Comprender el Derecho Canónico/21


LA REPRESENTACIÓN DIPLOMÁTICA DE LA SANTA SEDE/2



La Audiencia del 8 de enero de 2009 del Santo Padre al Cuerpo Diplomático acreditado en la Santa Sede, para presentar los votos del nuevo año, ha sido la ocasión para hacer el balance de la situación de las relaciones diplomáticas de la Santa Sede con otros Estados y con Organizaciones Internacionales.

Esto es, para nosotros, un motivo para retomar la figura del Legado Pontificio, del cual hemos examinado la función que desarrolla en las relaciones intereclesiales, y para detenernos sobre lo que ejerce en las relaciones extraeclesiales, o sea, sobre el encargo diplomático propiamente dicho.

En el Comunicado de la Santa Sede, emitido después del discurso del Pontífice, hallamos que son "177 los Estados, quienes, actualmente, mantienen relaciones diplomáticas plenas con la Santa Sede", y, con referencia a las Organizaciones internacionales, ella "está presente en la ONU, en calidad de 'Estado observador'; además, es Miembro de 7 Organizaciones o Agencias del sistema de la ONU, Observador en otras 8 y Miembro u Observador en 5 Organizaciones regionales". "A estos hay que agregar las Comunidades Europeas y la Soberana Orden Militar de Malta, y dos Misiones de carácter especial: la Misión de la Federación Rusa, regida por un Embajador, y la Oficina de la Organización para la Liberación de la Palestina (OLP)".

La representación diplomática internacional en general

A partir del Congreso de Viena, del año 1815, el derecho internacional reconoce a la Santa Sede el derecho de legación, y lo ha ratificado sucesivamente con el Convenio de Viena, del año 1961[1].

Algunas menciones históricas, acerca de cómo se han constituido las relaciones diplomáticas entre los Estados, pueden ayudar a situar ulteriormente la función de la legación de la Iglesia.

Antes del siglo XVI, no existían representaciones diplomáticos estables de un Estado en otros Estados. Hasta aquel período, en efecto, se conocen algunas misiones momentáneas, con competencias delimitadas.

El siglo XVI ha visto nacer, en Europa, las representaciones permanentes, o sea, las Embajadas, con el fin de favorecer un intercambio, en condición de coordinar los intereses de un determinado Estado, cuidando "las relaciones bilaterales entre el Estado a quo (Estado que envía) y el Estado ad quem (Estado que recibe)"[2]. Las finalidades que perseguir eran y siguen siendo múltiples: evitar las hostilidades, cuidar las relaciones bilaterales, estimular los intereses económicos, culturales y militares.

Desde el término de la Segunda Guerra Mundial, se ha creado y desarrollado una nueva forma de representaciones, la multilateral, que reviste un carácter permanente, de cada Estado en las Organizaciones internacionales.

La representación diplomática específica de la Santa Sede en los Estados (can. 365)

El camino de la diplomacia de la Iglesia ha sido semejante a aquel de la diplomacia internacional. En el siglo XVI, la Santa Sede ha instituido sus primeras representaciones diplomáticas estables, que ha llamado Nunciaturas Apostólicas. La primera, en orden de tiempo, ha sido la Nunciatura Apostólica de Venecia, abierta en 1500, a la que se han agregado las de Austria, Alemania, Francia, Suiza, España, Portugal, etc.

Desde la fundación de las Nunciaturas Apostólicas, las funciones políticas y eclesiásticas, que ya desde entonces se compendiaban en la persona del Nuncio, forman todavía la peculiaridad de la diplomacia de la Santa Sede, como está descrita también por el can. 363 §§ 1-2 del Código de Derecho Canónico[3].

Las figuras que, actualmente, en nombre de la Santa Sede, ejercen dichas relaciones diplomáticas son diversas, recogidas bajo el nombre de Legados Pontificios. El Código deBenedicto XVI y el  Cuerpo Diplomático Derecho Canónico, en el can. 365 § 1, prevé que su tarea en los Estados sea la de proteger los derechos de la Iglesia, siguiendo las normas del derecho internacional[4]. Además de los Nuncios, acerca de los cuales ya hemos especificado la función de representación, tanto en las Iglesias como en los Estados, existen los enviados de la Sede Apostólica, que pueden ser "enviados en Misión pontificia como Delegados u Observadores ante los Organismos internacionales o ante las Conferencias y Reuniones" (can. 363 §2). Estos últimos encargos pueden ser encomendados tanto a eclesiásticos como a laicos[5].

