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CUSTODIOS DEL DON INCOMPARABLE DE DIOS


Celebración de la Sagrada Familia en Tacuatí

 

 

 Después de tres días, María y José hallaron a Jesús “en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas”, decía el Evangelio de la Fiesta de la Sagrada Familia, que Emilio ha celebrado en la iglesia de Tacuatí.

Esta celebración ha sido también la ocasión de la entrega de las vestiduras litúrgicas a los tantos niños, que habían cumplido su formación de monaguillos o de niñas del grupo litúrgico.

En las respuestas del pequeño Jesús, hallamos algunas pistas de reflexión que permiten detenernos sobre la realidad de la familia, de los hijos, de la función de los padres y de su tarea educativa, ha dicho Emilio, durante su homilía.

Llenos de estupor por su inteligencia y sus respuestas

Por haberse formado en una familia que vivía cotidianamente en la escucha de la Palabra, que se hacía preguntas y buscaba respuestas para la vida, Jesús, sentado en medio de los maestros, escuchaba, interrogaba y daba respuestas que sorprendían por su sabiduría.

 Es un auténtico recorrido educativo el que encontramos en estas palabras del Evangelio. La escucha suscita algunas preguntas, y estas, a su vez, empeñan en la búsqueda de respuestas. De este modo, se despierta la inteligencia, se desarrolla el arte del razonamiento, progresa el conocimiento de la verdad y se vuelve, cada vez más, mujeres y hombres libres.

Se descubre, particularmente, el valor de la palabra. Y los pobres, como esos hijos de campesinos que llenaban la iglesia, tienen necesidad, más que cualquier otro, de la palabra, del "dominio de la palabra; de la palabra ajena, para entender la íntima esencia y los confines precisos de la misma; de la propia, para que exprese, sin esfuerzos y sin traiciones, las infinitas riquezas que la mente encierra”[1].

Los pobres, una vez privados de la palabra, son desde siempre las víctimas de políticos y comerciantes, de empresarios y abogados, de corruptores y brujos, del boss de turno y de sus hombres y de todos esos eternos leguleyos, que ostentan libelos, ordenanzas y leyes, haciéndose mofa de los humildes y de los pequeños.

En esto, se percibe la importancia fundamental de la familia y, en particular, de una escuela que sean capaces, con pasión y con amor, de suscitar en los pobres, en los niños, aquella palabra que es la fuerza de Dios, que pertenece a todos, porque es don de Dios hecho a cada niño que abre los ojos hacia este mundo.

Esta es la palabra fuerte que se realiza, la palabra hecha carne en aquel Niño sentado entre los doctores del Templo, que escuchaba, interrogaba y daba respuestas que sorprendían.

Familia: derecho evangélico del niño

El niño es débil, es pobre. Depende de los padres en todo, por lo que hace a la vida y a la muerte. A ellos les está confiada la responsabilidad de su educación. Acoger esta responsabilidad es el sentido profundo de la familia, con respecto al niño.

Por eso, los padres deben ser conscientes de que, al transmitir la vida, tienen la responsabilidad de transmitir también los medios, a través de los cuales esta vida, débil y frágil, pueda fortalecerse y desarrollarse.

 Y la familia es la primera institución a la que está confiada esta responsabilidad y conjuntamente la tarea de educar al niño, antes de que a la Escuela, a la Iglesia, al Estado.

En un tiempo en que todo es a término, en el que las familias frecuentemente son monoparentales, formadas por una muchacha madre o por una mujer o un hombre separados, es necesario ratificar con fuerza que tener una familia, tener un padre y una madre, es un derecho evangélico del niño.

Él no es un paquete postal o un coche que se deba estacionar en cualquier parte, en la casa de una abuela o de una tía, porque el padre y la madre han decidido que ya no podían estar juntos o porque un hombre está ausente, después de haber dejado embarazada a la mujer.

Es un derecho del niño ser educado por un padre y una madre, tener una confrontación y un sostén, un diálogo con personas que, con su diferencia de psicologías y de actitudes, puedan enriquecerlo completándose, guiándolo con amor y ternura, pero también con firmeza y fuerza, diciendo algunos “síes”, pero también algunos “noes”, educándolo en la libertad, pero también en la responsabilidad.

Creciendo, llegará también el momento en que “los padres han de ir devolviendo a sus hijos la libertad, de la cual durante algún tiempo son tutores”[2], y en que el muchacho dirá a los padres, como Jesús, que no tienen que buscarlo, que no deben extrañarse de haberlo perdido por tres días, porque su lugar ya es otro.

Ni dueños ni grandes amigos

 ¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre?”. Jesús recuerda a José y a María y también a todos los padres, que ellos son solo los administradores de la vida del hijo, y como administradores deben responder al Señor de la vida.

“Sus hijos no son sus hijos”, dice el Profeta de Gibran. “Ellos no proceden de ustedes, sino a través de ustedes… Pueden cuidar sus cuerpos, pero no sus almas, ya que moran en casas futuras, que ustedes ni en sueño podrían visitar”.

El hijo siempre es un don incomparable de Dios, del cual los padres, como dice el Papa, son solo los custodios, no los dueños y ni los amigos[3].

Los hijos son personas humanas, y no son la propiedad o los sirvientes de nadie. “He venido a volver a tomarme al muchacho”, dijo el padre-dueño a la maestra, precipitándose en el aula. “Me sirve para cuidar las ovejas y custodiarlas... Es mío… El muchacho es mío”[4].

