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PAUTAS DE ESPIRITUALIDAD MISIONERA




Pautas de espiritualidad misioneraEmilio GRASSO, Pautas de espiritualidad misionera, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2010, 78 págs.

En el curso de un atento estudio sobre el significado de la palabra espiritualidad, encontramos, en el clásico Dictionnaire de Spiritualité, la siguiente definición: "La espiritualidad es el poner en acto la acción salvífica de Dios en Cristo por medio del Espíritu Santo, en cada uno de los cristianos y en la comunidad que es la Iglesia, Templo del Espíritu... La espiritualidad resulta así ser, al mismo tiempo, un don y una tarea, algo que se experimenta y se realiza y, sin embargo, nunca está cumplido, sino que exige un esfuerzo constante y siempre renovado"[1].

Al acoger la enseñanza del Concilio Vaticano II, el "Reglamento fundamental de la formación sacerdotal" ("Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis"), en el cap. 8, 44, prevé que la formación espiritual conduzca a la perfección de la caridad, de manera que el candidato al sacerdocio, "no solo por el carácter de la sagrada ordenación, sino también por la cooperación íntima de toda su vida, se transforme de manera especial en otro Cristo y, animado por su espíritu, celebrando el misterio de la muerte del Señor, se dé verdaderamente cuenta de lo que hace, imite lo que trata, siga a Aquel que no ha venido para ser servido, sino para servir"[2].

La espiritualidad, por tanto, es aquel dinamismo por medio del cual la fe, bajo el impulso del Espíritu Santo, como adhesión a una historia y a algunas verdades reveladas (fides quae), se acompaña a la íntima adhesión a estas verdades (fides qua). Es decir, permite el paso del don recibido al don ofrecido, que no es sino el transmitir ese don recibido, enriquecido por una recepción personal y eclesial, a quienes todavía no hayan entrado en contacto con él.

En esta transmisión del don recibido, espiritualidad y misión se conjugan. Sin ninguna duda, a espiritualidad y misión se les puede aplicar la conocida expresión latina: simul stabunt, simul cadent. Es decir, en otras palabras, que la una no se sostiene sin la otra: no existe espiritualidad cristiana sin misión, como no existe misión sin una fundada y fuerte espiritualidad.

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He considerado útil, para la Iglesia que vive en el Paraguay, publicar este pequeño trabajo que enfoca, bajo diferentes aspectos, la clásica expresión "contemplativo en acción", que Juan Pablo II mencionaba en la encíclica Redemptoris missio.

Ya que la Iglesia es la casa de Dios, en ella no hay extranjeros ni huéspedes, sino ciudadanos de la ciudad de los santos
[3]
.

En la Oración de alma enamorada, encontramos estas palabras de san Juan de la Cruz: "Míos son los cielos y mía es la tierra. ... Los ángeles son míos, y la Madre de Dios. ... El mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí"[4].

Como Juan de la Cruz, cualquier cristiano está llamado a sentirlo todo como suyo.


La Iglesia
que vive en el Paraguay es mía, y frente a la deriva que toma la Misión Continental, que corre peligro de reducirse a múltiples reuniones y actividades que llenan las plazas, mientras que se vacían las iglesias, siento el deber de profundizar en las raíces de la espiritualidad misionera, para no acabar en aquellos triunfalismos de estadio o en esos cambios estructurales que al final nos reducen a sepulcros blanqueados.


La clara y fuerte amonestación de nuestro Santo Padre, en el comienzo de su peregrinación a Fátima, me da el coraje de ahondar en la problemática de la compenetración entre espiritualidad y misión.

Ha afirmado Benedicto XVI: "Con frecuencia nos preocupamos afanosamente por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que hay fe, lo cual, lamentablemente, es cada vez menos realista. Se ha puesto una confianza tal vez excesiva en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y funciones, pero ¿qué pasaría si la sal se volviera insípida?"[5].

