EL SOSTENIMIENTO ECONÓMICO DE LA IGLESIA

 


El sostenimiento económico de la Iglesia. Pautas de reflexión teológico-canónico-pastoralM. Chiappo - E. Grasso - M. Mammi - S. Recchi, El sostenimiento económico de la Iglesia. Pautas de reflexión teológico-canónico-pastoral, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2012, 98 pp. 


El problema del sostenimiento económico de la Iglesia es una cuestión connatural a la Iglesia misma. Se puede decir, sin la más ligera duda, que el tema nace y se plantea con el nacimiento mismo de esta institución. No es un problema que concierne solo a las Iglesias de cierta época histórica o de determinadas áreas geográficas.

Es un problema
ínsito en la misma constitución carismático-institucional de la Iglesia. Quien no lo considere o lo menosprecie caería en una forma de docetismo o monofisismo eclesiológico, eliminando la dimensión histórico-humana de la Iglesia. De todas maneras, de buena o mala gana, la dimensión humana, una vez que haya sido puesta de patitas en la calle por la puerta, vuelve deformada por la ventana.


El genio de Pascal lo había intuido cuando en sus Pensamientos escribía: “El hombre no es ángel ni bestia y, desgraciadamente, quien quiere hacer de ángel hace de bestia
[1].


Hacer de ángel, en nuestro caso, quiere decir olvidarse de las necesidades económico-financiarias para el sostenimiento de la Iglesia, reduciéndolo todo a una realidad exclusiva y únicamente carismática.


Esta es una posición típica de un número cada vez más creciente de nuevos movimientos religiosos y sectas de tendencia fundamentalista, que empiezan –para utilizar la terminología
pascaliana– por reducir toda la visión religiosa a una invocación extasiada y milagrosa de Dios. De esta manera, por falta de una teología de las realidades terrenas y de la colaboración libre del hombre al proyecto de Dios, desconociendo una teología de la mediación histórico-concreta y mofándose con soberbia altanería de la misma, terminan por vivir su vida sin ninguna regla ética.


Afirmaba, a este propósito, el entonces Cardenal Ratzinger, ya Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que “cuando el hombre quiere liberarse de la ley moral y hacerse independiente de Dios, lejos de conquistar su libertad, la destruye. Al escapar del alcance de la verdad, viene a ser presa de la arbitrariedad
[2].


Moral y verdad deben marchar unidas. No se puede separar la moral de la verdad y, al mismo tiempo, la verdad necesita siempre su expresión equivalente en la moral.


Como se ve, se trata de la relación entre ortodoxia y ortopraxis.


Ortodoxia (del griego orthós, que significa recto o correcto, y dóxa, que quiere decir opinión o gloria) significa doctrina correcta o sana
[3].

Ortopraxis deriva de las palabras griegas orthós y práxis, que quiere decir hecho, acción o práctica. Significa, por lo tanto, una acción correcta
[4].

Anotaba el Cardenal Ratzinger que “la praxis de la fe pertenece en efecto a la fe cristiana; la ortodoxia sin la ortopraxis pierde el núcleo central de lo cristiano: el amor que procede de la gracia. Pero, al mismo tiempo, se dice también que la praxis cristiana se alimenta del centro de la fe cristiana: de la gracia revelada en Cristo, que se dona en los sacramentos de la Iglesia. La praxis de la fe depende de la verdad de la fe, en la que la verdad del hombre se hace visible y es elevada a un nuevo nivel mediante la verdad de Dios. Se opone por eso de raíz a una praxis que pretende primero crear los hechos y así fabricar la verdad
[5].

En el campo del sostenimiento de la Iglesia, debemos constatar, muchas veces y con gran tristeza, la perpetuación de una praxis que, sin ningún fundamento en una adecuada reflexión teológica, “pretende primero crear los hechos y así fabricar la verdad”.


