DE APARECIDA A YPACARAÍ


Reflexión teológico-pastoral sobre el Documento de Aparecida


 


De Aparecida a Ypacaraí
Emilio GRASSO, De Aparecida a Ypacaraí. Reflexión teológico-pastoral sobre el Documento de Aparecida, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2010, 104 págs.

Desde el 13 hasta el 31 de mayo de 2007, se realizó en Aparecida, Brasil, la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.

El 29 de junio del mismo año, el Santo Padre Benedicto XVI, que había abierto los trabajos de esta misma Conferencia General, autorizó la publicación del Documento Conclusivo, “pidiendo al Señor que [este Documento fuera] luz y aliento para una fecunda labor pastoral y evangelizadora en los años venideros”[1].

Uno de los grandes maestros del siglo pasado, Marie-Dominique Chenu, nos presenta, en un pequeño libro Une école de théologie: le Saulchoir, que constituye un monumento fundamental de la historia de la teología del siglo XX, esta definición de la teología: “Una teología digna de este nombre es una espiritualidad que ha encontrado instrumentos racionales adecuados a su experiencia religiosa”[2].

Se trata, en sustancia, de una reflexión crítica a la luz de la palabra de Dios y de la gran tradición del pueblo de Dios, sobre la experiencia espiritual e histórica vivida.

En este trabajo, no presento una reflexión sistemática sobre el Documento de Aparecida, sino una reflexión teológico-pastoral, que tiene como punto de partida aquel Documento, y como punto de aterrizaje la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí, perteneciente a la Diócesis de San Lorenzo (Paraguay).
Naturalmente, en otro contexto histórico se habría hecho otra lectura del Documento, evidenciando otros aspectos del mismo, que en esta lectura no aparecen o no están puestos de relieve como merecen.

Este trabajo se inscribe en el determinado contexto que vive la parroquia de Ypacaraí hoy.

Otros contextos, no cabe duda, habrían privilegiado otro tipo de lectura.

Hemos tomado como eje central del Documento la afirmación contenida en el n.º 155: la Trinidad, como fuente, modelo y meta del misterio de la Iglesia. Con esta afirmación, volvemos a la fundamental toma de posición del Concilio Vaticano II, que, acerca de los principios doctrinales de la actividad misionera de la Iglesia, con su autoridad magisterial, declara: “La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre”[3].

De la comunión con la Trinidad brota la comunión de los discípulos del Señor, que se reúnen entre ellos para participar en la única mesa de la palabra del Señor y de su Cuerpo y Sangre, que se nos ofrecen en la celebración eucarística.

Son estas las dos coordenadas polares que guían la peregrinación de la Iglesia, “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”[4].

Es la relación personal con Jesucristo, por lo tanto, la que precede a cualquier envío a la misión. La fuente dinámica del discipulado misionero necesita una experiencia de relación con Dios, que exige un encuentro llevado a cabo en el silencio, la escucha y la adoración.

Se subraya la necesidad de volver a estos fundamentos místicos de la misión, en un tiempo de fuerte y marcada burocratización, donde en la Iglesia predomina aquella enfermedad que se llama “reunionitis”. Debemos tener el coraje de romper el círculo mortal de la infinidad de diálogos permanentes, organizaciones, consultas, congresos, comisiones, grupos de presión, nuevas estructuras, experimentos, estadísticas, citas… donde se pasa todo el tiempo sin concluir nada y todo se reduce a hablar, debatir, proponer, discutir, proyectar, organizar….

Aparecida promueve, como escuela de vida cristiana, la centralidad de la Eucaristía, junto con la Adoración eucarística, en lo que llama pastoral del domingo.

Esta centralidad, unida a la pastoral del domingo, interrumpe la fragmentación de la unidad de la parroquia, e impide que quienes vivan la riqueza de legítimas expresiones y carismas diferentes se reduzcan a tantos arroyuelos que no confluyen con el gran y único río, que conduce a la patria celestial.

