Conocer la vida consagrada/16



"escucha, hijo..."

El servicio de la autoridad religiosa


"
Escucha, hijo, los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto el consejo de un Padre piadoso, y cúmplelo verdaderamente...".

Es el comienzo de la Regla de san Benito, que introduce también el discurso sobre la autoridad religiosa y la importancia de su mediación.

La cultura occidental de hoy acoge con dificultad la noción de autoridad. En nombre de la autonomía de la persona, también en los institutos de vida consagrada, se asiste a una reorganización de la función de la autoridad religiosa. Es esta la razón que ha empujado a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica a dedicar una Instrucción al tema del ejercicio de la autoridad[1]. No es fácil, en una cultura fuertemente marcada por el individualismo, hacer reconocer la función que esta ejerce a beneficio común[2].

Sin duda, una visión cultural más respetuosa de los derechos de la persona ha ayudado la vida consagrada a vivir con un mayor equilibrio la relación autoridad-obediencia. Sin embargo, esto no anula la importancia de la función que la autoridad está llamada a ejercer, y que permanece fundamental en la vida consagrada.

Origen de la autoridad religiosa

La autoridad en los institutos de vida consagrada no tiene la misma naturaleza que la jerárquica, que encuentra sus raíces en el sacramento del Orden. Los orígenes de la autoridad en la vida consagrada son esencialmente carismáticos, y su transmisión está en relación con el don que la familia religiosa ha recibido.

Esta realidad es particularmente visible en las personas de los Fundadores, quienes tienen una autoridad de hecho, gracias a una presencia particular de Dios en sus personas y sus proyectos.

En el curso de la historia de la Iglesia, hubo hombres y mujeres que han expresado esta autoridad de tipo carismático, otorgada a ellos por el don del Espíritu. El ejercicio de esta no estaba vinculado a ningún reconocimiento formal de parte de la jerarquía, que ha intervenido solo después para autenticarla y declararla eclesial.

No es la comunidad religiosa la que confiere la autoridad al superior, aunque sus miembros colaboran, según modos y procedimientos diferentes, en designarlo. El superior no es nunca un delegado, ni un simple representante de la comunidad.

Los superiores, en efecto, están llamados a ejercer la autoridad en conformidad al don del Espíritu, y a representar una mediación fundamental en vehicular la voluntad de Dios, en el interior del proyecto evangélico del instituto.

El modo de ejercer la autoridad no es unívoco: en un instituto claustral la autoridad no se ejerce del mismo modo que en un instituto dedicado al apostolado.

Hay tradiciones espirituales diferentes, que permiten considerar al superior, a veces, como un padre, o bien, como un maestro, o todavía, como un acompañante. Detrás de cada una de estas tradiciones hay un proyecto carismático, que modela el ejercicio de la autoridad.

La actitud de obediencia que corresponde al ejercicio de la autoridad, a su vez, es expresión de la aceptación del mismo proyecto carismático, que da sentido a la existencia de la familia religiosa, y de la acogida de las mediaciones a través de las cuales este se expresa y se realiza.

La conciencia de la propia identidad carismática, por eso, es fundamental también para la autoridad, para comprender el servicio que está llamada a hacer, porque el ejercicio de la autoridad es él mismo un acto de obediencia religiosa.

Autoridad y corresponsabilidad

La persona consagrada ha adherido a un proyecto evangélico, y se pone en un estado de dependencia de la voluntad de Dios, que la autoridad religiosa ayudará a discernir en los acontecimientos de la vida.

El superior no da órdenes según los propios criterios, sino como intérprete fiel del proyecto carismático del instituto. Para hacer esto tiene que permanecer en una actitud continua de escucha de la Palabra[3].

Esta mediación ejercida por los superiores va más allá de funciones de buena organización, de programas y de gestión de las obras. Ayuda a los miembros a buscar la voluntad de Dios, indicando caminos concretos. La autoridad está esencialmente al servicio de esta búsqueda, a fin de que se realice en la sinceridad y la verdad[4].

La acogida de la autoridad no se opone al principio de corresponsabilidad, según el cual todos los miembros de una familia religiosa están igualmente llamados a comprometerse y a favorecer un dinamismo comunitario, para dar cuerpo al proyecto común.

La autoridad religiosa está llamada a hacer irradiar el carisma, a través de la vida y la acción de los miembros, haciendo fructificar los talentos de cada uno en el interior del don colectivo, sin reducir la obediencia a formas de sumisión militar, ni la propia función a protección de infantilismos o de irresponsabilidades personales.

La autoridad religiosa tiene que estimular a las personas a crecer en la madurez evangélica. Tiene la tarea de hacer visible y concreta la voluntad de Dios, que requiere siempre asumir una responsabilidad, hacer algunas elecciones, recorrer un camino de conversión[5].

Silvia Recchi



[1] Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, Instrucción "El servicio de la autoridad y la obediencia". Faciem tuam, Domine, requiram, 11 de mayo de 2008.

[2] Cf. Vita consecrata, 43.

[3] "Los Responsables, por lo tanto, ejercitarán su gobierno principalmente escuchando la Palabra que el Señor dirige a su pueblo, y comunicando de manera confiable y eficaz esta misma Palabra", Estatuto de la Comunidad Redemptor hominis, art. 43.

[4] Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, Instrucción "El servicio de la autoridad y la obediencia"..., 12.

[5] Cf. S. Recchi, Il servizio dell'autorità religiosa e la cultura contemporanea, en "Consacrazione e servizio" 55/5 (2006) 30-36.





29/01/2010