Perfiles misioneros y espirituales 
 

TERESA DE LISIEUX


Patrona de las Misiones y Doctora de la Iglesia


"Ciencia del amor"





Juan Pablo II, anunciando el 24 de agosto de 1997 en París la proclamación de Santa Teresa de Lisieux como Doctora de la Iglesia, subrayó que su enseñanza, «verdadera ciencia del amor», es la expresión luminosa del conocimiento del misterio de Cristo y de su experiencia personal. Su mensaje es particularmente adecuado para los jóvenes, llamados, en la escuela del Evangelio, a una generosidad infinita, para «ser, en el corazón de la Iglesia, los discípulos y testigos ardientes del amor de Cristo».

 

Proclamándola Doctora, afirmó que precisamente en la convergencia entre doctrina y experiencia concreta, entre verdad y vida, entre enseñanza y praxis, convergencia surgida de su relación de amor intensamente vivida, se convierte hoy Teresa en un modelo atractivo para los que buscan el auténtico sentido de la existencia.

Con su figura, la Iglesia pone énfasis una vez más en su propia dimensión misionera.

Teresa, dotada de una precocidad extrema, de alta sensibilidad y de una inteligencia viva, siente muy temprano la atracción por la vida de clausura del Carmelo e ingresa a la edad de quince años, superando no pocas desconfianzas e incomprensiones. En su vida, tan breve como intensa, no hará otra cosa que seguir la intuición que ya desde muy joven experimentaría en su relación personal y nupcial con Cristo. Esto es lo que vislumbramos en sus escritos, teniendo cuidado en traducir su particular lenguaje en el contexto actual.

Atracción y misión

Partiendo de la experiencia que ella indicaría como «el primer beso de Jesús», Teresa descubriría ser amada y su deseo de vivir para siempre esta gozosa relación: «No hubo preguntas, ni luchas, ni sacrificios. Desde hacía mucho tiempo, Jesús y la pobre Teresita se habían mirado y se habían comprendido... Aquel día no fue ya una mirada, sino una fusión... Teresa quería unirse para siempre a la Fuerza Divina...!" (Ms A 35r°)[1].

Esta atracción amorosa significaría para Teresa el comienzo de todo. No obstante, al igual que cuando uno ama también se transforma en aquello que se ama, Teresa experimentará día tras día que una persona «abrasada de amor no puede permanecer inactiva» (Ms C 36rº). Ella misma aclarará como su total conversión habría surgido de su compromiso por los demás, es decir, desde el momento en que sintió a la caridad invadirle el corazón devino la necesidad de olvidarse de sí misma: «¡Y desde entonces fui feliz...!»  (cf. Ms A 45r°-v°).

Para Teresa el amor a Dios es amor hacia el hombre por lo que, para el hombre, la encarnación no será totalmente efectiva hasta que se convierta en apostolado.

Su atención se enfocaría en la manera de amar de Cristo, convirtiendo su vida, según A. Combes, en teocéntricamente antropocéntrica, ya que, situando a Dios en el centro, fijaría la mirada en Su amor a los hombres: «Para amarte como tú me amas, necesito pedirte prestado tu propio amor» (Ms C 35r°).

Precisamente en este amor único por Jesús estaría el secreto de su vocación misionera. El amor único de la vocación crearía en ella una vocación de carácter social.

En el corazón de la Iglesia

A pesar de los tiempos en que le tocó vivir, Santa Teresa de Lisieux mostraría una audacia notable. Además de su elección, escucharía en sí misma otras vocaciones:  «Siento la vocación de Guerrero, de Sacerdote, de Apóstol, de Doctor, de Mártir; en una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas... Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre... Una sola misión no sería suficiente para mí; quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo»(Ms B 2v°-3r°).

Reflexionando sobre la Primera Carta a los Corintios encontraría la solución a su inquietud: «Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia: que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio.... Comprendí que el Amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el Amor lo era todo, que abarcaba todos los tiempos y lugares... En una palabra, ¡que el amor es eterno...!» (Ms B, 3 v°). «Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... Así lo seré todo... ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad...!!!» (Ms B, 3 v°).

Es cierto que cuanto más penetramos en la profundidad de Dios, más nos dilatamos en la catolicidad de la Iglesia.

