Vida de la parroquia de Obeck-Mbalmayo



NUESTRO CAMINO COMÚN

Queridos fieles de Obeck...


Ya desde hace algunas semanas me encuentro en Italia. Por esto, siento el deseo de compartir con ustedes lo que he vivido en este primer período de mi estadía en Europa.Los fieles de Obeck

Precisamente el día en que he salido de Camerún, el Santo Padre ha inaugurado el Año Sacerdotal para "promover el empeño de interior renovación de los sacerdotes", a fin de que ellos ofrezcan un testimonio evangélico más fuerte e incisivo en el mundo actual.

A la luz de nuestra fe, nada acontece por casualidad; por esto, he visto en tal coincidencia una invitación a vivir mi viaje, como una ocasión para progresar en el ahondamiento en mi camino de consagrado y sacerdote.

El interrumpir, por algunos meses, el compromiso en la pastoral, me ofrecerá más tiempo para la oración y la meditación personal, ayudándome a prestar una mayor atención a la calidad de la vida espiritual.

No debo olvidar, en efecto, que, antes de ser anunciador del Evangelio, soy discípulo del Evangelio, y no puedo hablar "de" Dios a los demás, si primero yo mismo no hablo "con" Dios. Solo de esta manera nuestro trabajo podrá dar fruto, como nos recuerda el Santo Padre, indicando al Cura de Ars como modelo para nosotros los sacerdotes.

Que este año convocado por Benedicto XVI sea, para mí y ustedes, una oportunidad al fin de redescubrir el don del sacerdocio para la Iglesia y el mundo, para vivir plenamente la responsabilidad que deriva de él.

El viento de la mundialización

Regresando a Italia, después de algunos años de ausencia, lo que más me ha impresionado ha sido el fuerte aumento de los inmigrados: en la caja del supermercado, debajo de la casa donde estoy hospedado, está una amable muchacha china; el camarero del bar cercano es un joven rumano; los sacerdotes que sustituyen a tres párrocos, mis amigos, actualmente de vacaciones, son: uno paquistaní, uno sirio y uno congolés; varios fieles de la comunidad parroquial donde he celebrado, últimamente, la Misa provienen del Sri Lanka.

Sin duda, el viento de la mundialización sopla fuerte, puesto que Italia se ha vuelto ya un país multiétnico, como ha sido constatado también por un reciente editorial de la revista La Civiltà Cattolica. Basta con pensar que los trabajadores extranjeros, establemente presentes en nuestro país, son más de tres millones y medio. Entre ellos, el grupo más consistente trabaja en la actividad de la construcción; otro grupo muy importante es el de las cuidadoras, mujeres comprometidas en la asistencia de los ancianos, a tiempo completo.

La presencia de casi el 75 % de los inmigrados se concentra en el norte del país, y está compuesta, en su mayoría, de trabajadores con una instrucción media superior o universitaria. Crecen también los pequeños empresarios extranjeros; en este último decenio, las empresas individuales que ellos dirigen casi se han triplicado. Los inmigrados ofrecen un servicio indispensable, contribuyendo a hacer menos dramática una crisis demográfica ya crónica. A pesar de esto, hay también situaciones ideológicas xenófobas casi en todos los ambientes. Es sobre todo la inmigración clandestina la que alimenta tales reflejos, teniendo en cuenta la difícil integración y la ilegalidad que engendra.

Las medidas adoptadas por las autoridades, para afrontar el fenómeno, tienden sobre todo a preservar la seguridad y el orden público. En efecto, hay un difundido clima de miedo, experimentado por los ciudadanos, a causa del creciente número de delitos cometidos, de los que se tiende a atribuir la responsabilidad a los inmigrados clandestinos, que, a veces, se vuelven chivos expiatorios.

La problemática de la inmigración es muy amplia y compleja; hasta cuando no seamos capaces de mejorar las condiciones económicas y sociales de los países de origen de los inmigrados, no se amortiguará la fuerza detonante del fenómeno migratorio.

