Vida de la parroquia de Ypacaraí


“YO NO SABÍA QUÉ ERA…”

El dolor de los hombres en la cruz de Cristo

 

Después de conocer “solo dueños que la despreciaban y maltrataban o, en el mejor de los casos, la consideraban una esclava útil, Josefina Bakhita “llegó a conocer un ‘dueño’ totalmente diferente… al Dios vivo, el Dios de Jesucristo” (Spe salvi, 3).

En ese día, celebraba la Iglesia la memoria de esta santa africana, decía Emilio en su homilía, secuestrada por traficantes de esclavos de su pueblo, en Sudan, vendida en todos los mercados, golpeada y fustigada cada día hasta sangrar. Su cuerpo conservó la memoria viviente de esto en las cicatrices que lo surcaban. Ciento cuarenta y cuatro.

En Italia, adonde es llevada por su último dueño, ella obtiene su libertad y se queda fascinada por la presencia de Cristo. Un amigo de la familia le dio una pequeña cruz de metal.

“Al darme el crucifijo ―afirma Bakhita― lo besó con devoción, y luego me explicó que Jesucristo, Hijo de Dios, había muerto por nosotros. Yo no sabía qué era, pero empujada por una fuerza misteriosa lo escondí por miedo de que la señora me lo tomara…[1]. Permanece tan captada que se niega a volver a África, y pide ser admitida en el convento de las Canossianas.

En la contemplación del Cristo crucificado, en el sufrimiento mismo de aquel hombre en la cruz, ella vuelve a encontrar todos sus sufrimientos y los de sus hermanos, de su pueblo, iluminados por una luz de esperanza y de liberación.

En la Comunión de los Santos

La celebración de ese día parecía asociar a aquella africana con la pequeña Fabiana. Su familia, en efecto, estaba presente en la iglesia para la bendición de la cruz, que, según la tradición existente en el Paraguay, habría sido puesto en su panteón el día siguiente.

En el Evangelio de ese día, Jesús contaba la parábola de las vírgenes necias y de las vírgenes prudentes, y terminaba diciendo: “Estén despiertos, por lo tanto, porque no saben el día ni la hora”.

¿A quién estaban dirigidas esas palabras del Evangelio?, se preguntaba Emilio. Por supuesto, no podía comprenderlas la pequeña Fabiana, solo una niña de tres años, cuando por primera vez se había enfrentado con el dolor y el sufrimiento, provocados por la enfermedad que la ha llevado a la muerte a los siete años, antes de poder hacer la Primera Comunión.

Fabiana quería jugar, estar junto con los demás niños, ir a la escuela, aprender, hacer la Primera Comunión. Era todo un proyecto de vida que tenían para ella la mamá y el papá. Luego, ellos han debido descubrir, a través del calvario de su pequeña, que había otro proyecto, mucho más grande, que hundía sus raíces en la Comunión de los Santos.

“Todos los creyentes forman un solo cuerpo”, dice el Catecismo de la Iglesia Católica, y “el bien de los unos se comunica a los otros”. Y, puesto que Cristo es la cabeza de este cuerpo, “el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia” (Catecismo de la Iglesia Católica, 947).

Juan Acosta y familia

Por eso, dirigiéndose a los padres de Fabiana, Juan y Sandra, Emilio los invitaba, con gran delicadeza y amor, a volver a esa iglesia, a llegar un día, cuando se hubieran sentido listos, para acercarse al sacramento de la reconciliación y recibir la Eucaristía, como si fuera la Primera Comunión misma que Fabiana tenía que recibir.

Porque el fruto de estos sacramentos pertenece, efectivamente, a todo los fieles, quienes, a través de los sacramentos mismos, como otras tantas arterias misteriosas, están unidos e incorporados a Cristo, y en particular por medio de la Eucaristía, que de modo especial actúa esta íntima y vital comunión sobrenatural (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 950).

Ciertamente, Juan y Sandra, en el momento en que se habían conocido, amado y unido, no pensaban que un día habrían recibido y encontrado a esa cruz en su familia. Cuando Fabiana nació, no pensaban que después de poquísimos años ella habría caído enferma y habría fallecido.

La habían acogido como un don de Dios, y han continuado viéndola como un don aún más precioso cuando fue golpeada por su grave enfermedad, que, después de un calvario tan doloroso, ha truncado su breve vida.

“Queden en paz, Juan y Sandra”, les ha repetido varias veces Emilio. “Duérmanse en paz por la noche, porque todo lo que debían hacer lo han hecho, hasta el último momento, con gran afecto, amor, dulzura, ternura, paciencia, siempre con un sentido de gran dignidad, esperanza, y conciencia de la gravedad de la situación. Esto es lindo y les hace honor, queridos amigos. Dios está en paz con ustedes”.

Sin saberlo

En el Evangelio decía el Señor: “Estén despiertos, por lo tanto, porque no saben el día ni la hora”. Y estas palabras se dirigían a ellos, a estos padres que, tal vez, antes nunca las habían oído.

