Apuntes de Espiritualidad/33


JUSTICIA Y MISERICORDIA

Los dos pies de Dios




Hemos meditado, a menudo, sobre Jesús "Buen Pastor", dejándonos fascinar por la imagen de quien deja las noventa y nueve ovejas en seguro y se va a la búsqueda de la perdida.

Jesús, sin embargo, nos ha propuesto también otra parábola, la del "padre misericordioso", en la que no hay ninguna búsqueda del "hijo perdido", sino la espera paciente y atormentada de su regreso, contra toda esperanza.

Dos actitudes diferentes que aprendemos del mismo Jesús, y que parecen contrapuestas. Sin embargo, no debemos detenernos en la aparente contradicción que emerge de la comparación entre sí, sino acoger ambos aspectos, para poder comprender cada vez mejor el misterio de Jesús.

De la misma manera, podríamos quedar sorprendidos por el hecho de que, enviando a los discípulos a la misión, Jesús les dice que deben ir solo hacia las ovejas perdidas de la casa de Israel (cf. Mt 10, 5-6); únicamente más tarde mandará ensanchar totalmente el horizonte de la misión hacia "todas las naciones" (Mt 28, 19), para anunciar el Evangelio a "toda creatura" (Mc 16, 15).

Algunos modos de comportarse de Jesús, por lo tanto, pueden parecer contradictorios. En algunos momentos, Él parece duro e irremovible, como en el episodio del templo, cuando expulsa violentamente a quienes han hecho de él un lugar de mercado (cf. Jn 2, 15-16) o cuando rechaza, a primera vista, ayudar a la mujer cananea, comparándola, por ser extranjera, hasta con un perrito, al que no se debe echar el pan de los hijos: ella no es, por lo tanto, digna de las atenciones de Dios (cf. Mt 15, 22-26).

Nos podríamos preguntar adónde haya ido a parar, en estos episodios, aquella bondad del Señor predicada en todo el Evangelio: el "ofrecer la otra mejilla" y el "perdonar setenta veces siete", que han dado a Jesús aquella notoriedad de sabio, que se ha consolidado no solo entre los cristianos, sino también entre muchos pueblos.

Jesús no tiene nunca una relación anónima con las personas a quienes encuentra. En cada circunstancia se deja implicar hasta el fondo, y es así como se originan en Él tanto la ternura más profunda como la ira más violenta. Pero, Jesús es siempre el mismo y lo que de Él nace, aun en las actitudes más contrastantes, es siempre amor que él quiere comunicar a los hombres; Jesús revela, en cada ocasión, el amor del Padre que lo ha enviado, manifestando tanto la justicia como la misericordia de Dios. En su enseñanza, como en su vida, nos muestra a un Dios que sabe hacerse niño, para indicar al hombre los caminos de la salvación, pero, también a un Dios firmemente justo con quien rehúsa acoger su misericordia.

San Bernardo nos ayuda a comprender estos dos aspectos, que difícilmente logramos juntar con equilibrio, cayendo frecuentemente en el uno o en el otro extremo.

En el comentario al Sermón VI del Cantar de los Cantares, Bernardo habla de la justicia y de la misericordia, y las equipara a los dos pies de Dios. Dos son los pasajes bíblicos en que se basa. El primero es sacado del libro de los Salmos: "¡Siéntate a mi derecha y ve cómo hago de tus enemigos la tarima de tus pies!" (Sal 110, 1); el segundo, del Evangelio de Lucas, allá donde se habla de la pecadora a la que son perdonados los pecados, porque se ha postrado a los pies de Jesús, los ha lavado con su lágrimas y los ha secado con su cabello (cf. Lc 7, 36ss.).

Bernardo se inspira en el paso del Cantar de los Cantares, en el cual la esposa, admirando al Esposo, dice que sus piernas son como columnas de alabastro asentadas en basas de oro puro (cf. Cant 5, 15), y compara un pie de Dios con la justicia y el otro con la misericordia. Bernardo considera que estos dos términos se encuentran juntos en varios pasajes de la Sagrada Escritura.

La esposa del Cantar tiene ciertamente razón de alabar las piernas de su Esposo, porque la "misericordia" y la "verdad" se han encontrado, en armonía, en la sabiduría de Dios (cf. Sal 85, 11-14), y todos los caminos de Dios son misericordia y verdad (cf. Sal 25, 10).

Los signos de la presencia de Dios, justo y misericordioso, se reconocen en el hombre por dos actitudes: el temor de Dios y la esperanza. El temor de Dios remite al juicio; la esperanza remite a la misericordia.

El Señor se complace en los que lo temen y esperan en su misericordia (cf. Sal 147, 11). Si el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría (cf. Sal 111, 10; Pro 9, 10), la esperanza es su progreso y la caridad su cumplimiento.

Por lo tanto, imitando a la mujer pecadora del Evangelio, es con humildad como tenemos que agacharnos y besar los pies del Señor. Pero, es necesario besarlos ambos, porque si besamos solo el del juicio, podríamos caer en la desesperación; en cambio, si besamos únicamente el de la misericordia, podríamos volvernos, con gran peligro, demasiado seguros de nosotros mismos.

En efecto, Bernardo concluye diciendo que se deben besar, con devoción, los dos pies del Señor. Sin embargo, si estamos golpeados más por los remordimientos, y nos olvidamos de la misericordia para pensar solo en el juicio, nos sentimos cubiertos de confusión, abatidos por un espantoso susto, sumergidos en las tinieblas más profundas. Al contrario, si nos olvidamos del juicio y nos detenemos solo en la misericordia, nos acomodamos a la negligencia y al descuido, y nuestro rezo se vuelve tibio, nuestra actividad más lenta y nos hacemos objeto de gran inconstancia.

Instruidos por la experiencia, no debemos contentarnos con meditar solo el juicio o solo la misericordia del Señor, sino que debemos cantarlos juntos, cantar al Único que reúne ambos en sí.

Sandro Puliani

04/10/2010