, o el oro del becerro, y que asumen un estilo de vida acorde a las enseñanzas de Jesús. Él nos abre el camino a Dios Padre, que sacia por completo nuestras ansias de felicidad, cuyo amor es lo único que puede llenar nuestro corazón, y que nos promete, si sabemos amarle sobre todas las cosas, la bienaventuranza eterna del Cielo.

 
Que así sea.