Entrevistas/8
   


JUNTOS PARA RECONSTRUIR

Entrevista al teólogo Kä Mana

 


El pastor protestante Kä Mana es una figura de relieve en el ámbito de la teología africana. Su visión teológica, por él definida de la "reconstrucción", quiere trazar losKä Mana caminos de una inculturación del Evangelio en el contexto de la crisis, de las múltiples facetas, que golpea a las sociedades africanas desde hace ya más de veinte años.
Es autor de muchas obras, de las que recordamos en particular: Théologie africaine pour temps de crise (Karthala, Paris 1993), Christ d'Afrique (Karthala, Paris 1994), La nouvelle évangélisation en Afrique (Karthala, Paris 2000), L'Afrique de la mondialisation (Malaika, Ottawa 2003), La Mission de l'Eglise africaine, (Cipcre, Bafoussam-Cameroun 2005). Originario de la República Democrática de Congo, Kä Mana reside en Camerún, donde es docente en diversas instituciones universitarias, y coordina los programas de formación del "Cercle International pour la Promotion del Création" (CIPCRE).

Con ocasión de la reunión organizada recientemente por la plataforma "Fe y liberación", el pastor Kä Mana nos ha concedido gentilmente una entrevista, que publicamos para nuestros lectores.

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* Profesor Kä Mana, ¿cómo ve la situación del cristianismo en África, en la vigilia del próximo Sínodo sobre la reconciliación, la justicia y la paz?

La Iglesia de África vive, hoy, en una situación de profundos contrastes. Por un lado, es un lugar de esperanza y utopía, capaz de motivar un empeño fecundo de los fieles. Por el otro, está marcada por un sentido de inquietud y extravío, frente a la crisis que atenaza a las sociedades africanas. En tal contexto, la Iglesia está llamada a sostener las fuerzas de la esperanza y del empeño para la reconstrucción.

Un primer signo de esperanza es el peso demográfico del cristianismo. Las diversas comunidades (católicas, protestantes, evangélicas) y las Iglesias africanas independientes representan, sociológicamente, una fuerza en el continente. Desde el año 1990, además, las tomas de posición oficiales de los Obispos acerca de los problemas de la sociedad son claras y fuertes, e iluminan la conciencia de los fieles. Además de esto, la Iglesia ha sabido crear diversos centros de defensa de los derechos humanos, de educación y promoción integrales. Por ejemplo, en la República Democrática de Congo, mi país de origen, a pesar de las guerras y las tragedias vividas, hay, aquí y allí, muchísimas iniciativas, auténticos lugares de esperanza, suscitadas por la palabra del Evangelio. Cuando constado todo esto, vuelvo a encontrarme, como un sembrador, teniendo confianza en el porvenir. Lo que vale para mi país, vale para Camerún y los demás países en el continente.

Uno de estos lugares de esperanza es el "Cercle International pour el Promotion de la Création" (CIPCRE), la organización para la cual trabajo y que lucha a favor de la democracia, de los derechos civiles y por la elaboración de estrategias de combate contra la pobreza, haciendo hincapié en la dimensión educativa y la formación de las conciencias.

En África, existen también diversos "santos" anónimos, quienes combaten con convicción contra las llagas de la sociedad, como las malversaciones financieras, la prostitución, la exploración sexual de los niños. Muchos jóvenes en Camerún, organizados en grupos, se oponen, por ejemplo, al flagelo de la corrupción en las escuelas, en la universidad, en los concursos.

* ¿Por qué la Iglesia de África, a pesar de sus potencialidades, encuentra dificultades para tener un impacto concreto sobre la sociedad?

En la manera de anunciar el Evangelio, a menudo, hay algunas lagunas fundamentales, sobre las cuales se deben abrir los ojos. A pesar de la gran cantidad de fieles, hay un "espiritualismo" que conduce a una irresponsabilidad permanente. Si tomamos, por ejemplo, el fenómeno de las campañas de evangelización que se llevan a cabo en Camerún, en Ghana, en Costa de Marfil o en Congo, el mensaje que se transmite insinúa que Dios puede hacerlo todo en lugar de nosotros: milagros, prodigios, curaciones. En la mentalidad de las personas - son muchísimas las que acuden a estos encuentros -, se cunde la idea de que Dios puede dar las respuestas a todos los problemas. Se pierde de vista que Dios ha dado al hombre la inteligencia, la imaginación, la capacidad de organización para afrontarlos.

