Vida de la parroquia de Ypacaraí



LOS JÓVENES Y EL PROBLEMA EXISTENCIAL DE LA FE

 


En uno de los encuentros de Emilio con los jóvenes de Ypacaraí, ha sido enfrentado el tema de la fe como problema existencial. Muy a menudo decimos creer en Dios, pero esta afirmación no cambia nada en nuestra vida o en la organización de la sociedad.

Los jóvenes de Ypacaraí

En un país como el Paraguay, se puede asistir a manifestaciones religiosas muy atestadas de gente: en los últimos días del novenario a la Virgen de Caacupé, en diciembre pasado, por lo menos tres millones y medio de personas (más de la mitad de la población) han hecho la tradicional peregrinación a pie al santuario mariano más importante del país.

Pero, todo esto ¿qué cambios refleja en la vida diaria? Los jóvenes tienen el derecho de ser conducidos a una reflexión profundizada sobre la fe, de otra manera la catequesis queda, también para su generación, letra muerta y tiempo perdido.

Si Dios existe, la vida cambia

Partiendo del misterio del nacimiento de Jesús, también a través de la proyección de una obra cinematográfica sobre ella, Emilio ha querido hacer razonar a los muchachos sobre qué significa el acto de creer. La fe no prescinde de la razón, sino que la necesita para luego ir más allá. Razonar sobre el nacimiento de Jesús significa ver también el drama humano que se desarrolla a su alrededor: el de una muchacha joven, ya comprometida en matrimonio, quien recibe el anuncio que de ella, que no conoce hombre, nacerá el Salvador de toda la humanidad. La primera cuestión que se le presenta a Maria es la de creer o no en las palabras del Ángel, de adherir o no a la propuesta que se le hace, y luego también la de aceptar sus consecuencias, comenzando por tener que explicar un semejante acontecimiento a los demás, sobre todo a José, a quien estaba prometida.

El problema de la fe nace de un hecho histórico realmente acontecido. En efecto, en cierto sentido, la fe es aceptar algunos acontecimientos reales de la historia, y ver en ellos la intervención de Dios: creer que el Señor me está hablando precisamente a mí, me ha elegido y quiere hacerme conocer el proyecto que tiene sobre mi vida. María cree y acepta sus consecuencias. Si Dios existe, puede crear de la nada y hacer nacer a un niño de una virgen. Si Dios existe, todo es posible para Él, y no puedo poner límites a su bondad, a su amor. Si existe, es su voluntad la que me permitirá alcanzar la felicidad; no puedo vivir como si no existiera, sino que, exactamente al contrario, Él se vuelve el criterio de juicio de toda mi vida. Lo que dirige mi existencia, ya no es lo que “me gusta” sino lo que a “Él le gusta” aquí y ahora.

La pregunta existencial del hombre está hecha. De aquí se desarrolla nuestra vida, en un sentido o en otro.

Si creemos verdaderamente en el misterio de la Encarnación, es decir, que una Virgen ha concebido por obra del Espíritu Santo a un Niño que es Dios mismo –el Dios que el cielo y la tierra no pueden contener y que, sin embargo, se hace hombre en el vientre de una mujer–, entonces nuestra vida tiene que cambiar. Creer determina y orienta toda la existencia. Ya no podemos decir “yo quiero”, sino que “Él quiere”. Somos libres de aceptar creer o no, pero una vez que decidamos creer, estamos dentro de una lógica nueva, diferente, completamente invertida. Y es este paso el que muchas veces olvidamos.

Por eso, es sumamente importante entrar en el silencio del sagrario de la propia conciencia, en lo más profundo del propio corazón, y hacerse la pregunta fundamental sobre la existencia de Dios. Y si creo que el Dios de Jesucristo existe, entonces sé también que Él me ama más de lo que yo pueda amarme, me conoce más de cuanto yo me pueda conocer y, porque Él es amor, acepto que se vuelva el criterio de juicio sobre mi vida; criterio que tomo como punto de partida en las elecciones de cada día. Resulta mezquino y ridículo, por tanto, oponer a su pensamiento sabio y creador la voluntad, el “gusto”, el metro de valoración de una creatura. Por eso, quien cree busca conocer la palabra de Dios y adecuar su voluntad a la divina.