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En el primer artículo, profundizo en la expresión central "¡Duc in altum!" de la carta apostólica Novo millennio ineunte, con la cual Juan Pablo II cerraba el Gran Jubileo del año 2000 y abría las puertas del tercer milenio.

Ahondar en esta expresión nos hace descubrir que la misión no consiste solo en un ir mar adentro (un partir solo por partir y, al final, no lograr nada...), sino que es también un ir en profundidad en la relación de conocimiento y amor con el Señor.


En el segundo artículo, presento al personaje María Magdalena, como figura de la Iglesia en misión; Iglesia que lleva en sus carnes un mensaje de pobreza y llanto, de desnudez y conversión, que decreta la muerte de todo triunfalismo, además de la autocomplacencia terrenal, y vuelve a colocar toda la confianza en el escándalo y la locura de la cruz de Cristo.


En el tercer artículo, me dirijo sobre todo a quienes están llamados de manera particular a acompañar a los jóvenes por los caminos del Señor y del hombre; caminos del mundo donde, fuera de las seguridades de nuestros baluartes, se vive la misión de Jesús.


Es un discurso en el cual se pone en evidencia la dimensión de la pobreza y del abandono de las seguridades con las cuales nos gloriamos, y que pretendemos imponer de manera dogmática a los jóvenes.


La relación educativa siempre está constituida por una relación asimétrica, en la cual la distancia se salva por medio de la humildad del educador, quien -siguiendo el ejemplo de san Gregorio Magno- no tiene miedo de hacerse discípulo de quien encuentre una interpretación del sagrado texto bíblico más conforme y más profunda de la que él ha dado. Y no teme decir, una vez más a la escucha de Gregorio Magno: "Sé, en efecto, que generalmente muchas cosas en la Sagrada Escritura, que no he logrado entender solo, las he entendido poniéndome frente a mis hermanos"
[6].
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Ciertamente este libro, dirigido a los educadores, no es de fácil lectura y requiere un tiempo de reflexión. También el aparato crítico, al pie de la página, es un estímulo y una llamada a la seriedad de nuestra misión de educadores, que no se puede improvisar y reducir a la superficialidad de algunas salidas o a la repetición de lugares comunes.

Todo esto exige tiempo. Y a este punto estamos llamados a una elección que atañe a nuestra vida.


Nuestra superficialidad y nuestra ignorancia no se justifican. Si nosotros, en nombre de un genérico presencialismo y un multiplicarse a lo infinito de encuentros vacíos de contenido, omitimos lo que es nuestro deber, nos hacemos responsables del abandono de nuestras iglesias, que acontece cuando la seriedad de los problemas existenciales, puestos por los jóvenes, encuentra en nosotros solo respuestas emotivas y sentimentales, unidas, como máximo, a cuentos tan insípidos que hacen añorar las fabulillas contadas para dormir a los niños.

Emilio Grasso

  

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[1] A. Solignac, Spiritualité, I. Le mot et l'histoire, en Dictionnaire de Spiritualité, XIV, Beauchesne, Paris 1990, 1153-1154.
[2] Sagrada Congregación para la Educación Católica
, Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 de enero de 1970), 44.
[3] Cf. Ef 2, 19.
[4]
Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 26. Oración de alma enamorada, en Juan de la Cruz, Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1989, 45.
[5]
Benedicto XVI, Fe no es poder, sino evangelización. Concelebración eucarística en Terreiro do Paço de Lisboa (11 de mayo de 2010), en "L'Osservatore Romano" (esp.) n.º 26 (16 de mayo de 2010) 9.
[6] Gregorio Magno, Omelia, II, II, 1, en Opere di Gregorio Magno, III/2. Omelie su Ezechiele/2. A cura di V. Recchia, Città Nuova, Roma 1993, 48-49.
 

 

ÍNDICE


Introducción

7

 

¡Duc in altum! Las dos dimensiones de la misión en el tercer milenio

 

15

 

“Contemplativo en acción”. María Magdalena, figura  de la Iglesia en misión

 

27

 

Acompañar a los jóvenes en el descubrimiento de la misión

 

47