A veces, existe una verdadera patología en la búsqueda de recursos económicos, con lo que se destruye paulatinamente la credibilidad de la predicación evangélica, hasta llegar a formas tan exageradas y no motivadas de apego al dinero, que crean en el pueblo de Dios y en ambientes extraeclesiales un desprecio hacia el clero y las comunidades religiosas.


Sobre todo en medio del pueblo más humilde y explotado, el continuo pedido de plata, la mayoría de las veces insistente, petulante y no justificado, crea las condiciones de un lento, pero inexorable rechazo de la Iglesia.


Lo que sirve es profundizar en la adecuada ortodoxia que soporta la ortopraxis del sostenimiento económico de la Iglesia; y es urgente enfrentarse con esta cuestión de vital importancia para la supervivencia de la Iglesia misma.


En esta perspectiva, el “Centro de Estudios Redemptor hominis” presenta este libro constituido por cuatro artículos de diferentes autores.


En el primer estudio, Mariangela Mammi, licenciada en Misionología (summa cum laude) en la Pontificia Universidad Gregoriana, partiendo del ejemplo de la Iglesia primitiva, focaliza el problema del valor eucarístico de la ofrenda en la Iglesia, hasta llegar a plantear un nuevo modelo de la misma Iglesia. “A veces –sostiene la autora– se confunde la unidad con la uniformidad y se cree que la Iglesia de cualquier parte del mundo, para ser católica, debe ser una ‘copia’ de la europea o la norteamericana. Implantar a la Iglesia no significa trasplantar a otras Iglesias”.


El análisis de Mariangela Mammi concluye con el tema: “Saber administrar y rendir cuentas”, y con la apremiante invitación a “tomar en consideración que los fieles tienen el derecho de recibir rendiciones de cuentas periódicas, y una información adecuada sobre la administración de los bienes, y que esto los motiva más a sostener a la Iglesia”.


El segundo estudio que presentamos es obra de Silvia Recchi, quien ha conseguido el doctorado en Ciencias Políticas y en Derecho Canónico (summa cum laude) en la Pontificia Universidad Gregoriana. Actualmente enseña en la Universidad Católica de África Central, con el título de Directora Emérita del Departamento de Derecho Canónico.


Recchi, en esta reflexión, nos habla de los principios inspiradores y de la consecuente disciplina canónica sobre la financiación de la Iglesia.


El exhaustivo análisis de nuestra autora parte de la premisa que “la necesidad de disponer de bienes, con todas las implicaciones que derivan de adquirirlos, de mantener su propiedad y de administrarlos, nunca tiene que ofuscar o vencer la visión espiritual y el mandato del Señor, a cuyo cumplimiento los bienes están ordenados. Se trata siempre de perseguir finalidades eclesiales y sobrenaturales propias de la Iglesia, y la subordinación de los medios económicos a ellas es de importancia esencial, para no contradecir los valores evangélicos que están en el fundamento de su vida”.


De capital importancia es la insistencia puesta por el Código de Derecho Canónico sobre “la visión de respeto de la voluntad de los donadores, y de transparencia en la gestión de los bienes eclesiásticos”. En esta visión, “se comprende también la obligación moral de rendir cuentas de cómo se han destinado las ofrendas recibidas, y de informar adecuadamente a los fieles acerca de esto”.


Gracias a sus estudios en Historia Oriental (110/110 con matrícula de honor), Michele Chiappo puede profundizar en una terminología bastante equívoca, que, si no se aclara bien, puede producir daños considerables en la obra evangelizadora de la Iglesia católica, poniendo a la misma al límite, en el imaginario colectivo, de una de las numerosas sectas que pululan en América Latina.


Detrás de la palabra “diezmo”, está una larga historia que atraviesa la praxis de la Iglesia “prefigurada ya desde el origen del mundo y preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza … desde Adán, desde el justo Abel hasta el último elegido
[6].

Está presente, también, una cuestión que concierne a la interpretación de la Sagrada Escritura y de la Tradición apostólica que “progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad
[7].