Detenerse a escuchar

Esto tiene implicancias muy concretas en la vida de un joven. Puesto frente a la elección de su futuro, si es creyente, ya no podrá afirmar: “Quiero ser ingeniero, o agrónomo, o médico”, sino que se preguntará: “¿Qué quiere Dios que yo haga?”. En efecto, sabe que encontrará la felicidad solo poniendo en práctica la voluntad de Dios, que en ese momento será su misma voluntad. Si Dios, quien tiene en mano las llaves de su vida y de su felicidad, quiere que él dedique su existencia a los demás, que la consagre a los más pobres, no tendrá que dudar en seguirlo. Al comienzo, puede parecerle un sacrificio, pero al final, en adecuar la propia voluntad a la de Otro, lo hará todo con amor, y las dos voluntades coincidirán: el joven hará lo que “le gusta”. Esto no quita que la fe sea un camino arduo, cuesta arriba, no el fácil consuelo del que algunos hablan, porque llama a someterse a un criterio de verdad, que al principio no es simple aceptar.

De todo esto, los jóvenes comprenden que es necesario entrar en contacto con el Señor y su palabra, penetrar en su Evangelio y en la doctrina de la Iglesia.

La palabra de Dios no resuena en el estruendo, sino en el silencio: “Le dijo: ‘Sal y ponte en el monte ante el Señor’. Y he aquí que el Señor pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante el Señor; pero no estaba el Señor en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba el Señor en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba el Señor en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva” (1Re 19, 11-13). La palabra de Dios es como una brisa suave que se siente, si “te pones” en su presencia. Es importante, pues, el silencio interior y exterior, para prestar atención a la palabra que el Señor nos dirige.

La llamada a la pobreza

Además, el Hijo de Dios, Rey de los reyes, el más grande y sublime, nace en la pobreza. En esta contradicción, comprendemos que el más grande es el más humilde, y que en la humildad se manifiesta y se capta la grandeza de Dios. No tiene valor lo que brilla y se muestra majestuoso, ni la apariencia (que hoy vale mucho), sino la simplicidad y la verdad de quién, en la humildad de su persona, sin maquillaje, demuestra coherencia y autenticidad. Este tipo de pequeñez hace grande a un hombre.

La Encarnación es también una llamada a amar a los pobres, a no excluir del horizonte de un joven la posibilidad de donar su vida para la salvación de los más pobres, empezando por dedicar a ellos un tiempo en la jornada.

Si nos entrenamos en responder que sí, cuando Dios nos pide algo, aunque pueda parecer difícil, sobre todo cuando esto es contrario a nuestro proyecto de vida, poco a poco, sabremos superar las tantas dificultades de la vida: enfermedades, traiciones, pruebas. Si nos acostumbramos a responder “no la mía, sino tu voluntad”, sabremos afrontar las muchas situaciones difíciles que se presentan en la existencia de cada persona, y también la prueba de la fe, que llega para todos. Esto nos ayuda a tener relaciones no superficiales, en una sociedad débil donde todo es light and soft. El no tener miedo a la fatiga, al sacrificio, nos fortifica. Nunca podremos ser libres –ha subrayado Emilio– si no sabemos amar la cruz del Señor, si no sabemos renunciar a lo que no vale nada, para ser auténticos y coherentes, en nuestra vida.

Si Dios existe o no, pues, no es una cuestión neutra, sino una pregunta que nos lleva a tomar una decisión. O existe y determina mi vida, porque es el más grande, el más bueno, la profundidad de la verdad, o no existe y entonces vivo esperando el fin de todo.

Los cristianos son los que creen en el misterio de Dios. Frecuentemente, otros los consideran estúpidos, mientras que, en realidad, la “locura” es elegir una vida sin sentido, sin eternidad: ¿qué sentido tiene trabajar o amar a una persona, si todo termina y desaparece con el transcurrir rápido del tiempo y la llegada de la muerte? En esta óptica, también el nacimiento de un niño se puede ver como la de otro condenado a muerte.

He aquí por qué la única cosa que vale verdaderamente es dar un sentido a la vida. Y la vida no tiene ningún sentido sin Dios; se transforma en una pasión inútil.

Al examinar el misterio de la Encarnación, Emilio ha sugerido a los jóvenes a ponerse en el lugar de María, en el momento en que Alguien entra en su vida. Dios, en efecto, quiere entrar en la vida de cada joven, y cada uno tiene que preguntarse qué respuesta está dando.

En el relato evangélico de la Anunciación, el Ángel dice a María que no debe temer, porque el hombre, cualquiera que sea él, delante del misterio de Dios tiene miedo.

También Emilio ha exhortado a los jóvenes a no tener miedo de abrazar la fe y de vivirla en todas sus consecuencias.

(A cargo de Mariangela Mammi)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

01/03/2013