Profundizaciones

 

N. MANDELA 46664/2

Luchábamos para preservar nuestra humanidad

 

N. Mandela 466/64

Sobre la puerta de su celda se encontraba colgada la etiqueta en que estaba escrito “N. Mandela 466/64”: era el 466.° detenido de 1964. Una celda ancha menos de dos metros y con muros espesos más de medio metro. “Podía recorrerla toda con tres pasos, y cuando me tendía escribe Mandela sentía el muro contra los pies, mientras que la cabeza rozaba el cemento de la otra parte… Tenía cuarenta y seis años, era un detenido político condenado a cadena perpetua, y aquel angosto espacio tenía que ser mi casa por quién sabe cuánto tiempo”[1].

Toda la estructura de la vida, en la cárcel, estaba organizada para quitar al detenido toda apariencia de dignidad. Sin embargo, añade Mandela, “esta, para mí, era la garantía de que habría sobrevivido. Cualquier hombre o institución que quiera privarme de la dignidad está destinado a perder, porque no estoy dispuesto a renunciar a ella a ningún precio y a consecuencia de ninguna presión… En muchos momentos tristes, mi fe en la humanidad ha sido puesta duramente a prueba, pero no quería y no podía ceder a la desesperación, porque aquel camino me habría llevado a la derrota y a la muerte”[2].

Y Robben Island estaba hecha para la desesperación, la derrota y la muerte: una estera de paja, un calducho de maíz tres veces al día, el silencio obligatorio, media hora de visita cada seis meses, derecho de escribir y recibir dos cartas al año, aislamiento. Y una soledad desesperada que se vuelve rutina, un tiempo que se dilata y se mueve “con la lentitud de un glaciar… Incluso para tener un nuevo cepillo de dientes se debía atender de seis meses a un año”[3].

Lejos ya de la lucha en concreto, no por eso se apagan el espíritu y el deseo de luchar. “Ahora estaba en la retaguardia, pero sabía también que no habría renunciado a la batalla… La cárcel nos aparecía como un microcosmo de la sociedad en su conjunto, y nuestra lucha la habríamos combatido en el interior como habíamos hecho en el exterior”[4].

Luchas diarias, para reclamar los derechos previstos por la ley, gestos hechos para no perder la conciencia de ser hombres. “Para nosotros, estas batallas las gafas de sol, los pantalones largos, las facilitaciones para el estudio, la paridad de alimento para todos eran un corolario de la lucha en la cual estábamos comprometidos fuera de la cárcel, la lucha para derrotar el apartheid. En ese caso, no había distinción: luchábamos contra  la injusticia, grande o pequeña que fuera, y luchábamos contra ella para preservar nuestra humanidad”[5].

Sin haber perdido el alma

“Es inútil continuar. Usted ha perdido el alma”, había replicado secamente Mandela, quien aseguraba su propia defensa en el proceso de 1962, a un policía “colaborador” indio, según el cual los miembros de la comunidad india, obligados a dejar sus casas y sus tiendas en base a la tristemente famosa ley del Group Area Act (que preveía la institución de áreas urbanas separadas para cada grupo racial), habrían debido estar contentos[6].

No perder el alma: era lo que contaba, en la fidelidad a la propia historia y a las propias convicciones, con todo el pragmatismo y la capacidad de negociaciones posibles, pero siempre con la extrema firmeza en aquel punto fundante la humanidad en cada uno.

En efecto, “el desafío que se presentaba a cada detenido recuerda Mandela, y en particular a los políticos, era el de sobrevivir a la cárcel manteniendo la propia integridad, de salir de él sin haber perdido algo de sí… Para lograr esta finalidad, las autoridades carcelarias intentan explotar toda debilidad, frustrar toda iniciativa, negar toda manifestación de individualidad, siempre con el propósito de apagar la chispa de humanidad que hace de cada uno de nosotros lo que somos”[7].

En los momentos tenebrosos y oscuros de los años de Robben Island, cuando, segando a manos llenas sufrimientos y penas, decía: “Me siento como si me hubieran zambullido en la hiel, carne, sangre, hueso y ánimo”[8], Mandela repetía los versos aprendidos y amados en los tiempos de la escuela, y los recitaba a los demás detenidos: “Desde la noche que sobre mí se cierne / negra como su insondable abismo / agradezco a los dioses si existen / por mi alma invicta… / Bajo los golpes del destino / mi cabeza ensangrentada sigue erguida… / No importa cuán estrecho sea el camino / cuán cargada de castigo la sentencia / Soy el amo de mi destino / soy el capitán de mi alma”[9].

