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ELECCIONES DE VIDA Y PROYECTO DE DIOS

Acompañar a los adolescentes y a los jóvenes

 

 

En un mundo fragmentado, fluido y precario como el de hoy, en que han desaparecido las certezas sólidas y el individuo se ha vuelto creador de verdad y de sentido para sí mismo, las emociones, en lo privado y en lo público, han adquirido una función fundamental de medio, finalidad y metro de medida, y se ha vuelto categórico, en esta “sociedad de la incertidumbre”, como la define el sociólogo Zygmunt Bauman, el imperativo de conducir una vida “agradable”.

Hablar a los jóvenes y adolescentes en este contexto no siempre es así evidente, sobre todo si se hace la apuesta de interpelar su inteligencia y su racionalidad, antes que hacer hincapié en las emociones epidérmicas, de las que, en la mayoría de los casos, se dejan guiar.

Hablar a la inteligencia

Elecciones de vida - Jóvenes

Es un auténtico recorrido de maduración y de vida el que Emilio ha podido ofrecer a los jóvenes y adolescentes de los colegios de Tacuatí, en una serie de encuentros durante su visita en esta nuestra misión del Paraguay, una zona campesina entre las más pobres.

A quien le preguntaba “cuáles son los problemas de los jóvenes en este tiempo”, su respuesta ha sido que son ellos, los jóvenes, quienes deben decir cuáles son las dificultades que encuentran. Ningún otro puede decirlo en lugar de ellos.

Y para poder manifestar esta incomodidad suya, precisa que los jóvenes posean la capacidad de expresarse y, antecedentemente, la de saber organizar el propio pensamiento, de descubrir las palabras claves alrededor de las cuales construir el propio discurso.

Es necesario no solo tener una idea que comunicar, sino también expresarla correctamente –qué decir, a quién, cómo y para qué fin decirla– a través del dominio del idioma, de la gramática, de la sintaxis, de la proposición y del período.

Precisamente en este tiempo, es necesario hablar a la inteligencia de los jóvenes, hacerles descubrir la racionalidad de un discurso que supera la simple aproximación de la realidad, fundamentada en el gusto y la emoción, que, en la mayoría de los casos, lleva al fracaso de la vida y de los proyectos soñados.

En efecto, planear la vida, en particular la adolescencia, sobre la gratificación inmediata que nace del hacer lo que “me gusta” o “me hace sentir bien” o “me satisface”, en un mundo afectivo hecho a medida, no puede sino hacer entrar en una espiral de “deseos”, que, si permanecen insatisfechos, pueden conducir a la frustración perenne o a la búsqueda, a toda costa, de los medios para satisfacerlos, dejando que el todo se resuelva en el choque con el “deseo” ajeno y, por consecuencia, en el dominio del más fuerte.

Ciertamente la adolescencia es el tiempo del descubrimiento de la libertad personal, pero igualmente es el tiempo del entender y del buscar esa libertad que es auténtica y no se reduce al simple albedrío individual.

Por eso, los jóvenes tienen que adquirir la capacidad de inteligencia, de intus legere, de “leer dentro” de la realidad, de descubrir las consecuencias de este actuar o del otro, y luego de elegir con una conciencia más madura y amplia.

Una libertad históricamente situada

Efectivamente, junto al descubrimiento de la libertad personal, el adolescente tiene que ser acompañado para descubrir también que esta, en cuanto humana, siempre está históricamente situada y determinada por confines que son los que la libertad ajena pone, por las propias fuerzas y energías, por las instituciones y la sociedad misma, que debe vigilar a fin de dar la posibilidad de una comunidad vivible para todos.

Descubrir la propia libertad, pues, significa percatarse de que siempre se halla limitada. Gritar “lo queremos todo y enseguida”, frecuentemente, no es sino el intento de evitar el largo camino que nos hace chocar con la dura realidad, para intentar comprenderla y hacer elecciones auténticas y duraderas.

“Camino” quiere decir asumir, además de la categoría del espacio, también la de la temporalidad, que significa capacidad de espera, tiempo de maduración. Y esto es fundamental también en la realidad de las relaciones que un joven entrelaza y vive, sobre todo de las afectivas y sexuales.