Como hemos dicho, frecuentemente, en nuestros encuentros de formación en Obeck, la solidaridad y la responsabilidad deben caminar necesariamente unidas, para dar fruto en la vida del individuo y de la sociedad. Por esto, un aspecto ulterior que se debe considerar es que, si, por un lado, precisa rechazar toda posición xenófoba, por el otro, no se debe confundir el diálogo y la acogida con la permisividad de todo género, y se debe tener en cuenta que no hay diálogo y acogida auténticos cuando se niega la propia identidad.

Partir de las propias raíces

Para no caer, un árbol golpeado por el viento debe tener raíces profundas. Italia, y Europa en general, podrán interactuar positivamente con los nuevos fenómenos vinculados con la mundialización, partiendo de las propias raíces culturales, históricas y religiosas.

Recientemente, he transcurrido dos semanas de retiros espirituales en la comunidad monástica de la Abadía benedictina de "San Juan Evangelista", cuyo primer núcleo remonta a finales del siglo X. Esta se encuentra en el corazón de la ciudad de Parma, capital de una de las provincias más prósperas de Italia.

En los días pasados en el monasterio, cuya vida está regularmente marcada por el rezo, la meditación y el trabajo, he tenido la posibilidad de profundizar en la historia de la Abadía, constatando su contribución determinante para el desarrollo de la ciudad. Siguiendo la regla benedictina del "ora et labora" (reza y trabaja) el monasterio ha sido no solo centro de vida litúrgica y contemplativa, sino también de una concreta civilización del trabajo, a través de las múltiples obras realizadas, como el saneamiento y la roturación de la tierra, la difusión de las técnicas agrícolas, la creación del primer hospital, de la primera farmacia de la región y del albergue para la acogida de los extranjeros, la promoción de una auténtica industria artesanal. Todo esto ha sido posible exactamente por la importancia que san Benito atribuía al trabajo y al empeño humano, además de que al rezo. En el curso de los siglos la Abadía ha sido, además, un faro de irradiación cultural. Su biblioteca cuenta, actualmente, con más de cien mil volúmenes y las obras de arte de las diversas épocas, en particular los frescos del Correggio, del siglo XVI, hasta hoy son visitados por turistas de todo el mundo.

Una ulterior ocasión para recordar que la técnica, el arte y la cultura son siempre el fruto de una visión, de una fe. Las raíces cristianas han contribuido al florecer y al desarrollo de mi ciudad de origen, como, más generalmente, de la civilización europea. La tensión hacia Dios, buscado como el único necesario, lejos de defraudar al hombre y su anhelo de libertad y progreso, constituye una fuente de todo esto. Salvaguardando tal patrimonio, mi país de origen podrá dialogar auténticamente con quien llegue desde lejos.Mons. Enrico Solmi, Obispo de la Diócesis de Parma

Es lo que ha recordado, este año, también Mons. Enrico Solmi, Obispo de mi Diócesis de origen, Parma, en su tradicional mensaje durante la fiesta del Patrono, san Hilario de Poitiers. La ciudad tendrá un futuro, si será capaz de proponer a los jóvenes "una cultura en la cual se tiene clara la percepción de que hay "cosas", las esenciales, que no tienen precio, que no se venden y no se compran, que nos preceden y están delante de nosotros, con una tensión continua de crecimiento, en una fidelidad creativa a nuestro ser personal y social".

Queridos fieles de Obeck, Europa, como también África, tiene una gran necesidad de purificar su cultura, en la fidelidad a Cristo y a los valores evangélicos, para encontrarse a sí misma y ofrecer a los pueblos un porvenir de auténtico progreso. Con esperanza y realismo, liberemos, por lo tanto, los respectivos terrenos de todo complejo, prejuicio o ilusión; sintámonos responsables los unos de los otros para avanzar conjuntamente por el camino común, que sabe llegar al hombre concreto, revelado a nosotros por Jesús.

Franco Paladini

19/08/09