Noticias desde el Paraguay


EL AÑO DE LA FE

Prioridades de los agentes de pastoral

 

Un numeroso grupo de catequistas de la parroquia San Lorenzo de Ñemby (Paraguay), donde Emilio ha sido invitado a dar una charla, ha formulado algunas preguntas, poniendo en relación el Año de la fe con la función de los agentes de pastoral. En particular, lo han interpelado acerca de la prioridad que deberían tener los agentes de pastoral en este tiempo, su postura en el momento de transmitir la fe, y la principal debilidad que afecta a los evangelizadores en la sociedad actual.

El encuentro ha sido la oportunidad para una reflexión rica en estímulos y sugerencias, y para redescubrir los verdaderos contenidos de la fe cristiana.

En efecto, la primera tarea que la celebración del Año de la fe nos propone es la de comprender profundamente qué es la fe.

El Papa Benedicto XVI ha proclamado este año porque la fe es el problema fundamental, y él tenía esta preocupación en su corazón, así como está en el corazón de toda la Iglesia. Lo ha promulgado, además, también para celebrar los 20 años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica; los 30 años de la promulgación del nuevo Código de Derecho Canónico y, sobre todo, los 50 años de la inauguración del gran acontecimiento del siglo pasado, que ha sido el Concilio Vaticano II. Los 16 documentos del Concilio y el Catecismo son los textos básicos que presentan el contenido de la fe cristiana, en el cual, por supuesto, se fundamenta también el nuevo Código.

¿Qué es la fe?

Cuando se habla de la fe, se habla de la Iglesia. Sin la fe, todo lo que hacemos no tiene ningún sentido y la Iglesia misma se reduce, como a menudo repite el Papa Francisco, a una organización cualquiera, que, aunque fuera buena y también apreciable, sin embargo, no sería la Iglesia de Jesucristo. La verdadera Iglesia es la Esposa del Señor, que recibe la vida de su Esposo. Ella existe solo si vive la relación con el Señor, en la que es Él quien la ilumina: como decían los grandes Padres de la Iglesia, Jesús está representado por el sol, y la Iglesia, por la luna, que recibe la luz de él.

Hablando de la Iglesia, se debe tener en cuenta que se habla de cada uno de sus miembros, porque todo lo que se dice de ella, hay que decirlo también del alma fiel, ya que cada una es una micro Iglesia. Además, lo que se dice de la Iglesia se refiere, de manera eminente, a la Virgen María, porque ella es el modelo, la estrella, el punto culminante de todo el camino de los fieles.

Durante el Concilio Vaticano II, cuando se dialogó sobre la Iglesia, hubo un gran debate entre los Padres Conciliares, porque con respecto a la cuestión dónde ubicar a María, algunos pedían un documento especial en el cual se hablara solo de ella, pero otros, que al final fueron la mayoría, insistieron en el hecho de que no se podía hacer un documento aparte sobre María, porque habría sido como ponerla fuera del cuerpo de la Iglesia. Ellos explicaron que María vive en el cuerpo de la Iglesia, y se coloca como el punto más alto de su camino. El documento final aprobado fue la Constitución dogmática Lumen gentium, “La luz de las naciones”, donde la luz es Jesucristo.

En este documento, se empieza hablando de Jesucristo como luz de los pueblos, y se mencionan varias imágenes de la Iglesia, entre las cuales la de pueblo de Dios, donde están todos con la misma dignidad. Antes, se hablaba de la Iglesia empezando por el Papa hasta llegar a los laicos, con una distinción precisa entre los clérigos y los laicos, es decir, los que no son sacerdotes. Pero, ya antes del Concilio, se había desarrollado un movimiento de reforma, cuyas ideas han confluido en la Constitución dogmática Lumen gentium.

La Iglesia entendió que es el pueblo de Dios, que todos somos Iglesia porque todos pertenecemos al pueblo de Dios: cada uno con su función, misión, carisma diferente, pero sin inferioridad ni superioridad. La Iglesia, como icono de la Santísima Trinidad, está compuesta por personas diferentes, y al mismo tiempo de igual dignidad.