Elecciones de vida - Jóvenes Tacuatí

Los jóvenes tienen que poder tomar el tiempo para aprender a pensar, y poderse decir recíprocamente que la relación es algo que debe ser construida día por día; que se puede estar juntos cuando se tienen la capacidad y los medios para vivir, cuando ya no se depende de los padres, cuando se tiene un trabajo, una casa, cuando se es hombres y ya no niños que dependen de otros.

Decían los sabios bëti, un pueblo del Centro-Camerún, que un muchacho se vuelve hombre cuando es capaz de superar el rito de iniciación, de construir una casa, de talar la floresta para hacer una plantación, de presentar la dote para la esposa.

Cuando, a los trece años, una muchachita ya está embarazada y el muchachito está ausente, sus vidas están irremediablemente quemadas.

La temporalidad es gradación de crecimiento y de experiencias, es tiempo de conocimiento de sí mismo y del otro, es tiempo de estudio y de aprendizaje, tanto más necesarios cuanto más pobres y abandonados son los jóvenes de estas zonas del Paraguay profundo.

Gradación no quiere decir inmovilidad y falta de progreso; no quiere decir permanecer eternamente en la indecisión de la elección, eternos niños que son incapaces de dejar la “burbuja familiar”, como decía unos años atrás el filósofo Umberto Galimberti, porque se encuentran protegidos de los riesgos de la existencia, y dejados libres de poder hacer lo que quieran y que a ellos les guste, hasta desarrollar “un concepto de libertad como absoluta revocabilidad de todas las elecciones”.

Por consiguiente, actualmente, muchos jóvenes se encuentran sin conocer ni “la gramática elemental” de la existencia, y como nómadas pasan de un mundo afectivo y cultural a otro, ya sin referentes o, tal vez, con demasiados referentes cuantas son “las idolatrías posmodernas”.

Elecciones de vida y proyecto de Dios

Pero, a cierta edad, llega el tiempo de las decisiones, el tiempo de una elección de vida, el tiempo de la responsabilidad, el tiempo del empeño duradero. Porque, si la elección es auténtica, si el amor es verdadero, entonces debe ser duradero, tiene que ser por toda la vida.

Precisamente por eso, a los jóvenes les necesita el aprendizaje de la duración, y de esa humildad que significa reconocerse necesitados de la ayuda de alguien que pueda acompañarlos en este camino.

Acompañar y no encuadrar. Acompañar y no hacer las preguntas o dar las respuestas, que competen solo al joven. Él no puede ser el títere en las manos de nadie. Tampoco de Dios.

Es el joven, el adolescente el que debe hacerse la pregunta sobre qué hacer de su vida y buscar su respuesta. O, aún mejor y más profundamente, la pregunta sobre qué quiere Dios que él haga de su vida.

Porque, al final, es exactamente este el núcleo esencial de la pregunta sobre el sentido de la vida: ¿Qué quiere Dios? ¿Cuál es su proyecto sobre mi vida?

Elecciones de vida - Jóvenes en camino

Un joven, en efecto, es llamado a pensar y decidir su futuro, no solo según la propia aspiración o inclinación, no solo en el contexto del espacio y del tiempo de su mundo, sino sobre todo a pensarlo y a decidirlo con relación al proyecto que Dios tiene sobre cada hombre, desde la eternidad.

El largo camino durante el cual hay que acompañar a los adolescentes y a los jóvenes es, en realidad, un recorrido hacia la libertad y la responsabilidad, hacia el momento en que ellos estén en condiciones no solo de hacer una elección de vida, según la verdad del misterioso proyecto pensado por Dios para cada uno de ellos, sino, más profundamente, de decidir elegirlo como propia identidad.

Se debe tener el coraje de hablar a los jóvenes de elecciones y de compromiso por la vida y más allá de la muerte, en un mundo en que ya nada se asienta, nada está consolidado y todo es a término, a corto plazo; en que los matrimonios son para probar y las consagraciones y las ordenaciones se vuelven a tiempo determinado, según el propio gusto.

En este horizonte cultural, que cada vez más está delineando una antropología precaria y fluctuante, y la visión de un hombre sin identidad que se adapta a cada situación, de un hombre cada vez más “liquido”, es necesario saber apostar que, escondido en lo más recóndito del corazón del joven, hay todavía ese deseo de eternidad y de totalidad que solo Dios puede colmar.

(A cargo de Giuseppe Di Salvatore)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

11/03/2013