Profundizaciones 

 

 

¡LA MALA SUERTE DE ENCONTRARSE ALLÁ 

EN EL MOMENTO EQUIVOCADO!

Emoción en Bélgica por siete jóvenes, víctimas de un accidente

 

 

Ha suscitado una gran emoción en Bélgica, y en particular en Limburgo, la muerte de siete jóvenes, originarios de Leopoldsburg, muchachos y muchachas entre los 15 y 23 años, acontecida en la noche entre el viernes 7 y el sábado 8 de marzo, en un trágico accidente en autopista en los alrededores de Zonhoven.

La dinámica del accidente es conocida. El coche, que procedía de Leopoldsburg y viajaba hacia una discoteca en Holanda, se ha estrellado contra un camión que lo precedía y se ha incendiado. Solo después de muchas horas ha sido posible conocer la identidad de los cuerpos carbonizados.

Las causas son desconocidas todavía, aunque se ha hablado enseguida de velocidad excesiva y también de cantidad de alcohol que se había consumido antes de entrar en autopista[1]Pero, las encuestas están en curso.

Se han activado enseguida los servicios municipales y escolares, para ofrecer su ayuda a las familias y a los compañeros de escuela de las víctimas. En varias partes han sido abiertos registros de condolencias, donde cualquiera puede expresar su participación a estas familias.

Es una de esas cosas que se hacen cuando se es joven

También en Facebook ha sido creado un grupo "RIP Slachtoffers kamp 8 Maart 2014", que ha recogido, en un par de días, más de 35.000 fans o miembros que han hecho clic sobre el pulgar de like y centenares y centenares de mensajes de condolencias[2].

Además de las acostumbradas frases de circunstancia a las familias, se encuentran muchos comentarios que ofrecen una apertura significativa de la aproximación de una sociedad posmoderna como la belga a los misterios de la vida y de la muerte, frente a los cuales esta se encuentra de nuevo como desprovista de puntos de referencia.

No hay comentarios que hagan una alusión a Dios o a la visión cristiana de la muerte y al misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Pero esto era previsible. Lo que, en cambio, impresiona es que, frente a las siete muy jóvenes vidas quemadas, probablemente por falta de prudencia y de respeto de las reglas, la red se desata en una sucesión de mensajes que, a menudo, son de una insostenible ligereza.

“Gozar de la vida, festejar, realizar cosas que no deberías hacer, forma parte de la juventud”, dice un fan. “Ser siete en un coche, en el cual está prescrito a lo sumo un número de cinco pasajeros, ciertamente es un poco exagerado…, pero es una de esas cosas que se hacen cuando se es joven”.

Y suspiran otros: “¡Ah, estos jóvenes!...”. Y a quien escribe: “¡Santo cielo, pero siete en un coche…! ", responde un fan diciendo que en Perú en un coche o sobre él se van también quince.

Hay alguien que se arriesga a hacer un pequeño análisis sobre la responsabilidad del conductor: “Mayor de edad, tenía la responsabilidad de los pasajeros y, por tanto, debía atenerse a las reglas del Código de la Circulación”.

El análisis muy tímido que se concluye con: “El conductor habría debido conocer mejor…”, cae en el fuego cruzado de muchos: “Tengo la sospecha de que nunca has sido joven y que te atienes y te has atenido siempre a las reglas…”. Como si atenerse a las reglas fuera un delito.

“Por supuesto añade otro fan en Facebook no debía ocurrir”, pero “no es culpa de nadie. Todos hemos sido jóvenes. Nadie está sin pecado”.

Otro todavía inserta este mensaje: “Pero, ¿cuál habría sido la diferencia si en el coche en lugar de siete hubieran sido cinco, como dice la ley?".

Permanecen los cuerpos de siete jóvenes sin vida, en un coche quemado. Alguien, en Facebook, se ha esforzado en llamarlos “siete estrellas en el cielo”, “siete ángeles”, “siete jóvenes flores”. Lo que se queda son siete cadáveres carbonizados.

El tiempo de Dionisio

La sociología ha hablado de una sociedad que, cansada de la racionalidad del pensamiento fuerte y de las grandes ideologías, y reacia a enfrentar el drama de la historia y de la libertad en el cual el judío-cristianismo nos ha introducido, hoy se deja totalmente implicar por el regreso de Dionisio, por la aproximación orgiástico-emocional de la vida, y se encomienda con resignada indolencia al destino. “La era de Prometeo se ha acabado, y estamos en el tiempo de Dionisio”[3].

Ninguna regla, ningún límite a lo que me gusta, ningún mando. El discurso de los mandamientos y del pecado, de la responsabilidad y del pagar las consecuencias de los actos realizados suena demasiado duro y demasiado conservador. El verbo “debes” se ha vuelto un tabú. No se puede pronunciar. Ni siquiera cuando se explican los diez mandamientos. El “no matarás” se ha transformado en un light “permitas al otro vivir”, como si alguien tuviera la autorización a no dejar vivir al otro.

