Comprender el Derecho Canónico/24



LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES/1

 

La importancia de las Conferencias Episcopales ha aumentado progresivamente, gracias a la función particular que estas desarrollan en la Iglesia contemporánea. En la actualidad eclesial, se escucha hablar, frecuentemente, de sus tomas de posición frente a los problemas y a las concretas exigencias de la sociedad. Por esto, puede ser útil entender mejor su naturaleza, las competencias y su funcionamiento.

La institución de las Conferencias Episcopales es relativamente reciente. Surgieron en el siglo XIX, ante todo como experiencias espontáneas, elogiadas por los Romanos Pontífices, a consecuencia de la necesidad de entablar una relación estable entre los Obispos, para permitir una acción pastoral común. El primer ejemplo de Conferencia Episcopal se hace remontar al año 1830, en Bélgica.

Sin embargo, ha sido el Concilio Vaticano II el que ha dado una vitalidad nueva a esta institución[1]. El actual Código de la Iglesia ha acogido las indicaciones del Concilio, elaborando así una disciplina más apropiada.

La cooperación entre los Obispos

La importancia de las Conferencias Episcopales se debe, en particular, a la preferencia que los Obispos han mostrado por esta forma de mutua cooperación, que deja intacta su autonomía de Pastores en sus Diócesis, y no presenta las dificultades propias a otras formas de concertación[2].

El dato más significativo lo constituye el hecho de que, después del Vaticano II, las Conferencias Episcopales se presentan como modelo de un nuevo modo de gobernar pastoralmente a la Iglesia por parte de los Obispos, en un contexto, también estructural, de comunión, que se traduce en una colaboración recíproca en el interior de una misma nación.

Estas agrupan a los Obispos de un determinado territorio, o sea, a varios miembros del Colegio episcopal, unidos por un particular vínculo de solidaridad, que hace, de alguna manera, corresponsable a cada uno de ellos, con respecto a las actividades individuales e inalienables de los demás. Dicho vínculo, llamado "afecto colegial", que procede del sacramento recibido, une a los Obispos entre sí y con el Papa, e implica, necesariamente, un compromiso de cada uno por la Iglesia en su totalidad y por las Iglesias particulares, comenzando por las Diócesis más cercanas.

Las Conferencias Episcopales se presentan como realidades eclesiales, con una base sociocultural homogénea; encarnan una estructura superdiocesana de cooperación, expresión de la responsabilidad común de los Obispos, que apuntan a una convergencia de las acciones pastorales en un determinado territorio.

En este sentido, el Código de derecho canónico define a la Conferencia Episcopal como un organismo formato por los Obispos de una nación o un determinado territorio, quienes ejercen conjuntamente algunas funciones pastorales, para promover mejor el bien de los fieles, a través de formas y modalidades apostólicas adaptadas a las circunstancias de los tiempos y de los lugares (can. 447).

Los Obispos actúan conjuntamente[3] con apropiados procedimientos, y ejercen juntos algunas funciones, según las disposiciones del derecho.

La Conferencia Episcopal no se puede considerar como un organismo intermedio, entre Santa Sede y Obispos diocesanos en sentido jerárquico, porque esta no tiene un verdadero poder jurisdiccional sobre cada uno de los Obispos diocesanos, quienes siguen dependiendo directamente del Romano Pontífice, y gozando de plena autonomía en el gobierno de la propia Diócesis (salvo los límites establecidos por la Santa Sede). En fuerza del principio de descentralización, sin embargo, la Conferencia Episcopal desarrolla, hoy, muchas funciones que en el pasado estaban reservadas a la Santa Sede, como veremos después considerando más de cerca sus competencias.

El territorio en el cual la Conferencia Episcopal actúa es el de las Iglesias particulares, en que están puestos los Pastores que forman parte de ella. Dicho territorio, normalmente, tiene una propia homogeneidad étnica, social, cultural y, por esto, tiene, por lo general, tamaño nacional; sin embargo, puede tener también un carácter más estrecho que una nación o puede ser también supranacional.

Una institución permanente

Las Conferencias Episcopales son instituciones permanentes. Existen y actúan en continuidad, a diferencia de los Concilios (tanto ecuménicos como particulares) que, en cambio, son ocasionales y temporales, y cuyas actividades permanecen limitadas a un determinado período y a particulares circunstancias.

La estabilidad de la Conferencia Episcopal, por consiguiente, comporta una continuidad de su actividad institucional y la necesidad de una propia organización interna, con órganos específicos en grado de representarla, y una estructura administrativa correspondiente.

El poder de tomar las decisiones, en el ámbito de las competencias que la ley reconoce a las Conferencias Episcopales, pertenece exclusivamente, como veremos mejor, a la Asamblea plenaria de los miembros de la Conferencia, que se reúne periódicamente, mientras que otras funciones se pueden delegar o asignar a los órganos permanentes de ella.

Los Obispos, reunidos en Conferencia Episcopal, están llamados a examinar, discutir y decidir todo lo que pueda contribuir a la promoción del bien que la Iglesia ofrece, no solo a los propios fieles, sino a todos los hombres.

De esta manera, las Conferencias Episcopales se configuran como un órgano de orientación y cooperación pastoral, expresión concreta de la comunión entre las Iglesias y instrumento eficaz de la colaboración de los Obispos entre sí. Estas son, hoy, los organismos particularmente apropiados para adaptar, podemos decir "inculturar", la ley canónica a las necesidades de los lugares y a las realidades pastorales de las Diócesis de un mismo territorio.

En esta óptica, como veremos, ejercen también una función legislativa en algunas determinadas materias.

Silvia Recchi

(Continúa)


 


[1] Cf. Christus Dominus, 37-38.
[2] Es más difícil, por ejemplo, la convocación, hoy poco frecuente, de los Concilios particulares (plenarios o provinciales).
[3] El Código, en el canon 447, utiliza el término "conjuntamente" (coniunctim) y no "colegialmente" (collegialiter), para aclarar que la Conferencia Episcopal no corresponde, ni parcialmente (o sea, ni por la porción del pueblo de Dios que representa) al Colegio Episcopal que comprende a todos los Obispos de la Iglesia universal, y que sucede al Colegio de los Apóstoles. Tampoco su acción corresponde a la acción colegial propia, que este Colegio ejerce para toda la iglesia, como acontece en el caso de un Concilio ecuménico o de una acción colegial de los Obispos, esparcidos en el mundo en unión con el Papa.


16/07/09