Homilías y discursos de Emilio Grasso


EL ODIO Y LA VENGANZA NO CREAN NADA
  

Presentamos la transcripción de la homilía del P. Emilio Grasso, pronunciada el 24 de junio pasado, último domingo del mes, en el cual se celebra la Fiesta Patronal del Sagrado Corazón de Jesús, en Ypacaraí. Hemos mantenido el carácter de lenguaje hablado de la homilía. Los títulos han sido puestos por la redacción. 


  
Del costado de nuestro Señor Jesucristo, traspasado por una lanza, enseguida brotó sangre y agua. La Iglesia, en todos los tiempos, ha leído este pasaje del Evangelio, interpretándolo, a la luz de toda la Sagrada Escritura, como el momento en el que nace la Iglesia.

 La Iglesia
nace del costado de Cristo traspasado por una lanza. La sangre y el agua representan la plenitud de la divinidad y de la humanidad, presentes en la Persona de Cristo Jesús.

Por eso, nunca podemos separar la divinidad de la humanidad, o sea, la dimensión vertical de la dimensión horizontal. Nunca podemos separar lo que está unido en Cristo Jesús.


Distinción, y no separación ni confusión

Debemos saber hacer la distinción entre la divinidad y la humanidad: no son la misma realidad, no están mezcladas, no hay confusión entre ellas. Por eso, los primeros Concilios ecuménicos determinaron el dogma —que es la regla de verdad que la Iglesia profesa como su fe—, según el cual creemos que Cristo Jesús es, al mismo tiempo, verdadero Dios y verdadero hombre. No es una creatura de Dios y tampoco es un superhombre, particular, “espectacular”, como decimos en el Paraguay. Él no es el más grande entre los maestros y profetas, sino el mismo Dios, porque Dios es una comunión de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el Hijo, quien se ha encarnado, se ha hecho hombre.

Este hombre es el verdadero hombre. Cuando queremos tener un ejemplo de hombre, debemos mirar a Jesús. Solo en la medida en que nos acercamos a Él, llegamos a ser verdaderos hombres. En Él vive la verdad, Él es la verdad hecha carne. Él es la bondad, la belleza, el honor, la autenticidad, la fidelidad. Él prefiere morir, pero nunca traiciona su juramento.

Jesucristo es el verdadero hombre y este verdadero hombre es, al mismo tiempo, verdadero Dios. Esto quiere decir que su muerte es solo un momento de la manifestación de la plenitud del amor.

Cristo Jesús muere para entregar su vida a sus hermanos, derramando toda su sangre. No derrama la sangre de los demás, no se esconde detrás de los demás, Él derrama su propia sangre como acto de amor.

Siempre hemos insistido y siempre repetimos que no hay amor, sin la cruz. El amor es cruz, es fatiga, es esfuerzo, es disciplina, es lucha contra todo lo que, dentro de nuestro corazón, nos impide la plenitud de la entrega. El amor no abandona, el amor es fidelidad, el amor sabe sacrificarse, cuando llega el momento.


La necesidad de una conversión personal

Nosotros que tenemos esta gracia de estar bajo la protección del Sagrado Corazón de Jesús estamos llamados, y en este día de manera toda particular, a una conversión radical.

No se puede pedir el cambio, si no cambiamos nosotros: esto lo he repetido siempre, nunca me he equivocado, y los acontecimientos de hoy me dan razón. No puedo pedir el cambio de las estructuras o de los demás, si primero no cambio yo.

 Es mi corazón el que tiene que cambiar. Yo no puedo pedir que cambie el corazón de mi hijo, si yo, que soy su padre, no cambio. Yo no puedo pedir que cambie el corazón de mi esposo o de mi esposa, si mi corazón no cambia. No puedo pedir que cambien las estructuras de la sociedad, si mi corazón no cambia.

Esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús es un fuerte llamado a una conversión personal, a un cambio personal. Las que hoy se suelen llamar “las estructuras de pecados” –y la Iglesia también las llama así en los documentos del Magisterio del Papa–dependen siempre de un pecado personal.

Si el hombre no cambia, no cambia nada: hay solo una apariencia de cambio y después habrá un desastre peor de lo que teníamos antes. Es el hombre el que debe cambiar, y debe cambiar luchando contra los que un tiempo se llamaban los pecados capitales: contra el deseo de tener cada vez más, el deseo de enriquecerse sin el trabajo duro, penoso, sin el esfuerzo, o chupando la sangre de los demás.