La centralidad de la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana, plantea el problema del financiamiento de la Iglesia, porque sin pan y vino frutos de la tierra y del trabajo del hombre, no hay Eucaristía.

La colecta se debe colocar en el marco del sentido eucarístico y no fuera de él. Pertenece a la edificación de la Iglesia-Eucaristía, de la Iglesia-Comunión, de la Iglesia-Pueblo de Dios.

Sin estos fundamentos teológicos, la Iglesia se reduce a una estación de servicio cualquiera y los miembros del Cuerpo de Cristo se vuelven usuarios fríos e indiferentes de estos servicios, que utilizan a su antojo.

Al contrario, el fundamento eucarístico de la colecta nos llama a defender el fruto del trabajo del hombre: su fatiga, su sudor, su sangre.

Ypacaraí se encuentra cerca del Santuario de Caacupé, donde, con ocasión de la solemnidad de la In-maculada Concepción, millares y millares de paraguayos van al Santuario para rendir su homenaje a la Virgen María.

La lectura del Documento de Aparecida nos ha hecho reflexionar sobre la falta de evangelización de la religiosidad popular. En efecto, durante los días de los festejos del 8 de diciembre, todo el camino recorrido por los peregrinos, así como la ciudad donde está el Santuario de María se transforma de in-maculado (sin mancha) en una tierra sucia, en un auténtico vertedero del Paraguay.

Esto no es un problema técnico de secundaria importancia. Aparecida, que tantos citan como una moda, afirma claramente que “el discípulo misionero, a quien Dios le encargó la creación, debe contemplarla, cuidarla y utilizarla, respetando siempre el orden que le dio el Creador. La mejor forma de respetar la naturaleza es promover una ecología humana abierta a la trascendencia que respetando la persona y la familia, los ambientes y las ciudades, sigue la indicación paulina de recapitular todas las cosas en Cristo y de alabar con Él al Padre”[5].

Nuestra lectura del Documento de Aparecida termina con una reflexión sobre la relación entre la Iglesia y la Ciudad, hecha en un tiempo de gran sufrimiento de la sana laicidad, que quiere decir colaboración, en la distinción y no en la separación, sin mezcla ni confusión, entre las esferas que pertenecen a la misión de la Iglesia y las que pertenecen al gobierno de la Ciudad. He expresado estas reflexiones en mi última homilía con ocasión del aniversario de fundación de la ciudad de Ypacaraí.

Abrigando la esperanza de que el desierto se convierta en lago y la tierra seca en manantiales, ofrezco lo que he leído en el Documento de Aparecida, en una noche tibia junto al lago azul de Ypacaraí.

Emilio Grasso

 



[1] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento Conclusivo. Aparecida, 13-31 de mayo de 2007, CELAM/Conferencia Episcopal Paraguaya, Asunción 2007, 5. De ahora en adelante se citará: Documento de Aparecida.
[2] M.-D. Chenu, Une école de théologie: le Saulchoir, Les Éditions du Cerf, Paris 1985, 148-149.
[3] Ad gentes, 2.
[4] Lumen gentium, 8.
[5] Documento de Aparecida, 125-126.

 

ÍNDICE

Introducción 

5

Aprender de los labios del Maestro a ser discípulos misioneros

11

La palabra de Dios, fundamento de la Misión Continental

 19

La experiencia de una relación con Dios, fuente dinámica del discipulado misionero

25

Hacia la Misión Continental 

 

Significado y contenido de la palabra auténtica

33

Fundamentos místicos de la Misión Continental

 41

Quien no celebra la Eucaristía con todos solo consigue  una caricatura de Eucaristía

51

Sin pan y vino no hay Eucaristía 

 

La cuestión del financiamiento en la Iglesia 

 57

Mujer y varón: ¿Naturaleza o cultura? 

 67

Realizar la unidad del género humano más allá de toda división

73

María Inmaculada, Tierra de Dios 

 79

Ypacaraí, la ciudad del lago 

 

Homilía con ocasión del aniversario de fundación de la ciudad 

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