Conocer la vida consagrada/8



LOS CONSEJOS DEL SEÑOR


L
os consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia son una propuesta de Cristo, amigo y maestro, quien no impone una orden, sino que sugiere el bien. Practicados por las personas consagradas, según el carisma de las diferentes familias religiosas, estos constituyen su fundamento común.

Queremos profundizar mejor este fundamento que califica, de manera decisiva, la vocación de los consagrados.

Hemos puesto en evidencia, anteriormente, que los consejos evangélicos son un don y un reflejo de las relaciones trinitarias. La castidad es el reflejo del amor que une a las Personas divinas; la pobreza es la expresión del don total de sí que ellas se hacen mutuamente; la obediencia manifiesta la dependencia filial, y no servil, en la correspondencia del amor recíproco[1].

En la Trinidad, todo es recibido, acogido, devuelto; todo es vivido en pobreza perfecta, en amor infinito, en dependencia y libertad total. Las Personas divinas son el origen, el modelo y la fuerza de las actitudes que los consejos evangélicos quieren definir.

En su existencia terrena, el Señor, asumiendo una vida casta, pobre y obediente, no ha hecho nada otro que hacer visible la realidad vivida desde siempre en el seno trinitario, en su eterna actitud hacia el Padre, en la unidad del Espíritu.

Consejos propuestos a todos

La práctica de los consejos evangélicos es, pues, participación en la vida trinitaria; remite a una realidad esencialmente teologal, antes de transformarse en un camino moral, con algunas reglas que seguir.

Los documentos del Magisterio, superando una visión puramente ascético-moralizante de los consejos, han hecho emerger en ellos, cada vez más profundamente, la dimensión del don. Practicando los consejos evangélicos, la persona consagrada vive, con particular intensidad, el carácter trinitario y cristológico que marca toda la vida cristiana[2].

Los consejos evangélicos son ofrecidos a todos los bautizados y no solo a las personas consagradas. Todos, en efecto, somos llamados a participar en la vida divina. La tesis tradicional según la cual existirían dos caminos, el de los "preceptos" o mandamientos, obligatorios para todos, y el de los "consejos", propuestos solo a algunos, ha sido precisada mejor por los actuales desarrollos teológicos.

Comprender los "preceptos", como lo mínimo obligatorio para la salvación, y los "consejos", como algo facultativo, llevaría a la distinción de los creyentes en "súbditos", por una parte, a los que se debe imponer la ley, y en "amigos", por la otra, a los que se deben proponer algunos consejos. Los consejos evangélicos, en cambio, marcan todo la vida cristiana.

El Vaticano II ha devuelto a los consejos evangélicos su centralidad necesaria. El capítulo V de la Lumen gentium, sobre "La vocación universal a la santidad en la Iglesia", invita a los fieles a buscar la santidad y la perfección del propio estado, en el espíritu de los consejos evangélicos. Todos los fieles deben dirigir rectamente sus propios afectos, practicar el espíritu de la pobreza evangélica, obedecer al Magisterio y dar la prioridad a las exigencias del Reino[3].

Desde luego, el matrimonio, la posesión de los bienes temporales y el ejercicio autónomo de la propia libertad son valores buenos para los bautizados, pero es necesario no olvidar que la dinámica del Reino de Dios empuja siempre a la superación de todas las realidades humanas.

Consejos evangélicos, como proyecto de existencia

Ciertamente no a todos se les requiere la práctica efectiva y estable de los consejos evangélicos, como ley de la propia existencia[4]. Esto exige una vocación y un carisma particulares.

Las personas consagradas han recibido esta llamada y este don; los consejos evangélicos se transforman en su proyecto existencial y se asumen, con modalidades propias y con un radicalidad particular, a imitación de Cristo, para el cual la castidad, la pobreza y la obediencia no fueron algunos momentos aislados de la vida, sino el modo habitual para manifestar su total entrega al designio del Padre, y para realizar su misión de Redentor.

