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EL HOMBRE ESCUCHA MÁS A LOS TESTIGOS 

QUE A LOS MAESTROS


Catequistas y coordinadores de la parroquia de Zeballos Cué en retiro

 

El grupo de los catequistas y de los coordinadores de la parroquia de Zeballos Cué



Invitado por la parroquia Medalla Milagrosa de Zeballos Cué, un barrio de Asunción, capital del Paraguay, Emilio ha dictado un retiro, del 1 al 3 de marzo de 2013, a un grupo de más de cuarenta personas formado por catequistas y coordinadores de la parroquia: ocho encuentros muy intensos que se han concluido con la celebración de la Misa dominical en la que han participado numerosos fieles, y durante la cual los catequistas y los coordinadores han recibido el mandato para el nuevo año pastoral.

En todas las intervenciones, y respondiendo a las tantas preguntas que le han sido dirigidas, Emilio ha querido proponer a cuantos lo escuchaban no algunos contenidos, sino unas claves metodológicas esenciales, e indicar las condiciones preliminares para quien quiera asumir seriamente la tarea de la transmisión de la fe.

Claves metodológicas

Un retiro es algo muy diferente de una lección en la escuela o de una conferencia –ha comenzado Emilio– y no se puede preparar quedándose cerrado en una habitación o en una biblioteca. Es un encuentro entre personas por medio del cual uno se queda cambiado, dejándose interpelar todos por la palabra de Dios e interrogar por la vida de quien está delante de nosotros.

Emilio, durante el retiro con los catequistas y los coordinadores de la parroquia de Zeballos Cué

En este Año de la Fe, quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, es necesario volver a descubrir, sobre todo en un tiempo de retiro, aquella actitud de los Padres conciliares quienes se pusieron a la escucha religiosa de la palabra de Dios, como afirma la Constitución dogmática sobre la divina revelación, Dei Verbum.

Por eso, es de importancia fundamental, para un catequista, saber crear el religioso silencio exterior, pero sobre todo el interior, y tomar un tiempo para la escucha de la palabra de Dios, para vivirla y transmitirla en la catequesis.

Una correcta metodología para la catequesis –ha añadido Emilio– tiene que partir, ante todo, de la conciencia de que la iniciativa del diálogo es tomada por Dios, y en el principio de todo hay su Palabra, no la del hombre. Se asiste, frecuentemente, a encuentros en que se parte desde el preguntar a todos lo que piensan o sienten, olvidando que el primero de los sentidos que tiene que entrar en juego en el itinerario catequético es el del oído, porque es de la escucha de la que nace la fe.

En el impartir la catequesis, la preocupación del catequista no será la de comunicar lo que él piensa o considera, su opinión, su interpretación, sino la de dejar que, a través de él, Dios hable a sus oyentes.

Esto requiere una auténtica actitud de humildad, en la conciencia de que quien salva es solo Dios. Después de ofrecerle su voz, el catequista debe dejar que sea Dios el que crece en el corazón del hombre. Su actitud, en efecto, no puede ser diferente de la de Juan Bautista quien “disminuye” para dejar “crecer” a Jesús.

Este desaparecer significa saber morir a sí mismos, estar listo a cambiar cotidianamente el corazón y la mente, a dar toda la vida.

Además, en la catequesis no se trata de dar respuestas, sino de indicar un camino, de aprender a dejarse interrogar por la Palabra, de creer que en lo más profundo del corazón de cada hombre hay el deseo de ver a Dios, de ser feliz de verlo, y que cada hombre posee la inteligencia y la libertad de responderle, de acoger o de rechazar la Palabra.

Los catequistas y los coordinadores reciben el mandato para el nuevo año pastoral

El hacer crecer al niño en esta libertad y responsabilidad es la difícil tarea de los padres. Ellos, y más aún el catequista, no son los dueños de la vida del niño, sino solo los administradores de la misma. La obediencia que el niño debe prestar a ellos encuentra su límite en la voluntad de Dios, que cada uno, padres, catequista y niño, debe buscar conocer y cumplir.

Cada hombre, cada niño es el término del diálogo de amor de Dios, quien deja a ellos la última palabra. Cada persona es un valor absoluto a los ojos del Señor; por cada uno personalmente Cristo ha derramado su sangre y con cada cual Él se ha unido (cf. Gaudium et spes, 22).

