Conocer la vida consagrada/11



LIBRES DE OBEDECER

La obediencia consagrada


La cultura dominante hoy acoge con notables dificultades el concepto de autoridad y el de obediencia. Esta última suena desagradablemente a las orejas modernas y es considerada más bien como falta de libertad, como expresión de inmadurez y de incapacidad de tomar de las decisiones o de asumir una posición responsable.

Ante esta visión cultural, el compromiso por la obediencia de las personas consagradas tiene que justificar su sentido más profundo.

Dicha justificación es posible solo a través del camino de imitación del Señor, cuya vida fue, desde el nacimiento hasta la muerte en cruz (cf. Fil 2, 8), una continua obediencia. Habiendo venido para hacer no su propia voluntad sino la del Padre, esta última ha sido la única preocupación de su existencia. El Cristo se ha rehusado a apoderarse de cualquier proyecto fuera de aquella voluntad y, a través de la obediencia, ha llevado a cabo su misión de Redentor[1].

La del Cristo es la obediencia fundamental; insertada en el corazón del plan salvador ha permitido el rescate de la humanidad. Por la desobediencia de uno, todos los hombres fueron hechos pecadores; por la obediencia del Cristo, han sido constituidos justos (cf. Rom 5, 19). En la obediencia, Jesús vive su total rebajamiento, para que la humanidad pueda ser elevada a la altura trinitaria.

Una escucha atenta

Para hablar de "obediencia", el lenguaje bíblico hace referencia a la actitud de "escucha"[2] La misma etimología de la palabra "obedecer", del latín ob y audire, sugiere la actitud de una escucha amable, atenta y con una adhesión personal a la opinión escuchada.

La obediencia del Cristo es escucha de la voluntad del Padre y adhesión a ella; voluntad que él ha tratado de descubrir, en el curso de su existencia terrenal, también a través de las personas y del discernimiento de los acontecimientos: "Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, trae la salvación eterna para todos los que le obedecen" (Heb 5, 8-9).

Esta actitud es fuente y modelo de obediencia para todos. Las personas consagradas no son llamadas a obedecer a Dios más que los otros fieles, porque todos le deben una total sumisión. Lo específico en su vida consiste en el hecho de que, por vocación, actúan la obediencia sometiéndose a determinadas mediaciones, que no son exigidas de otros fieles.

Estas mediaciones encuentran su fundamento en el origen carismático de la familia religiosa, en el proyecto y en las intenciones de los fundadores. Ellas se hacen concretas a través de las constituciones o de los Estatutos[3] del Instituto, a través de la vida fraterna de los miembros y de la acción de los superiores.

Llamados a la libertad

La obediencia del Hijo tiene la misma infinita dimensión que su libertad. En su misterio, el Cristo testimonia que no hay contradicción entre obediencia y libertad[4].

Para comprender correctamente la misma obediencia de las personas consagradas, hace falta evocar al apóstol que dice: "Nuestra vocación, hermanos, es la libertad" (Gál 5, 13). La obediencia, "en vez de atentar contra la dignidad de la persona humana, la lleva a la plenitud, pues la enriquece con la libertad de los hijos de Dios"[5].

El compromiso por la obediencia de las personas consagradas no es la actitud del esclavo, del siervo o de la persona que tiene necesidad de ampararse detrás de las decisiones de otros, para adquirir seguridad en la propia vida personal. No es tampoco la obediencia del hijo respecto a los padres, ni del súbdito respecto a las autoridades civiles. Es una respuesta libre a la invitación a seguir a Cristo; una elección voluntaria a someterse a algunas mediaciones, porque se cree que a través de estas últimas Dios pueda alcanzarnos. Es libertad del propio "yo" para abrirse al "Tú" de Dios.

El compromiso por la obediencia, pues, no impide la libertad, sino que la supone; no obstaculiza el crecimiento humano, sino que favorece la autonomía de la persona. Solo la libre elección, en efecto, hace auténticas las convicciones, verdadero el crecimiento personal y creíble el testimonio. Una obediencia experimentada como coerción o incapacidad de autonomía puede obligar, quizás, a ciertos comportamientos, pero no llega a modelar el corazón ni a forjar el espíritu.

