Perfiles misioneros y espirituales   


EL "TEJEDOR" DE LAS OBRAS DE DIOS EN SURINAM

PADRE PEDRO DONDERS/2


 

Antes de su ordenación diaconal, el Obispo le había hecho el augurio, jugando con su apellido[1], de volverse, en Surinam, "un 'filius tonitrui', un ‘hijo del trueno'"[2]. La espera de un año lo preparó, en el plano de la gracia, para que este "trueno" pudiese tener un fragor todavía más fuerte. El 16 de septiembre de 1842, después de 46 días de viaje, Pedro Donders llegó a Surinam.

La acogida muy alegre que recibió a su llegada le hizo escribir a su amigo en Holanda que "quien deja a su padre o a su madre o a sus hermanos etc. en Su nombre recibirá el todoPadre Pedro Donders centuplicado"[3].

El campo de su apostolado era muy vasto, y Mons. Grooff se lo presentó en toda su cruda realidad: estaban los indígenas, los así llamados aborígenes, con los cuales no se había tomado contacto todavía, los esclavos de las plantaciones, los negros de la floresta huidos de las plantaciones, y sobre todo había la situación de muchos europeos propietarios de plantaciones. Acerca de estos últimos, Donders escribió más tarde: "¡Ay, ay de ti, Surinam, en el día del gran juicio! ¡Ay, ay mil veces, ay de los europeos, propietarios de los esclavos de las plantaciones, de los administradores, del director, de los funcionarios blancos y de todos ustedes que dominan sobre los esclavos! ¡Infelices ustedes, que se enriquecen con el sudor y la sangre de los pobres esclavos, que solo en Dios hallan defensa!"[4].

Vicario parroquial de Paramaribo

Después de un breve período de aclimatación, durante el cual pudo conocer un poco los lugares y a la gente, empezó a pleno ritmo su actividad pastoral. En efecto, nombrado vicario parroquial de Paramaribo, golpeó a todas los puertas para conocer personalmente a sus feligreses. Avanzó hasta la colonia de Batavia, donde los casi 300 leprosos, sobre todo esclavos, habían sido desterrados para su último tramo de vida. Este lugar fue definido por Donders "lugar de la misericordia de Dios", y en este lugar y con estas personas compartirá más tarde 27 años de su vida.

El trabajo pastoral empezaba de madrugada muy temprano: en efecto, cuando el sacristán entraba en la iglesia, antes de las cinco, hallaba al vicario parroquial arrodillado, rezando antes de la santa Misa.

Aunque todavía no había entrado a formar parte de los hijos de San Alfonso María de Ligorio, en su actitud hallamos ya los fundamentos de su espiritualidad: "Para que, por lo tanto, el sacerdote pueda conducir muchas almas a Dios, es necesario que él se haga conducir por Dios. Así han hecho los santos obreros, por ejemplo: santo Domingo, san Filippo Neri, san Francisco Javier, san Juan Francisco Regis. Estos transcurrían todo el día ayudando a los pueblos, pero la noche luego la gastaban en la oración, en la que perseveraban hasta que el sueño los hacía caer. Llevará más almas a Dios un sacerdote de mediocre doctrina, pero de gran celo, que muchos doctos pero tibios"[5].

Después de la Misa, Pedro Donders hacía la catequesis a los niños y las visitas a los feligreses. Detrás de sus casas estaban las barracas para los esclavos. Estas se encontraban en una condición tan miserable que los campesinos holandeses no habrían puesto en ellas ni sus animales. Alrededor de 8.000 eran los esclavos que vivían en la ciudad. Estas personas se hallaban privadas de cualquier derecho, y sus dueños podían hacer de ellos lo que querían. Por la más pequeña falta se los maltrataba de manera horrible, y el gemido de los esclavos martirizados se escuchaba por toda la ciudad[6].

Durante 14 años Pedro Donders visitó, todos los días, a sus feligreses. A menudo, los "dueños" lo echaban, pero él volvía aunque lo insultaban, le tomaban el pelo, lo mortificaban, e incluso lo escupían o lo acogotaban. No era fácil entrar en las casas, ni de los más pobres y, por eso, a veces, él inventaba una estratagema[7]. Todos los caminos eran adecuados para estar con los más pobres, y llegar a hablar al corazón de sus feligreses, sin distinción de persona.