Es siempre el cambio de mi corazón lo que lo determina todo. Nosotros los cristianos debemos dar un testimonio de esto. No se trata de proferir palabras, de las cuales estamos verdaderamente hartos: ahora va a empezar, hasta el 20 de abril del año próximo (fecha de las elecciones presidenciales y legislativas en el Paraguay), el festival de las palabras. Todos irán a decir palabras, palabras, palabras… Hay que decir palabras, yo también estoy hablando en este momento, pero las palabras no sirven para nada, sin un cambio personal, sin ser honestos consigo mismos y con las personas con las cuales se vive, sin ser fieles cuando se dice una palabra que debe cumplirse: no podemos decir palabras sin cumplirlas, y sobre todo debemos tener la capacidad de sacrificarnos, de no poner nuestros intereses personales, o los de nuestros correligionarios, de nuestras familias, de los que están al lado de nosotros, por encima del interés de toda la humanidad.


Hasta los extremos confines de la tierra: el puente de amistad y de oración

Estamos llamados a una conversión, a un cambio, a una trasformación de nuestro corazón, para que llegue a ser como el corazón de Jesús: un corazón que se entrega, un corazón que ama, un corazón que sabe perdonar, un corazón de reconciliación, un corazón libre. Libertad para mí y para todos. Yo no puedo ser un hombre libre, si alrededor de mí no hay hombres libres, sino esclavos. Yo no puedo vivir en paz, si no reina la paz alrededor de mí, hasta los extremos confines de la tierra.

 Por eso, allá, colgado de una pared de nuestra iglesia, ustedes pueden ver algo pequeño, que, sin embargo, indica un puente de amistad con una pequeña parroquia en Camerún, en África, para mostrar a todos que hemos empezado un camino de oración con los enfermos. Este puente debe llegar a ser también puente entre los jóvenes: vínculo de oración, de amistad, de interés recíproco, porque la vida no es solo nuestra pequeña problemática, nuestra pequeña familia: es la vida de toda la humanidad.

La conversión de nuestro corazón es fundamental. Nosotros debemos cambiar; no llenemos nuestra boca de tantas palabras. Lo digo sobre todo a nuestros amigos jóvenes: no pidamos que los demás vivan palabras que nosotros no vivimos.

En el corazón de Jesús, plenitud de la divinidad, el sacrificio, la muerte, la cruz no tienen la última palabra. La última palabra es siempre la vida, porque el amor es más fuerte que la muerte. El crucificado no puede morir, por esto, el crucificado es, al mismo tiempo, el resucitado.

Como repito siempre en todos los responsos, particularmente frecuentes en estos últimos días, no tengan miedo de la muerte. La muerte es la puerta de la gloria de Dios, nos abre a la plenitud de la vida. Nosotros pasamos de la muerte a la vida, si amamos a nuestros hermanos.

La Iglesia
no debe entrar en la arena política

Yo sé que todos están esperando una palabra sobre los acontecimientos de estos días. Es una palabra sencilla la que tengo el deber de decir, y es la palabra misma de la Iglesia. Hubiera podido hablar antes, pero he esperado, por delicadeza, que hablase el Santo Padre con el mensaje que ha enviado a la nación paraguaya por los acontecimientos trágicos de Curuguaty. Ahora que el mensaje ha sido leído, puedo hablar, y mi palabra es la misma del Santo Padre: no puede ser una palabra diferente. De lo contrario, traicionaría a ustedes y a toda la Iglesia, porque en este momento hablo en nombre de Dios y de la Iglesia, y no puedo decir lo que yo pienso. Lo que pienso lo puedo decir hablando fuera de la iglesia, pero no cuando hablo desde el altar: entonces debo decir lo que es el pensamiento de Dios, debo transmitir la palabra de Dios interpretada por la Santa Madre Iglesia.

Por eso –ustedes lo saben–, nunca me gustó que un Obispo entrase en política, porque se trata de algo contrario a la doctrina de la Iglesia. No quisieron escucharme y han pagado el precio de esto, pero yo lo he dicho, lo he escrito.

La doctrina de la Iglesia es que la humanidad está unida a la divinidad, pero no hay mezcla, no hay confusión.

Nosotros los sacerdotes no debemos entrar en política. La política pertenece a los laicos, y fue una grave ofensa y un engaño al laicado del Paraguay el hecho de que un sacerdote, un Obispo, un religioso entrara en la política.

Los sacerdotes hagan los sacerdotes. Cuando celebro Misa, tengo toda mi autoridad en los asuntos de la fe y del culto, pero no tengo ninguna autoridad en las cuestiones de la ciudad, que pertenecen al El P. Emilio con el Intendente de Ypacaraí, Raúl Fernando Negrete Caballeropueblo. Es el pueblo el que debe elegir a sus autoridades, a su Gobierno. Nosotros los sacerdotes tenemos el derecho y el deber de anunciar la palabra de Dios, donde están unidas la plenitud de la divinidad y la plenitud de la humanidad. Por eso, el problema del hombre, la carne y la sangre del hombre, pertenece a Dios, es carne y sangre de Dios. Sin embargo, la solución de los problemas es otra cosa.