Solo los Nuncios, sin embargo, son verdaderos agentes diplomáticos de primera clase en los Estados, con la categoría de embajadores extraordinarios y plenipotenciarios[6].

Los Legados Pontificios, formatos en la Pontificia Academia Eclesiástica, provienen de todas las partes del mundo, según el deseo expresado durante el Concilio Vaticano II y, una vez cumplidos sus estudios, pueden ser enviados en misión diplomática a cualquier Estado u Organización. Como puntualizaba Juan Pablo II: "También esta Academia forma parte de aquella ‘encarnación' de la Iglesia, que se expresa a través de su presencia en el mundo y en las instituciones civiles, nacionales o internacionales. Lo que aprenden aquí está orientado a hacer presente la Palabra de Dios hasta los confines de la tierra"[7].

En el ejercicio de su función, los Legados Pontificios dependen del Cardenal Secretario de Estado[8], en este momento, el Card. Tarcisio Bertone, responsable de la Segunda Sección deBenedicto XVI y el Card. Tarcisio Bertone la Secretaría de Estado del Romano Pontífice, o sea, de la Sección de las Relaciones con los Estados[9].

El objetivo de la diplomacia de la Santa Sede

La actividad diplomática de la Santa Sede, que se desarrolla en todo el mundo, tiene finalidades espirituales. Es de orden diferente de la que ejerce el Estado; las dos son independientes en la respectiva esfera de acción. Esto no significa, sin embargo, que la Santa Sede tenga una posición radicalmente conflictual o inconciliable con la de los Estados, porque el objetivo para las dos partes es la búsqueda del bien de cada hombre y de la sociedad[10].

La función diplomática pontificia está inspirada en la convicción de que se puede "construir nuestra existencia y las relaciones entre los pueblos, sobre la base del respeto y de la auténtica fraternidad, en la conciencia de que tal fraternidad supone un Padre común de todos los hombres"[11], a partir del reconocimiento y la tutela de la dignidad de la persona humana, basada en la naturaleza común a todos, que sobrepasa a las diversas culturas, como Benedicto XVI ha puntualizado, durante la reciente Audiencia al Cuerpo Diplomático.

En tal camino común con los Estados, la Iglesia tiene una peculiar función suya: "Muchos esperan que la Iglesia desarrolle, con coraje y claridad, su misión de evangelización y su obra de promoción humana"[12], que el Pontífice propone de nuevo a través de las palabras de la Populorum Progressio: "Verse libres de la miseria, hallar con más seguridad la propia subsistencia, la salud, una ocupación estable; participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de hombres; ser más instruidos"[13]. Este se vuelve un camino transitable, como nos recuerda, al comienzo de este año, el pontífice Benedicto XVI, si se defiende al más pobre, al más débil e indefenso, "si la humanidad se hace más fraternal, a través de valores e ideales compartidos, fundados en la dignidad de la persona, en la libertad unida a la responsabilidad, en el reconocimiento efectivo del lugar de Dios en la vida del hombre. En esta perspectiva, fijamos nuestra mirada en Jesús, el humilde niño depuesto en el pesebre. Ya que Él es el Hijo de Dios, nos señala que la solidaridad fraternal entre todos los hombres es el camino principal, para combatir la pobreza y construir la paz"[14].

La diplomacia, en este marco, es considerada por la Iglesia, no como la búsqueda de la componenda a toda costa entre posiciones inconciliables; la Iglesia no renuncia, en efecto, a defender valores no negociables, porque "la verdad es la primera exigencia moral, que debe prevalecer en las relaciones entre las naciones y los pueblos"[15], como Juan Pablo II ha puesto de relieve durante su pontificado.

Podríamos concluir con las palabras de Benedicto XVI, quien, en el discurso del 7 de enero de 2008 a los miembros del Cuerpo Diplomático, renovaba el auspicio que la humanidad puedaAudiencia del Santo Padre al Cuerpo Diplomático estar en condiciones de construir el propio porvenir, persiguiendo algunos fines comunes, como la tutela de la "dignidad de la persona humana, la búsqueda del bien común, la construcción de la paz y del desarrollo"[16].