Con relación a Dios existe la persona, hombre o mujer, adulto o niño, en su unicidad y su ser irrepetible. Por eso, hablando de la Iglesia, el teólogo Hans Urs von Balthasar no se pregunta “qué” sino “quién” ella es. La Iglesia es una persona y en su punto más alto es María, Hija de Sión, Esposa del Verbo, Madre de Dios.

En la tensión a volverse María, cada cristiano, cada alma fiel es la Iglesia, subrayaba el gran teólogo francés De Lubac. Cada fiel debe tener la conciencia de ser la Iglesia. Precisamente por eso los Padres de la Iglesia llaman a la Iglesia casta meretrix, casta prostituta, o immaculata ex maculatis, sin mancha aunque sus miembros a menudo estén manchados por el pecado[1].

Los innumerables problemas y escándalos que hay en ella, las manchas y las arrugas en su rostro, son nuestros mismos pecados y faltas. Por eso, cada reforma auténtica de la Iglesia no puede comenzar sino de una conversión personal.

Condiciones para la catequesis

Es solo pérdida de tiempo hablar a quien no quiere escuchar, o cuando no hay las condiciones internas y externas de escucha, continuaba Emilio, y es igualmente una pérdida de tiempo impartir la catequesis si no se verifica primero si existen o no las condiciones para hacerla.

Ante todo, las condiciones de escucha que precisa crear con paciencia, con dulzura, pero también con firmeza. Muy a menudo, falta en esto una educación del niño, considerado un poco como el rey del universo, al cual se le permite hacer lo que quiera, correr, jugar, llorar sin ningún respeto por el lugar y las personas donde se encuentra.

Ciertamente, el niño pequeño tiene el derecho de llorar, de reír, de jugar. Por eso, no puede ser obligado a estar en una iglesia donde están también los demás quienes, en cambio, tienen derecho al silencio para escuchar y rezar.

Hay, por lo tanto, un trabajo educativo que debe ser hecho a fin de que lentamente, con la edad y con el uso de la razón, el niño llegue a comprender la diferencia entre un lugar y otro, entre un tiempo y otro. Y los primeros educadores son los padres.

Son ellos los que tienen que educar al niño en el silencio exterior e interior, en el respeto del horario, en la puntualidad, en una actitud que favorezca la escucha, en saber valorar el tiempo y el lugar, en el valor del sacrificio que responde al don de Dios.

La iglesia no es una estación de servicio donde cada uno puede entrar cuando quiera y hacer lo que quiera. Como en la parábola del Evangelio, todos son invitados. Frente al rechazo de algunos, el dueño envía a sus sirvientes a las encrucijadas de las calles para invitar a pobres y lisiados, pero no titubea en echar fuera de la sala a quien ha entrado sin traje de bodas.

Emilio, durante la celebración de la Misa en la iglesia Medalla Milagrosa de Zeballos Cué

Por eso, es fundamental enseñar al niño el valor de una u otra cosa, y a entender que para obtenerla hay siempre un precio que pagar, un sacrificio que cumplir. Si todo es barato, o malvendido, quiere decir que lo que se ofrece no tiene valor, no es serio. Y no se puede esperar que alguien venga a escuchar algo que no tiene ningún valor.

Es la pedagogía de Dios mismo. Él, en su inmensa bondad, ofrece al hombre su misma divinidad, pero le pide en cambio su humanidad. No puede haber Eucaristía sin el don de Dios, en Cristo muerto y resucitado, pero tampoco puede haber sin que el hombre lleve sobre el altar pan y vino, fruto de la tierra y de su trabajo.

La tarea educativa de los padres es de fundamental importancia, porque si detrás del niño que viene a la catequesis no hay una familia que asume y conduce, que tiene interés y se preocupa de su marcha, se trabaja inútilmente y el esfuerzo del catequista para prepararse, para ofrecer con inteligencia la catequesis será vano.

Catequesis y familia

He aquí por qué, para la catequesis, es un bagaje esencial la evangelización de la familia. Esta es también un desafío crucial que la Iglesia, en cada parte del mundo, tiene que afrontar a la luz de la Palabra y del proyecto de Dios, por una parte, y con la ayuda también de las ciencias humanas, por la otra.