Afirmar
que todos los hombres deben vivir en la paz y la justicia; que deben ser respetados en sus derechos fundamentales; que los jóvenes deben tener la posibilidad de desarrollar su vida y deben tener un futuro es algo que pertenece al mensaje de Cristo Jesús. Debemos proclamarlo con fuerza, pero cómo se solucionan estos problemas ya es algo diferente, que pertenece a la dialéctica política.

La Iglesia
no puede entrar en la dialéctica política, que busca la solución de estos problemas. Un sacerdote no puede aprovecharse de su autoridad como pastor de una Iglesia, para luego presentarse como candidato a un cargo institucional. Esto sería traicionar a Cristo Jesús, a los fieles, al pueblo. Es de los laicos que deben salir los intendentes, los diputados, los senadores, el Presidente de la República.


Nosotros los sacerdotes debemos dialogar con todos, de cualquier color que sean ellos. No podemos separar a buenos y malos según el color del partido, en ningún País. Estamos llamados a un anuncio profético. Siempre debemos decir la verdad a todos, sin mirar la cara o el color de la camiseta de nadie. Debemos decir la verdad de Cristo Jesús, la verdad de Santa Madre Iglesia, pero la solución de los problemas es algo que no pertenece a la Iglesia.

La Iglesia
no debe meterse en asuntos partidarios, de lo contrario, ya no sería la Iglesia de todos, sino de una parte. La Iglesia no es de lo azules o de los rojos, de Patria Querida o de Unace, de los Colorados o de los Liberales, de los luguistas o de los antiluguistas, del Frente Guazú o de otros…

Respetar la voluntad del parlamento, expresión del pueblo

La Iglesia
es la Iglesia de todos. Por eso, un Obispo no podía de ninguna manera entrar en política, y ustedes no debían ponerse en su furgón de cola.

Sin embargo, una vez que el pueblo ha elegido, el voto del pueblo debe siempre ser respetado. Estamos en una democracia, no estamos bajo una dictadura.

Siempre he respetado, después de la elección presidencial, la voluntad popular. Pero, el pueblo había elegido también a sus senadores y a sus diputados: ellos también han obtenido el voto popular.

La Ley
Suprema, la Magna Carta, es la Carta Constitucional, que prevé un juicio político. Un juicio político no es un juicio criminal. (Por eso, repito con fuerza, permítanmelo: menos desfiles, menos tiempo perdido y más estudio en las escuelas. Estudien más, queridos jóvenes, para no ser manipulados y engañados por nadie. Sepan hacer la diferencia entre lo que es un juicio político y un juicio criminal, que es toda otra cosa; entre lo que es un juicio moral y lo que es un juicio político).

Siempre he afirmado que debemos respetar la Magna Carta del País donde vivimos. Yo, en este momento, me siento paraguayo, soy paraguayo, y tengo presente la Magna Carta, la Constitución El Presidente Federico Franco con el Nuncio Apostólico Mons. Eliseo Antonio AriottiRepublicana, que los ciudadanos de este País se han dado en 1992, y que constituye nuestra referencia, hasta cuando está vigente.

A través de un voto popular, fueron elegidos legítima y contemporáneamente un Presidente y un Vicepresidente de la República, a quienes debemos respetar hasta cuando, como prevé la Constitución, que contempla el juicio político, los senadores, bajo indicaciones y acusas de los diputados, tomen, a través de un voto de los dos tercios de los senadores, la decisión de destituirlo.

Ellos han dispuesto este cambio con un voto de larga mayoría. Por eso, hoy debemos reconocer y respetar al nuevo Presidente de la República.

Esta es la posición de la Iglesia. La Iglesia no se mete en otras cuestiones. Es el pueblo paraguayo el que se ha dado esta Carta Constitucional, y todos nosotros los paraguayos tenemos que respetarla. Si no nos gusta, debemos cambiarla, pero nunca con la violencia, sino con la dialéctica democrática, con el consentimiento popular, creando nuevas conciencias: esta es la cuestión, y es una cuestión sencilla.
 
También las fuerzas armadas y las fuerzas de policía deben respetar esta voluntad, como lo han hecho. Es muy bello que ellas hayan respetado el dictamen constitucional.

Pacificar los ánimos

Sin embargo, el problema más urgente es pacificar los ánimos. En política hay adversarios, no hay enemigos: puedo ser adversario de personas que están afiliadas a otros partidos, pero no puedo verlas como mis enemigos. El debate puede ser duro, pero tiene que ser siempre democrático y público. La lucha debe ser siempre una dialéctica de razonamiento, de estudio, de proyecto, de proposiciones, de un programa diferente. Yo presento un programa y tú presentas otro, después pedimos a los ciudadanos cuál programa ellos quieren elegir y en quién tienen confianza. Hasta las votaciones siguientes.