Zindzi Mandela

No quiso malvender el alma ni a cambio de la libertad. Era el enero de 1985, y el Presidente Botha propuso públicamente su liberación, a cambio del rechazo incondicional de la violencia como instrumento de lucha política. El “detenido” Mandela respondió con un discurso que fue leído por la hija Zindzi, delante de la población de Soweto.

“Mi libertad me interesa mucho decía, pero me interesa más la de ustedes. Demasiadas personas han muerto desde cuando he sido encarcelado, demasiadas han sufrido por amor a la libertad. De ella soy deudor a las viudas, a los huérfanos, a los padres que han llorado y llevado el luto por sus seres queridos. No he sido el único en sufrir, durante estos largos años perdidos y solitarios. Amo la vida no menos que ustedes, pero no estoy dispuesto a canjear mi derecho, ni el derecho de la gente a ser libre… Solo los hombres libres pueden negociar, los detenidos no tienen poder contractual. No puedo y no quiero asumir ningún compromiso hasta que yo y ustedes, mi pueblo estaremos libres. Su libertad y la mía no pueden estar separadas. Volveré en medio de ustedes”[10].

Después de una gran colina, siempre hay otras por escalar

Luego, la “cuestión Mandela” se puso en marcha con relativa “velocidad”, bajo las fuertes presiones internacionales, entre las cuales tuvo un eco planetario la iniciativa del concierto de Wembley (Londres) en 1988, seguido por más de 600 millones de telespectadores en todo el mundo.

Se intensificaron los encuentros, más o menos secretos, entre Mandela y el nuevo presidente De Klerk, quien, el 2 de febrero de 1990, anunció clamorosamente la revocación, después de treinta años, de la proscripción del ANC, del partido comunista y de otras organizaciones. El 10 del mismo mes, De Klerk anunció a Mandela que el día siguiente habría sido liberado.

“Cuando, finalmente, pasé aquel portón para subir a bordo de un auto de la otra parte escribe Mandela tuve la sensación que, a pesar de los setenta y un años, mi vida estuviera por empezar de nuevo. Me dejaba a los hombros diez mil días de cárcel”[11].

Era el 11 de febrero de 1990. Cuatro años después, hubo las primeras elecciones democráticas de Sudáfrica, y el 9 de mayo de 1994 Nelson Mandela fue elegido Presidente de la República.

He recorrido un largo camino hacia la libertad escribía Mandela. He tratado de no fallar, he cometido errores en el camino. Pero, he descubierto el secreto que después de escalar una gran colina, uno se encuentra que hay muchas más colinas que subir. Me he tomado un momento para descansar, para robar una vista de la gloriosa visión que me rodea, para mirar hacia atrás y ver la distancia que he transitado. Pero, solo puedo descansar por un momento, ya que con la libertad viene la responsabilidad, y no me atrevo a quedarme, mi larga caminata no ha terminado[12].

Hoy su viaje ha terminado. El viaje de un hombre extraordinario, pero también lleno de debilidades y de contradicciones; una historia de inquietud y de elecciones atormentadas, de compromisos y de negociaciones, pero sobre todo de pasión, de carne y de sangre. De todos modos, el viaje de un hombre total.

Giuseppe Di Salvatore

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

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[1] N. Mandela, Lungo cammino…, 366.

[2] N. Mandela, Lungo cammino…, 372.

[3] N. Mandela, Lungo cammino…, 370.

[4] N. Mandela, Lungo cammino…, 371.

[5] N. Mandela, Lungo cammino…, 385.

[6] Cf. F. Soudan, Mandela l’indomptable…, 138-139.

[7] N. Mandela, Lungo cammino…, 371.

[8] N. Mandela, Io, Nelson Mandela…, 179.

[9] Cf. E. Boehmer, Nelson Mandela. A Very Short Introduction, Oxford University Press Inc., New York 2008, 142. Los versos son sacados de la poesía Invictus de William Ernest Henley.

[10] N. Mandela, Lungo cammino…, 485-486.

[11] N. Mandela, Lungo cammino…, 523.

[12] N. Mandela, Lungo cammino…, 579.


20/12/2013