Asunción del proyecto común

La obediencia de las personas consagradas se configura, por tanto, como una actitud de dependencia filial y no servil, rica en sentido de responsabilidad. Requiere un espíritu de iniciativa, las energías de la mente y de la voluntad para cumplir, de la manera mejor, lo que se exige para realizar el proyecto evangélico común. Comporta una asunción personal de lo que se propone como algo que hacer y del que se aceptan las consecuencias, rindiendo cuentas en primera persona de los actos puestos[6].

Esta obediencia es búsqueda y acogida de la voluntad de Dios, que se hace explícita a través de las normas de la autoridad; es aceptación del carisma y de las mediaciones por medio de las cuales el mismo se hace concreto. Las personas consagradas son llamadas al seguimiento de Cristo obediente, dentro de un proyecto carismático, suscitado por el Espíritu y declarado auténtico por la Iglesia. Esta última, aprobándolo, garantiza que las inspiraciones que lo animan y las normas que lo rigen pueden dar lugar a un itinerario de santidad y búsqueda de Dios[7].

La conciencia de la propia identidad de parte de las familias de vida consagrada es de fundamental importancia, para forjar la actitud de obediencia de los miembros con relación al ejercicio de la autoridad. Tal ejercicio es igualmente un acto de obediencia: en efecto, en una comunidad religiosa no hay quien manda y quien obedece, sino que todos obedecen a la voluntad de Dios, que se manifiesta a través de la articulación de los roles y las funciones de cada uno. Un superior que no ejerciera la autoridad que le compete sería "desobediente" respecto al mandato confiado a su persona, haciendo faltar una mediación indispensable para los miembros.

Por fin, precisa recordar que hay una obediencia que ejercer también respecto a la comunidad fraterna, en el sentido de que esta tiene que ser percibida como valor fundamental y "lugar" donde Dios se hace presente. Si no se fuese capaz de atención respecto a lo que Dios dice a través de las carencias, los regalos, las necesidades, las palabras de los miembros de la propia familia, no se podría estar al servicio de otros ni asumir creíblemente las exigencias apostólicas ad extra.

Así, el compromiso por la obediencia expresa, en las personas consagradas, una actitud de aceptación confiada de la acción salvadora de Dios en la propia vida; como para la castidad y la pobreza, este es esencialmente un acto teologal, un acto escatológico, una proclamación de sus propias convicciones de fe.

Silvia Recchi



[1] Cf. T. Goffi, Obbedienza, en Dizionario Enciclopedico di Spiritualità. A cura di E. Ancilli, II, Città Nuova Editrice, Roma 1990, 1739-1743. 

[2] Cf. Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instrucción El servicio de la autoridad y la obediencia (18 de mayo de 2008) 5-6. 

[3] "En consecuencia, la Regla y las demás ordenaciones de vida se convierten también en mediación de la voluntad del Señor: mediación humana, sí, pero autorizada; imperfecta y al mismo tiempo vinculante; punto de partida del que arrancar cada día y punto también que sobrepasar con impulso generoso y creativo hacia la santidad que Dios ‘quiere' para cada consagrado", Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instrucción El servicio de la autoridad..., 9. 

[4] "En efecto, la actitud del Hijo desvela el misterio de la libertad humana como camino de obediencia a la voluntad del Padre, y el misterio de la obediencia como camino para lograr progresivamente la verdadera libertad", Vita consecrata, 91. 

[5] Perfectae caritatis, 14. 

[6] "Los que pertenecen a la Comunidad vivirán con gozo la obediencia como acto profundo de libertad, de desarraigo de sí mismos, para abrirse al ‘Tú' infinito de Dios. La obediencia es, para ellos, participación viva y apasionada, sufrida y fecunda, alegre y fiel, del misterio de Cristo Redentor. Ella es el compartir inteligente, responsable, creador del proyecto común, al cual se ha adherido y se sigue adhiriendo cada día", Estatuto de la Comunidad Redemptor hominis, 10. 

[7] Cf. Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instrucción El servicio de la autoridad..., 9.

 




12/05/09