Perfiles misioneros y espirituales  


EL "TEJEDOR" DE LAS OBRAS DE DIOS EN SURINAM

PADRE PEDRO DONDERS/3


Padre redentorista y apóstol entre los indígenas

La vida del párroco Donders reserva todavía otras sorpresas.

El apostolado entre los leprosos no fue su última experiencia. El Señor tenía otros planes para este misionero, lleno de energía y de ganas de vivir. La misión del Surinam fue encomendada, para subvenir a la falta de misioneros, a la Congregación de los Padres Redentoristas. Donders enseguida aprovechó la oportunidad para leer la vida de su fundador, san Alfonso María de Ligorio, en un libro que se encontraba en su biblioteca. Luego, a la primera ocasión, presentó la solicitud para entrar a formar parte de esta familia religiosa. Después de un breve período de noviciado, el 24 de junio de 1867, a la edad de casi 58 años, pronunció los votos perpetuos.

Con la entrada en esta familia religiosa, se abrieron, para él, otras perspectivas pastorales. Por la presencia de otros sacerdotes, pudo alejarse periódicamente de Batavia, para ir a buscar a los indígenas y los negros de la floresta. El ser casi sexagenario no fue, para él, un impedimento, porque tuvo todo el ardor y la fuerza para empezar a buscar aquellas "ovejas", que no habían sido abordadas todavía, y que, con pasión de padre, sentía que llevaba en su corazón ya desde el principio.

Con el permiso de su Superior, se puso de nuevo en camino por las florestas, allá donde los indígenas vivían. Donders encontró a las tres tribus de los Arrowakken, de los Warrouwen y de los Karaïben. Las primeras dos lo acogieron bien desde el comienzo, y se mostraron receptivas al mensaje evangélico. Los Karaïben, un poco más cerrados, le causaron más preocupaciones. Por esta gente, que amaba la música, él aprendió hasta a tocar el armonio, que llevaba consigo, a pesar de todas las dificultades que constituía una tal carga, en sus largos y dificultosos viajes por la floresta. Tocó todos los resortes para la tribu de los Karaïben, ubicada a lo largo del río Tibiti, que visitó constantemente, durante ocho años. Pero, los frutos que recogió de su empeño apostólico fueron decepcionantes[1].

Apostolado entre los negros de la floresta

Los negros de la floresta, esclavos huidos de las plantaciones y dispersos por los lugares más apartados, para no ser alcanzados por los dueños, conocieron a este gran misionero en sus innumerables viajes. El padre Donders estaba consciente de la gran dificultad que habría encontrado con este pueblo, no solo por las diferencias culturales, sino también porque la gente vivía defendiendo la propia libertad, arrancada con la fuga de sus verdugos. Con ellos y, tal vez, precisamente para ellos no dejó nada de inexplorado. El padre Donders no vio, con los ojos de la carne, claros signos de conversión en este pueblo. Solo algunos de ellos se convirtieron, a pesar de haber continuado sus visitas por dieciocho años. En efecto, cuatro semanas antes de su muerte escribía: "Con los negros de la floresta no anda como debería ser. Pero, paciencia y confianza en Dios". Sin embargo, treinta años después de su muerte, un negro de la floresta contó que su gente tenía mucho respeto por el padre Donders, al cual hasta atribuían una fuerza milagrosa, y muchas veces le habían pedido que rezara por ellos[2].

Método misionero

A veces nos preguntamos sobre qué método misionero hay que aplicar, en nuestras tierras descristianizadas, para llegar a acercarnos tanto a quienes se hayan alejado de la fe cristiana, como a los que todavía no la conozcan. Esta dificultad, para nosotros tan actual, la ha encontrado en Surinam también el Padre Donders, en la parroquia que se le había encomendado. Él no se hizo apoderar por el desaliento, aunque hubiese tenido todas las razones para hacerlo. En cambio, con paciencia, comenzó a visitar a cada familia, a entrar en cada casa, para hacerse conocer y conocer a los demás. No se cansó de hacer las mismas cosas, aunque no veía enseguida los resultados. Él ha tenido la perseverancia y la paciencia de quien sabe que es portador de un tesoro, que se encuentra en vasos de barro, y de quien sabe que cada persona tiene uno de ellos. He aquí, entonces, la tarea del evangelizador: hace descubrir, también a costa de la propia vida, que cada uno es portador de un tesoro, que debe dar sus frutos.

La paciencia con las personas y con los acontecimientos lo condujo a no forzar las situaciones que vivía, sabiendo que los tiempos de Dios son tiempos largos. Esto lo empujó a tener siempre viva la atención para con los más pobres de sus misiones, y para con todas las realidades que habrían tenido necesidad de una palabra de salvación, a partir de los indígenas, de los negros, de los esclavos, de los leprosos.

El vicario apostólico, Mons. Juan Swinkel, redentorista, hablando de Donders, observaba que había sido golpeado por la "docilidad de un niño presente en un hombre de 58 años, que había trascurrido 25 de ellos en un apostolado sin fronteras, corriendo siempre tras las tribus de los nómadas de las sabanas y de las florestas, siempre consumido por la sed insaciable de almas, teniendo como ley solo la mayor gloria de Dios. Esta docilidad, una vez que se hizo religioso, no mortificará, sino que exaltará infinitamente su espíritu indómito de conquista, para la realización completa de su programa: siempre al servicio de los más pobres entre los pobres, de los más pecadores entre los pecadores"[3].

Leyendo su sugestiva vida, notamos que siempre ha dado todo de sí; nunca un titubeo o un momento de fatiga, en una vida, podríamos decir, extenuante de día y de noche.

Me parece que la clave de lectura, para quien se acerque a un hombre como el padre Donders, es la deBatavia saber que nos encontramos frente a una persona que, una vez conocido el amor de Dios, ha hecho del ahondamiento en este amor el programa de su vida, no echándose atrás nunca frente a ninguna dificultad ni material ni espiritual.

En los últimos días de su vida en Batavia recibió los cuidados de un cofrade enfermo de lepra, en estado muy avanzado. La imagen del Cristo sufriente estaba ante él, y se unía a su personal sufrimiento. Vivió así el paso de la vida terrenal a la vida eterna, en soledad, y en un coloquio de solo a solo con Dios, allá donde el hijo vuelve a encomendarlo "todo", para siempre, en las manos del Padre.

Lucia Ferrigno



[1] Cf. B. Rademaker, Petrus Donders. Pelgrimage naar een melaatsendorp, Paul Brand, Bussum 1956, 116-135.
[2] Cf. B. Rademaker, Petrus Donders...,136-146.
[3] N. Ferrante, I processi canonici per la beatificazione del Ven. Pietro Donders (1809-1887), en Studia Dondersiana beato Petro Donders CSSR leprosorum apostolo in solemni beatificatione obsequii fratrum munus, Collegium S. Alfonsi de Urbe, Roma 1982, 363-364.

30/04/2010