Primer anuncio entre los esclavos

Las visitas no se limitaban a la sola ciudad. El vicario parroquial Donders iba regularmente entre los esclavos de las plantaciones. En aquel período ellos eran 48.000, distribuidos en 400 plantaciones.

Pedro Donders tuvo que conquistar este espacio con años de agotadores viajes y rechazos. Después de cuatro años, podía entrar solo en dos plantaciones. Su constancia, unida a la oración continua durante el viaje y al coraje, le permitió, en fin, entrar también en las demás plantaciones.

No podía intervenir directamente sobre los dueños para defender los esclavos como habría deseado, porque ellos, por consecuencia, le habrían impedido de estar allá y de llevar, a pesar de las situaciones aberrantes, una palabra de consuelo y de liberación. Con su presencia, desafiando peligros y fatigas, con su catequesis simple y paciente, Pedro Donders sembró la primera semilla de una fe que se desarrolló más tarde, en 1863, cuando los esclavos fueron reconocidos por la ley como hombres libres[8].

Párroco de los leprosos

La aventura de la fe, para Pedro Donders, continuó con siempre nuevos desafíos, después del nombramiento, en 1856, como párroco de Batavia, en una colonia para los leprosos. Cuando llegó, allí no estaban ni los enfermeros. Los enfermos tenían que ayudarse el uno al otro. El deterioro material y espiritual era grande. A la enfermedad incurable se agregaban las incomodidades debidas a falta de cuidado, de trajes, de alimento. Para los leprosos, el párroco Donders no se echaba atrás delante de ningún trabajo. En sus visitas diarias, empezaba por la limpieza de la cabaña para pasar luego a la limpieza de las llagas repugnantes, sin tener miedo de contagio. Todos los días reunía a su rebaño alrededor del altar, y de mañana y de tarde para el rezo. Luego, de tarde, había el catecismo y tres veces por semana la procesión a la capilla de la Virgen María, y se rezaba particularmente por los dos grandes males de Batavia: la idolatría y la prostitución. Contra los pecadores públicos y, sobre todo, contra los obstinados él intervenía con fuerza[9].

En su humanidad, el padre Donders buscó amar, a partir del amor que él había conocido. "Son notorias sus reacciones violentas y sus invectivas contra toda forma de escándalo"[10]. No se detenía ni por piedad frente a los leprosos, porque sabía bien que, en aquel infierno humano de sufrimiento físico y espiritual, la única salvación, para ellos, se encontraba en el nombre de Jesús, y de Jesús crucificado y resucitado. Con amor y verdad, en su responsabilidad de pastor de aquel rebaño, ha buscado preocuparse de la salus animarum (salvación de las almas), preparándolo al encuentro con Aquel que no habría tardado en llegar.

Lucia Ferrigno

(Continúa)



[1] La palabra donder(s) en el idioma holandés significa trueno(s).
[2] B. Rademaker, Petrus Donders. Pelgrimage naar een melaatsendorp, Paul Brand, Bussum 1956, 49. [3] B. Rademaker, Petrus Donders..., 60.
[4] J.L.F. Dankelman, Peerke Donders. Schering en inslag van zijn leven, Gooi en Sticht, Hilversum 1982, 107.
[5] S. Alfonso M. De' Liguori, Sacerdote ascoltami, Edizioni Paoline, Roma 1957, 128-129.
[6] Cf. B. Rademaker, Petrus Donders..., 72.
[7] Cf. B. Mulder, Petrus Donders. Apostel van de melaatsen, Paramaribo 1979, 61-62.
[8] Cf. B. Rademaker, Petrus Donders..., 87-99.
[9] Cf. B. Rademaker, Petrus Donders..., 104-110.
[10] N. Ferrante, I processi canonici per la beatificazione del Ven. Pietro Donders (1809-1887), en Studia Dondersiana beato Petro Donders CSSR leprosorum apostolo in solemni beatificatione obsequii fratrum munus, Collegium S. Alfonsi de Urbe, Roma 1982, 391.


13/04/2010