La diplomacia estimula, por lo tanto, la construcción de la casa común. En el perseguir tal objetivo, "la diplomacia es - como subrayaba Benedicto XVI en 2008 -, en cierto modo, el arte de la esperanza. Vive de la esperanza y busca discernir aun los signos más débiles. La diplomacia tiene que dar esperanza"[17]. Una esperanza que procede, no de teorías, sino de la certeza, que nace del hecho de que Dios se ha hecho hombre: la Esperanza se ha encarnado y "ha venido a vivir en el mundo, en el corazón de la familia humana"[18].

Maria Cristina Forconi


___________

[1] Cf. Código de Derecho Canónico. Edición bilingüe comentada por los profesores de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia de Salamanca. Director L. de Echeverría, BAC, Madrid 1983, 211.
[2]  D. Squicciarini, Nunzi Apostolici a Vienna, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1998, 9.
[3]
 
 Cf. D. Squicciarini, Nunzi Apostolici a Vienna..., 10-11.
[4]  Can. 365 § 1. Al Legado pontificio, que ejerce a la vez su legación ante los Estados según las normas de derecho internacional, le compete el oficio peculiar de: 1) promover y fomentar las relaciones entre la Sede Apostólica y las Autoridades del Estado; 2) tratar aquellas cuestiones que se refieren a las relaciones entre la Iglesia y el Estado; y, de modo particular, trabajar en la negociación de concordatos, y otras convenciones de este tipo, y cuidar de que se lleven a la práctica.
[5]  Cf. D. Squicciarini, Nunzi Apostolici a Vienna..., 17.
[6]  Cf. Code de Droit Canonique bilingue et annoté. Direction de E. Caparros, M. Thériault, J. Thorn, Wilson & Lafleur Itée, Montréal 1999, 291.
[7] Giovanni Paolo II, Ai Superiori e agli alunni durante la visita alla Pontificia Accademia Ecclesiastica (26 aprile 2001), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, XXIV/1, Libreria Editrice Vaticana 2003, 788.
[8]  Cf. Code de Droit Canonique bilingue et annoté..., 290.
[9]  Cf. Annuario Pontificio per l' anno 2008, Libreria Editrice Vaticana 2008, 1882.
[10] Cf. Paolo VI, lettera apostolica motu proprio Sollicitudo omnium Ecclesiarum (24 giugno 1969), en Enchiridion Vaticanum, III, Edizioni Dehoniane Bologna 1976, 781; cf. en D. Squicciarini, Nunzi Apostolici a Vienna..., 16.
[11] Benedetto XVI, Discorso al Corpo Diplomatico accreditato presso la Santa Sede per la presentazione degli auguri per il nuovo anno (8 gennaio 2009).
[12] Benedetto XVI, Discorso al Corpo Diplomatico accreditato presso la Santa Sede per la presentazione degli auguri per il nuovo anno (8 gennaio 2009).
[13]  Pablo VI, Populorum Progressio, 6; cf. en benedetto XVI, Discorso al Corpo Diplomatico accreditato presso la Santa Sede per la presentazione degli auguri per il nuovo anno (8 gennaio 2009).
[14] Benedetto XVI, Discorso al Corpo Diplomatico accreditato presso la Santa Sede per la presentazione degli auguri per il nuovo anno (8 gennaio 2009).
[15] Giovanni Paolo II, Ai membri del Corpo Diplomatico a Washington (6 ottobre 1979), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, II/2, Libreria Editrice Vaticana 1980, 671.
[16] Benedetto XVI, Discorso di Sua Santità Benedetto XVI ai membri del Corpo Diplomatico accreditato presso la Santa Sede per la presentazione degli auguri per il nuovo anno (7 gennaio 2008), 9.
[17]
 
Benedetto XVI, Discorso di Sua Santità Benedetto XVI ai membri del Corpo Diplomatico..., 14.
[18] Benedetto XVI, Discorso di Sua Santità Benedetto XVI ai membri del Corpo Diplomatico..., 14.



04/02/09