En este sentido, el Papa Francisco no tiene una dignidad superior a la del último niño de la calle. Él mismo, hoy, como hijo del Concilio, manifiesta cómo la mirada debe orientarse hacia Jesucristo, e insiste mucho en la importancia del pueblo de Dios.

Cuando, en Brasil, el Papa encontró a los Obispos de América Latina, los invitó a no ser príncipes de la Iglesia, porque hay un solo príncipe: Cristo Jesús. Los demás, todos, tenemos la misma dignidad, aunque con funciones diferentes: están los laicos, los religiosos, los sacerdotes, los Obispos, el Papa mismo que está dentro del Colegio Episcopal, con la misión de confirmar la fe de sus hermanos.

Este pueblo de Dios es una comunidad peregrinante, que no tiene su definitiva morada en esta tierra, porque somos ciudadanos del cielo y todos debemos pasar por la puerta de la muerte y presentarnos delante del trono del Altísimo. Allá, cada uno será juzgado individualmente por lo que ha hecho y dicho, será juzgado por el amor, porque es el amor el juicio sobre la vida del hombre.

En este camino de la Iglesia, el punto más alto es María: ella está dentro del pueblo como estrella que guía el peregrinaje. Por eso, el capítulo ocho, el último de la Lumen gentium, está dedicado a María, quien es el modelo que seguir, y cada uno tiene que llegar a ser como ella: la esposa que ha dado la vida a Jesús, su carne y su sangre. Sin María, Jesús no habría podido entrar en este mundo.

Ya que María se entregó a la palabra del Señor cuando el Ángel le anunció que iba a ser la madre del Salvador de todos los pueblos, ella, en su pobreza, no tuvo nada que oponer a la palabra del Señor. Así que, cada alma fiel, al final de su camino, de su vida, de su peregrinación, debe llegar a ser como María, que da carne y sangre a Jesús, su cuerpo. Por eso, hablando de María, se llega a hablar de la Eucaristía, el cuerpo de Jesús. María permite que nazca la palabra misma de Dios.

La fe no es reducible a un sentimiento religioso

Este es el discurso sobre la fe y su contenido. No es un discurso sobre el sentimiento religioso, que el hombre siempre tuvo hacia el misterio.

Desde un punto de vista existencial, el hombre siempre se ha hecho, en todos los tiempos y en todos los lugares, las grandes preguntas: “¿De dónde vengo? y ¿adónde voy?”. Son las preguntas de la vida, como las que se hace sobre el porqué del sufrimiento, del dolor, sobre todo del dolor de los inocentes y del amor. “¿Por qué el dolor?, ¿por qué el amor?”, “¿puede un hombre vivir sin el amor, sin ser amado y, al mismo tiempo, sin amar a alguien?”.

Estas preguntas, sin embargo, no son todavía la fe. La fe es otra cosa.

San Pablo, en el capítulo 10 de la Carta a los Romanos, hablando de la fe, dice que nace de la escucha, no es algo producido por el hombre mismo, no es un sentimiento religioso, no es algo nuestro, sino que es un don. La fe nace de la escucha, y para que nazca sirve la proclamación de la palabra de Dios, y es necesario que alguien la proclame. Quien la proclama debe ser enviado según una cadena de transmisión que es la tradición y que llega hasta Jesús mismo, el primer enviado por el Padre, y el que envía a los apóstoles.

La fe es la respuesta a una Palabra que hemos recibido y que, como hombres libres, podemos aceptar o rechazar. La fe no se impone por evidencia, sino que se propone. Si fuera impuesta, el hombre no tendría la libertad de decir que no a Dios. Si no hubiera tenido la posibilidad de rechazar, no tendría el mérito cuando acepta.