Pero, si el orgiasmo dionisíaco representa, por una parte un impulso vital, un exceso de vida, por el otro contiene exactamente su contrario, la muerte. Esta es la paradoja de Dionisio: Eros y Thánatos están íntimamente asociados a ella.

Y los “ritos” que se desarrollan el sábado de noche en las discotecas o en los pubs siempre tienen algo iniciático que pone, poco a poco, al hombre frente a la muerte. El siglo de la ilustración y el mito del progreso han hecho el intento de exorcizar la muerte, de ocultarla.

Actualmente, las “tribus” de los jóvenes que celebran los ritos nocturnos del desmadre viven aquel sentimiento trágico de la existencia, que no rehúye la muerte o no lucha contra ella, sino que la asume en dosis homeopáticas. Hasta cuando sobreviene una sobredosis de muerte, como en aquella autopista cerca de Zonhoven.

Ya no es la verdad la que guía las acciones del hombre (y ¿quién se arriesgaría a indicar hoy un núcleo de verdad objetivo, allá donde cada uno es creador de la propia verdad?), sino el imperativo categórico, en la sociedad de la incertidumbre, de conducir una vida agradable, donde las emociones asumen, en lo privado y en lo público, la función fundamental de medio, finalidad y medida.

El principio de distinción de las cosas y de los ámbitos ya no es compatible con la cultura de la emoción y de las vicisitudes de los sentimientos, personales y de grupos, representada por la figura de Dionisio, el “dios de los cien rostros”, lúdico, trágico y ambiguo.

Han solo tenido la mala suerte de encontrarse allá…

Y en lugar de la sociedad con sus reglas y su racionalidad, el hombre posmoderno descubre de nuevo los vínculos "tribales" y deja volver a aflorar, entre toda la tecnología que lo sostiene cotidianamente, la potencia del humus arcaico de su existencia, el sentido de resignada dependencia de un destino que, en un modo o en el otro, se cumplirá y contra el cual no merece la pena luchar, sino solo la de gozar plenamente del instante, de cada instante.

Por otra parte, la cultura posmoderna se caracteriza precisamente por una sinergia entre hipertecnología y mil formas de arcaísmo: chamanismo, brujería, tribalismo, paganismo latente, misticismo panteísta, atmósfera onírica de lo maravilloso, el mundo mágico y el lado oscuro de la existencia humana.

Por eso, no sorprende el hecho de leer entre los mensajes los que dicen: “Estos jóvenes han tenido solo la mala suerte de encontrarse allá, entre los tantos, precisamente en aquel momento y a aquella velocidad”.

E. E. Evans-Pritchard rodeado de niños Azande

Escribía el antropólogo Evans-Pritchard hablando de la brujería entre los Azande[4] que, en su reflexión sobre el mal, el hombre intenta comprender lo que, en el fondo, es incomprensible. ¿Por qué precisamente aquella persona es golpeada y no otra? ¿Por qué aquel día el árbol ha caído sobre un tal que, junto con otros, se protegía del sol bajo su sombra? Se sabe que el árbol, a lo mejor, ya estaba podrido y que el hombre estaba sentado allí debajo de él. Pero, esto no impide preguntarse por qué las dos cosas han ocurrido precisamente en aquel momento, en aquel lugar y sobre aquel fulano y no sobre otro.

La coincidencia, explicaban los Azande, es debida entonces a la intervención del brujo, enemigo de ese hombre, porque sin él aquel hombre habría podido protegerse tranquilamente a la sombra del árbol, sin que este le cayera sobre la cabeza y lo matara, o bien, el árbol habría podido caer en un momento en que el hombre no estaba sentado allí debajo de él.

Ciertamente no se habla de brujo en las regiones de la posmodernidad. Se habla, en cambio, del caso, de la fatalidad, de mala suerte, de desgracia… Pero, al final, queriendo suprimir toda responsabilidad que acompaña la libertad, nos encontramos solo frente a un hombre líquido, deforme, que tiene la mala suerte de encontrarse en el lugar equivocado y en el momento equivocado.

Giuseppe Di Salvatore

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

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[1] Cf. "Ik heb zijn sleutels afgepakt omdat hij te dronken was", en http://www.hln.be/hln/nl/30060/Drama-E314/article/detail/1808260/2014/03/10/Ik-heb-zijn-sleutels-afgepakt-omdat-hij-te-dronken-was.dhtml

[2] Cf. RIP Slachtoffers kamp 8 Maart 2014, en https://www.facebook.com/pages/RIP-Slachtoffers-kamp-8-Maart-2014/1390413804563912

[3] Cf. por ejemplo, M. Maffesoli, L'ombra di Dioniso. Una sociologia delle passioni, Garzanti, Milano 1990; y también Icone d'oggi. Le nostre idol@trie postmoderne, Sellerio Editore, Palermo 2009.

[4] Cf. E.E. Evans-Pritchard, Sorcellerie, oracles et magie chez les Azande, Gallimard, Paris 1972. Los Azande son un pueblo de Sudán.

 

15/03/2014