Profundizaciones 

¿APLAUSOS EN LA IGLESIA?/1


En el Paraguay acontece frecuentemente tener que escuchar aplausos en la iglesia. Raramente son espontáneos.
Al contrario, casi siempre es el celebrante el que los solicita, recomendando que sean fuertes y pidiendo que los repitan, si no le parecen suficientemente calurosos. He contado hasta veintisiete aplausos durante una Misa. Se piden aplausos para agradecer, animar, congratularse, tal vez, también para sacudir el aburrimiento que uno sabe que está provocando.

Si uno expresa la propia molestia frente a estos aplausos, escucha como reacción que es demasiado austero, ampuloso, que no entiende los tiempos modernos o lo que se llama la idiosincrasia paraguaya, término con el cual se indica la sensibilidad y cultura local.

Para no reducir el todo a una cuestión de gustos personales, es oportuno, entonces, ensanchar la mirada y escuchar otros pareceres, reconociendo que, en este confronto, nuestro gusto, siempre perfectible, podrá aprender algo.

La primera constatación es que el problema no es específicamente paraguayo y, por lo tanto, no tiene mucho que ver con la tan decantada idiosincrasia del lugar. Me ha impresionado leer una intervención de un directivo de la Iglesia Adventista estadunidense, desconcertado frente al afirmarse de la costumbre de aplaudir en la iglesia, y algunas reflexiones del mismo tenor de pastores de la Federación de las Iglesias Evangélicas Luteranas. Evidentemente el problema no se limita a los católicos, y tanto menos a una sola nación. Tal vez sea la cultura televisiva - y los programas tienen los mismos formats en casi todos los Países - la que impone esta homologación: los aplausos recalcan los talk-shows y las varietés. Es la transformación de la liturgia en espectáculo y entretenimiento.

También en Italia la práctica, cada vez más difundida, de aplaudir en la iglesia ha provocado reacciones de intolerancia y rechazo. Releer las páginas de algunas grandes firmas del periodismo italiano ayuda a entender qué expresa este fenómeno y dónde se sitúa el problema.

Las críticas en la sociedad italiana

Maria Latella, directora de "A", suplemento del "Corriere della Sera", además de ser analista de política y de las costumbres, escribía en el mismo diario, en una sección de diálogo con los lectores, acerca de un aplauso final solicitado por el sacerdote después de una Primera Comunión:

"¿El aplauso final? ¿Y por qué?... ¿Por qué motivo tendrían que ser agradecidos los niños? Por haber seguido el catecismo, no creo en absoluto: es un deber, para quien quiera recibir un sacramento. Tal vez, por haberse comportado mejor que los padres, durante la función,... ¿Por qué, para comenzar, no se establece que, en la iglesia, aplausos nunca, nunca más?... En ciertos momentos, cuando se conmemora un difunto; cuando se acompaña una experiencia intensa y espiritual, como debe ser la Primera Comunión de un niño de ocho o nueve años; cuando - también - uno se casa por la iglesia, el aplauso, según mi parecer, contrasta con el contexto, que tendría que ser de recogimiento. Sería oportuno esperar para festejar - en este caso a los neocomunicados - cuando hayan alcanzado el atrio delante de la iglesia"[1].

Son particularmente mordientes las palabras que Massimo Gramellini tuvo ocasión de escribir, en su sección diaria en "La Stampa":

"De los tres minutos de silencio observados por los chinos por las víctimas del terremoto, impresionaba sobre todo una cosa: el silencio. En las imágenes televisivas, nada parecía poder apartar de su rigor aquellos cuerpos inmóviles y aquellos labios cerrados... La comparación con el entierro de la muchacha de Niscemi, asesinada por sus coetáneos, no habría podido ser más deprimente. Aplausos estruendosos al ataúd, aun durante la ejecución del ‘Silencio' de parte de un trompeta. El aplauso, en la iglesia o durante las conmemoraciones en los estadios, es una señal dramática de decadencia, tanto más porque pocos parecen dar importancia a esto. Es hijo de la mala educación televisiva y expresa el ansia de llenar un vacío. En las civilizaciones en decadencia, ha perdido el significado originario de aprobación, y se ha transformado en el modo para comunicar a los demás la propia existencia. Se aplauden los muertos para sentirse vivos, sin serlo de veras: solo los muertos vivientes, en efecto, pueden tener tanto miedo del silencio"[2].

Una vez más con respecto a la costumbre, esta sí específicamente italiana, de aplaudir durante los entierros, Vittorio Messori comentaba: "Estos son tiempos en que, como se sabe, durante los entierros estallan los aplausos en la iglesia, contradicción suprema por el espacio litúrgico, y tolerada, si no favorecida, por los celebrantes"[3].

Se podría continuar, esperando que una acumulación de citaciones invite a aquellos celebrantes que gritan: "¡Un fuerte aplauso!" a bajar la cabeza, confundidos y desconcertados.

Pero, difícilmente desistirían, replicando que los periodistas son solo periodistas y de liturgia no entienden nada.

