Conocer la vida consagrada
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EL DESAFÍO DE LAS CULTURAS

Vida consagrada e inculturación


En cuanto signo de la primacía de Dios, la vida consagrada se presenta como una benéfica provocación, en medio de las diferentes culturas, capaz de sacudir la conciencia de los hombres. Al interior de una cultura, actúa como un fermento evangélico, orientado a purificarla y a hacerla progresar[1].

"El modo de pensar y de actuar por parte de quien sigue a Cristo más de cerca da origen, en efecto, a una auténtica cultura de referencia, pone al descubierto lo que hay de inhumano, y testimonia que solo Dios da fuerza y plenitud a los valores. A su vez, una auténtica inculturación ayudará a las personas consagradas a vivir el radicalismo evangélico según el carisma del propio Instituto y la idiosincrasia del pueblo con el cual entran en contacto. De esta fecunda relación surgirán estilos de vida y métodos pastorales que pueden ser una riqueza para todo el Instituto, si se demuestran coherentes con el carisma fundacional y con la acción unificadora del Espíritu Santo"[2].

Desarrollar el don recibido

Ser los herederos fieles al don que el Espíritu ha concedido a una familia religiosa exige una creatividad constante; acoger hoy el don hecho en los orígenes a los Fundadores, quiere decir no solo buscar custodiarlo, sino también profundizarlo y desarrollarlo[3].

Los términos profundizar y desarrollar, a menudo, han sido descuidados en la reflexión de los Institutos que, en cambio, han subrayado sobre todo la importancia de salvaguardar el don recibido; esto, sin embargo, no es posible sin que el don sea constantemente profundizado y desarrollado.

Todavía hoy, el Espíritu exige que los miembros de los Institutos sean disponibles y dóciles a su acción, que es siempre nueva y creadora. Él solo puede garantizar, de manera permanente, la vivacidad y la autenticidad de los orígenes, e infundir audacia para las nuevas iniciativas, a fin de que puedan responder a los signos de los tiempos. Precisa, por lo tanto, dejarse conducir por el Espíritu al descubrimiento siempre creador de la acción de Dios, y a una nueva compresión del carisma recibido[4].

El desarrollo de un carisma y su inculturación no se pueden llevar a cabo por pura adición de elementos, sino a través de un proceso pascual de vida-muerte-resurrección, de enriquecimiento y de purificación, en medio de las diversidades de los contextos culturales; esto siempre comporta una bipolaridad entre el carisma y las nuevas culturas, las cuales, "entrando" en el carisma, mediante los nuevos miembros, ofrecen nuevas claves de lectura para su misma compresión.

El encuentro con nuevas culturas y nuevos pueblos no puede dejar a una familia religiosa inmóvil, en la contemplación de una historia ya cumplida, y que se quiere solo difundir. El encuentro es auténtico, en cambio, si comporta no solo un proceso de adaptación a las nuevas exigencias exteriores, sino sobre todo una relectura del carisma y de su desarrollo.

En este esfuerzo de inculturación, no basta apuntar a renovar los métodos pastorales, ni a adaptar mejor las estructuras del Instituto, ni a explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe; es necesario suscitar un nuevo anhelo de santidad en la comunidad cristiana[5].

Consejos evangélicos y nuevas culturas

Se habla, hoy, de un florecimiento de vocaciones en África. Aunque hablar de cultura africana pueda engendrar la falsa visión de una uniformidad de culturas, existentes en un continente donde los idiomas, las tradiciones y las costumbres son extremadamente distintos, la radicación de la vida consagrada en África supone un cierto número de exigencias comunes, como la asunción de expresiones propias de la espiritualidad africana: el gozo, el sentido comunitario, la riqueza de la gestualidad y de los símbolos.

La práctica de los consejos evangélicos debe tener en cuenta estas expresiones culturales, pero, sin reducir las propias exigencias. En una cultura en la que se exalta la fecundidad biológica, la castidad tiene que ser afirmada con respecto a algunos valores culturales que deben ser iluminados, ellos mismos, por la novedad cristiana, que hace más universal el sentido de esta fecundidad. Los consagrados, haciendo profesión de castidad, ofrecen el testimonio de un amor exclusivo, capaz de engendrar una actitud que lucha contra toda tentación tribal y discriminatoria.

El consejo de obediencia puede evocar fácilmente, en la cultura africana, poder y dependencia; nociones que tienen unas connotaciones culturales precisas, y que remiten a una memoria histórica de esclavitud y de explotación o simplemente a una realidad, todavía actual, de sumisión a la autoridad de los partidos únicos o todavía a las diferentes formas impuestas por las chefferies africanas. En tales contextos sociológicos, la obediencia consagrada no podría mostrar su rostro evangélico liberatorio, sin manifestar al alma africana su sentido cristológico profundo, que hace descubrir el sentido de la libertad, de la dignidad, y favorece el desarrollo de la persona, el don de sí.

En un contexto de subdesarrollo, la pobreza no puede ser percibida sino como una calamidad. El testimonio de la pobreza consagrada expresa su valor evangélico en una opción de solidaridad, de una espiritualidad del trabajo y del compromiso, que orienta a las personas consagradas al servicio de la promoción del pueblo y de los pobres.

Hay que reconocer que la vida consagrada se ha instalado, en África, con estructuras a menudo rígidas. Los Institutos han vigilado celosamente para preservar intactas sus tradiciones, ante las cuales los nuevos candidatos tenían que "inclinarse". La inculturación de la vida consagrada en medio de las culturas africanas requiere un trabajo en profundidad, y ante todo un "trabajo" de Dios con los Africanos.

La vida consagrada, por ser de inspiración carismática, no brota de una simple decisión de la autoridad, y tampoco del reconocimiento de la Iglesia local. Es una vida de secuela de Cristo; es, por lo tanto, siguiéndolo como los candidatos de los países de África podrán llevar a cabo esta obra de inculturación, para suscitar una vida consagrada africana.

Silvia Recchi

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)



[1] Cf. Vita consecrata, 80.
[2] Vita consecrata, 80.
[3] Cf. Mutuae relationes, 11.
[4] Cf. Caminar desde Cristo, 20. Se lee todavía en el documento Mutuae relationes: "La caracterización carismática propia de cada Instituto requiere, tanto por parte del Fundador cuanto por parte de sus discípulos, el verificar constantemente la propia fidelidad al Señor, la docilidad al Espíritu, la atención a las circunstancias y la visión cauta de los signos de los tiempos, la voluntad de inserción en la Iglesia, la conciencia de la propia subordinación a la Sda. Jerarquía, la audacia en las iniciativas, la constancia en la entrega, la humildad en sobrellevar los contratiempos. La exacta ecuación entre carisma genuino, perspectiva de novedad y sufrimiento interior, supone una conexión constante entre carisma y cruz; es precisamente la cruz la que, sin justificar los motivos inmediatos de incomprensión, resulta sumamente útil al momento de discernir la autenticidad de una vocación.
Cada religioso personalmente tiene también sus propios dones que el Espíritu suele dar precisamente para enriquecer, desarrollar y rejuvenecer la vida del Instituto en su cohesión comunitaria y en su testimonio de renovación. Pero el discernimiento de tales dones y de su utilización deben tener como medida la congruencia de los mismos con el estilo comunitario del Instituto y las necesidades de la Iglesia a juicio de la legítima autoridad", Mutuae relationes, 12.
[5] Cf. Redemptoris missio, 90.

15/04/2011