CUM PETRO, SUB PETRO



Publicamos el texto integral de la homilía que el Nuncio Apostólico en el

Mons. Orlando Antonini Paraguay, Mons. Orlando Antonini, ha pronunciado esta mañana, 28 de junio de 2009, en el Santuario Nacional de Caacupé.

En esta homilía, se subraya con fuerza el hecho paradójico, por el cual la unión de las Iglesias locales con el Papa garantiza realmente la libertad de las mismas y, al mismo tiempo, el peligro que corren, si falta esta unión tanto en los aspectos doctrinales como disciplinares. 



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DÍA DEL PAPA
 
Caacupé, Domingo 28 de junio de 2009



Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos en este domingo el Día del Papa, anticipando la solemnidad de mañana 29 de junio, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. También se clausura hoy el año Paulino. Además, tras haber meditado más a fondo las enseñanzas de San Pablo, estamos recorriendo ya, bajo el patrocinio del Santo Cura de Ars, el Año Sacerdotal, dedicado a comprender mejor la naturaleza del sacerdocio ministerial, que es esencialmente diversa del sacerdocio común de los fieles, y a rezar por los sacerdotes.

La primera lectura nos ha mostrado como, mientras Pedro fue apresado por el rey Herodes y retenido con cadenas en la cárcel, la Iglesia entera rezaba sin cesar por él. En tiempos de dura persecución los cristianos cerraban filas en torno a su Cabeza visible, manifestándole de mil maneras su filial devoción y obediencia. Tal conducta, según hemos leído, no dejó de ser escuchada por Dios, el cual "tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto. Y las cadenas se le cayeron de las manos" (Hechos 12, 1-11). Sostenido por la oración de los cristianos, el Apóstol recuperó su libertad y continuó su misión de comunicar la doctrina de Jesús. En aquella primera hora, los enemigos de Dios y de su Iglesia no pudieron amordazar la expansión del Evangelio: pudo más la oración unánime de los creyentes. Y hoy, como ayer.

San Pablo por su parte, en la segunda carta a Timoteo, nos ha dejado un precioso testimonio de su lealtad heroica. Sin falsas humildades, pudo afirmar que venció la batalla, que acabó su carrera y guardó la fe, a tal extremo que considera que le está reservada la corona del premio eterno. ¿No es verdad que necesitamos un alma más grande para responder con generosidad a las continuas llamadas del Señor? San Pablo así lo hizo: siendo quien era, judío ilustre, educado en la escuela de Gamaliel, a la vez que ciudadano romano, siendo un gigante de la santidad, libró el combate de la fe hasta morir por Cristo.

Por último, en el evangelio que hemos escuchado San Mateo nos cuenta como Pedro, delante de los demás apóstoles, se adelanta a confesar con absoluto convencimiento laSan Pedro identidad de Jesús:"Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mateo, 16, 16). La audacia de Pedro mereció una promesa insólita: "Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y te daré las llaves del reino de los Cielos; y todo lo que ates en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desates en la tierra será desatado en los Cielos" (Mateo, 16, 17-19). No olvidemos que tal poder sagrado, un poder que es puro servicio en bien de las almas, se ha transmitido y se transmitirá siempre a quienes sucedan a Pedro hasta el fin de los tiempos. El Papa, sea quien sea, es el Vicario de Cristo y el fundamento y principio visible de la unidad de la Iglesia. Ojalá que ahora, cada uno de nosotros, siguiendo personalmente nuestra propia vocación, podamos unirnos a esta confesión de fe. Así, por caminos diversos pero unidos en la fe, obtendremos aquello que más anhelan nuestros corazones: la felicidad relativa que se puede alcanzar en esta tierra y la felicidad completa de la vida eterna.

Aunque los tiempos cambien, Dios no cambia, y sigue actuando en favor de los hombres. El Señor sigue esperando de su Iglesia que, unidos al Papa, pasemos por la tierra haciendo el bien - otorgando primacía a la vida de la gracia, a la vida del espíritu - y luego gocemos para siempre del Cielo. Como sabemos, a este grandioso ideal se oponen la rebeldía amarga, el pecado, la desobediencia a la ley divina, el vivir centrados en este mundo como si Dios no existiera, como si no hubiera otra vida definitiva después de esta.

Hermanos y hermanas. Tenemos que fortalecer, no debilitar, nuestra unión con Roma y nuestra comunión afectiva y efectiva con el Sucesor de Pedro, el Papa. Es necesario por la misma sobrevivencia de nuestras Iglesias mantener en lo concreto la adhesión para con el Sucesor de Pedro. Por otra parte, es paradójicamente la unión con el Papa lo que garantiza realmente la libertad de las Iglesias locales. Si no nos quedamos unidos al Papa, si no hay libre y convencida comunión con el corazón de la Iglesia Católica, tanto en los aspectos doctrinales como disciplinares, las Iglesias locales corren riesgo de transformarse de hecho en pequeñas sectas nacionales desgajadas de la Vid verdadera, quizás autónomas de la Iglesia Universal pero sujetas en cambio a los poderes temporales, económicos y culturales de la sociedad en que viven.

Este domingo en el que celebramos el Día del Papa y hacemos la colecta para el Óbolo de San Pedro, a fin de que el Papa pueda ejercer la caridad hacia las personas necesitadas, especialmente las afectadas por los desastres naturales, ponemos en las manos de la SantaBenedicto XVI Virgen de los Milagros de Caacupé dos intenciones especiales:

En primer lugar, a la persona y las intenciones del Santo Padre, Benedicto XVI, para que lo llene de luz y fortaleza en la difícil tarea de gobernar la Barca de Pedro agitada actualmente por el oleaje, tumultuoso y devastador, de una cultura relativista y hedonista cerrada a la trascendencia. Y al mismo tiempo las angustias y esperanzas de la Iglesia en Paraguay, y las necesidades acuciantes del querido pueblo paraguayo.

Tengamos fe: sabemos que Nuestra Madre del Cielo nos ama y nos cuida, y desea que todos avancemos en el camino de la santidad. Así es: la Virgen nos quiere, pero nos quiere santos, nos quiere luchando seriamente, y hasta las últimas consecuencias, para ser fieles a su Hijo Jesucristo a través de su Vicario aquí en la tierra, el Papa.

Oremos por el Santo Padre como los primeros cristianos, y pidamos a la Virgen que cuide y proteja a la Iglesia de Cristo, su Hijo.

Que así sea.