Vida de la parroquia de Ypacaraí



LA IGLESIA, UN PUEBLO PEREGRINANTE Y NÓMADA

 

La procesión, como la del Santo Patrono, expresión cultural de carácter universal, tiene una múltiple valencia religiosa. Responde a una necesidad primaria de agregación, y añade a la celebración elementos de notable incidencia también emotiva, donde el rezar está subrayado por el movimiento coral y reforzado por este signo, que hace más ferviente la celebración.

La Iglesia, un pueblo peregrinante y nómada santo patrono

La procesión no es un simple itinerario que se cumple para ir de un lugar a otro. “Se camina no solo para llegar, sino también para ‘vivir’ el camino: la procesión añade a la acción ritual sentimientos de penitencia, de súplica, de agradecimiento, un cuadro que muestra a los hombres insertados en la vida que se desenrolla fuera del ambiente sagrado, en los lugares donde ellos viven lo cotidiano”[1].

La procesión, ligada a la piedad popular, es ciertamente un símbolo con grandes posibilidades de creatividad y de adaptación, y precisamente por eso está entre los signos religiosos más expuestos al riesgo de manipulación. Pero, el genio audaz espiritual y pastoral de Gregorio Magno ha mostrado toda la fecundidad y la multiforme riqueza, que pueden manar de una auténtica y verdadera relación entre la Liturgia y la piedad popular.

Al final de la procesión en honor del Santo Patrono, todos los fieles se han reencontrado en la plaza frente a la Capilla San Blas, adornada de fiesta. En su homilía, Emilio se ha detenido sobre el sentido de la procesión recién concluida, partiendo del significado de la fe común, que ha visto a tantos hombres, mujeres y niños desfilar por las calles del barrio.

Testimonio de fe

La procesión es un signo del testimonio de fe que la comunidad de los creyentes rinde a su Señor; y la fe, decía Emilio, siempre tiene un doble aspecto.

Ante todo, es siempre una decisión y un acto personal. Uno no es cristiano por nacimiento o por cooptación. No es tal porque ha nacido en una familia cristiana. Uno se vuelve cristiano por una elección personal y libre.

La escucha de la Palabra, el acogerla en el propio corazón, el estar abierto a sus implicaciones y sus exigencias, requieren al hombre una respuesta que es ante todo personal, que atañe a su vida, a su destino y no al de sus padres o de su familia en general.

Al nacer, se corta el cordón umbilical que ata el niño a la mamá, y este acto preludia el momento en que el hombre, ya crecido, decide, por supuesto, sobre la propia vida y no sobre la de la mamá o del papá: qué hacer de su vida, con quién vivirla y para qué proyecto de vida comprometerse.

En la celebración eucarística, después de la confesión de los pecados que cada uno empieza diciendo “yo confieso”, hay el momento de la profesión de fe, que cada cual pronuncia diciendo “yo creo”. Es una profesión de fe comunitaria en la cual, sin embargo, cada uno testimonia “su” fe personal.

 La Iglesia, un pueblo peregrinante y nómada Emilio Grasso

Luego, hay una dimensión también pública, exterior de la propia fe, como la que se ha manifestado a través de la procesión. El “yo creo” no permanece un hecho privado o intimista, sino que se vuelve algo público, llevado a conocimiento de todos.

Como el amor nace en la intimidad realizada entre dos personas, y luego se manifiesta públicamente delante de la comunidad cristiana y de la civil, así la fe personal se vuelve también un hecho público y externo. Este debe ser respetado, no porque se trate de un privilegio concedido como católicos, sino porque cada uno tiene el derecho de profesar su fe, su creencia, sin causar daño a los demás, pero también sin ser dañado por los demás. Y el hombre es tal cuando respeta, pero también cuando no permite no ser respetado.

Por eso, la procesión es –y esta es la primera dimensión de su sentido– un testimonio de la propia fe católica, sin complejos y sin vergüenza; una fe ante todo personal, sin la cual la manifestación se volvería hipocresía; pero, al mismo tiempo, una fe que reivindica su derecho a participar en una manifestación también públicamente.

Un pueblo peregrinante y nómada

La secunda dimensión de la procesión es exactamente la de ser un “un signo de la condición de la Iglesia, pueblo de Dios en camino que, con Cristo y detrás de Cristo, consciente de no tener en este mundo una morada permanente (cf. Heb 13, 14), marcha por los caminos de la ciudad terrena hacia la Jerusalén celestial”[2].

La Iglesia, afirma la Lumen gentium, es una comunidad peregrinante, como un desterrado que, en camino entre persecuciones y consuelos, aflicciones y dificultades, “busca y medita gustosamente las cosas de arriba. Allí está sentado Cristo a la derecha de Dios; allí está escondida la vida de la Iglesia junto con Cristo en Dios hasta que se manifieste llena de gloria en compañía de su Esposo” (Lumen gentium, 6).

