Conocer la vida consagrada/12



 

AHONDAMIENTO FECUNDO EN EL BAUTISMO


Algunos fieles hacen la siguiente pregunta: "¿Por qué el estado de la vida consagrada no exige ningún sacramento específico?"

Se llega al sacerdocio a través del sacramento del orden, que imprime un carácter especial y establece al fiel en la función de ministro sagrado. También para el matrimonio cristiano hay un sacramento, a través del cual los fieles se convierten en "esposos", a los que es confiada la tarea de expresar visiblemente la relación de amor entre Cristo y su Iglesia.

Para la vida consagrada, en cambio, ningún sacramento está previsto; esta se relaciona con los sacramentos fundamentales que constituyen al fiel cristiano: el bautismo y la confirmación.

Es necesario profundizar en algunos aspectos teológicos concernientes a esta relación entre la consagración bautismal y la vida consagrada.

Vocación bautismal y vida consagrada

Las personas consagradas no se encuentran en una situación sacramentalmente nueva en la Iglesia; ellas viven la condición sencillamente cristiana; responden, con una modalidad particular, a las exigencias del bautismo y de la confirmación, es decir, a las exigencias de la pura y simple vocación cristiana[1].

La vida consagrada no es un súper-bautismo, sino que está arraigada profundamente en la consagración bautismal. Los consagrados son una expresión particularmente intensa de la común vocación de todos los fieles, no una aristocracia espiritual ni una clase privilegiada con derechos o protecciones especiales. 

El debate teológico sobre la relación entre la consagración bautismal y la consagración religiosa, a menudo, se ha revelado muy fuerte. A veces, ha sido expresado quizás de modo no equilibrado, en provecho de una presunta superioridad de la vida consagrada sobre la condición común del fiel bautizado. Esta visión ha sido alimentada por argumentos derivados más de la filosofía griega que de una visión auténticamente bíblica, inspirados por una espiritualidad de "huida del mundo", de evasión de la historia y de un ideal de perfección moral basado en el desprecio del cuerpo y de las realidades creadas[2].

Los Padres conciliares que han trabajado para redactar la Constitución dogmática Lumen gentium, en un primer tiempo, habían programado tratar en un solo capítulo, "La vocación universal a la santidad en la Iglesia", el actual capítulo V, y "Los religiosos", el actual capítulo VI. La intención era la de poner en evidencia la cohesión profunda entre vocación cristiana universal y vocación religiosa. Sucesivamente, se volvió a poner en cuestión la unidad del capítulo, a petición de un grupo de Obispos, quienes querían dar un espacio adecuado y un honor particular a la vida religiosa y a su misión en la Iglesia. Los dos capítulos, sin embargo, permanecen íntimamente unidos en su visión.

El Concilio se ha preocupado de poner el acento sobre la universalidad de la llamada a la santidad, que consiste, para todos, en la consecución de la caridad, en su dúplice dimensión de amor filial a Dios y de amor fraterno hacia el prójimo.

El Vaticano II ha evitado dar la impresión que la santidad fuese una especie de monopolio deConcilio Vaticano II los religiosos, afirmando el carácter exigente de la vocación cristiana. Es el bautismo el que introduce en la radicalidad evangélica y constituye una "ruptura" con la lógica del mundo, en la adhesión a la nueva vida en Cristo. Tal radicalidad no está reservada a una u otra categoría de fieles, aunque la manera concreta de asumirla es diferente.

No es legítimo, por tanto, establecer una jerarquía de valores entre la realidad bautismal del fiel y la que proviene de la vida consagrada, que es una respuesta al bautismo, un camino particular de realización de la existencia cristiana.

Un título "nuevo y particular"

Si la vida cristiana es única en el fin común a los bautizados, que consiste en la búsqueda de la caridad, los caminos pueden ser diversos, y diferentes las condiciones de vida concreta. La originalidad de la vida consagrada se encuentra en los medios elegidos, es decir, en la práctica de los consejos evangélicos, para conseguir el fin común.

