Profundizaciones
 


HE COMBATIDO EL BUEN COMBATE...



El abandono de un sacerdote ya no es uno scoop de primera página, por el número creciente de clérigos que dejan su ministerio, por los motivos más diversos.

Desde 1964 hasta 2004, decía Gianpaolo Salvini, 69.063 sacerdotes han abandonado el ministerio. Desde 2000 hasta 2004, cada año el 0,26% de los sacerdotes deja el ministerio, y esto quiere decir 5.383 en cinco años. La mayor parte de las causas del abandono - que acontece, en promedio, después de trece años de vida sacerdotal - es debida a situaciones de inestabilidad afectiva, junto con otros factores, que hacen la situación de muchos sacerdotes casi irreversible. Sin embargo, hay también muchos casos de crisis de fe, de conflictos con los superiores, de dificultades con el magisterio, de depresiones graves y de límites caracteriales[1].

Seguramente, detrás de todos estos abandonos hay algunos dramas humanos y situaciones dolorosas, algunas incomprensiones y tormentos; pero, tal vez, también algunas actitudes de superficialidad y de irresponsabilidad, algunos vicios y entorpecimientos escondidos. No es de esto, sin embargo, de lo que querría hablar.

Unas semanas atrás, algunos diarios belgas han salido presentando grandes títulos acerca de un sacerdote, párroco de un pueblo del Limburgo belga, que abandonaba su ministerio, y con algunas entrevistas al lado, para detallar los contornos, y hacernos conocer su elección de compartir ya su vida con su compañera.

Lo que hace estos hechos "interesantes", por decirlo así, son los comentarios que suscitan en los lectores, ávidos de estas noticias.

Junto con la polémica, siempre presente, acerca de la ley del celibato de los sacerdotes, "impuesta" por la Iglesia, se lee, por ejemplo: "¡Es un hombre valiente!"; "Es un hombre honesto"; "Es digno de todo nuestro respeto"; "Estamos orgullosos de él"; "Felicidades"; "¿Por qué no sacerdote y casado al mismo tiempo?"; "¡Tiene la gracia de la doble vocación!", y otras hierbas. Estos son solo algunos ejemplos de reacciones de los lectores, reveladores de una mentalidad y una cultura, que marca este tiempo.

Me habían enseñado que un hombre valiente es el que no pierde la virtud de la fuerza y no se asusta delante de los peligros, que afronta los peligros con serenidad, que no se desanima a causa del dolor tanto físico como moral; el que afronta a cara descubierta el sufrimiento, las pruebas, la duda, la incertidumbre, la intimidación.

Había pensado siempre que un hombre honesto fuese el que, también en las debilidades y en las caídas de su vida, en el pecado, es incapaz, de poner trampas a sí mismo, a los demás y a Dios.

Me había convencido de que uno debiese respetar a quien hubiese llegado hasta el fin de su carrera, y tuviese que congratularse con él; con quien hubiese cumplido con diligencia su trabajo, hubiese permanecido fiel a su sueño de juventud y a su elección de vida, hubiese mantenido sus promesas y sus compromisos hasta el fin, y al cual, como en el Evangelio, se pudiese decir: "Muy bien, servidor bueno y honrado, ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón" (Mt 25, 21).

Aquí pensaba, como decía el Papa, en todos aquellos sacerdotes, que, con su ofrecimiento humilde yDietrich Bonhoeffer cotidiano de las palabras y los gestos de Jesús, se esfuerzan por unirse a Él con sus pensamientos, su voluntad, sus sentimientos y el estilo de toda su existencia; pensaba en su servicio escondido y frecuentemente no gratificador, que nunca se encuentra bajo la luz de los reflectores o que nunca hace noticia en los diarios; pensaba en la valiente fidelidad de los tantos sacerdotes, que, aunque confrontados con las dificultades y las incomprensiones, permanecen fieles a su vocación, a la fuente de su existencia, a la memoria de sus orígenes[2].

¿No es, tal vez, la pérdida de esta "memoria", nos recordaba Bonhoeffer, la causa de la ruina de todos nuestros vínculos con los demás: amor, matrimonio, amistad, fidelidad? Nada arraiga, nada se consolida, todo es a corto plazo, a breve respiro. Pero, los bienes, como la justicia, la verdad, la belleza, y todas las grandes realizaciones, en general, tienen necesidad de tiempo, de firmeza, de "memoria", o bien, acaban por degenerar[3].

La fidelidad, la perseverancia hasta el fin - no por una norma jurídica, sino por una vivencia que viene del corazón, de la propia libertad, de la propia responsabilidad, del amor - hoy, se han transformado en valores raros o considerados como superados por una cultura, que nos predica, en todas las formas, la primacía de una fragmentación de la vida, de una posmodernidad, donde nada está fijado, sino que todo es móvil y aleatorio, fluido.

 Y también el hombre es fluctuante. Es el hombre de un momento, nos decía ya el Evangelio (cf. Mt 13, 21). Y, entonces, los compromisos son a medio tiempo; los matrimonios son a prueba; las consagraciones y las ordenaciones se vuelven a plazo, a tiempo determinado, según el propio sentimiento.

Fidelidad, perseverancia: ¿no son exactamente estos algunos entre los grandes desafíos, que se deben aceptar y ofrecer claramente al hombre y, en particular, al cristiano de hoy, a fin de que, en la tarde de la vida se pueda decir: "He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe" (2Tm 4, 7)?

Giuseppe Di Salvatore



[1] Cf. G.P. Salvini, Preti che "abbandonano", preti che "ritornano", en http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/169450

[2] Cf. Carta del Sumo Pontífice Benedicto XVI para la convocación del año sacerdotal, con ocasión del 150 aniversario del "diez natalis" del Santo Curato de Ars, en http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/letters/2009/documents/hf_ben-xvi_let_20090616_anno-sacerdotale_it.html

[3] Cf. D. Bonhoeffer, Resistenza e resa. Lettere e appunti dal carcere. Introduzione di I. Mancini, Bompiani, Milano 1969, 179.


13/03/2010