Perfiles misioneros y espirituales
 

La fuerza débil del evangelio/1

Perfiles de la misión de nuestro tiempo: Andrea Riccardi


 

Andrea Riccardi, nacido en 1950 en Roma, es docente ordinario de historia contemporánea en la Tercera Universidad de Roma. Estudioso de la Iglesia en la Edad Moderna y Contemporánea, ha profundizado en la difícil relación entre cristianismo, cultura y modernidad en el siglo XX. Además, ha dedicado particular interés por las relaciones entre los mundos religiosos del área mediterránea. Ha fundado, en 1968, la Comunidad de San Egidio que, nacida en Roma como movimiento, actualmente es una Asociación Internacional de Laicos reconocida por la Iglesia. Tiene más de 50.000 miembros y está presente en 70 países del mundo, entre los cuales también Camerún, donde nosotros actuamos.

La lectura de los escritos de Andrea Riccardi es rica en propuestas para la misión contemporánea, de la que pone en evidencia algunos aspectos proféticos, entre los cuales, el compromiso por la paz y el diálogo interreligioso, la atención a las nuevas pobrezas, temas importantes para la Iglesia italiana y universal.

Intentaremos poner de relieve algunos elementos del recorrido de esta figura rica y poliédrica, de su pensamiento y de su óptica con respecto a la evangelización.

 

 

Nacidos en el mítico 68

Hemos querido profundizar y proponer el conocimiento de la figura de Andrea Riccardi, no solo por el interés que suscita el movimiento eclesial por él fundado, que expresa un aspecto de la variegada riqueza de los carismas en la Iglesia, sino, sobre todo porque Riccardi es un testigo privilegiado de laProf. Andrea Riccardi experiencia eclesial de la Roma de fin de los años 60.

Es en aquel mismo período en que nacimos como comunidad alrededor del P. Emilio Grasso, quien se había trasladado a vivir en los arrabales de la periferia romana. Si nuestra Comunidad Redemptor hominis asumió los caracteres de una forma de vida consagrada y la Comunidad de San Egidio, fundada por Andrea Riccardi, la de un movimiento laical, nos une, en los orígenes, la misma aspiración de una generación de jóvenes, quienes buscaron en el Evangelio la fuente de un compromiso no ideológico por los pobres, y encontraron en él la realización personal y comunitaria de los valores de solidaridad, fraternidad y justicia, gritados en las plazas, en aquella estación histórica.

Andrea Riccardi era un joven perteneciente a una familia de la burguesía romana, católica pero no mojigata, caracterizada de un marcado sentido de laicidad y del culto del trabajo, como Riccardi mismo la describe[1]. Él frecuentaba uno de los liceos "de los acomodadas" de Roma, el Virgilio, y estaba atormentado, como los jóvenes de su generación, por el deseo de cambiar al mundo, por una inquietud escatológica, por el "querer cambiar las reglas del juego". En el Virgilio, el movimiento estudiantil era fuerte, pero, por una parte, Riccardi es atraído por él; por otra, percibe la abstracción de su propuesta, un modo "viejo" de hacer política. Para él, aunque "todo era política", como se decía entonces, había algo que escapaba de la política. En términos concretos, era necesario cambiarse a sí mismos: "Si cambiamos al hombre, podremos hacer la revolución. Solo hombres nuevos podrán crear un mundo nuevo"[2].

Profundiza en la lectura del Evangelio y, en el Liceo, forma alrededor de sí a un grupo, al primer núcleo de la futura Comunidad.

El descubrimiento de los pobres

Después de una primera fase, el grupo descubre la pobreza de las periferias romanas; fue una experiencia chocante, para jóvenes procedentes de una clase burguesa, de la que descubrían la indiferencia y la hipocresía con respecto a los pobres, hacia "los hijos de sus domésticas". Las barracas romanas, en aquel tiempo, tenían una población estimada entre los 30.000 y 100.000 habitantes, constituida por inmigrantes del Sur. Era un universo que interpelaba a los jóvenes, y los empujaba a un compromiso concreto por el estudio, después de clase, de los niños pobres y por la visita a los enfermos.

