Perfiles misioneros y espirituales 
 

PADRE ROMANO BOTTEGAL

Monje misionero

 

 

El 19 de febrero de 1978, en Beyrut, moría de tuberculosis, a los 56 años, el Siervo de Dios padre Romano Bottegal, después de treinta y dos años de vida monástica y catorce de vida eremítica. Los monjes trapenses han promovido la Causa de beatificación.

Él nació en 1921, en San Donato de Lamon (BL). Ordenado sacerdote en 1946, sucesivamente fue monje trapense, prior y luego maestro de los novicios en el Monasterio de los Trapenses de las Tres Fuentes, en Roma. Cerca de la ermita donde vivió, en Líbano, ahora está un convento, que continúa la obra de oración y contemplación iniciada por el padre Romano, y un centro de espiritualidad que acoge a personas procedentes tanto de Líbano, como de Siria. Su figura y sus escritos, aunque todavía poco conocidos, son fuentes de inspiración y de estudios.

 

 

La Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, del Concilio Vaticano II, afirma: "Se puede pensar con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar". (Gaudium et spes, 31).

Padre Romano Bottegal. Monje misionero

Comentando estas palabras, el teólogo Bruno Forte subraya: "Es necesario hallar de nuevo la fuerza irradiante de la Verdad, que da sentido a la vida; aquella fuerza en la que se funda, de la manera más verdadera, la dimensión misionera de la vida eclesial". El relanzamiento misionero requiere, en cada época, "el testimonio de la alteridad pura y fuerte de Dios, que se ha expresado en Jesucristo, como sentido y como patria, para nosotros, y que sola llena nuestro corazón de esperanza y de paz".

Una particular llamada a esta dimensión nos viene del perfil del P. Romano Bottegal, figura que los lectores italianos conocen poco. Lo recordamos por su vida simple y esencial, de la que emerge una espiritualidad profundamente monástica y eminentemente misionera.

Nacido en 1921, en S. Donato de Lamon (BL), entra en la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (Trapenses) en la Abadía de las Tres Fuentes, en Roma, a los veinticinco años, cuando era ya sacerdote. Una vez trasladádose a Líbano, pide y obtiene el permiso para empezar la vida eremítica. Después de un período transcurrido en Jerusalén, donde se había establecido por invitación de Mons. Hilarion Capucci, vuelve a la tierra libanesa, donde muere en 1978.

El P. Romano, poco a poco, lo ha dejado todo, siguiendo un camino que, desde el sacerdocio, lo ha llevado a ser monje en la comunidad trapense y, en fin, a escoger la soledad de la ermita, en una perspectiva de cada vez mayor radicalidad evangélica, para vivir una vida aparentemente inútil, que, sin embargo, es la expresión de un amor exclusivo.

Todo esto asume un carácter particular, a causa del contexto histórico en el cual el P. Romano ha elegido vivir el ápice de su experiencia. El Líbano de aquellos años, en efecto, ha conocido uno de los períodos más trágicos de su historia, con el progresivo envolvimiento en las cuestiones árabe-israelíes, en los comienzos de los años 70. Los ya frágiles equilibrios de los componentes étnicos y religiosos libaneses no habían resistido a la nueva intensa presencia de los palestinos y de las bases de su resistencia, que habían venido a refugiarse allí de todas partes. Se habían sumado, así, varios frentes de contraposición externos e internos, que habían visto en lucha, a veces también con alianzas variables, a los palestinos, los israelitas, los sirios, los drusos, los cristianos maronitas, los musulmanes libaneses y a otras facciones y grupos internos. Varios episodios de violencia y represalia se subseguían, hasta transformar al Líbano en un verdadero campo de batalla, con la guerra civil de los dos años (1975-1977) y mucho más allá.

El empeorarse de la situación conflictiva ha causado también al P. Romano ulteriores incomodidades de vida y de movimiento, incluídas las irrupciones en su ermita; pero, no era su seguridad personal la que lo preocupaba. Durante la guerra él sufría mayormente, porque en cada momento tenía, en su corazón de sacerdote y de ermitaño, la angustia por todos los libaneses, musulmanes y cristianos. Así, pasaba horas y horas en oración por la paz de Líbano.

Es en esta tierra destrozada, y en presencia de fuertes y exasperadas diversidades religiosas y culturales, donde el P. Romano se ha revelado, también para los no cristianos, "el hombre de Dios" -como lo llamaban- unido en sí mismo y nunca separado de los demás. Así se expresaba quien lo frecuentaba: "No decía cosas pías, pero, dejaba transparentar a Dios a través de todo su ser".

La clave de interpretación del testimonio del P. Bottegal está toda en su vida contemplativa. Su ser monje hasta el final y hasta las extremas consecuencias es la fuente de su experiencia misionera.

Ermitaño para el mundo

La dimensión de la misión nunca ha sido ausente de su vida, porque la relación vertical con Dios incluía necesariamente también a los hombres, a todos los hombres.

Decía, en efecto: "La contemplación es una irrupción de Dios en nosotros... Si un solo hombre está fuera de nuestro amor, Dios, que es Amor, no puede venir a habitar en nosotros".

La misión depende, constitucionalmente, de la vocación misma del monje: "El Reino se percibe, se saborea, se obtiene, se extiende, se comunica a otros en la medida en que corazones humanos encuentren al Señor".