Los Padres de la Iglesia frente al aplauso

Por lo tanto, vale la pena averiguar si la Tradición de la Iglesia se ha expresado con respecto a esto. La liturgia, en efecto, no la hacemos según nuestro gusto, sino que la recibimos y, a nuestra vez, la transmitimos, con fidelidad y obsequio.

La cuestión no es nueva en absoluto, sino que se presentó ya a los Padres de la Iglesia. El modo en que la solucionaron es particularmente instructivo, con respecto al argumento de la pretendida conformidad con la idiosincrasia de un pueblo.

En un estudio clásico sobre el argumento, Joseph Bingham notaba:

"Era una costumbre muy difundida el hecho de que el pueblo testimoniase la propia apreciación por el predicador, y expresase la propia admiración por su elocuencia, o la aprobación de su doctrina con aplausos generalizados y aclamaciones, en la iglesia. Esto, a veces, se hacía explícitamente de palabra; a veces, con otros signos que indicaban consentimiento y aprobación. A propósito de esto, los griegos hablan comúnmente de krótos, que denota ambos tipos de aprobación, tanto aplaudiendo, como con aclamaciones vocales y verbales"[4].

Las reglas mismas de la retórica requerían que un lindo discurso terminase con un lindo aplauso: lo exigía la idiosincrasia griega. Así, de los teatros el uso de los aplausos pasó a la Iglesia: primero, como manifestación de consentimiento durante las sesiones conciliares, luego, durante las predicaciones. Sabemos que Juan Crisóstomo fue entre los más aclamados. Es interesante, sin embargo, conocer su reacción, que, como muestra Bingham, sintetiza el sentimiento común de todos los Padres, quienes no titubearon en oponerse a una costumbre profundamente arraigada en la cultura del tiempo:

"Creedme, sé de qué hablo: cuando me aplauden durante un discurso - me doy cuenta de que soy hombre, ¿por qué no tendría que decir la verdad? - me alegro de esto, me exalto. Pero,Juan Crisóstomo una vez llegado a casa, pienso que quienes me han aplaudido no han ganado nada en escucharme; por lo menos, el poco provecho que han tenido se ha perdido inmediatamente con el ruido de los aplausos. Entonces me atormento, gimo y lloro; en mi desaliento, me parece que mis discursos no sirven para nada, y me digo: ¿Para qué ha servido toda esta fatiga, si quien me escucha no quiere sacar provecho de mis palabras?

Frecuentemente, he pensado establecer como regla prohibir los aplausos, y persuadir a ustedes para que escuchen en silencio y con una actitud adecuada. Déjenme decir esto y créanme: si están de acuerdo, establezcamos desde ahora esta regla: que no esté permitido a nadie interrumpir con los aplausos a quien predique"[5].

Algunas páginas totalmente similares se encuentran también en Agustín y Jerónimo. Con ocasión del XV centenario de la muerte de san Jerónimo, el papa Benedicto XV retomaba un pasaje de una carta de san Jerónimo, que se podía hallar ya, junto con otros, en la obra de Bingham:

"Plácenos aquí reproducir algunos pasajes de Jerónimo, por los cuales aparece claramente cuánto aborrecía él la elocuencia propia de los retóricos, que con el vacío estrépito de las palabras y con la rapidez en el hablar buscan los vanos aplausos. ‘No me gusta que seas - dice al presbítero Nepociano - un declamador y charlatán, sino hombre enterado del misterio y muy versado en los secretos de tu Dios. Atropellar las palabras y suscitar la admiración del vulgo ignorante con la rapidez en el hablar es de tontos' (Ep. 52, 8, 1)"[6].

Los Padres proponían eliminar los aplausos de las iglesias, también por los frecuentes abusos cometidos por espíritus ambiciosos y perversos. Con respecto a esto, es interesante la noticia de Eusebio de Cesarea acerca del heresiarca Pablo de Samosata, quien insultaba a los que no lo aplaudían, y cuyos modos recordaban no los de un Obispo, sino los de un sofista o de un malabarista[7].

Michele Chiappo

(Continúa)



[1] http://archiviostorico.corriere.it/2004/maggio/18/
chiesa_niente_piu_foto_filmini_co_10_040518033.shtml;
http://archiviostorico.corriere.it/2004/maggio/22/
Alla_Chiesa_addice_silenzio_non_co_10_040522031.shtml

[2] http://www.lastampa.it/_web/cmstp/tmplRubriche/editoriali/grubrica.asp?ID_blog=41&ID_articolo=449&ID_sezione=56&sezione=

[3] http://www.et-et.it/articoli/Vivaio/2006/vivaio_06_05.html

[4] J. Bingham, Origines Ecclesiasticae or the Antiquities of the Christian Church and Other Works, V, William Straker, London 1834, 140.

[5] Giovanni Crisostomo, Omelie sugli Atti degli Apostoli, 30.

[6] Benedicto XV, Carta Encíclica Spiritus Paraclitus (15 de setiembre de 1920).

[7] Eusebio di Cesarea, Storia Ecclesiastica, VII, 30, 9.


22/11/09