En el juicio final, el Señor pedirá una cosa muy simple: “Estaba enfermo y me han visitado. “¿Cuándo te he visto, Señor?, preguntará el hombre. “¡Nunca te he visto! No te conozco, no frecuentaba ni siquiera la iglesia”.

El Señor responderá: “Cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí”. Fabiana era ciertamente la más pequeña de estos hermanos del Señor; amándola, permaneciendo junto a ella de esa manera, no abandonándola, los padres habían hecho todo esto al Señor mismo, sin saberlo.

¿Cuándo te vimos enfermo y fuimos a verte?”. Sin saberlo, amando a ese pequeño pobre Cristo crucifijo que era Fabiana, que estaba en sus brazos, en sus manos, que los miraba, los llamaba, que gemía y buscaba la mano de la mamá, Juan y Sandra habían amado y abrazado al Señor.

Sin saberlo. Como Bakhita, quien, releyendo su pasado, reexaminando su historia de dolor, de esclavitud y de torturas, mirando sus heridas todavía abiertas, logra a través de la fe integrarlo, darle un sentido, transformarlo y vivirlo hasta como una bendición, diciendo: “Si encontrara a aquellos verdugos que me han raptado y a los que me han torturado, me arrodillaría para besar sus manos, porque si esto no hubiera acontecido, ahora no sería cristiana y religiosa[2]. Ella descubre ser verdaderamente bakhita, la “afortunada”, como irónicamente la habían llamado sus verdugos.

Bakhita había llegado a conocer un “dueño” totalmente diferente, decía Benedicto XVI ―en el dialecto veneciano que había aprendido, llamaba “paron” al Dios vivo, el Dios de Jesucristo, que “conocía también a ella, había creado también a ella”―; más aún, que la quería.… Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más: este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba ‘a la derecha de Dios Padre’. En este momento tuvo ‘esperanza’; no solo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera” (Spe salvi, 3).

Se había enamorado del Cristo crucificado, ella crucificada en el cuerpo, torturada y vendida en todos los mercados, maltratada y golpeada cotidianamente hasta sangrar, nunca violada en su conciencia y en su dignidad de mujer.

Abrazar la cruz

“Ahora pueden comprender esas palabras del Evangelio”, decía Emilio a los padres de Fabiana y a quien estaba en iglesia para celebrar a Bakhita, “y pueden comprender a Fabiana y su juego en el cielo, ella que en la tierra nunca ha podido jugar”.

“Estén despiertos, por lo tanto, porque no saben el día ni la hora”. Uno hace programas de vida, se enamora, se casa, forma una familia, construye y trabaja para mejorar la propia situación, para dar algo a los hijos. Y, tal vez, no piensa en la cruz que un día puede visitar a cada uno.

Un día y una hora que nadie conoce. Pero, cuando uno está preparado, vigila. Y cuando llega la cruz, entonces no la rechaza, porque es el amor, es la pequeña Fabiana. Y rechazar la cruz quería decir rechazar a ese pequeño ser, que siempre buscaba la mano de la mamá.

Una de las cosas más tristes es la de tantos varones que, frente a una esposa enferma, con el cuerpo discapacitado, con su belleza deformada, se echan para atrás y la abandonan precisamente en el momento en que debían estar presentes y ser capaces de sostenerla y acompañarla, de compartir con ella el sufrimiento y el dolor, de sacrificarse.

Rechazar la cruz es rechazar el amor, y rechazar el amor es rechazar a Cristo mismo. Cuando, frente a la cruz, el hombre no la esquiva sino que es capaz de abrazarla, abraza el amor mismo, abraza a Cristo, sin conocerlo; tal vez, sin saber su nombre.

Sandra y Juan habían abrazado con todas sus fuerzas a esa pequeña, pobre cruz, sin muchos razonamientos. Solamente abrazado. Luego, habrá el momento de pensar, de reflexionar sobre lo que se ha hecho. Pero, el primer impulso es el de un abrazo incondicional.

La cruz, que es el amor, revela al hombre a sí mismo, en su verdad. Decía Juan Pablo II que “el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente” (Redemptor hominis, 10).

Y era la pequeña Fabiana, pobre cruz de frágil carne y sangre, quien ha permitido a Juan conocer a quién era verdaderamente Sandra, su esposa, y a ella conocer a quién era verdaderamente el hombre que un día había dicho que sí, y con el cual compartía la vida.

“Sigan amándose” ―les decía Emilio―, “y descubrirán al Señor ya presente en su vida, en sus corazones. Díganse todavía y de nuevo hoy ‘te quiero’, más auténtico y más verdadero de aquel que se dijeron un día, porque ha pasado por la cruz”.

(A cargo de Giuseppe Di Salvatore)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


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[1] R.I. Zanini, Bakhita. Inchiesta su una santa per il 2000, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2000, 65.

[2] R.I. Zanini, Bakhita…, 131-132.


 

24/02/2013