Los consejos evangélicos, sin embargo, deben ser considerados siempre en el orden de los medios y no de los fines, porque el fin, es decir, la perfección cristiana, consiste para todos en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo. Los consejos son instrumentos particularmente eficaces para la consecución de este fin, que liberan de los obstáculos para alcanzarlo.

Quien asume la práctica de los consejos evangélicos, sin elevarse a esta caridad, viviría en la renuncia de bienes reales e importantes, sin obtener otros mayores, y se hallaría en un vacío peligroso, que puede tener consecuencias desastrosas[5].

Asumir los consejos evangélicos, como ley de la existencia, no significa poner un acto único, hacer una elección una vez para siempre, sino que exige recorrer un largo camino, donde hay que renovar constantemente esta elección.

Cristo no ha engañado a los hombres sobre los aspectos dolorosos y purificadores que el amor conlleva. Él invita a sus seguidores a no soportarlos, sino a abrazarlos voluntariamente. No hay sino una sola perspectiva, en su secuela, la que orienta hacia la cruz, salvación para la humanidad. Los consejos evangélicos orientan hacia tal dimensión, y hacen vivir en perspectiva de la redención, con las exigencias de muerte que esta requiere[6].

La doctrina y los ejemplos del Señor

Los teólogos de la vida consagrada han discutido frecuentemente sobre el fundamento bíblico de los consejos evangélicos[7]. El Concilio prefiere remitir expresamente a la doctrina y a los ejemplos de Cristo[8].

Su número trino, que aparece explícitamente a partir del siglo XII, a veces ha sido impugnado por los autores quienes los consideran más numerosos. El Vaticano II no tiene miedo de utilizar la tríade tradicional, que quiere ser sinónimo de totalidad. Esta no es restrictiva ni arbitraria, sino que es una fórmula para expresar todo lo que constituye y define a la persona humana, en su capacidad de amar y ser amada (castidad), en su capacidad de planear libremente la propia vida (obediencia) y en su deseo de poseer y usar los bienes de este mundo (pobreza).

En efecto, los elementos de esta no son separables; un consejo no puede subsistir sin los demás. Los consejos evangélicos son respetados conjuntamente o son rechazados conjuntamente. No podemos, por supuesto, afirmar que vivimos la pobreza, pero que no logramos vivir la obediencia o la castidad.

Los consejos evangélicos son practicados por los consagrados según el carisma propio de las familias religiosas, con un matiz propio y una connotación específica, manifestados en su estilo de vida, en su espiritualidad y en su apostolado.

Estos son asumidos en los Institutos con algunos compromisos jurídicos, que son los votos u otros vínculos sagrados[9]. Pero no hay que confundir, como frecuentemente acontece, estos últimos con los consejos evangélicos, los cuales tienen un alcance mucho más amplio. Los consejos tienen una dimensión trinitaria y son un don divino, mientras que los votos y los demás vínculos expresan, de una manera más limitada, las obligaciones inherentes a la castidad, a la pobreza y a la obediencia, a los que los miembros están jurídicamente vinculados, por pertenecer al Instituto.

Sucesivamente, será importante comprender el nuevo sentido que Cristo ha dado a la castidad, a la pobreza y a la obediencia.

Silvia Recchi



[1] Cf. Vita consecrata, 21.
[2] Cf. Vita consecrata, 21.
[3] Cf. Lumen gentium, 42.
[4] Cf. Evangelica testificatio, 8.
[5] Cf. A. Pigna, Consigli, en Dizionario Enciclopedico di Spiritualità. A cura di E. Ancilli, I, Città Nuova, Roma 1990, 612.
[6] Cf. H. Böhler, I consigli evangelici in prospettiva trinitaria. Sintesi dottrinale, San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 1993, 225.
[7] Los autores reconocen que el consejo de castidad es el que tiene un más claro fundamento evangélico (1Cor 7, 25-26; Mt 19, 10-12). Para la pobreza se hace referencia a Mt 19, 16-22. Más difícil es una directa referenzia para la obediencia.
[8] Cf. Lumen gentium, 43; Perfectae caritatis, 1.
[9] Además de los votos, otros vínculos sagrados pueden ser las "promesas", el "juramento", etcétera. 




05/01/09