Conocer la vida consagrada/9



LA CASTIDAD CONSAGRADA


El consejo evangélico de la castidad, como los demás consejos evangélicos, concierne a todos los fieles, en el sentido de que todos tienen que orientar rectamente los propios impulsos afectivos y sexuales.

Castidad, de por sí, no significa "renuncia". También las personas casadas están obligadas a la castidad propia de su estado, y a ejercitar la sexualidad en el respeto del otro y de los valores evangélicos, que elevan el matrimonio al plano divino.

Las personas consagradas están llamadas a la castidad perfecta, propuesta por Cristo como ideal de vida, y que implica la continencia y el celibato.

La castidad consagrada, generalmente, no goza de la simpatía del hombre contemporáneo. La evolución cultural, que ha permitido sacar a luz los aspectos positivos de la sexualidad humana, ya no exorcizada como un mal, ha aumentado la resistencia a comprender este compromiso fundamental de las personas consagradas.

En la sociedad actual, la castidad consagrada debe reivindicar, aún más fuertemente, la propia dignidad frente a una cultura hedonista, que separa la sexualidad de toda visión moral y de todo empeño relacional[1].

Son más que nunca actuales las palabras de Jesús a los discípulos: "No todos pueden captar lo que acaban de decir, sino aquellos que han recibido este don" y, haciendo referencia a los que se hacen eunucos por el reino de los cielos, él agrega: "¡Entienda el que pueda!" (Mt 19, 10-12).

Centralidad del corazón

La castidad consagrada, dice el Concilio, es un "don extraordinario de la gracia"[2]; exige una llamada por parte del Señor y una libre elección por parte del hombre.

Es la expresión de una actitud fundamental, que orienta las dimensiones antropológicas de la persona hacia la relación preferencial con el Cristo. Por eso, no puede ser "confinada" en una parte del cuerpo, sino que involucra todo el cuerpo, el espíritu y la centralidad del corazón.

En los años recientes, hubo intentos, por parte de algunos teólogos, de hacer entrar en la categoría "vida consagrada" a algunas parejas casadas, que practican una forma de pobreza y obediencia, participando en el proyecto evangélico de algunas nuevas Comunidades. La exhortación Vita consecrata, aunque alabando el compromiso de estas parejas, no ha aceptado extender la categoría de la vida consagrada allá donde la castidad perfecta no se asume con todas sus implicaciones, y donde las obligaciones propias de los cónyuges cristianos, también con respecto a los hijos, impiden vivir plenamente sus exigencias.

La castidad consagrada conoce, actualmente, desafíos ulteriores, que proceden de áreas de civilización donde hay una particular floridez de comunidades religiosas, como en las Iglesias de África. En estos contextos humanos, el culto de la fecundidad forma parte de un universo cultural orientado a exaltar el ejercicio de la sexualidad como signo de vitalidad, y considera la procreación como una bendición. La continencia en la vida sexual difícilmente se comprende como elección definitiva de vida.

No extraña, por lo tanto, si, en nombre de la inculturación de la vida consagrada en África, a veces se llega a contestar el voto de castidad para los religiosos del continente. Una posición ciertamente insostenible, porque equivale a afirmar que el hombre africano, encontrándose personalmente con el Cristo y empeñándose en la secuela del Señor, no sería capaz del don total de sí mismo.

Por supuesto, existirá siempre, para todas las culturas y todos los hombres, la dificultad de vivir la castidad consagrada, que exige un proceso fatigoso y constante de ascesis y disciplina. Sin embargo, el problema que se esconde detrás de los varios intentos que quieren volver a poner en tela de juicio el voto de castidad, no deriva simplemente de motivos de carácter cultural o de una visión moral más "evolucionada". La dificultad más seria, con respecto al compromiso de la castidad consagrada, no nace del orden práctico de llegar a vivirla, sino del orden más teologal, de lograr creer en ella y en la plenitud de su significado.

Profesión de pertenencia a Dios

El consejo evangélico de castidad, como hemos visto, es el reflejo del amor eterno, por medio del cual, en el seno trinitario, el Padre se une al Hijo, en el Espíritu. En la profundidad misteriosa de la Trinidad, la castidad es mutuo don y recíproca acogida, que las personas divinas se hacen.

La castidad vivida por el Señor es la revelación de este amor, del cual los hombres están llamados a participar en la escatología, y del cual las personas consagradas, por carisma, participan "anticipadamente".

La castidad de Cristo no ha sido una elección accidental, sino la realización más plena de su amor nupcial[3]. En el proceso de encarnación, hasta su muerte en la cruz, donde dona su cuerpo y su sangre, Jesús realiza plenamente este amor nupcial.

Él nos revela que la unión última es con Dios y realiza lo que el matrimonio humano significa sacramentalmente. El Hijo no ha venido entre los hombres para vivir en la fecundidad natural; se ha hecho carne y sangre para entregarse completamente. Esta destinación determina en él la característica del Esposo y constituye su castidad. La virginidad del Señor es profesión de pertenencia al Padre, a través de la cual él atestigua que viene de lo alto, y que la vida nueva de la que es portador nace de la gracia y no de la carne y de la sangre[4].

El compromiso de la castidad nace de esta fe, e introduce a cada persona consagrada en la confesión trinitaria. Es convicción de pertenencia a Dios y asunción de la soledad y las separaciones dolorosas que esta pertenencia implica.

Castidad y misión

La castidad consagrada no es, por tanto, simple rechazo de la sexualidad, ni sola continencia, ni se reduce al celibato, como elección de no contraer matrimonio. Es, en cambio, compromiso de todas las potencias del cuerpo y de la afectividad humana de realizar aquel proyecto de comunión, al cual el ejercicio mismo de la sexualidad está ordenado.

No se vive la castidad consagrada solo porque se practica la continencia sexual, si no madura, contemporáneamente, la capacidad de ir más allá de sí mismos, de romper el círculo del propio narcisismo, para hacer crecer una vida de relación y de amor hacia el otro.

De esta manera, la sexualidad, en la castidad consagrada, se transforma en posibilidad de comunión más profunda y de apertura hacia todos los hombres.

La castidad perfecta de la Virgen es suma expresión de acogida de Dios y de su proyecto, y también de don de Cristo al mundo. En María, como en el Hijo, "castidad" y "misión" emergen en toda la profundidad de su íntimo vínculo[5].

La fecundidad de cada misión depende de la castidad de sus protagonistas.

La castidad para cada persona consagrada es una elección profundamente nupcial. Es la afirmación que Dios es el Viviente, y que la alianza con él no es una idea, un sueño, una abstracción, sino una realidad existencial, hecha posible por las maravillas de su amor personal[6].

Silvia Recchi



[1] Cf. Vita consecrata, 88.
[2] Perfectae caritatis, 12.
[3] Cf. Redemptionis donum, 8.
[4] Cfr. A. Pigna, Consigli evangelici, virtù e voti, Edizioni O.C.D., Roma 1990, 240.
[5] "La castidad perfecta es amor nupcial por excelencia, es latido de un corazón no dividido en su amor, es afirmación de un Amor que vence la muerte. Ella es donación total de la persona, para que la Palabra pueda correr por los caminos del mundo y engendrar a nuevos hijos para la Iglesia", Estatuto de la Comunidad Redemptor hominis, 10.
[6] Cf. S. Recchi, Impegno alla castità consacrata e problemi culturali, en Vita Consacrata 37 (2001) 523-533.


22/01/09