Conocer la vida consagrada/10



SOLO QUIEN ES RICO PUEDE SER POBRE

La paradoja de la pobreza consagrada


Él, "siendo rico, se hizo pobre por ustedes para que su pobreza los hiciera ricos" (2Cor 8, 9).

Es este dinamismo de la pobreza del Señor, lo que las personas consagradas están llamadas a imitar y testimoniar en su vida.

No se entendería la dimensión profunda de la pobreza del Señor ("por ustedes se hizo pobre"), sin afirmar antes su riqueza, como Hijo unigénito del Padre, al cual todo ha sido dado ("de rico que era"). No se comprendería el sentido de su pobreza, sin afirmar su razón y sentido ("para enriqueceros a través de su pobreza").

El misterio de la pobreza de Dios

Jesús no es "el Pobre" porque no tiene nada, sino porque, a partir de la riqueza que el Hijo posee en el seno trinitario, encarnándose entre los hombres para elevarlos a la realidad divina, lo ha donado todo: su cielo, su beatitud, su tiempo, su palabra, su cuerpo y sangre y al Padre.

La pobreza de Dios, en Cristo, se nos revela tan inmensa, cuanto desmedida es su riqueza, que es plenitud de vida, de ser, de tener.

El Creador del cielo y de la tierra, Aquel del que todo depende y que todo posee, vive un abismal misterio de pobreza. Infinitamente rico, se dona totalmente, hasta privarse, en la encarnación, pasión y muerte del Hijo, de las prerrogativas de su misma divinidad.

Es a la luz de la kénosis de Jesús como se nos manifiesta, en el corazón de la riqueza infinita de Dios, el misterio de su pobreza.

El compromiso de vivir la pobreza, para las personas consagradas, tiene que ser siempre un reflejo de aquel misterio. Por lo tanto, ante todo, es un acto escatológico, una afirmación de fe, en la línea de los valores que definen la relación entre el hombre y Dios, en Cristo, pobre porque donado y siempre en relación con el Padre.

Para todos los hombres, el llamamiento de Dios es siempre a "enriquecerse", a participar en la plenitud de su vida. La pobreza consagrada introduce una nueva noción de pobreza, que es la testimoniada por el Señor. A imitación de Él, exige siempre una "riqueza" que donar.

Paradójicamente, solo quien es rico puede ser pobre[1]. La pobreza consagrada, en efecto, no es sencillamente la ausencia de propiedad, sino donación y adhesión a la invitación de Dios, quien llama a participar en el proyecto carismático de una familia religiosa.

Fuera de tal perspectiva, en la cual la pobreza es la señal del don y la comunión, esta queda solo una realidad degradante, fruto de privación, opresión e injusticia, contra las que estamos llamados a luchar.

Pobreza que combatir y abrazar

¿Cómo comprender esta contradicción?

El compromiso de la pobreza consagrada, en un ambiente de miseria sociológica, es difícil de hacer entender. Hace falta liberarlo de muchas equivocaciones. La pobreza, en la indigencia, no es percibida como un valor, sino como sinónimo de desgracia, precariedad y marginación humana y social.

¿Cuál es la señal profética de la pobreza consagrada, en ambientes de subdesarrollo humano y social?

El testimonio de la pobreza que las Comunidades de vida consagrada ofrecen, en estos contextos, no raramente suscita desconfianza. Las vocaciones que provienen de muchas Iglesias jóvenes, en áreas sociológicamente pobres, no perciben fácilmente el sentido de la pobreza consagrada, por la distancia entre su nivel de vida en los Institutos y las situaciones humanas y sociales de origen.

A menudo, la vida religiosa se vuelve sinónimo de promoción social, porque ofrece una suficiente garantía de seguridad y bienestar. La vida material y cultural de los candidatos mejora, y las incertidumbres de su existencia disminuyen. El compromiso a vivir la pobreza consagrada, a menudo, acaba por manifestarse como una falsedad.

Los desafíos que las situaciones sociológicas de miseria ponen a las exigencias de la pobreza consagrada no son insignificantes. De ellas no se habla mucho en los documentos oficiales del Magisterio, que reservan principalmente la atención a los desafíos procedentes de las sociedades del bienestar, del hedonismo y del consumismo.

La pobreza consagrada, con respecto a la indigencia sociológica, exige un itinerario humano y espiritual, para transformar la pobreza experimentada como calamidad en una pobreza redescubierta como bienaventuranza evangélica. Solicita, al mismo tiempo, el máximo compromiso para transformar las situaciones de miseria y luchar contra toda forma de necesidad y subdesarrollo[2].

