Perfiles misioneros y espirituales
 

EDITH STEIN

LA VIDA COMO PASIÓN




Nuestro tiempo, definido por muchos "débil", parece despojar al hombre de todo deseo profundo, del gusto de comprometerse para una razón más alta, para la pasión por la verdad. Decía Juan Pablo II, en la homilía del 11 de octubre de 1998, pronunciada con ocasión de la canonización de Edith Stein, compatrona de Europa: "En nuestro tiempo, la verdad viene confundida frecuentemente con la opinión de la mayoría. Además, es convicción difundida que uno deba servirse de la verdad también contra el amor o viceversa. Pero, la verdad y el amor tienen necesidad el uno del otro".

Casi para querer contradecir esta mentalidad dominante, la figura de Edith Stein ha sido un admirable connubio entre verdad y amor. Su vida es una invitación a encontrar los motivos fuertes, que dan a la existencia el sentido y los destinos últimos.

 

Edith Stein está vinculada de modo particular al Limburgo holandés, y ha dejado un signo indeleble en la pequeña ciudad de Echt: el convento carmelita de esta ciudad ha sido el lugar donde Edith ha trascurrido los últimos años de su vida, desde el 1 de enero de 1938 hasta el 2 de agosto de 1942, antes de su deportación a Auschwitz.

En busca de la verdad

Edith nace en Breslavia, que hoy pertenece a Polonia, el 12 de octubre de 1891, de una familia hebrea. A los 14 años atraviesa una primera crisis de crecimiento: rompe con la religiosidad beata y árida de su familia. Abandona la escuela y el estudio para la búsqueda de algo nuevo. Se traslada a Hamburgo, donde viene seducida por la fascinación de la idea nihilista de la muerte de Dios, proclamada por Nietzsche al principio del siglo. Se abre el período de su ateísmo. Dirá, refiriéndose a esto: "Plenamente consciente de lo que hacía y con libre decisión, dejé de rezar"[1].

Después de algunos meses, reanudará los estudios, pero no volverá a encontrar la fe perdida. Estudia y lee mucho. Una vez en la universidad, entra en la escuela filosófica de E. Husserl, padre de la fenomenología, brillando por su inteligencia y agudeza crítica.

La primacía del ser

La filosofía, sin embargo, además de sus méritos, le muestra también todos sus límites en la contestación a las preguntas que la tienen ocupada ya desde hace tiempo: "¿Cómo planeo mi vida? ¿Dónde encuentro a Dios?". Estos interrogantes ya no admiten reenvíos o ulteriores especulaciones.

Adolf ReinachLa respuesta que se le aparece con indudable certeza exige el paso del ámbito del conocimiento al de la existencia. En efecto, lo que la conduce a una fe madura son encuentros con personas concretas. Por ejemplo, el comportamiento de la viuda de Adolf Reinach - filosofo amigo suyo, precozmente desaparecido -, frente a la muerte del marido. Imaginaba hallar a una joven mujer anonadada por el dolor y la desesperación. En cambio, se encuentra ante el rostro, aunque marcado por el sufrimiento, con los rasgos luminosos y fuertes de quien posee la fe. Edith sabe leer más allá del fenómeno y capta la razón última que lo trasciende y lo explica. Dirá de aquella experiencia: "Fue mi primer encuentro con la Cruz, mi primera experiencia de la fuerza divina que emana de la Cruz, y se comunica a quienes la abrazan".

Este proceso de descubrimiento de la fe, como relación personal, culmina con la lectura totalmente casual de la vida de santa Teresa de Ávila. Aquí, como escribe ella misma, "se concluyó la larga búsqueda de la verdadera fe". En Teresa de Ávila ve conjugados de manera admirable verdad y amor, y desde entonces su lema será: "No aceptar nada como verdad que esté privado de amor. No aceptar nada como amor que esté privado de verdad. El uno sin el otro se vuelve una mentira destructiva".

Pide el bautismo y el ingreso en la Iglesia católica.

Se siente atraída por la vida contemplativa, pero, antes de entrar en el Carmelo tendrá que esperar más de diez años, en el curso de los cuales desarrolla una intensa actividad de profesora, docente y conferenciante, revelando toda su pasión por el hombre y su historia.

La encienden los debates y las luchas por la emancipación femenina. Pero, muy pronto, descubrirá un fundamental error de enfoque en aquellas ciertamente generosas batallas. Las mujeres, ansiosas de liberarse de la prisión de los muros domésticos, reivindicaban la igualdad completa con el hombre, descuidando así el punto más importante: el de las características esenciales de la mujer, de las dotes y cualidades específicas femeninas.

El "genio femenino" del que habla Edith Stein está en el orden del amor. La mujer no El Carmelo de Echtpuede encontrarse a sí misma, sino en el acoger el amor y donarlo a los demás. Es en el orden del amor donde viene medida su dignidad. Desde el punto de vista existencial, la forma de este amor se traduce en acogida, en disponibilidad y gratuidad en la relación interpersonal: es estar atentos al otro por lo que es. La mujer, si vive hasta el fondo la propia vocación, es portadora de una ontología ejemplar de la relación del hombre con Dios. Ella testimonia la primacía de la persona, la importancia del ser sobre el tener, sobre el parecer, sobre el hacer.

En 1933, Edith, a la edad de 42 años, entra en el Carmelo de Colonia. Pero, este paso no significó, como erróneamente se podría entender, una huida del mundo. "Creo - dice Edith - que cuanto más uno está atraído hacia la intimidad con Dios, tanto más debe también salir de sí, ir hacia el mundo, para llevar en él la vida de Dios". Se hace el modelo de la perfecta coherencia entre fe y conducta de vida. Para ella, es la primacía del ser la que va restablecida y afirmada: "Las personas en el mundo no tienen necesidad tan solo de lo que tenemos, necesitan de lo que somos".

El martirio

El itinerario de vida de Edith Stein está íntimamente unido a la pasión que el pueblo hebreo vive, durante la Segunda Guerra Mundial. Es la cruz de Cristo, dirá, que ahora "viene puesta sobre las espaldas del pueblo hebreo" y "todos los que han comprendido esto tendrían que estar listos para tomarla sobre las propias espaldas en nombre de todos. Yo quería hacerlo, Él debía solo indicarme el modo de esto".

Para esquivar las leyes raciales en Alemania, se traslada de Colonia al Carmelo de Auschwitz-BirkenauEcht, en Holanda. Pero, la persecución embiste también a este país. También los hebreos bautizados vienen perseguidos. Es entonces cuando Edith Stein rechaza refugiarse en Suiza, como anteriormente, en el período de su enseñanza en Alemania, había rechazado emigrar por la propia seguridad en la América meridional. En cambio, se presenta al martirio junto con su amada hermana Rosa, refugiada también ella en el Carmelo de Echt. Al dejar el monasterio, Edith lleva de la mano a la hermana y dice solamente: "Ven, vamos por nuestro pueblo".

El 9 de agosto de 1942 muere en las cámaras de gas de Auschwitz.

Teresa, la bendita de la Cruz.

Este es el nombre de aquella mujer que ha empezado su camino espiritual con la convicción de que no existe absolutamente ningún Dios, y ha terminado su vida llevando la cruz de aquel Dios rechazado.

Buscó para encontrar; luchó para ganar; murió para vivir.

Maurizio Fomini
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)




[1] Las citas están tomadas de E. Stein, Storia di una famiglia ebrea. Lineamenti autobiografici: l'infanzia e gli anni giovanili, I-II, Edizioni Martello Libreria, Milano 1997.



08/08/2011