La cuestión del diezmo plantea, también, la cuestión de la formación de fieles adultos y de una Iglesia que sepa hablar a la conciencia de los mismos.


En sus conclusiones, atinadamente, el autor subraya que “es probable que, detrás de la insistencia en el uso del término diezmo a pesar de su herencia, se esconda una actitud paternalista y clerical, por la cual, desconfiando de la capacidad de los fieles de determinar ellos mismos el monto de su aporte, se les sugiere lo que se considera como una justa medida”.


Al final de este libro, encontramos una reflexión teológico-experiencial de Emilio Grasso, quien ha conseguido el doctorado en Misionología (summa cum laude) en la Pontificia Universidad Gregoriana.


Tomando como punto de partida de su reflexión la mutua inmanencia entre Iglesia y Eucaristía, él subraya y profundiza el hecho de que “la Eucaristía es un don de Dios que pertenece a toda la Iglesia, pero llega a ser nuestra Eucaristía, mi Eucaristía, en la medida en que yo pongo sobre el altar mi pan y mi vino, fruto de mi trabajo y mi participación para la edificación del Cuerpo del Señor”.


Resulta evidente, leyendo atentamente este libro, el fuerte estímulo que brota de todos estos escritos en favor de una revisión de cierta praxis que nada tiene que ver con el sostenimiento de la Iglesia, y que pone a esta al mismo nivel de cualquier partido político, asociación asistencial, círculo recreativo, organización social, etc.


Si no se relaciona, también y sobre todo en este campo, la praxis con la ortodoxia, se distorsiona gravemente el verdadero sentido de la Iglesia.


Al término de esta breve introducción cabe traer la conclusión de un estudio del biblista italiano Daniele Gianotti, sobre el modo de tratar el dinero y los bienes económicos en la Iglesia de Hipona por parte de san Agustín. Esta manera de actuar, afirma Gianotti, sigue siendo un modelo significativo en nuestro tiempo.


Estos son los puntos más importantes:

§  la claridad del destino de los bienes según la misión propia de la Iglesia;

§  la imposibilidad, por esto, de atesorar frente a las necesidades de los pobres;

§  la transparencia en la rendición de cuentas a la comunidad de los bienes de la misma;

§  la invitación a los miembros del clero a vivir en pobreza y en el compartir los bienes;

§  hacer participar al clero y a los laicos en una correcta administración[8].

Todas estas indicaciones, que se encuentran principalmente en los Sermones 355-356 de san Agustín, no han perdido tampoco hoy su urgencia y significado.

Emilio Grasso



______________

[1] B. Pascal, Pensées. Texte établi par L. Brunschvicg, Garnier-Flammarion, Paris 1976, n.° 358.

[2] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Libertatis conscientia sobre libertad cristiana y liberación (22 de marzo de 1986), 19.

[3] Cf. W. Henn, Ortodoxia, en Diccionario de Teología Fundamental. Dirigido por R. Latourelle - R. Fisichella, Ediciones Paulinas, Madrid 1992, 1040-1041.

[4] Cf. W. Henn, Ortopraxis, en Diccionario de Teología Fundamental…, 1042-1043.

[5] J. Ratzinger, La fe como camino. Contribución al ethos cristiano en el momento actual, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid 2005, 36.

[6] Lumen gentium, 2.

[7] Dei Verbum, 8.

[8] Cf. D. Gianotti, I chierici e il denaro: Agostino, Serm. 355-356, en “Parola Spirito e Vita” 42 (2000) 203-217.  


ÍNDICE 

Introducción
Emilio Grasso

 
5

La autofinanciación de la Iglesia
Un camino de crecimiento eclesial
Mariangela Mammi

 

15

La financiación de la Iglesia
Principios inspiradores y disciplina canónica
Silvia Recchi



33

El diezmo: ¿obligación o anacronismo?
Michele Chiappo


 
49

Sin pan y vino no hay Eucaristía
La cuestión del financiamiento en la Iglesia
Emilio Grasso

 

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