En efecto, el problema de la familia en el Paraguay –donde se debe ajustar las cuentas con la cultura del machismo, con hombres que siembran hijos dondequiera y con madres solteras– es diferente del que hay en Europa, donde ya se asiste a una mutación antropológica profunda que pone en discusión la naturaleza y la biología del hombre y de la mujer, afirmando una cultura del “género”. Esta, volviendo a tomar la famosa frase de Simone de Beauvoir: “No se nace mujer, se llega a serlo”, introduce la idea de que el sexo de nuestro ser natural puede no coincidir con el “género” cultural que podemos llegar a ser.

Para evangelizar a la familia, por lo tanto, es necesario conocer, con la ayuda de las ciencias humanas, sus problemas y sus situaciones. Al mismo tiempo, precisa entender bien el proyecto de Dios sobre la familia, aquel que nos presenta la Escritura, leída según la correcta interpretación del Magisterio de la Iglesia a la cual es confiada, y no de manera fundamentalista.

Ciertamente es difícil hacer una catequesis para la familia a hombres y mujeres quienes tienen detrás de sí una historia, una experiencia ya hecha, a veces dramática, como puede ser la de tantas madres que, abandonadas por los hombres, han acabado por criar a solas a los hijos, tal vez tenidos de hombres diferentes. Solo este hecho es ya un problema para una catequesis de la familia que supone la presencia del padre y de la madre del niño.

Por eso –y puede parecer una paradoja– una auténtica catequesis familiar puede ser hecha a los jóvenes, para que sepan qué quiere decir la familia en el plan de Dios, sepan ver, sin tener que juzgar a las personas, los dramas de los padres, aprendan cómo formar a su familia, en la conciencia de que no están condenados a repetir y a seguir el mismo destino de quien los ha precedido.

Es importante, entonces, que el catequista conozca y sepa acompañar, con paciencia pero también con verdad, a los niños en el paso de la infancia a la adolescencia, con todos los cambios físicos y psicológicos que este comporta; que sepa hacer a los jóvenes un discurso claro sobre el significado del valor del cuerpo y sobre la sexualidad; sobre tantos embarazos que llegan a los trece-catorce años, que destruyen y hacen fracasar sueños y proyectos de vida, como ha acontecido ya para tantas madres; sobre la belleza del amor y de la relación entre dos interioridades antes de aquella entre dos cuerpos.

Por eso, es necesaria una pastoral que sepa hablar a la inteligencia del hombre, que apueste no solo por las emociones sino sobre todo por la racionalidad, que se preocupe de formar la conciencia del joven, que, a través del diálogo, conduzca a la comprensión del proyecto de Dios sobre la vida de cada uno.

Maestros porque testigos

No se trata solo de cuestión de métodos que descubrir o que cambiar. Ciertamente los contextos cambian y es necesario conocerlos. Pero, al final, el método único es el del amor porque quien ama quiere conocer.

Lo importante no es tanto el método cuanto el hombre que lo usa, ya que el método es un instrumento, como una moto que puede hacer llegar más rápidamente a un encuentro a quien ama, pero también a quien odia. Por eso, no se trata de condenar a lo que es antiguo o a lo que es nuevo, sino, como dice san Pablo, de examinarlo todo y elegir lo que sirve para ser cada vez más discípulos del Señor.

Y discípulo de Cristo tiene que serlo con mayor razón el catequista, quien debe transmitir la palabra de Dios a quienes hacia los cuales está enviado. Con ellos él está unido ante todo en virtud del bautismo, antes de que por su servicio de catequesis.

Pablo VI

El catequista, en efecto, no tiene que olvidar que no son solo los niños los que deben escuchar: él mismo es, ante todo, un cristiano que se pone a la escucha de la Palabra.

Es solo en la medida en que escucha y vive la Palabra como el catequista podrá dispensar una catequesis viva y fecunda, que llevará al niño a ponerse a la escucha de la palabra del Señor y a cumplirla.

En efecto, el hombre, y de manera muy particular los niños, "escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan”, afirmaba Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, “o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio” (n.° 41).

Entonces, más que con las palabras el catequista enseña con su testimonio de vida, y antes de que a los niños él anuncia la Palabra a sí mismo y la vive. Porque “la catequesis es el catequista”, y es en su rostro, en su vida donde los niños deben poder ver el rostro y la vida de Jesús. 

(A cargo de  Giuseppe Di Salvatore)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

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[1] Cf. J. Auer, La Iglesia. Sacramento universal de salvación, Herder (J. Auer - J. Ratzinger, Curso de teología dogmatica 8), Barcelona 1986, 61-62. 

 

28/06/2013