Vida de la parroquia de Ypacaraí 




JÓVENES, VIDA ETERNA Y VOCACIÓN/2




En varias ocasiones, Emilio ha hablado sobre la vocación con los jóvenes confirmandos de la parroquia de Ypacaraí.

Como hemos dicho en la primera parte de esta reflexión, muchas veces, la pregunta fundamental en la vida de un joven cristiano, "¿Qué quiere Dios de mí?, es decir, ¿cuál es el camino hacia a la felicidad que Él me indica?", está puesta a un lado por otras, que parecen más importantes y más legítimas: "¿Qué profesión voy a elegir? ¿Qué me gusta hacer? ¿Dónde voy a vivir? ¿Cómo puedo ganar un sueldo más alto?".

Sin embargo, la vida de un cristiano tiene que ser regida por lo que Dios quiere que él haga. Estamos hablando de la vocación de cada uno, que se inscribe dentro de la vocación de todos los seres humanos a la santidad, a llegar a vivir la vida eterna junto con Dios, compartiendo su forma de pensar y actuar: "Si es santo el que los llamó, también ustedes han de ser santos en toda su conducta, según dice la Escritura: Sean santos, porque yo soy santo" (1Pe 1, 15-16). Por lo tanto, cada joven tiene que preguntarse: "¿Cuál es mi camino para ser santo? ¿Cuál es mi propia vocación?".

En efecto, la palabra vocación tiene que ver con llamada (del latín "vocare", que significa llamar). Dios nos llama a ser santos, pero propone a cada uno un camino diferente para llegar a esta meta; por eso, cada joven debe descubrir el suyo, no el de sus compañeros. Hay circunstancias de la vida que determinan, de alguna forma, la llamada, es decir, Dios habla también por medio de ellas. La vocación depende ciertamente también de las condiciones históricas, climáticas, económicas..., pero no todo depende de los factores externos. Hay que descubrir el sentido de la libertad, y no dejar que sean el entorno, los amigos, los familiares los que determinan nuestra vida.

En efecto, si nosotros no decidimos, no tomamos las riendas de nuestra vida, serán la familia, los amigos, la sociedad, la publicidad..., los que elegirán y nos harán hacer lo que les parezca mejor, lo que ellos quieran que hagamos, y, a veces, en el caso de muchos poderes económicos, solo para ganar, explotar y manipular. A menudo, tenemos que estar sometidos a las elecciones que nos imponen, y que determinan nuestra forma de vivir y la utilización de nuestro tiempo. Por ejemplo, las autoridades pueden decidir cuántos días debemos dedicar a las vacaciones, a los desfiles y a las diversiones, y cuántas, al estudio. Sin embargo, existe un amplio margen para nuestra libertad.

La vida no es nuestra

La verdadera libertad está en la respuesta a la llamada de Dios, porque la vida, en efecto, no es mía, ni de mi familia o de mis  amigos, sino que es de Dios, y yo tengo solo que administrarla: por eso, para ser feliz, debo hacer la voluntad de Quien me ama más de lo que yo pueda amarme a mí mismo. Por consiguiente, debo descubrir mi vocación, porque si no lo hago, no sabré cuál es la voluntad de Dios, no la cumpliré, no me amaré y nunca seré feliz. Para ser feliz, debo hacer la voluntad de Dios. Si una persona hace algo que no es su vocación, fracasa y hace fracasar a quien viva con ella. En el caso de una pareja, por ejemplo, no puede funcionar una relación, si A no tenía la vocación de casarse con B y B, la de casarse con A; por eso, tenemos que descubrir primero lo que Dios quiere, y saber cuál es nuestra vocación personal.
 

Para conseguir esto, es importante rezar con frecuencia, hacernos preguntas, dejarnos acompañar por alguien que nos ayude con su experiencia, sin empujarnos a tomar las decisiones y sin decir lo que tenemos que hacer, porque somos nosotros quienes debemos decidir. Tampoco Dios nos empuja: Él nos llama, pero nos deja libres; podemos también rechazar su llamada. En la vocación, como en la llamada a la Confirmación, es decir, a ser adulto en la Iglesia, y en todos los sacramentos, se exige la libertad: la de llamar que corresponde a Dios, y la de responder que corresponde al hombre. "No hagan nada -ha aconsejado Emilio a los confirmandos-, si no están seguros y libres; sin embargo, por otro lado, no se queden en la adolescencia por toda la vida, sin tomar una decisión".