Se vehicula, a veces, una visión individualista de la salvación. La gente busca los exorcismos para ser liberada del mal, pero no se preocupa de echar el mal que se ha arraigado en las estructuras de la organización social, en la economía, en la cultura... La primera evangelización ha privilegiado el cielo, descuidando la tierra y, por lo tanto, la dimensión ética y, en este sentido, "política" de la conversión.

Una ulterior fragilidad, en fin, es el hecho de que el cristianismo ha llegado a África dividido en sí mismo. Durante muchos años, las diversas denominaciones cristianas han trabajado en un contexto de competición, hegemonía y rivalidad. Cada Iglesia estaba encerrada en los propios prejuicios y segura de la propia superioridad. No nos hemos comprometido suficientemente, para suscitar una sinergia ecuménica, necesaria a fin de que nuestra capacidad de transformación social sea creíble.

* ¿Cómo llenar estas lagunas?

Hay la urgencia, para África, de un cristianismo ecuménico; si seguimos trabajando sin la preocupación de alcanzar resultados todos juntos, creo que no se tendrá ningún impacto en profundidad sobre la sociedad. El Evangelio mismo nos pone en guardia, recordándonos que: "Cada reino dividido en sí mismo se derrumba" (Lc 11, 17).

Es necesario ponerse a trabajar para unir a las comunidades cristianas alrededor de algunas opciones de fondo comunes. Es también en este sentido en que percibo la invitación del próximo Sínodo a la reconciliación. Es la única posibilidad para nuestra credibilidad de cristianos. O reconstruimos juntos a África, o fracasaremos todos.

Hay necesidad de hombres que sepan indicar algunas nuevas orientaciones, en el anuncio del Evangelio. En esto, la historia de la Iglesia nos puede ayudar. Pienso, en particular, en Francesco de Asís, quien, en un momento de crisis, tuvo el coraje de abrir los ojos sobre las contradicciones de la sociedad; pienso en las numerosas congregaciones nacidas en el siglo XIX... Todas las Iglesias están llamadas a interrogarse, a fin de que algunos nuevos carismas y nuevos ministerios puedan florecer en respuesta a los desafíos actuales.

* En tal visión de renovación, ¿qué puede aportar la experiencia vivida en la historia reciente del continente, por ejemplo, los acontecimientos de Rwanda en la época en que se celebraba el primer Sínodo sobre la Iglesia de África?

Considero el genocidio de Rwanda como una auténtica "pesadilla misiológica"; esto expresa el fracaso del anuncio del Evangelio y vuelve a llamar a repensar la evangelización.

Cuando me encuentro en Rwanda, aún solo mirando sus lindas colinas, me pregunto cómoRwanda hayan podido acontecer semejantes tragedias, después de haber invertido en ese país tantas energías. Ciertamente estamos confrontados con el misterio de la iniquidad, delante del cual precisa tener la humildad de admitir que nuestras explicaciones humanas son siempre inadecuadas. Esta es la primera reacción. Inmediatamente después, sin embargo, debemos abrir los ojos sobre nuestras responsabilidades, sobre nuestro modo de anunciar el Evangelio, sin encarnarlo en los problemas de la sociedad. En Rwanda, hubo el hecho de que la colonización explotó y consolidó las divisiones entre los Hutus y los Tutsis, para afianzar el propio poder.

En aquellos años me encontraba en Congo, y recuerdo que pocos Obispos tuvieron la lucidez de denunciar la política desastrosa de Rwanda. En aquel país mismo, algunas autoridades eclesiásticas, que habrían podido orientar diferentemente el curso de los acontecimientos, en cambio, estaban implicadas, de varias maneras, con el régimen. También en la base, diversas comunidades cristianas, guiadas por sus pastores, adherían ciegamente a la política de división.

Por lo tanto, precisa admitir que nosotros los cristianos tenemos nuestras responsabilidades. Hemos empleado demasiado tiempo para entender que el cataclismo estaba para estallar. Nos hemos limitado a los lindos discursos, pero, las palabras no han podido detener el mal que ya había estallado, difundiéndose, como un efecto de boomerang, también en la cercana República Democrática de Congo.

