Entrevistas/22



AFIRMAR LA PROPIA IDENTIDAD CRISTIANA

Entrevista al Card. Robert Sarah

 

Robert Sarah ha nacido en 1945, en Guinea. En 1979 es nombrado Arzobispo de Conakry, cuando tenía solo 34 años. En 2001 se vuelve secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. El 7 de octubre de 2010 es nombrado presidente del Pontificio Consejo Cor Unum, y es creado cardenal por Benedicto XVI, en noviembre del mismo año.

En los días 4-9 de septiembre 2012, el Card. Sarah ha estado en Yaoundé y ha hecho una intervención en el Congreso Panafricano de los Laicos Católicos. En esta ocasión, lo hemos encontrado, y él gentilmente ha aceptado responder a nuestras preguntas.


 * Eminencia, su intervención en el Congreso sobre el tema de la formación de los fieles laicos en África ha sido muy aplaudida. Al poner en evidencia la formación del laicado como una prioridad pastoral de extrema urgencia, Ud. ha ido a las raíces del problema, subrayando con fuerza la necesidad de madurar una fe auténtica en el encuentro personal con el Señor. En la formación de los laicos, una función fundamental la desarrolla el clero, del cual los documentos del Magisterio han hecho emerger graves problemas. En base a su experiencia de las Iglesias en África, ¿cómo ve esta relación clero-laicado y cómo piensa que se puede intervenir para que la función de los sacerdotes en la formación de los laicos sea más incisiva?

En el campo de la formación, los sacerdotes son privilegiados, en el sentido de que se forman por años en los seminarios y, frecuentemente, en la universidad pueden completar su formación. Esta, sin embargo, puede volverse hasta perjudicial, para cierto clero que no “entra” en el corazón mismo de la formación, que no es nada otro sino el ahondamiento en la relación personal con Cristo.

Formar a los demás quiere decir transmitir, sobre todo, lo que nosotros mismos vivimos con relación a Cristo, quien ha transformado nuestra vida; este es el verdadero tesoro que podemos comunicar. En este sentido, la formación del clero es verdaderamente fundamental; lo podemos constatar también en la vida de Jesús, quien primero ha formado a los discípulos, durante los años de su vida pública, y sucesivamente, con la asistencia del Espíritu Santo, los discípulos han transmitido su experiencia.

Tenemos que insistir sobre la importancia de la formación del clero, que incluye evidentemente también a los Obispos. Como he dicho en mi intervención en el Congreso, esta formación tiene que estar en la línea del ahondamiento en la relación personal con Jesús, lo cual significa, entre otras cosas, el cuidado de una vida interior y de oración. Si estoy cerca de Dios, la luz del Señor me ilumina, y la proximidad y la presencia del Señor no pueden dejarme así como soy, tienen que transformar necesariamente mi vida. Esta convicción es muy importante; solo cuando hemos encontrado nosotros mismos el “tesoro”, podemos compartirlo con los demás.

 Precisa añadir que tenemos la riqueza de un Magisterio que nos asiste. Los documentos de la Iglesia son pensados y meditados solo para dar una respuesta a los problemas actuales, y estos salen del corazón del Santo Padre; sin embargo, muchos sacerdotes no tienen conocimiento de ellos y, por tanto, no pueden transmitirlos. Este año será proclamado el Año de la Fe; hay un motu propio del Papa sobre esto y habrá otros documentos; nosotros los sacerdotes tenemos el deber de conocerlos, de saber cuáles son las preocupaciones de la Iglesia y del Santo Padre, para poderlas transmitir a los fieles.

Hemos celebrado el Año Paulino, en el cual se nos ha propuesto el ejemplo de san Pablo, quien ha encontrado a Cristo y su vida ha sido transformada. Luego, hemos celebrado la memoria de un humilde y pobre sacerdote, Jean-Marie Vianney, quien no era un teólogo, sin embargo, su vida ha sido transformada por la relación con Dios, la oración, la adoración y la contemplación. Nosotros los sacerdotes tenemos que mirar a estos modelos, para afrontar la crisis sacerdotal. Tenemos un ministerio muy importante, y no podemos vivirlo sin entusiasmo y sin interioridad; nosotros somos los pastores, ¿cómo podríamos, de otra manera, guiar a los demás, ayudar a los laicos en su camino de formación? 