La patria del creyente es el cielo, que alcanzará a través de la realidad de la muerte, que llega para todos. Esta no mira a la cara a nadie, ni al nombre, ni a los bienes poseídos. En esta tierra, es la única realidad justa, en la cual no existe corrupción y de la que no se puede escapar pagando.

La procesión recuerda a todos que somos una Iglesia nómada. “Mi padre era un Arameo errante”: son las palabras con las cuales empieza la profesión de fe del pío israelita. Esta experiencia nómada de Israel pertenece a todos los hijos de la Iglesia, que hallan en Abraham su padre en la fe, a quien Dios dice que deje la propia tierra, sin indicarle una destinación precisa, sin saber en qué lugar encontrará “una piedra sobre la cual recostar la cabeza”, como dirá luego Cristo.

Por eso, los fieles caminan en procesión, porque son hijos de una Iglesia peregrina y nómada, que sabe que no se encuentra establecida definitivamente en ningún lugar.

“Peregrinos perpetuos, desterrados voluntarios, prófugos siempre en camino, transeúntes sin descansar”, así se dirigía Pablo VI a los nómadas, en 1965, añadiendo que ellos estaban en el corazón de la Iglesia. Retomando aquellas palabras, Benedicto XVI añadía: “Sois una porción amada del pueblo de Dios peregrino y nos recordáis que aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura”[3].

Una Iglesia nómada hacia la patria futura. Ni la Capilla San Blas, ni la parroquia de Ypacaraí ni la diócesis, ni la Iglesia misma son la patria, sino solo el Reino de Dios.

Acompañado por María

La procesión recuerda también, como ulterior aspecto, que ahora en la tierra la Virgen María acompaña a los creyentes en camino, “hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, come señal de esperanza cierta y de consuelo” (Lumen gentium, 68).

Muy a menudo se tiene un sentido no auténtico y no verdadero acerca de la presencia de María, viendo en ella casi a una diosa. María es una creatura, una pobre hija del pueblo de Israel. Su pobreza y su humildad son su grandeza.

Un ángel le transmite el mensaje de Dios, que trastorna su vida, sus planes, sus proyectos. “Los ángeles son los mensajeros de Dios”, decía Emilio a la gente de la Capilla San Blas –la misma Capilla a la que pertenece la familia de Fabiana – “y hoy Fabiana es un ángel del Señor, su mensajero que habla no solo a sus padres sino también a todos nosotros”.

María no comprende cómo pueda suceder que de ella sea posible que salga el Señor del universo. No comprende, pero no opone nada a la palabra de Dios. Y es esta la fe.

La fe es aceptar a un Dios que entra en la historia del hombre, que pide algo diferente de lo que nosotros habríamos esperado; algo que desbarata, que llama a un cambio total del corazón, de la mentalidad, a la acogida de su voluntad.

Hágase en mí según tu palabra, responde María, permitiendo a Dios que se haga hombre entre los hombres y comparta su alegrarse y su padecer, su vivir y su morir.

Acompañado por María en su camino en la tierra, el creyente aprende a confiar su vida en las manos del Señor, cumpliendo su voluntad.

Él sabe que debe comprometerse con todas sus fuerzas para construir su vida, la de su familia, de su ciudad, de su mundo. Pero, sabe también que llega un momento en que, después de haberlo hecho todo, es Dios quien entra en juego, en cuyas manos él pone su vida, su trabajo, su esfuerzo, diciéndole: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Cumpliendo la voluntad del Señor, el hombre de fe estará seguro de encontrar la verdadera y auténtica felicidad, porque Dios ama más de lo que el hombre pueda amar, porque Dios lo conoce aun antes de su concepción.

Por eso, Emilio ha exhortado a los presentes a poner, como la Virgen María, la propia vida en las manos del Señor. “Cuando llega el fin de la jornada –decía– y vamos a dormir, pensemos en lo que hemos pasado y en el bien y también en el mal que hayamos hecho, y digamos al Señor: ‘Señor, lo pongo todo en tus manos, hágase en mí según tu palabra’, como dijo la Virgen al ángel. Entonces, puedo dormir en paz, porque sé que el Señor es más bueno que yo, y me ama. Entonces, podemos decir a María que rece por nosotros ‘ahora y en la hora de nuestra muerte’. Y es este sentido de serenidad profunda y de paz el que nos deja la procesión que hemos hecho esta tarde”.


(A cargo de Giuseppe Di Salvatore)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

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[1] S. Rosso, Processione, en Dizionario di Liturgia, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2001, 1532-1533.

[2] Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones, 247.

[3] Benedicto XVI, Discurso al pueblo gitano, 11 de junio de 2011.


13/02/2013