A través de la profesión de la castidad, de la pobreza y de la obediencia, vividas según los carismas de los Institutos, las personas consagradas renuncian a formar su propia familia, viven una separación existencial de los valores y de las tareas naturales del mundo. No se trata solo de vivir la vida ordinaria, impregnándola de espíritu evangélico, sino de crear nuevas estructuras de vida fraterna, que reciben su sentido de Cristo y de los valores evangélicos, asumidos como algo absoluto. Por eso, las personas consagradas adoptan un modo de vida, que manifiesta, con mayor visibilidad, el aspecto trascendente de la vocación cristiana y su dimensión escatológica.

El magisterio de la Iglesia considera la consagración de quien profesa los consejos evangélicos como un ahondamiento en la consagración bautismal, una expresión "más plena" de la misma; la define una "consagración especial", un "título nuevo y peculiar"[3].

En la misión de manifestar la santidad, la vida consagrada en la Iglesia "se sitúa objetivamente en un nivel de excelencia", reflejando el mismo modo de vivir del Señor[4]. Esto no significa en absoluto afirmar la superioridad "subjetiva" de las personas consagradas, como si ellas ya hubieran llegado a la santidad por su llamada y por el "nuevo título", sino reconocer que su estado de vida, en sí mismo, "anuncia y anticipa, de algún modo, el tiempo futuro"[5], manifiesta la plenitud de la vocación cristiana y sus perspectivas escatológicas.

Algunos autores han acogido con dificultad la expresión "vida consagrada" y "consagración", con referencia a quienes profesan los consejos evangélicos, por miedo de que tal terminología insinuara un carácter sagrado especial, una superioridad de las personas consagradas con relación a los simples bautizados.

Con el término "consagración", el magisterio de la Iglesia ha querido afirmar que el camino de la profesión de los consejos evangélicos es posible gracias a un don del Espíritu; es un camino carismático y no puramente ascético-moral. A dicho camino no están llamados todos los bautizados, porque este supone una vocación. La consagración de la que se habla no es sacramental, sin embargo, nace siempre de una nueva intervención divina y de una nueva gracia, acogida por el fiel y donada por la edificación de la Iglesia. "En la tradición de la Iglesia la profesión religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización de la consagración bautismal. ... Pero el Bautismo no implica por sí mismo la llamada al celibato o a la virginidad, la renuncia a la posesión de bienes y la obediencia a un superior, en la forma propia de los consejos evangélicos. Por tanto, su profesión supone un don particular de Dios no concedido a todos, como Jesús mismo señala en el caso del celibato voluntario (cf. Mt 19, 10-12). A esta llamada corresponde, por otra parte, un don específico del Espíritu Santo, de modo que la persona consagrada pueda responder a su vocación y a su misión"[6].

Silvia Recchi




[1] "Los miembros de la Comunidad están unidos, sobre la base de su consagración bautismal, por la vocación común a participar, de una manera más completa y consciente, en la misión de salvación de Cristo Redentor, al servicio de la Iglesia universal, en la inspiración evangélica del propio carisma", Estatuto de la Comunidad Redemptor hominis, 3.

[2] Cf. E. Bianchi, Si tu savais le don de Dieu. La vie religieuse dans l'Église, Editions Lesius, Bruxelles 2001, 45-47.

[3] Cf. Perfectae caritatis, 1 y 5; Vita consecrata, 30; Código de Derecho Canónico, can. 573.

[4] Cf. Vita consecrata, 32.

[5] Cf. Vita consecrata, 32.

[6] Vita consecrata, 30. La exhortación clarifica ulteriormente: "La profesión de los consejos evangélicos es también un desarrollo de la gracia del sacramento de la Confirmación, pero va más allá de las exigencias normales de la consagración crismal en virtud de un don particular del Espíritu, que abre a nuevas posibilidades y frutos de santidad y de apostolado, como demuestra la historia de la vida consagrada. En cuanto a los sacerdotes que profesan los consejos evangélicos, la experiencia misma muestra que el sacramento del Orden encuentra una fecundidad peculiar en esta consagración, puesto que presenta y favorece la exigencia de una pertenencia más estrecha al Señor. El sacerdote que profesa los consejos evangélicos encuentra una ayuda particular para vivir en sí mismo la plenitud del misterio de Cristo, gracias también a la espiritualidad peculiar de su Instituto y a la dimensión apostólica del correspondiente carisma".




26/05/09