Símbolo nupcial, fundamento de una espiritualidad misionera

Aunque Teresa no llega a tocar los extremos confines de la tierra, su espiritualidad es misionera, una espiritualidad basada en el amor por el único e indiviso esposo, amado en el único talamo del gozo y de la Cruz, consiguiendo satisfacer la exigencia de un compromiso que dedique todas sus energías hasta el sacrificio de la propia vida en el anuncio del único Señor y único Evangelio salvador.

El símbolo nupcial tiene mucho que decir a la Iglesia, especialmente en África y en América Latina.

En África, donde el aspecto de la maternidad tiene un predominio absoluto sobre lo nupcial, la afirmación del carácter nupcial resulta particularmente importante. La mujer es considerada, de hecho, principalmente en función de su fertilidad. Es vista ante todo como madre, confiriéndole una dignidad impersonal, que estaría más relacionada con su rol que con su propia dignidad individual. Ciertos ritos matrimoniales se utilizarían para significar el status de esposa como un grado inferior al de madre.

La cultura de América Latina está fuertemente marcada por el fenómeno del machismo, prejiucio que implica una sobrevaloración del hombre en el contexto social. La exaltación machista del varón vacía a la mujer de sus valores, convirtíendola así en un símbolo negativo del propio varón. La mujer, lo femenino, simbolizaría un anti-valor o un no valor para el macho, pura negatividad. Roto este binomio, las exigencias del equilibrio propias de cada cultura reclamarían en nuestro caso salvar la dimensión femenina estableciendo un nuevo binomio original: macho (varón) / madre (mujer). Ser madre es el ideal y la salvación de una existencia femenina.

Teresa restaura la justa dimensión del ser esposa, de la mujer llamada a idéntica dignidad y responsabilidad tanto en la familia como en la Iglesia, poniendo además de relieve la importancia de lo femenino en la espiritualidad cristiana y misionera. Nos  colocaría su atractivo hacia el Esposo como un modelo para otros, como una corriente que barre y arrastra consigo todo lo que encuentra (cf. Ms C 34rº), acentuando así la importancia de la santidad personal: mientras más íntima la comunión, más eficaz la misión. Para Teresa, lo que nos correspondería sería únicamente crear una presencia operante de Dios entre los hombres para ser plenamente co-redentores.

Según von Balthasar, uno de los más grandes teólogos del siglo XX, la novedad de la enseñanza de Teresa reside en el hecho que haya modificado un concepto de misión basado en una obra, una fundación o una doctrina y en el que el Yo del misionero, para ser verdaderamente cristiano, tenía que desaparecer. Para Teresa, sin embargo, la misión a cumplir parecería llamarse Teresa, ella misma en el cuidado de su relación personal con el Esposo, su propia vida hacia las fibras más intimas. Todos sus pensamientos y sus acciones serían examinados y evaluados por ella cuidadosamente, poniendo la vista en no plantearlo como un medio sino como fin y por lo tanto, persiguiendo su perfección para alcanzar a convertirse en un modelo para otros. Habría algo parecido a una auto-canonización, hecha con toda claridad y superioridad, conscientemente y sin precedentes: además de María, se auto-proclamaría Beata imitando a San Pablo, quien a su vez llamó a los creyentes a imitarlo a él mismo.

Es un hecho que el cristianismo se comunica cuando la nueva vida, brotada del encuentro con Cristo, pasa de persona a otra como por contagio en virtud del testimonio. Evangelizar significa transmitir una vida, no palabras: la evangelización es el fruto de la santidad, de ahí la importancia de encontrar testigos creíbles.

La biografía de Santa Teresa de Lisieux, apasionada por Dios y los hombres, continúa fascinando a día de hoy por todo el mundo. Su vida nos revela al Único capaz de satisfacer la sed infinita de amor y felicidad oculta en lo profundo del corazón de cada persona.

Mariangela Mammi


(Traducido del italiano por Giancarlo Nava
)



[1] S. Teresa di Gesù Bambino e del Volto Santo, Opere Complete. Scritti e ultime parole, Città del Vaticano, 1997. Traducción del texto francés Oeuvres complètes (Textes et Dernières Paroles), Paris 1992, fruto del trabajo de la "Edición del Centenario", edición crítica realizada por un equipo de expertos basada en los manuscritos originales.


La abreviatura Ms indica los tres Manuscritos autobiográficos de Teresa (A, B y C) acompañada por el numero del folio (r°= recto, v° = verso).



30/09/2011