Entrevistas/23


 

InculturaciÓn en contexto de interculturalidad


En coloquio con el secretario del Pontificio Consejo de la Cultura

 

 

Mons. Barthélemy Adoukonou ha nacidoMons. Barthélemy Adoukonou  en Benín, en 1942. Alumno, en los años setenta, en Ratisbona, del entonces Prof. Joseph Ratzinger, es un exponente de primer plano de la teología africana. El 3 de diciembre de 2009 ha sido nombrado secretario del Pontificio Consejo de la Cultura.

Ha fundado en el 1970, en Benin, el "Sillon Noir", un movimiento de reflexión sobre la inculturación, con el fin de recuperar los auténticos valores de la cultura africana, apoyándose en los "intelectuales comunitarios", los sabios africanos depositarios de la herencia cultural de una comunidad, para la inculturación de la fe y la producción de una teología africana auténtica, purificando la cultura tradicional a la criba de la Cruz.

Ha participado, en Yaoundé, con una intervención sobre "Jesucristo en tierra de África: prioridades, problemas y desafíos de la evangelización en África, hoy". Lo hemos encontrado durante el Congreso y le hemos hecho algunas preguntas, a las que ha respondido con gran disponibilidad. 



 
*  Usted es secretario del Pontificio Consejo de la Cultura, el primer africano que ocupa este cargo. Su dicasterio ha sido creado para el diálogo entre la fe y las culturas, para hacer posible la evangelización de las culturas y, al mismo tiempo, la inculturación de la fe. ¿Cuáles son las orientaciones emergentes y las perspectivas de trabajo, frente a las grandes mutaciones culturales de nuestro tiempo?

El Pontificio Consejo de la Cultura tiene hoy tres grandes perspectivas de trabajo y de compromiso, frente a los grandes desafíos de la cultura contemporánea.

 Ante todo, hay la perspectiva que procede de la corriente cultural de la modernidad y de la posmodernidad. Desde este punto de vista, intentamos realizar lo que se define como "patio de los gentiles". La Iglesia quiere, por decirlo así, salir del "templo", para encontrar a todos aquellos que han llegado hasta este "patio". En el templo de Jerusalén, había un espacio al cual los no creyentes se acercaban, pero sin lograr superar el límite para entrar en el templo. Entonces, la Iglesia está lista para salir e ir hacia los ateos que están abiertos a la trascendencia. El fundamento teológico de esta actitud lo encontramos en la Carta a los Efesios, donde Cristo no solo elimina toda forma de odio en su mismo cuerpo, sino que abate todo muro de separación; por lo tanto, también el muro que separa a la Iglesia de las culturas; la Iglesia sale con Cristo, quien en la cruz se ha levantado por encima de todos, para atraer a hebreos y paganos a fin de que todos sean un solo hombre nuevo. En esta perspectiva, entramos en diálogo con los ateos que están abiertos a la dimensión de la trascendencia.

Pero no hay solo ellos: una segunda perspectiva quiere tomar en consideración a los ateos indiferentes o también culturalmente agresivos. A estos les ponemos el problema de una monocultura intolerante del Occidente, nacida de la fractura profunda entre cultura y fe, en la que los valores de esta última están borrados, como meta extrema del movimiento de la ilustración. Les hacemos la pregunta: ¿Con cuál derecho la razón humana pretende excluir a Dios?

También en el seno de las Naciones Unidas, afirmamos que esta monocultura que excluye a Dios, quiere también imponer, de modo autoritario, una visión del hombre, un totalitarismo político y económico; por lo tanto, ¿de qué democracia auténtica se podría hablar? En nombre de los creyentes de toda categoría, intentamos suscitar el problema de los valores trascendentes que animan las culturas. Además, las Naciones Unidas, en más del 80% de sus miembros, están constituidas por naciones que viven en culturas fundadas en valores religiosos, y no se puede imponer a todos una visión y una jurisdicción, que las excluye de manera arbitraria.

Allá donde las ciencias humanas y sociales privan las culturas de la referencia a Dios y a los valores trascendentes, nosotros afirmamos que no hay fe sin cultura, ni cultura de pueblos históricamente conocidos sin fundamento religioso.

Cada cultura procede de valores religiosos, de los cuales un pueblo, como sujeto concreto, vive; este sujeto entra en relación con otro sujeto comunitario, con otros pueblos caracterizados igualmente por una apertura religiosa. Nos encontramos, así, en un contexto de interculturalidad, que va más allá del simple multiculturalismo como coexistencia de culturas.

