Homilías y discursos de Emilio Grasso

HOMILÍA CON OCASIÓN DEL 126 ANIVERSARIO

DE FUNDACIÓN DE LA CIUDAD DE YPACARAÍ

13 de septiembre de 2013 


 

Con ocasión del 126 aniversario de fundación de nuestra querida ciudad de Ypacaraí, nos encontramos una vez más en el Templo parroquial para agradecer al Señor por el don de esta ciudad, que al mismo tiempo es don de Dios y obra de los hombres.

Agradezco al Señor Intendente Raúl Fernando Negrete y a todas las diferentes Autoridades institucionales y educativas de la ciudad por su presencia.

Ud., Señor Intendente, hoy, está presente no solo a título personal, sino como la máxima Autoridad institucional de la ciudad para significar, en la distinción y el recíproco respeto de funciones y tareas diferentes, el clima de colaboración y amistad que reina entre la Iglesia que vive en Ypacaraí y la ciudad, toda la ciudad, más allá de las legítimas diferencias de posiciones religiosas, culturales, políticas, sociales y de las sensibilidades humanas.

Aprovecho la ocasión para volver a repetir cuánto me es grato subrayar el tema del respeto de la conciencia de cada ciudadano y de cada persona humana, sobre todo en el ámbito de la libertad religiosa.

Solemnemente, el Concilio Vaticano II ha declarado, en el decreto Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa:

“La persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos” (n.º 2).

Entonces, nace la pregunta: ¿Por qué reunirse en el Templo de la parroquia?Hoy, como he dicho en el comienzo, no estamos reunidos en el Templo parroquial con ocasión de una solemnidad religiosa, sino de una civil: el aniversario de fundación de nuestra ciudad.

Para encontrar la explicación, tenemos que remontarnos al significado etimológico (a la raíz) de la palabra “parroquia”.

En la lengua griega, parroquia se dice paroikía, una palabra que significa “vecindad”. Deriva del verbo paroikéo, que significa “vivir cerca”.

La parroquia, pues, es la casa que vive cerca de las otras casas, es la casa de los vecinos, de todos.

El gran Papa Juan XXIII, hablando de la parroquia, la definía como “la antigua fuente de la aldea que suministra el agua a las generaciones actuales igual que a las generaciones pasadas[1].

La imagen es verdaderamente bella y sugestiva.

“¡Felices los que tienen sed!”, hemos escuchado en la lectura del Evangelio.

La fuente de la aldea sigue estando allí. Es verdad, lo sabe muy bien la sabiduría de la antigua fuente que, si no vamos hoy, puede ser que vayamos mañana o cuando seamos viejos y descubramos una sed, que es como un fuego que nos quema y que ninguna agua podrá apagar.

Los obreros de la fuente deben tener paciencia. Lo que no acontece hoy puede ser que acontezca mañana o con el transcurrir del tiempo.

Lo que cuenta es que la fuente siga viviendo cerca de sus vecinos, cerca de todos: que la fuente siga proporcionando a todos aquella agua que da vida y vida eterna; agua que brota de una fuente de una belleza única, porque –como decía san Agustín– es una “belleza antigua y siempre nueva”. Volviendo a la sugestiva y encantadora imagen del beato Juan XXIII, es por eso por lo que comprendemos por qué la antigua fuente de la aldea, que no es un museo de arqueología, sigue “suministrando el agua a las generaciones actuales igual que a las generaciones pasadas”.

Su fecundidad, la bondad y la salubridad de su agua, “no procede –como afirma el Papa Francisco– ni del éxito ni del fracaso según los criterios de valoración humana, sino de conformarse con la lógica de la Cruz de Jesús, que es la lógica del salir de sí mismos y darse, la lógica del amor[2].

Lo que cuenta es que la fuente siga siendo fiel al Dador del agua, no olvidándose nunca de que es solo un instrumento, un pobre instrumento, al servicio de Aquel de cuyo costado brota agua viva que dona vida y felicidad.

Por eso, la fuente debe recordar que –como enseña el Papa Francisco– “la misión es gracia. … Y la difusión del Evangelio no está asegurada ni por el número de personas, ni por el prestigio de la institución, ni por la cantidad de recursos disponibles. Lo que cuenta es estar imbuidos del amor de Cristo, dejarse conducir por el Espíritu Santo, e injertar la propia vida en la Cruz del Señor[3].

Ahora, vamos a examinar brevemente cuál es el agua que brota de la fuente, y que hemos recibido de las lecturas que acabamos de escuchar.

En la primera lectura, con un lenguaje adaptado a la condición de quien lo escucha, la palabra de Dios nos da el sentido de la creación del hombre y de su relación con la tierra: “El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara” (Gen 2, 15).

Aquí, nos encontramos con una cuestión que concierne a todos los hombres, sin distinción alguna, porque la tierra y el medio ambiente es algo que pertenece a todos y que no puede dejar a nadie indiferente.

El agua que bebemos, los alimentos que comemos, el aire que respiramos no son propiedad exclusiva de nadie, sino un bien común que cada uno debe guardar con cuidado, sabiendo que la contaminación del medio ambiente produce sus efectos dañosos para todos.

El problema ecológico, la cuestión de la relación entre el hombre y el ambiente donde vive, es algo que debe unir, en el mismo amor por nuestra ciudad, a la Iglesia y a la sociedad civil y política de Ypacaraí.

Todos juntos, en el respeto de las diferentes competencias, debemos luchar para crear cada vez más una ciudad a la dimensión del hombre.