La fiesta de la Sagrada Familia recuerda a los padres que no pueden disponer a su gusto de los hijos, determinando para ellos un porvenir, aunque fuera el más lindo en sus designios, sino que a ellos les está solo confiada la vida de los hijos, hasta que estos hayan alcanzado la madurez y puedan ser responsables de sí mismos.


Los padres, por tanto, no son los dueños, pero tampoco son los amigos de los hijos ―recuerda el Papa―, abandonando toda apariencia de autoridad y concediendo todo lo que ellos pidan.

 Hoy, casi por todas partes, se encuentra a padres que se fingen amigos de los hijos, que buscan imitarlos en el modo de vestir, en el modo de hablar, en las actitudes. Muy a menudo, no se ve a padres, sino a “papás-ositos, listos para aliviar con el calor de su abrazo el frío del mundo real, tan despiadado y competitivo”.

“¿Ven cómo somos buenos y sensatos, modernos y progresistas?”, parecen decir estos padres.“¿Ven cómo los secundamos en sus necesidades y estilos de vida? ¿Ven cómo aun el sexo, que un tiempo era la primera razón de huida de un muchacho del control de la familia, ahora se les concede en su casa, cómodamente, en la misma habitación en la que vivían cuando muchachos, con los pósteres de la infancia todavía pegados a las paredes?”[5].

Ni dueños ni grandes amigos; los padres son custodios y administradores de un don que viene de Dios.

El sentido auténtico de la educación, afirma todavía Benedicto XVI, es “el fruto de una colaboración que siempre se ha de buscar entre los educadores y Dios. La familia cristiana es consciente de que los hijos son don y proyecto de Dios. Por lo tanto, no pueden considerarse como una posesión propia, sino que, sirviendo en ellos al plan de Dios, está llamada a educarlos en la mayor libertad, que es precisamente la de decir ‘sí’ a Dios para hacer su voluntad”[6].

Padres e hijos en el Señor

Después de recordar que él tenía que hacer la voluntad de Dios, como cada uno, como también los propios padres, Jesús “entonces regresó con ellos, llegando a Nazaret. Posteriormente siguió obedeciéndoles”.

 En este camino de crecimiento, en el cual los padres acompañan a los hijos, cada uno está llamado a hacer la voluntad de Dios. El niño no está llamado a hacer la voluntad de los padres o estos a hacer la voluntad del hijo. Como los fieles no están llamados a hacer la voluntad del párroco. Cada uno está llamado a descubrir cuál es la voluntad de Dios y a cumplirla, a transmitirla, a indicarla.

Escribiendo a los Efesios, Pablo exhorta: “Hijos, obedezcan a sus padres, pues esto es un deber… Y ustedes, padres, no sean pesados con sus hijos, sino más bien edúquenlos usando las correcciones y advertencias que pueda inspirar el Señor” (Ef 6, 1.4).

El marco dentro del cual se pide a los hijos la obediencia a los padres está dado por la relación al Señor, y la tarea de los padres está definida en el hacer crecer a los hijos en la educación y en la disciplina del Señor.

“El padre-educador, por tanto, se considera un facilitador, un mediador calificado para hacer crecer la relación del hijo con el Señor, a través de la vida y de las enseñanzas”, escribe Bittasi.

En este sentido, en la familia cristiana, padres e hijos están ambos “sometidos a una común regla de vida: están orientados a vivir una vida en el Señor… No se obedece a los padres por una voluntad divina, sino porque a través de ellos se puede ser más fácilmente educados en la relación auténtica y personal con el Señor en la propia vida… La relación es triangular, porque ambos son sujetos de relación autónoma con el Señor”[7].

Y en esto se supera, en cierto sentido, también la relación padre-hijo, porque nos volvemos todos hermanos del único Padre, porque todos tenemos que descubrir cuál es la voluntad de Dios y todos, padres e hijos, debemos cumplirla rechazando todo lo que a ella se opone.

 Solo haciendo descubrir y transmitiendo la voluntad de Dios, voluntad de amor para todos, sin diferencias de personas, los padres –como cada otra autoridad– asumen plena y válidamente su función, que es la de ofrecer las condiciones para el bien y la felicidad de los hijos.


La voluntad de Dios es el bien de los hombres y, en particular, de los hijos, y sobre esto los padres tienen que ejercer su autoridad, teniendo el coraje de hablar cuando ven algo incorrecto en la vida de sus hijos.

Es este el sentido del amor de un padre y de una madre: que el hijo sea feliz no por algún instante, sino por toda la vida y después de la muerte. Y solo así los hijos podrán ser como el Niño de Nazaret, que, confiado al corazón y a las manos de María y de José, “crecía en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres”.


(A cargo de Giuseppe Di Salvatore)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

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[1] Así escribía el P. Milani al Director del “Giornale del Mattino” de Florencia, en una carta del 28 de marzo de 1956.
[2]
Benedicto XVI, Discurso en Valencia, Ciudad de las Artes y las Ciencias, 8 de julio de 2006.
[3] Cf. Benedicto XVI, Ángelus, 30 de diciembre de 2012.
[4] G. Ledda, Padre Padrone, Edizioni Il Maestrale, Nuoro 2003, 9.13.
[5] A. Polito, Perché proteggiamo (troppo) i nostri figli, en www.corriere.it; Noi, padri sindacalisti cresciamo i figli come bamboccioni, en www.corriere.it
[6] Benedicto XVI, Ángelus, 27 de diciembre de 2009.
[7] S. Bittasi, Educare senza esasperare, en “Aggiornamenti sociali” 61/6 (2010) 474.476.


04/02/2013