"El monasterio es para la Iglesia, en la Iglesia vive. Del monasterio tendrían que salir apóstoles, mártires. El monasterio tendría que formar apóstoles, mártires, y esto sin quererlo, sin saberlo, mas siendo ferviente... Autoridad monástica, disciplina monástica, virtud monástica ¿a qué tienden, según la Iglesia, según Cristo? Santificarse y santificar... rendir testimonio; y ¿quién lo tendría que dar más que el monje?".

El P. Romano ha vivido pobre entre los pobres, donando todo lo que recibía, en una zona donde el testimonio silencioso era el único posible. Él ha interpelado, con su vida esencial de oración y trabajo, a las poblaciones sobre todo musulmanas entre las cuales vivía, mostrando a aquella Verdad que llama a todos.

En el fondo, él sabía que quien daba un sentido a su presencia no asombrosa, casi impotente, era Otro.

En cuanto eremita, el P. Romano ha abandonado la soledad existencial, que surge de la dispersión y el egoísmo humano, para encontrar realmente a los hombres en una soledad arraigada en el misterio de Cristo, clave y centro de toda la historia humana. Esta soledad de la ermita, en efecto, lleva a una comunión que pone al ermitaño en el corazón mismo de la Iglesia y del mundo, y lo hace partícipe de los gozos y de las esperanzas, de las tristezas y de las preocupaciones de sus contemporáneos.

La Iglesia, en efecto, sale al encuentro del mundo, porque no puede trascenderlo si no aceptando ser inmanente a él. Ella no es una entidad ajena o extraña a la humanidad. Es exactamente la Iglesia de los solitarios, es decir de los que  escogen la vida contemplativa, el brazo vertical de la Cruz que sostiene al mundo. Ellos están separados de los hombres en nombre de los hombres, a fin de que el mundo sea colocado de nuevo en su verdadero centro, que es Dios.

El monje es el hombre de la oración, la cual es la toma de conciencia de la situación humana en su totalidad. Él será, por lo tanto, el primero en advertir el hambre de justicia y de liberación integral del hombre. Por eso, tales figuras constituyen una denuncia profética, una conciencia planetaria. Con su vida ponen en tela de juicio, hacen preguntas, invitan a elegir, interpelan y recuerdan el sufrimiento de enteros pueblos y la búsqueda de lo Absoluto presente en cada hombre. Es esto lo que ellos ven en el Rostro que contemplan.

La "Guerra del Líbano", que ha cubierto oficialmente un período que va desde 1975 hasta 1991, ha causado más de 150.000 víctimas, y ha causado daños por 20 millardos de dólares. Ha sido calculado que solo las áreas cristianas de la ciudad de Beirut, considerando únicamente los años de 1975 a 1984, han recibido casi 67 Kg de explosivo por persona, 13 veces más que cada alemán durante toda la Segunda Guerra Mundial. En los choques sucesivos, la cantidad probablemente ha sido doblada.
 

A través de la oración, centro y fuerza de su vida, el P. Romano se pone en camino entre los hombres. Su "lejanía" de ellos no es rechazo o aislamiento, sino modo de ser más eficaz, testimonio de verdadero hombre "católico", universal, dirigido a todos e interesado por todo, como reconocerán también los no cristianos.

Lo importante de su dimensión misionera no ha sido hacer algo, sino estar, estar allí, entre los pobres, entre los últimos, en guerra, entre quienes no cuentan nada, y al servicio de quien necesitaba de él, en un momento histórico particular, en un enredo de pueblos, de razas, de religiones.

La soledad del monje, pues, no significa aislamiento, porque una auténtica experiencia de Dios nos libera del vivir cerrados en nosotros, sin comunicación con lo que nos rodea, pero, al mismo tiempo, respeta profundamente nuestro estar "solos" en la presencia de Otro, quien lo comprende y asume todo. Una tal interioridad, por tanto, crea a una nueva comunidad humana.

La vida monástica es, entonces, misionera: esta significa testimoniar al mundo la existencia, la belleza, el gozo del Reino, porque la fe en el amor del Cristo da la libertad de los hijos de Dios y hace llevar, como sostenía el P. Bottegal, "en la mirada, en la voz, en la sangre y en el espíritu, la belleza, la grandeza, la poesía".

Para él, "la vida, si se conduce bajo la mirada de Dios, no puede ser sino felicidad", y, "cuando un alma logra convencerse, creer que Dios la ama, empieza, para ella, una era nueva".

A cualquier hombre, de cada religión y cultura, por lo tanto, es esto lo que es necesario hacerle descubrir. Solo permaneciendo fiel hasta el final a su vocación, no cediendo en nada y no perdiendo nunca la propia identidad, el P. Romano ha vivido en el centro de las conflictividades, como quien, entrando en la intimidad de Dios, le roba sus tesoros y los lleva a la humanidad.


(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 


 

La vida, los escritos del P. Romano Bottegal y testimonios sobre él se pueden encontrar en:

- M. C. Zaffi, L'eremita missionario. Romano Bottegal dalla Trappa di Roma alle pietre del Libano. Studio degli scritti: vita e spiritualità, San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2004;

- M. C. Deogratias, Testimone nello Spirito. P. Romano Bottegal, Editrice Missionaria Italiana, Bologna 1996;

- O. Rac, Vita in Dio nella gioia. P. Romano Bottegal - Monaco 1921-1978, Libreria Editrice Vaticana 1980.

 

 

18/02/2013