El "qué hacer" no depende de nuestro gusto, sino de Dios

La Iglesia es la asamblea de los convocados, de los elegidos por Dios, y, por lo tanto, tenemos que ser dignos de la llamada que hemos recibido (cf. Ef 4, 1). No existe vocación, si Dios no llama. Esto es importante, para los jóvenes. Uno no puede decir: "Yo tengo esta vocación", porque nadie se autollama, sino que solamente responde a Alguien que lo ha llamado.
 

A veces, elegimos ciertas profesiones, pero olvidamos, como cristianos, la llamada: ¿"Quién me ha llamado a esta profesión, a realizar lo que estoy haciendo?". No soy yo quien elige, incluso si tengo la predisposición para algo, porque no puedo reducir la vocación a una predisposición o al hecho de que algo me guste o le guste a mis padres. No puedo elegir una escuela, o una carrera en la universidad, porque voy a ganar más o a encontrar trabajo más fácilmente, porque esto quiere decir que Dios no entra para nada en mi vida concreta, cuotidiana, que no dejo que Él guíe mis pasos. Nadie puede llamar: es Dios quien llama. Nosotros tenemos que discernir, es decir, descubrir quiénes somos verdaderamente y qué debemos hacer de nuestra vida. No puedo elegir un tipo de vida solo porque me gusta o porque les gusta a mis padres. La vocación es una llamada, diferente para cada uno; seremos felices solo si responderemos que sí a Dios, y si seguiremos nuestra auténtica vocación.
 

La adolescencia y la juventud son edades fundamentales, porque en ellas se ponen las bases de toda la vida y de la eternidad. Si  un joven se equivoca en el sentido vocacional, será infeliz y fracasado por toda la vida; por eso, debemos ser firmes, duros, presentando la vocación in todos sus aspectos atrayentes, lindos, pero también en los difíciles.
 

Emilio ha tenido varias veces la oportunidad de contar a los jóvenes su misma experiencia, subrayando que, cuando entró en el seminario, después de cierto tiempo de discernimiento, muchos le decían que había elegido algo muy difícil. Pero, él ha siempre contestado recordando a los jóvenes que, cuando Jesús presentó todas las exigencias del matrimonio a sus discípulos, ellos concluyeron que era mejor no casarse (cf. Mt 19, 3-12). No existen vocaciones fáciles y otras difíciles. Si queremos vivir la vocación que Dios nos ha dado, según todas sus exigencias cristianas, tenemos que saber que esto exige sacrificio, esfuerzo, lucha, y, también, subir por el camino de la cruz.
 

En el matrimonio, hay que ser fiel al compromiso tomado, aun cuando se descubran los defectos del otro, la incomprensión, la enfermedad. Es muy difícil vivir bajo el mismo techo por toda la vida, es una verdadera cruz. Por eso, son muy pocos los que se casan; sin embargo, vivir amancebados o un día acá y otro allá, sin ser capaces de comprometerse con una persona e amarla hasta el final, no es una vocación cristiana, no es el camino de Dios. La misma cosa pasa con el trabajo: no es fácil ser honestos, puntuales, no menospreciar a los demás; sin embargo, robar o ser corruptos no es una vocación; ser político para enriquecerse no es una vocación; la política es vocación de servicio a los demás. Una profesión no se elige porque permite enriquecerse o hacer lo que uno quiera. La vocación es siempre una llamada de Dios, y requiere siempre la cruz. Y, cuando se vuelva difícil o ya no me guste, no puedo cambiar de vocación. La vocación viene de Dios y es una.
 

¡Qué los jóvenes descubran su propia vocación, la que Dios ha preparado para cada uno, la misión que quiere confiarles! Serán felices si la seguirán hasta el último día de su vida, sin miedo, fieles a sí mismos: no podemos ser fieles a Dios si no somos fieles a nosotros mismos, a nuestra conciencia, a nuestra vocación. Y Dios nos dará el céntuplo en este mundo, y, por herencia, la vida eterna (cf. Mt 19, 27-29).

A cargo de Mariangela Mammi


24/09/2012