La Iglesia ha nacido exactamente de una realidad de interculturalidad; en Pentecostés se abrió a todos los pueblos: persas, árabes, habitantes del Mesopotamia.... cada uno comprendió las maravillas de Dios en la propia lengua.

En el momento en que, a través de la globalización, hoy tenemos un proceso de homogeneización cultural, es necesario preguntarnos cómo evitamos las violencias, las injusticias contra las naciones sin voz, las más débiles y más pobres, que son el número más significativo. No se tiene el derecho, ya que se es más  ricos y más fuertes, de imponer a los demás la propia visión del hombre y los propios modelos.

En fin, el Pontificio Consejo de la Cultura tiene una tercera perspectiva, que aborda la cultura representada por la moderna tecnología de la comunicación, como Internet. En efecto, no nos encontramos simplemente frente a algunos nuevos instrumentos de comunicación, sino frente a una nueva cultura engendrada por ellos, que es la de los jóvenes. Ellos hoy viven en este espacio, y debemos preguntarnos cómo poder transmitirles el Evangelio y asegurar la continuidad de los valores culturales.

He delineado, en síntesis, las grandes orientaciones, en los que el Pontificio Consejo de la Cultura está comprometido con algunos proyectos concretos. Uno de estos está representado por el "Fórum Fe, Cultura y Desarrollo", a partir de la Iglesia en África; el Fórum quiere constituir un inmenso laboratorio de interculturalidad, que haga posible el diálogo entre las culturas que nacen de valores religiosos.


* Excelencia, su brillante intervención en el Congreso Panafricano de los Laicos Católicos ha ofrecido un cuadro de los desafíos en el continente africano, para el anuncio de Jesucristo. Precisamente con respecto a la cultura africana, de la que Ud. es un exponente particularmente calificado y en cuyo terreno está fuertemente empeñado, ¿cuáles son las perspectivas que entrevé?

Respecto a la cultura africana, hoy no podemos poner el problema de la inculturación -que, sin alguna duda, es una necesidad y una exigencia fundamental-, sin poner también el problema de la interculturalidad.

Cuando, en Hongkong, en 1993, el entonces Card. Ratzinger desarrolló su famosa conferencia, ponía ya los términos fundamentales del problema: "inculturación" e "interculturalidad".

 El Pontificio Consejo de la Cultura trabaja en la perspectiva, según la cual las dos expresiones no se ponen en términos de alternativa, pero tenemos que hablar de inculturación en un contexto de interculturalidad.

La inculturación supone que se entra en diálogo con otra cultura, para escuchar al otro, a partir de lo más profundo de la propia identidad espiritual y religiosa. Los valores de verdad que existen y animan desde el interior de las culturas, las abren las unas a las otras, las hacen entrar en diálogo, sin violencia, en una dimensión de interculturalidad.

Inculturación e interculturalidad, por lo tanto, se completan.

Por eso, querríamos que, a nivel del SCEAM (Simposio de las Conferencias Episcopales de África e Madagascar), nazca un sujeto responsable para repensar, en África, la cultura en todas sus dimensiones, invitando para este trabajo a nuestras universidades y también al pueblo de Dios del continente. Desde hace casi 42 años, he lanzado el movimiento llamado "Sillon Noir" [sillon=surco; es el nombre del movimiento creado para la inculturación de la fe en África, para que la heredad cultural del hombre africano sea asumida en el patrimonio de la Iglesia, N. de la R.]. Este compromiso cultural tiene que continuar. El Sillon Noir es el mêwihwendo, en el sentido latino de colere, cultivar, cultus, cultura; el término tiene el triple significado de un trabajo material, agrícola, de cultura y de trabajo del espíritu, como apertura a la trascendencia.

Debemos estar convencidos de que la Iglesia en África no es pobre solo en dinero y en medios económicos, sino que es pobre sobre todo culturalmente; por lo tanto, hay que ayudarla en este plano. Con respecto a ella, tenemos que pagar "el óbolo" de la cultura, organizando todas las iniciativas posibles en esta dirección, con seminarios y actividades en las universidades, para crear un amplio debate, para repensarse y entrar en diálogo con todo lo que se hace y se dice en el mundo.

(A cargo de Silvia Recchi)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

30/09/2012