Conocer la vida consagrada/20



EL AMOR DE CRISTO NOS EMPUJA

La fuerza evangelizadora de la vida consagrada


Las personas consagradas son llamadas a dar un testimonio particular en la obra de evangelización, porque la vida según los consejos evangélicos las vuelve totalmente libres para la causa del Evangelio. A imagen del Hijo, a quien el Padre ha consagrado y enviado al mundo, los miembros de los institutos, tanto de vida apostólica como de vida contemplativa, "son enviados" para continuar su misma misión[1].

Todo compromiso al servicio de la misión de la Iglesia, antes que distinguirse por las actividades y las obras exteriores, consiste en el hacer visible a Cristo en el mundo, mediante una conformación a Él, que lo muestra actual y operante entre los hombres. Los miembros de los institutos de vida consagrada están "en misión" en virtud de su misma consagración y de su identidad carismática[2]. Cuando Dios consagra una persona, le concede un don especial, con vistas a cumplir su designio de reconciliación y salvación de la humanidad. No solo llama a la persona, sino que la compromete en su obra salvadora. La consagración implica inevitablemente la misión: son dos aspectos de una misma realidad[3].

Consagración y misión

La exhortación apostólica Vita consecrata afirma que las personas consagradas reciben la misión profética de recordar y servir el designio de Dios sobre la humanidad. Para el cumplimiento de esta misión, deben poseer una profunda experiencia de Dios y también tomar conciencia de los retos del propio tiempo, captando su sentido teológico, para elaborar algunos nuevos proyectos de evangelización para las situaciones actuales[4].

En su actividad de evangelización, los institutos no realizan un simple programa de ayudas humanitarias, a favor de los pobres y de las personas en estado de necesidad. Esta actividad siempre emana de una realidad carismática, es un acontecimiento que se inserta esencialmente en un horizonte de fe, y que requiere una adhesión a la misión misma del Señor.

Las personas consagradas saben que están comprometidas en un camino diario de conversión hacia el "reino de Dios", que las hace capaces, en la Iglesia y ante el mundo, de provocar una profunda revisión de vida y de valores. Este empeño es el más esperado y el más fecundo, también en los contextos donde se trabaja al servicio de la promoción humana y del desarrollo[5].

La obra de evangelización no es una actividad cualquiera; para ser auténtica tiene que salvaguardar el vínculo vital con la experiencia de fe de los miembros, de otra manera se resbala fácilmente de la realidad carismática a la de la pura funcionalidad, de la fe a las organizaciones.

El compromiso en la evangelización siempre exige una participación y una implicación personal del sujeto que actúa; será eficaz en la medida en que es vivido y transmitido un testimonio personal y comunitario, que la fidelidad a la vida de consagración sigue alimentando[6].

La característica de este compromiso es el impulso de la caridad, que las personas consagradas deben alimentar continuamente, de modo que siempre mantengan viva la gracia de la unidad entre vida interior y actividades pastorales. Es importante, entonces, saber cuidar la conciencia personal y comunitaria del fundamento de la propia acción apostólica, como participación vivida en la misión de Cristo que tiene su origen en el Padre[7].

El proyecto de evangelización de los institutos

Una comunidad de vida consagrada actúa a través de sus miembros, quienes son llamados a hablar y a obrar no singularmente como individuos, sino como representantes de una familia eclesial, que tiene su identidad, su carácter propio, su patrimonio carismático. Se trata de referirse siempre a este patrimonio, para actualizar fielmente el proyecto evangélico suscitado por el Espíritu, y para desarrollar, con coherencia, todos sus elementos.

La historia y la experiencia de fe de una familia de vida consagrada se trasforman en el lugar donde toman vida una espiritualidad y una lectura original, viviente y significativa de la Escritura, de la que se deduce un estilo propio de evangelización.

La acción evangelizadora de una familia de vida consagrada interpela no solo la vida personal de los individuos que se han comprometido, sino también la vida de toda la familia en la que la experiencia de fe de los miembros se hace concreta. Así permanecen verificadas no solo las verdades anunciadas, sino ante todo las vividas en las relaciones comunitarias, en el diálogo fraternal entre los miembros. En definitiva, se trata de una transmisión no abstracta de las verdades del Evangelio, y también, en conformidad con este último, de las propias convicciones maduradas en el interior de un proyecto comunitario, del cual cada miembro es al mismo tiempo portador y autor[8].

El proyecto de vida y de evangelización comunitario no es el resultado de acuerdos entre las personas, ni se basa en vínculos de amistad o en el compartir de las mismas ideas, sino que es la expresión del consentimiento y del enraizamiento de cada uno en el proyecto evangélico que está en el origen de la propia familia religiosa.

Cada día es necesario sacar el agua del propio pozo, si se quiere evitar una inserción en la vida de la Iglesia de modo vago y ambiguo. ¿Para qué servirían, en efecto, todas las actividades buenas y útiles que puedan ser realizadas en cada campo, sin este continuo sacar el agua del propio pozo, donde está la fuente de vida para los miembros, y el don más precioso que se pueda transmitir a la Iglesia?

El anuncio del Evangelio se irradia hacia todos los campos de la actividad humana, hacia todos los contextos y las culturas. El Evangelio despierta las conciencias, modifica los comportamientos, la prioridad de los valores, sostiene un compromiso apto para cambiar las condiciones de vida; por esto, una evangelización profunda repercute en el desarrollo y, por lo tanto, en el crecimiento humano integral.

La comunidad de vida consagrada, como sujeto que evangeliza, tiene que examinar siempre si son sólidos los dos pilares fundamentales sobre los cuales está construida su existencia: el de la relación filial con Dios, en la fidelidad a su proyecto, y el de la comunión fraternal.

Sin una sólida implantación en estos dos pilares, la actividad evangelizadora caería en un pragmatismo estéril; se transformaría en un activismo que tiene en sí mismo su objetivo, y perdería sus auténticas finalidades apostólicas.

Silvia Recchi



[1] Cf. Vita consecrata, 72.
[2] Cf. Vita consecrata, 72.
[3] Cf. Sagrada Congregación para los Religiosos y las Sociedades de Vida Apostólica, Elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia sobre la vida religiosa, 13 de mayo de 1983, 23.
[4] Cf. Vita consecrata, 73.
[5] Cf. Sagrada Congregación para los Religiosos y las Sociedades de Vida Apostólica, Religiosos y promoción humana, 12 de agosto de 1980, 18.
[6] Cf. S. Recchi, Identité charismatique et annonce de la Parole. Éléments de réflexion pour une Communauté missionnaire au Cameroun, en L' «Aujourd'hui de Dieu». Les défis de la prédication en Afrique (Cahiers de Réflexion 7), Centre d'Études Redemptor hominis, Mbalmayo-Cameroun 2006, 109-123.
[7] Cf. Sagrada Congregación para los Religiosos y las Sociedades de Vida Apostólica, La dimensión contemplativa de la vida religiosa, 12 de agosto de 1980, 4.
[8] Cf. S. Recchi, Identité..., 117.



21/10/2010