“Cultivar y custodiar la creación –afirma el Papa Francisco– es una indicación de Dios dada no solo al inicio de la historia, sino a cada uno de nosotros; es parte de su proyecto; quiere decir hacer crecer el mundo con responsabilidad, transformarlo para que sea un jardín, un lugar habitable para todos[4].

Ya Pablo VI, en su Carta apostólica Octogesima adveniens del año 1971, había puesto en evidencia que “no solo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que el hombre no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente que podría resultarle intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana toda entera (n.º 21).

Toda esta enseñanza encuentra su fuerte expresión en el Mensaje que escribió Benedicto XVI, en el año 2010, para fomentar la protección de la creación.

La Iglesia –escribía el Papa en su Mensaje– tiene una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la convivencia humana, por lo que cuando se respeta la ecología humana en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia. No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social. Los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás[5].

La cuestión ecológica de la que habla Benedicto XVI está estrechamente unida, como evidencia el mismo Papa, a la cuestión de la ecología humana, es decir, a la cuestión del hombre y, de manera toda particular, a la formación de los jóvenes.

El Papa Francisco subraya con fuerza esta problemática, que constituye una verdadera “emergencia educativa”.

“La persona humana –afirma el Papa Francisco– está en peligro: esto es cierto, la persona humana hoy está en peligro; ¡he aquí la urgencia de la ecología humana! … Hombres y mujeres son sacrificados a los ídolos del beneficio y del consumo. … Lo que manda hoy no es el hombre: es el dinero[6].

El Evangelio que hemos escuchado hoy nos pone en guardia sobre estos ídolos del consumo y del dinero.

“… Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos… Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados…” (Mt 5, 1-12a).

La antigua fuente de la aldea que nos sigue suministrando el agua de vida, en el Evangelio de las Bienaventuranzas nos llama –para hablar con las palabras del Papa Francisco– a una “verdadera revolución, la que transforma radicalmente la vida. … Son muchos los revolucionarios en la historia –prosigue el Papa–, han sido muchos. Pero ninguno ha tenido la fuerza de esta revolución que nos trajo Jesús: una revolución para transformar la historia, una revolución que cambia en profundidad el corazón del hombre. … Y un cristiano, si no es revolucionario, en este tiempo, ¡no es cristiano![7].

En este compromiso revolucionario no violento por la paz y la justicia, por la salvaguardia del medio ambiente y por la construcción de una verdadera ciudad de hombres que se respetan y no marginan a nadie, encontraremos dificultades y, a veces, formas abiertas u ocultas de persecución, calumnia, insulto de toda forma.

Nosotros no estamos llamados a recibir el aplauso fácil y demagógico de hoy, que se transformará en el rechazo y la condena de mañana.

También el actuar político debe tener una visión a largo plazo, una mirada de amplios horizontes.

Ud., Señor Intendente, y Uds., Autoridades institucionales y educativas, suspendiendo el desfile en un año marcado por tantas semanas de vacaciones, han tenido el coraje de tomar una decisión a favor de los jóvenes y también de los que, entre ellos, más han padecido los efectos de la huelga de los docentes.

Uds., no cabe duda, han tomado la decisión más justa, han defendido a los pobres y a los jóvenes, han defendido el valor de la Escuela y de la Cultura.

En esta elección, Señor Intendente y Autoridades institucionales y educativas todas, yo personalmente, en el último tramo de mi vida, he visto la validez de mi intuición religiosa y pastoral así formulada en el Art. 20 del Estatuto de nuestra Comunidad:

“En su actividad apostólica, la Redemptor hominis tendrá una predilección por el anuncio del Evangelio, con una opción preferencial, aunque no exclusiva, por los pobres y los jóvenes. En este anuncio estará particularmente presente, en el corazón de los miembros de la Comunidad, todo aquel mundo que vive el drama de nuestra época: la ruptura entre Evangelio y cultura (cf. EN 20)”.

Y mi última palabra a Uds., queridos jóvenes. Los saludo no con mis palabras, sino con las de nuestro querido Papa Francisco. Él se dirige a Uds. con esta exhortación:

“A vosotros jóvenes os digo: No tengáis miedo de ir a contracorriente, cuando nos quieren robar la esperanza. … Id a contracorriente y tened este orgullo de ir precisamente a contracorriente. ¡Adelante, sed valientes e id a contracorriente! ¡Y estad orgullosos de hacerlo![8].

Levanten alta la gloriosa bandera de nuestra querida ciudad de Ypacaraí, y hagan que, un día, de ella se pueda decir lo que se dice de Roma, mi ciudad de nacimiento:

¡Ypacaraí, caput mundi!

¡Ypacaraí, capital del mundo!

¡Y que la paz y el amor de Dios llenen sus corazones, hoy y siempre!

 

 

P. Emilio Grasso

Ciudadano ilustre de la ciudad de Ypacaraí

 

  

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[1] Juan XXIII, Homilía después de la Misa eslavo bizantina (13 de noviembre de 1960).

[2] Papa Francisco, Santa Misa con los seminaristas, novicios, novicias y cuantos se encuentran en el camino vocacional (7 de julio de 2013).

[3] Papa Francisco, Santa Misa con los seminaristas

[4] Papa Francisco, Audiencia general (5 de junio de 2013).

[5] Benedicto XVI, Mensaje para la celebración de la XLIII Jornada Mundial de la Paz. Si quieres promover la paz, protege la creación (1 de enero de 2010).

[6] Papa Francisco, Audiencia general (5 de junio de 2013).

[7] Papa Francisco, Discurso en la Asamblea diocesana de Roma (17 de junio de 2013).

[8] Papa Francisco, Ángelus (23 de junio de 2013).


13/09/2013