Esta dialéctica pide estudio, profundización, conocimiento de los problemas. Por eso, invito a todos los jóvenes a no perder tiempo: estudien, prepárense bien, que salga de ustedes una clase dirigente honesta, auténticamente bien preparada, mansa, que no vea en el adversario al enemigo a quien hay que exterminar. Tengan presente siempre el bien común de la ciudad y del País.

Respetar la soberanía de los paraguayos

Una última cosa tengo que decir: me ha dejado muy triste leer esta mañana, en los periódicos, la expresión: “Triple Alianza acorrala a Paraguay”.

 Los paraguayos –permítame, Señor Intendente, que diga “nosotros los ciudadanos paraguayos”– no podemos consentir que otros Países gobiernen acá, en nuestro País.

Somos nosotros los paraguayos los que debemos darnos nuestro Gobierno, solucionar nuestros problemas. No son los italianos, los americanos, los argentinos, los brasileños, los uruguayos, los venezolanos, los bolivianos…

Podemos solucionar nuestros problemas de una manera o de otra. Que no vuelva la palabra “Triple Alianza”, porque ha costado sangre, ha destruido a un pueblo, a las familias, las costumbres, las tradiciones. Fue un tal genocidio que ni siquiera la palabra queremos escuchar. Esta amenaza me hace triste: hemos sufrido tanto, ¿qué vamos a padecer todavía? ¿Otra Triple Alianza, otro genocidio, otra guerra del Chaco?…

Por eso, debemos trabajar todos unidos, sin distinción de camisetas, de colores, de ideas, para que este Paraguay sea la tierra del hombre, de todos los hombres, y, al mismo tiempo, la tierra de Dios.

“Yo tenía razón”

Esto es lo que digo; he esperado para decirlo. Mi pensamiento estaba muy claro, porque he escrito, he hablado, me he pronunciado en privado y en público, de manera reservada y abiertamente; y tenía razón. Permítanme decir: tengo el orgullo de afirmar que yo tenía razón. Hubieran podido escucharme.

En efecto, la Iglesia debe estar siempre más allá de cualquier división, de cualquier particularidad. Yo lo repito siempre, cuando hago los responsos: somos todos ciudadanos del cielo. Yo he nacido en Italia, y hay quien ha nacido en Argentina, Brasil, Uruguay, Venezuela, Bolivia, Paraguay… La Iglesia es católica, anuncia una hermandad entre todas las naciones. Pero, como ciudadanos de la tierra, hay diferencias, hay algunas diversidades que debemos respetar.

En esta tierra, en este libre Paraguay, en la República del Paraguay, de cuya soberanía tanto se ha hablado, debemos defender la posibilidad de que sean los ciudadanos de Paraguay los que deciden sus formas de Gobierno libremente, de manera democrática.

Nosotros predicamos la paz de Cristo Jesús, quien ha muerto para anunciar la paz a todos los hombres. Y la paz es fruto de la justicia y de la verdad. Debemos amar la verdad, la justicia y la paz. Justicia y paz se acompañan.

 Debemos crear a un País donde para todos existan las posibilidades de vida auténtica, de desarrollo, de progreso verdadero, para que todos puedan tener un futuro en la paz, sin violencia, sin enemistad, en la reconciliación.

Dejar la violencia y la venganza

En este día del Sagrado Corazón de Jesús, en nombre de la Iglesia, en nombre de Cristo Jesús, no en nombre de este pobre hombre que yo soy, digo a todos que debemos convertirnos.


Debemos cambiar nuestros corazones, debemos reconciliarnos, debemos hablar, debemos prepararnos, estudiar, poseer la fuerza de la palabra. Sin violencia, queridos amigos, sin derramamiento de sangre. Que nunca se deba hablar de muerte, de sangre derramada, de enfrentamientos entre policías y campesinos, que son –los unos como los otros– los pobres.

Debemos amar a todos: a los campesinos, a quienes amo y conozco, a los carperos de Tacuatí, con quienes he hablado, que me aman, y a quienes tengo el honor de defender; y a los policías, quienes también, en su mayoría, son hijos de pobres, mal pagados y que muchas veces tienen que morir para defender intereses que no son los suyos.

Por eso: reconciliación, paz, perdón. Que empiece esta reconciliación en nuestros corazones y en nuestras familias. Debemos saber pedir y dar el perdón. El odio no crea nada, la venganza no crea nada.

Nunca hay que olvidarse de que Cristo Jesús, nuestro Salvador, es el cordero degollado que no ha matado a nadie. Él murió, dio su vida, y nosotros debemos hacer lo mismo.

Todo lo que puedo hacer lo voy a hacer. Yo me siento feliz; para mí, el don más grande que Dios pueda concederme, sería poder morir por esta bella ciudad de Ypacaraí, por este País al que tanto quiero y tanto amo.




26/06/2012