En este sentido, el hombre no es un objeto, no se puede cosificar, esclavizar. Se puede esclavizar su cuerpo, pero no su corazón. Su corazón se puede solo conquistar con el amor. Por eso, en el libro del Cantar de los Cantares, fundamental para la catequesis de los que se preparan al matrimonio, se lee que “el amor no se compra” y quien quisiera comprarlo recibiría solo desprecio. Se logra comprar un cuerpo, por ejemplo, en la prostitución, pero no se compra el amor, el alma de una persona, su sentimiento y su historia.

Dios no obliga con la fuerza el corazón del hombre. Él busca encontrarlo con un lenguaje humano, por medio de la palabra, un signo tan débil, que para entenderlo y descubrirlo es necesaria la colaboración de la persona oyente. Frente a la palabra y escuchándola, el hombre tiene la libertad de creer o no en ella.

Recibir la palabra, decía Pascal, es como el juego del Bingo: hay 50 probabilidades de que sea verdad y otras 50 de que no lo sea.

La Palabra que recibimos nos dice que Dios existe, que más allá existe una inteligencia creadora de todas las realidades, y que es una Persona espiritual que nos ama, que es luz infinita, que es eterna, que no fue creada por nadie. Este Dios se hizo hombre y habitó en medio de nosotros. La Biblia cuenta la historia de esta Palabra, la historia de Jesús que entregó su cuerpo, su vida, murió por nosotros; pero, el amor es más fuerte que la muerte, por eso, Él resucitó y se comunica a nosotros.

Frente a todo esto, está la libertad del hombre, quien puede creer o no en esta historia, tener fe o no en ella. Pero, la fe no es creación del hombre ni fruto de su creatividad o de su fantasía: la fe nace de la escucha.

La fe crece, pero no cambia

Por eso, la fe no cambia, es un don y el don crea una relación; el don no se compra, sino que es el fruto de un amor, de una benevolencia, de un cariño. Sin el don, el hombre no vive, porque la vida misma es el primer don que él recibe. Y el don no se puede determinar.

Nadie puede determinar el contenido de la fe, tampoco el Papa o los Obispos. Se puede comprender de manera cada vez más profunda qué es la fe, pero esta es un don que se trasmite, y no es algo producido por el hombre. Es como el amor, que debe crecer, madurar, se manifiesta de formas diferentes, pero es siempre el mismo. Como el amor de un hijo hacia sus padres, crece, se desarrolla, madura hasta acompañarlos en su vejez, pero es siempre el mismo amor de cuando él era niño.

Acontece lo mismo con respecto a la fe: es siempre la misma, crece su comprensión, pero no cambia su contenido. Creciendo, la fe progresa en dos dimensiones unidas entre ellas y que se acompañan: la inteligencia y la voluntad, que representan el conocimiento y el amor.

En este sentido, en la educación, en la evangelización, es importante no insistir únicamente en la voluntad, haciendo solo una pastoral de la voluntad, sino que, en un determinado momento, es necesario introducir la pastoral de la inteligencia, es decir, del conocimiento, del uso de la razón. El hombre es un animal inteligente, y si no hacemos una profunda pastoral de la inteligencia, se crea una pastoral autoritaria donde uno lo hace todo porque “alguien se lo ha dicho”.

La persona, al contrario, tiene la necesidad de dar respuestas a las preguntas existenciales que su inteligencia se hace. Cuando falta esta pastoral y todo permanece reducido a la voluntad, llegará un momento en que el hombre ya no aceptará lo que se le diga, y la consecuencia será la caída libre de la fe. Esto es lo que ha sucedido en Europa.

No se trata de hacer una reforma, sino que se requiere un cambio revolucionario, porque los tiempos han cambiado, se ha producido un cambio de época.

La tecnología moderna, y sobre todo los medios de comunicación de masas han provocado un cambio de la mentalidad. El paso de la civilización campesina a la industrial –que en Europa se llevó a cabo en el siglo XIX y en el Paraguay se está realizando actualmente–, exige necesariamente un cambio también en la manera de comprender la fe y en el modo de proponerla.