* Eminencia, su cultura de origen es la africana, de la que conoce bien la riqueza de tantos valores, pero también las dificultades que pone a la evangelización. Los dos Sínodos sobre la Iglesia en África nos han ofrecido una amplia reflexión sobre los desafíos, que el anuncio del Evangelio encuentra en el continente. Como africano y pastor, ¿cuáles cree que son los obstáculos culturales más difíciles que superar, con vistas a la formación de los fieles en general, y en particular de los laicos?

Uno de los más grandes obstáculos a la evangelización, en la cultura africana, creo que es la dificultad de asumir, de manera personal, la propia vida. En África, se vive siempre en un contexto de grupo, por ejemplo, en el de la familia, y se cree que no se pueda actuar contra ella, contra la etnia, contra el propio clan. Estamos implicados en el grupo y no somos capaces de afirmar nuestra propia libertad de elección, nuestra propia identidad, incluida la cristiana. Sin embargo, esta libertad y esta “identidad” personal son dones recibidos de Dios, quien nos ha creado a su imagen y semejanza, y cada uno de nosotros es una presencia, una esperanza de Dios; sin esta precisa identidad personal marcada por el Evangelio, no podemos arrastrar a África hacia Cristo.

 Es verdad, se dice frecuentemente que los Africanos son religiosos, que las iglesias están llenas de fieles, que las celebraciones litúrgicas son lindas, pero esto no basta, porque permanecen tantos problemas y tantas dificultades que contradicen la lógica del Evangelio, como el tribalismo y los conflictos étnicos, porque nos hacemos implicar por nuestro propio grupo, y tenemos dificultad para liberarnos culturalmente del él. Debemos estar convencidos de que cada hombre es creado por Dios en la propia individualidad, muere en la propia individualidad, y tiene que hacer sus propias elecciones y ejercer la propia responsabilidad; en África, tenemos que subrayar con fuerza esta libertad personal, la afirmación de la propia identidad cristiana, que debe ser visible en las elecciones personales y en las relaciones con los demás. Tenemos que ser capaces de decir que la tribu, la familia a la que pertenecemos, tal vez, debe cambiar, tiene que romper toda forma de cerrazón a los demás y de repliegue en sí misma. Cristo ha muerto para sanar toda división y romper toda frontera tribal.

Nosotros los sacerdotes, nosotros los cristianos tenemos que hacer visible, a través de nuestro testimonio, que con el bautismo nos volvemos hermanos y somos una familia. En África, estamos acostumbrados a hablar de “Iglesia-familia de Dios”; si la Iglesia es una familia, quien pertenece a ella, aunque no pertenezca a mi tribu, es miembro de mi misma familia. No podemos negar, desgraciadamente, que, incluso en los sacerdotes y en los Obispos, a menudo, la realidad cultural del vínculo con el propio grupo es más fuerte que los valores evangélicos. Ciertamente es lindo vivir en la comunidad, dentro de un grupo como lugar de coparticipación y de solidaridad, pero no podemos ser esclavos de esto, cuando esta solidaridad se vuelva complicidad en el mal.

Además de esto, evidentemente, hay muchos otros obstáculos culturales a la evangelización en África; pensemos en tantas costumbres que no pueden convivir con la fe cristiana, pensemos en la tremenda corrupción, aunque esta no sea exclusiva del continente. 

* Eminencia, ¿qué esperanza viene de África para la Iglesia universal?

 Pablo VI y Juan Pablo II han proclamado que la nueva patria de Cristo es África; si queremos responder a las esperanzas de la Iglesia, esta proclamación tiene que volverse auténtica, aceptando a Cristo totalmente, a fin de que cambie nuestra vida, nuestra mentalidad, nuestros proyectos, conformándonos a Él.

Juan Pablo II ha afirmado que en las palmas de las manos de Cristo, traspasadas por los clavos de la crucifixión, está escrito el nombre cada africano (cf. Ecclesia en Africa, 143); si esto es verdad, estamos llamados a compartir el sufrimiento de Cristo que muere por nosotros, también para borrar en mi etnia toda forma de cerrazón, para aniquilar todo tribalismo y toda forma de odio.

Benedicto XVI afirma hoy que África es el “pulmón espiritual de la humanidad”. Se trata de una afirmación profética, y es necesario comprometerse y trabajar a fin de que estas palabras, que no han sido pronunciadas por casualidad, sino en el ejercicio mismo del magisterio eclesial, puedan realizarse.

 

(A cargo de Silvia Recchi)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


23/09/2012