Profundizaciones



UNA PROPAGANDA QUE PRODUCE MOLESTIA


Desde muchas partes, en la parroquia, se nos pide, a veces con cierta inquietud, si es verdad que el pago del "diezmo" representa una obligación para un católico. Esta pregunta es la consecuencia de la propaganda de sectas y grupos cristianos, muy activos en el territorio de la parroquia de Ypacaraí, que recurren a esta imposición para su financiamiento.

En su edición del 6 de diciembre, el diario "La Nación" ha publicado un amplio dossier sobre la secta que más está creciendo en el Paraguay, denominada "Iglesia Universal del Reino de Dios" (IURD), o sea, "Pare de sufrir". Según el diario, para la secta, que tiene unos treinta templos en el Paraguay y unos seis mil en el mundo, quien más dinero done a Dios, más dinero obtendrá. El diezmo forma parte integrante de lo que se ha convertido en un verdadero imperio económico, como se puede leer en la página 4: "En 1989, la IURD apoyó a Fernando Collor de Mello y compró la Rede Record de Televisión por 45 millones de dólares. Record es la segunda cadena televisiva del país... En 2000 tuvieron unas ganancias de 735 millones de euros, 400 millones más que Autolatina, la empresa privada más rentable del país". Como cuenta el que se presenta como un ex asiduo seguidor de la secta, en la página 3, "al final, antes de despedirnos, siempre entregan un sobre con un papelito en donde vos tenés que anotar tu sufrimiento, por qué te vas al templo, y en el mismo sobre tenés que poner tu diezmo".

Frente a la preocupación de numerosos parroquianos, vale la pena profundizar en la cuestión, partiendoLa escalera de Jacob de sus fundamentos bíblicos.

El diezmo en la Biblia

El diezmo era una costumbre de la antigüedad, no solo entre los hebreos, sino también entre los pueblos vecinos. Ya antes de la codificación de la ley de Moisés, "Abram dio la décima parte de todo lo que llevaba" a Melquisedec (Gén 14, 20) y Jacob, después de la visión de la escalera por la cual los ángeles subían y bajaban, prometió ofrecer a Dios la décima parte de todo (cf. Gén 28, 22).

El Libro del Levítico manda que se entregue a Dios, transfiriéndola a sus ministros, la décima parte de los frutos de la tierra, como reconocimiento de su señoría suprema (cf. Lev 27, 30-33). En el Deuteronomio se menciona también, además del anual, un diezmo que se tiene que pagar cada tres años a favor de los pobres (cf. Dt 14, 28-29).

En el Nuevo Testamento la orientación es diferente. En las palabras de Jesús, el pago del diezmo, aunque no es repudiado formalmente, es una de las características de los fariseos:

"¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes pagan el diezmo hasta sobre la menta, el anís y el comino, pero no cumplen la Ley en lo que realmente tiene peso: la justicia, la misericordia y la fe" (Mt 23, 23; cf. Lc 11, 42).

Es una vez más el fariseo el que ruega, puesto de pie en el templo, y declara: "Doy la décima parte de todas mis entradas" (Lc 18, 12).

Un pasaje de la Carta a los Hebreos se sirve del argumento de que Abrahán pagó el diezmo a Melquisedec, para afirmar que el sacerdocio de Melquisedec es superior y anterior al sacerdocio levítico, y que Jesús, pues, aunque no pertenezca a la tribu de Leví, es el único y verdadero sacerdote: "Por así decirlo, cuando Abrahán paga el diezmo, lo paga con él la familia de Leví, pues de alguna manera Leví estaba en su abuelo Abrahán cuando Melquisedec le vino al encuentro" (Heb 7, 9-10). A pesar del complejo razonamiento del autor de la Carta a los Hebreos, está claro que lo que quiere demostrar no es la necesidad de pagar el diezmo.

Es interesante notar que en ninguno de estos cuatro usos del término, los únicos en el Nuevo Testamento, se invita explícitamente a dejarse guiar por esta norma.

Jesús exhorta a no poner la propia confianza en las riquezas y a donar generosamente. No habla del 10%, sino del don total de la viuda. No impone una obligación, sino que presenta un ejemplo:

"Jesús se había sentado frente a las alcancías del Templo, y podía ver cómo la gente echaba dinero para el tesoro; pasaban ricos, y daban mucho. Pero también se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor. Jesús entonces llamó a sus discípulos y les dijo: ‘Yo les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros'" (Mc 12, 41-43).

Como Cristo mismo, la viuda ha dado a toda sí misma. Por esta razón, san Pablo fundamenta en el ejemplo de Cristo el discurso de la contribución económica, a favor de las comunidades cristianas y de los pobres:

"Ya conocen la generosidad de Cristo Jesús, nuestro Señor, que, siendo rico, se hizo pobre por ustedes para que su pobreza los hiciera ricos" (2Co 8, 9).