La comprensión llama a un cambio, pero hay sacerdotes, Obispos y agentes de pastoral que advierten este cambio, y otros que no quieren entender, no quieren tomar conciencia de la nueva situación. Muchas veces, uno no quiere ver la realidad, porque si la ve descubre que debe cambiar, pero el cambio cuesta porque pide un diálogo, exige sacrificio y esfuerzo.

Los problemas existen; existe el pecado y la incapacidad; existe el mal y la crisis, y no se puede seguir hablando de forma mentirosa diciendo que todo anda bien, cuando esto no es verdad. Es necesario, al contrario, ver la realidad, conocerla, afrontarla con realismo para cambiarla. Sin este esfuerzo, también a nivel pastoral, se provocará una caída libre de la práctica religiosa.

Los agentes de pastoral, entonces, deben comprender y vivir esta fe en el tiempo de hoy, para que la Iglesia, aunque de forma diferente, viva. Por eso, hace falta conocer este tiempo, que no es el de ayer, para preparar los tiempos nuevos, donde vivirán los niños a quienes estamos preparando. 

Las prioridades del agente de pastoral

Queda claro, en esta situación, que el agente de pastoral es alguien que participa en el proceso de la trasmisión de la fe, pero, para poder trasmitirla eficazmente debe primero conocer lo que transmite.

Es esencial, pues, que sea una persona formada, en el sentido de la fe como contenido y como entrega, según los dos aspectos de la fe: fides quae y fides qua, hasta llegar a ser como Dios.

Esta es la vocación final del hombre: Dios se ha hecho hombre para que el hombre suba al cielo y llegue a ser como Dios.

La vocación del hombre, sin embargo, no es solo el conocimiento, porque este debe acompañarse con el amor. El amor es conocimiento y el conocimiento es amor. El conocimiento sin amor no salva, y el amor sin conocimiento es ciego. No es suficiente conocer, sin la entrega hasta la muerte: el amor es muerte, es cruz; allá donde el amor no significa cruz, es solo un juego de palabras.

Además, la fe de un agente de pastoral debe ser una fe arrodillada, la de un hombre que sabe arrodillarse delante de Dios, porque cuando uno no sabe doblar la rodilla delante de Él, se arrodilla delante de todos los poderes humanos.

Por eso, para un evangelizador, es fundamental saber encontrarse a solas con Dios, como decía santa Teresa de Ávila, en la oración. Sin tener un encuentro personal delante del Señor, uno no puede ser hombre auténtico en la fe, y tampoco puede ser agente de pastoral de la Iglesia católica.

Otra prioridad es el conocimiento de la sociedad actual y, por consecuencia, el tener un tiempo de estudio personal para una formación continuada. Un agente de pastoral, un catequista, debe conocer el contenido de la fe, pero también la sociedad actual así cómo es, no cómo se quisiera que fuera. El conocimiento de las ciencias humanas ayuda a conocer la sociedad actual, no con una mirada superficial o fundamentada en impresiones, sino con un conocimiento auténtico. Sin caer bajo la dictadura de los números, es importante conocer la sociedad en sus tendencias, analizar bien hacia dónde camina.

Al hacerlo todo, un catequista o un evangelizador debe tener presente que hay siempre una debilidad contra la cual se debe luchar, y que esta se encuentra en el interior de cada uno. El enemigo principal está dentro del corazón mismo del hombre: allí se anidan las que los Padres de la Iglesia llaman las enfermedades espirituales, los pecados capitales. Todas estas se encuentran en el corazón del hombre. Por eso, es importante formar a personas que sepan luchar y vencer contra las enfermedades espirituales. Hay que entrar en el combate, a través de la ascesis, que es el fundamento de la espiritualidad del evangelizador. Si uno no sabe luchar contra los males que se encuentran dentro de su corazón, no puede luchar contra los males de la sociedad.

(A cargo de Emanuela Furlanetto)


18/11/2013