Hoy es necesario trabajar rápidamente para la formación de las conciencias, a fin de que cada uno comprenda la propia responsabilidad. El odio que anida, según mi opinión, espera solo una ocasión para estallar. La catástrofe puede acontecer en todas partes, en cualquier momento; por esto, la evangelización tiene que ser entendida en términos de construcción de "diques" espirituales, morales, políticos y económicos, para poder encauzar la violencia.

Es también fundamental reforzar la democracia, como sistema en que el poder puede ser participado y "compartido" mayormente. Este compromiso hace parte integrante de la evangelización, y contribuye fuertemente a la reconciliación.

*  ¿Las comunidades cristianas en Rwanda se han encaminado por este camino?

Voy frecuentemente a Rwanda y, a partir de la escucha de las predicaciones, tengo la impresión de que el problema no siempre se encare directamente. Se permanece en la superficie, no se abordan en profundidad los verdaderos nudos. Hoy Rwanda se ha vuelto una sociedad del silencio, de la sospecha y, si no habrá correctivos, podríamos asistir a nuevos dramas. La Iglesia está llamada a intensificar los lugares de diálogo interétnico, a formar hombres capaces de resistir a la lógica de la venganza.

No podemos hacernos ilusiones de construir el porvenir, como si nada hubiese acontecido. Esto implica entender la evangelización en nuevos términos, a fin de que se transforme en fuente de relaciones renovadas. Esto hará posible, por ejemplo, el florecimiento de nuevos ministerios, como aquel que está comprometido en la lucha contra el tribalismo, un servicio a tiempo completo al cual todos los fieles y los pastores están llamados.

* Soy párroco en un barrio popular de una pequeña ciudad de Camerún. En un ambiente marcado por la miseria, el tribalismo y la violencia, he intentado dar una primacía pastoral a la formación. ¿Cuáles son, según usted, las realidades humanas que deberían estar mayormente iluminadas por el Evangelio?

Según mi parecer, en África, la formación tiene que contribuir a suscitar hombres y mujeres de esperanza. Conociendo las culturas africanas, creo que la primera cosa que falta es un empeño por la racionalidad, como capacidad de reflexionar sobre la realidad con vistas a una acción correspondiente, según la lógica de la razón. Hoy, en muchos barrios, por ejemplo, se mata por solo 100 FCFAS (0, 16 Euros): una falta de sentido total; se abandona la capacidad de reflexión en provecho de múltiples irracionalidades, entre las cuales el tribalismo.

Es necesario seguir la invitación expresa en un pasaje del libro del profeta Ageo: "¡Examinen cómo van sus asuntos!" (1, 5); educar, para mí, significa sobre todo contribuir a desarrollarKä Mana, Marguerite y Franco esta capacidad de reflexión.

Un segundo aspecto que se debe tener presente es la dimensión ética, la educación en los valores. Las jóvenes generaciones, a pesar de lo que se transmite en la escuela o en la iglesia, están completamente perdidas al constatar cómo funciona la sociedad y cómo el hacer carrera constriñe, frecuentemente, a adherir a un sistema de antivalores.

Esta sociedad de hoy, dejada a sí misma, está destinada a descomponerse; la sociedad camerunesa, precisamente como el cuerpo de Lázaro, comienza a heder, pero, la palabra de Jesús: "¡Sal fuera!" es la posibilidad de resucitar, de hallar de nuevo los fundamentos morales. El episodio expresa bien el núcleo del trabajo de formación. Puesto que los valores éticos y racionales siempre están asociados a las convicciones religiosas profundas, la formación debe tener como objetivo final el de crear personalidades espiritualmente sólidas.

Acerca de esto tengo diversas preocupaciones. Insisto en el hecho de que en Camerún, y en África en general, hallamos una difusa espiritualidad "deresponsabilizante". La oración misma es considerada, a menudo, en términos de espera de las respuestas por parte de Dios y no, como ha sido para los grandes místicos, un momento de responsabilidad y de creatividad. Nuestra visión es, muchas veces, "patológica": se reza, se canta, se danza, creyendo que esto puede bastar para cambiar el mundo.

En cambio, es una espiritualidad de la responsabilidad y de la creatividad la que es necesario transmitir a las nuevas generaciones, para reconstruir juntos; sobre estos objetivos hoy estamos llamados a trabajar como Iglesia.

(A cargo de Franco Paladini)

20/07/09