San Pablo, aunque retomando el principio contenido en el Antiguo Testamento, por el cual "los que trabajan en el servicio sagrado son mantenidos por el Templo, y los que sirven al altar reciben su parte de lo que ha sido ofrecido sobre el altar", no habla de porcentajes. Especifica, además, que él no se valió de este derecho, sino que trabajó con sus propias manos (cf. 1Co 9, 13-15).

Una costumbre del ancien régime

Una rápida ojeada a la historia de la Iglesia revela aspectos interesantes vinculados con los diezmos.

Si en la Iglesia primitiva, por lo que parece, no se trataba de una norma generalizada, en el Occidente medieval y moderno, al contrario, el diezmo fue una institución esencial para la economía: era el más pesado de todos los impuestos y el que se cobraba primero, directamente en los campos, en el momento de la cosecha. En muchas aldeas, la granja donde se recogían los diezmos era el edificio más grandeEl granero donde se guardaban los diezmos en Herkenrode (Bélgica) después de la iglesia parroquial.

Parece que la primera legislación en materia de diezmo remonta a la Francia merovingia, por medio de una carta escrita por los Obispos reunidos en asamblea en Tours en 567 y por medio del Concilio de Macon en 585. Sucesivamente, el pago del diezmo se volvió obligatorio en todos los países de la cristiandad, por decisiones de la autoridad eclesiástica. Carlos Magno otorgó a la Iglesia el derecho de cobrar el diezmo, y esto convirtió el diezmo en ley del Estado.

Inicialmente el diezmo se pagaba al Obispo, después directamente al párroco; sin embargo, pronto se lo transfirió a feudatarios locales a cambio de su protección. Para reaccionar frente a estos abusos, el Tercer Concilio Lateranense (1179) decretó que los diezmos ya no se debían transferir a los laicos, sin el consentimiento explícito del Papa. Al tiempo de Gregorio VIII se instituyó el así llamado diezmo de Saladín, que debían pagar los que no participarían directamente de la Cruzada por la Tierra Santa.

Con la Revolución Francesa, el diezmo fue abolido, junto con otros privilegios, el 4 de agosto de 1789. La Constitución Civil del Clero del año siguiente estipuló, a su vez, el pago por parte del Estado de un estipendio para el Clero.

Este tipo de evolución, sucesivamente, se difundió a los demás Estados y llevó gradualmente a la desaparición del diezmo como ley eclesiástica.

Si en la Biblia el diezmo aparece como una costumbre relacionada con el Antiguo Testamento, la historia de la Iglesia muestra que el diezmo está vinculado al así llamado ancien régime. Volver a introducirlo sería tan anacrónico como reclamar la reinstauración del poder temporal de la Iglesia.

Las normas actuales

Las disposiciones vigentes de la Iglesia no contemplan el pago del diezmo. Inspirándose en el pasaje de san Pablo, en base al cual "cada uno dé según lo que decidió personalmente, y no de mala gana o a la fuerza, pues Dios ama al que da con corazón alegre" (2Co 9, 7), el Catecismo de la Iglesia Católica reafirma un principio ya adquirido:

"El quinto mandamiento (ayudar a la Iglesia en sus necesidades) señala la obligación de ayudar, cada uno según su capacidad, a subvenir a las necesidades materiales de la Iglesia"[1].

En este mismo pasaje se remite al Código de derecho canónico, que declara, en el can. 222 §1:

"Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el conveniente sustento de los ministros".

El Catecismo menciona el diezmo solo de paso, como una costumbre de la Antigua Alianza, cuya finalidad era la ayuda de los pobres:

"En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición delParroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo, pago cotidiano del jornalero, derecho de rebusca después de la vendimia y la siega) corresponden a la exhortación del Deuteronomio: ‘Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra' (Dt 15, 11)"[2].

Son estas afirmaciones del Magisterio, y no el discurso sobre el diezmo, las que orientan la acción de los manzaneros y las manzaneras de la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí, que recorren las varias manzanas de su barrio, sensibilizando a los fieles y pidiéndoles una contribución libre para la parroquia. En las fichas en las que anotan escrupulosamente las donaciones de cada familia, resaltan precisamente las mencionadas palabras de san Pablo, que invitan a dar según lo que decide el corazón, sin aprieto o culpabilidad frente a la propaganda de ciertas sectas, que hacen una lectura fundamentalista y equivocada de la Biblia, sino con la alegría de sentir la parroquia como algo propio y de cuya vida uno se hace cargo.

Michele Chiappo


 



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 2043.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 2449.


16/12/09