La "nueva" noción de pobreza vivida por el Señor llama a conversión a los mismos pobres, para que dejen definir su existencia por las exigencias evangélicas: en efecto, no son la precariedad y la falta de bienes lo que los hace "beatos", sino la actitud fundamental frente a aquellas exigencias.

La vocación cristiana es siempre a salir del subdesarrollo, a combatir la miseria, a ser agentes de progreso, a "enriquecerse", para estar en condiciones de donar, de compartir con el hermano los bienes poseídos.

La secuela de Cristo no sería auténtica, si no sustentara un compromiso capaz de crear dinamismos de desarrollo humano integral. Encontrar a Dios en su propia vida es siempre volverse más ricos. Los miembros de las Comunidades de vida consagrada están llamados a "enriquecerse" y a "producir riqueza", en el sentido más amplio, material, cultural y espiritual, invirtiendo plenamente los propios talentos al servicio del proyecto carismático de su familia. Solo esta actitud hace auténtico el voto de pobreza, que es don de sí, de lo que se es, se ha producido y se posee.

La miseria de los pobres, en particular en los países subdesarrollados, puede ayudar a hacer redescubrir un aspecto teologal profundo del compromiso a la pobreza consagrada, más allá de toda ideología e interpretación sociológica. Hacer entender que la pobreza evangélica no se agota sencillamente en una relación con los bienes materiales, ni aumenta en razón de su privación. En cambio, se vuelve efectiva en relación a la solidaridad experimentada, a los bienes compartidos, al don de sí.

Una comprensión más profunda

La conciencia teológica de los problemas del mundo contemporáneo, gracias también al desarrollo de la doctrina social de la Iglesia, ha contribuido a liberar la visión de la pobreza consagrada de una dimensión puramente individual, ascética y preceptiva, basada exclusivamente en la privación personal y en toda una serie de bienes permitidos o prohibidos.

La Iglesia ha invitado a las Comunidades de vida consagrada a una visión más profunda, comunitaria, históricamente profética y solidaria, implicándolas de manera nueva, a la luz de los mismos carismas de fundación y de las necesidades del hombre contemporáneo. En la pobreza consagrada, no solo los bienes materiales, sino también los valores culturales, espirituales e intelectuales, están relativizados a las exigencias del Evangelio, experimentadas según el proyecto evangélico de los Institutos.

Además de la coherencia personal de los miembros con una vida laboriosa y que rechaza lo superfluo, las Comunidades religiosas están llamadas a invertir el propio patrimonio carismático, para que la pobreza consagrada sea una señal profética en nuestro tiempo[3].

En las situaciones de miseria sociológica, como hemos dicho, la pobreza de las personas consagradas tiene que asumir el desafío de convertir la pobreza, experimentada como privación e indigencia, en pobreza redescubierta como donación.

En el mundo del bienestar, el desafío es igualmente arduo: el de testimoniar que Dios no es fruto de una proyección alienante del espíritu humano, destinada a desaparecer, según algunos filósofos, en caso de que las necesidades de la humanidad fueran satisfechas. En el corazón del mercado planetario, que satisface todas las necesidades, la pobreza consagrada testimonia la gratuidad del amor, la dignidad y libertad de hombres y mujeres quienes donan su propia vida en la secuela de Cristo, y rechazan la lógica que sacrifica las exigencias más profundas de lo humano sobre el altar del máximo provecho económico.

Silvia Recchi



[1] Cf. la perspectiva del libro de D. Nothomb, Comme un trésor caché... Essai sur la pauvreté évangelique, Éd. Téqui, Paris 1993.
[2] Cf. S. Recchi, Seguire il Cristo povero e la sfida delle culture, en "Consacrazione e Servizio" 47/6 (1998) 37-48.
[3] "En la pobreza, los miembros buscarán configurarse con Cristo Señor, despojándose de sí mismos para dejarse enriquecer sólo por Dios. Pobreza es repartición de bienes y unidad de corazón. Es sobriedad operosa, solidaridad con el Lázaro que vive en la historia y sigue golpeando a nuestras puertas. Ella trae como consecuencia que los pobres, en medio de los cuales la Comunidad actúa, representarán un lugar de referencia y de confrontación desde el cual la Comunidad se mira a sí misma y mira las propias elecciones", Estatuto de la Comunidad Redemptor hominis, 10.


18/04/09