Muchos años después, en una entrevista, Riccardi así describirá la función de los pobres en su vida: "Han impedido, tal vez sin darme cuenta, que se introdujese en mí una barbarie silenciosa, la de una vida incapaz de pietas, de pasión hacia los diversos de mí ...; me han enseñado a no tener miedo a los pobres y a no tener miedo a vivir"[3].

La raíz del compromiso en los suburbios, para Riccardi, es espiritual y no cede a un fácil sociologismo o a la crítica de la Iglesia institucional, entonces frecuente. Él se alimenta de las lecturas de san Benito y, en particular, de las fuentes franciscanas: "Francisco ha sido un compañero de camino importante, sobre todo porque quería ser laico, viviendo entre todos". Francisco, para él, es el Evangelio sine glossa (sin comentario), la amistad con los pobres y, en los últimos años, el diálogo con el Islam[4].

Riccardi, en el plano religioso y teológico es un autodidacto. Lee, luego encuentra a Congar, y se deja impregnar del espíritu del Concilio, que promueve a "la iglesia de todos y en particular de los pobres", según la expresión de Juan XXIII.

Sus estudios de historiador lo vacunan ulteriormente contra la ideología, lo abren a la complejidad de la realidad y, sobre todo, le permiten dar un respiro histórico y social a su movimiento, pasar "de la existencia a la historia"[5], superar el riesgo de un repliegue psicológico y la autoreferencialidad, que amenazan siempre a cualquier grupo, movimiento y comunidad.

La Comunidad de San Egidio

Nace, así, en 1971, la Comunidad de San Egidio, que en el trascurrir de los años se consolida y se abrirá también a la misión.

La tradicional comida de Navidad para los pobres en Trastevere En Roma, su centro en Trastevere es punto de referencia tanto para la oración vespertina como para la acogida de los pobres. La tradicional comida de Navidad para los pobres es un símbolo de esto. Iniciativas de mediación de paz, como la para Mozambique, en 1992, han llevado al movimiento a la notoriedad. Otras numerosas iniciativas han puesto de relieve su previsión en el campo de la paz, del diálogo entre las culturas y las religiones, haciendo recibir a Riccardi y a su movimiento también diversos prestigiosos reconocimientos internacionales. Sus miembros son los herederos, en particular, del espíritu de Asís, del encuentro de oración inaugurado por Juan Pablo II, en 1986, entre exponentes de diversas religiones, haciéndose promotores de encuentros de oración y simposios ecuménicos.

Las iniciativas del movimiento y los numerosos escritos de Riccardi testimonian sobre un concepto y una visión amplia de la evangelización en el mundo contemporáneo[6], que intenta conjugar anuncio y diálogo, espiritualidad y compromiso por la paz y por los pobres.

Antonietta Cipollini

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

(Continúa)



[1] Cf. A. Riccardi, Sant'Egidio. Roma e il mondo. Colloquio con Jean-Dominique Durand e Régis Ladous. Prefazione di Carlo Maria Martini, Ed. San Paolo, Milano 1997, 11-13.
[2] Cf. A. Riccardi, Sant'Egidio. Roma e il mondo..., 16-17.
[3] Cf. A. Riccardi, Sant'Egidio. Roma e il mondo..., 234-235.
[4] Cf. A. Riccardi, Sant'Egidio. Roma e il mondo..., 10-11.
[5] Cf. A. Riccardi, Sant'Egidio. Roma e il mondo..., 46-47.
[6] Cf. A. Riccardi, Dio non ha paura. La forza del Vangelo in un mondo che cambia, Ed. San Paolo, Milano 2003; A. Riccardi, Convivere, Editori Laterza, Bari 2006; Arrigo Levi, Dialoghi sulla fede, con Vincenzo Paglia e Andrea Riccardi, il Mulino, Bologna 2000.

13/03/2011