“Querido amigo…”/23 

 

 

Tacuatí, 9 de agosto de 2014

 

 

Queridos monaguillos y queridas niñas liturgistas de la parroquia de Ypacaraí:

 

He tenido nuevamente la oportunidad de pasar con ustedes el día de su fiesta patronal, del Sagrado Corazón de Jesús. Ha sido una hermosa fiesta.

Afortunadamente, he participado también en la celebración litúrgica durante la cual algunos de ustedes, monaguillos, han recibido sus vestiduras rojas. Ha sido emocionante ver que están creciendo no solo físicamente, sino que también están avanzando, paso a paso, en el camino de la responsabilidad.

Por intermedio de Emanuela y de Liz, me he enterado de que, durante las vacaciones de invierno, han tenido los retiros, y también que se han integrado al grupo nuevos aspirantes a monaguillos y a niñas liturgistas.¡Qué lindo!

Nuestro Papa Francisco nos invita a cuidar siempre todos los detalles de la vida, sin detenernos nunca: “También el amor más grande, cuando no se alimenta continuamente, se debilita y se apaga”. Debemos permanecer siempre cuidadosos y preparados para enfrentar y superar cualquier situación de la vida.

En Tacuatí, aprovechando las vacaciones de invierno, hemos realizado distintas actividades con los niños y los jóvenes de la catequesis y algunos grupos de adultos del Centro y de las compañías. Con proyección de películas y diaporamas, con charlas y juegos, hemos pasado juntos momentos agradables.

Como saben, Gladys ha estado entre nosotros y ha realizado encuentros con los diferentes grupos.

De manera particular, las actividades han sido centralizadas en los niños que se preparan a recibir la Primera Comunión este año y también el próximo. Ellos tienen que llegar a comprender, apreciar, amar, valorar y respetar la Eucaristía.

La Eucaristía es la presencia real de Cristo y no un símbolo que lo representa. Por tanto, al recibir la Sagrada Comunión, estamos recibiendo a Cristo. Al comulgar, Jesús Eucaristía entra en nuestra vida, se queda y lo llevamos en nuestro corazón. ¡Es nuestro verdadero Tesoro! Debemos amarlo, cuidarlo, adorarlo, serle fieles participando en la Misa dominical, alimentarnos del Pan Eucarístico, dialogar con Él en las oraciones personales y comunitarias, reconocerlo y respetarlo siempre en los demás.

El 15 de agosto, recordamos también la fiesta de un santo, del cual ustedes conocen bien la historia: San Tarsicio, mártir de la Eucaristía, patrono de los monaguillos.

Tarsicio era un niño que servía en el altar del Señor: era un monaguillo. Cierto día, mientras llevaba la Eucaristía a los cristianos que estaban en la cárcel, prisioneros por proclamar su fe en Jesucristo, y a los enfermos, prefirió morir antes que entregar la Eucaristía a los que intentaron quitarla de él.

Con mucha valentía y coraje entregó su vida en defensa del Tesoro que llevaba consigo.

Cristo está presente en cada uno de nosotros los bautizados y, si aún no lo recibimos bajo la forma de la Sagrada Comunión, lo recibimos siempre en nuestro corazón.

Todos, como san Tarsicio, llevamos a Cristo a los demás, a través de nuestras acciones sencillas, de nuestra caridad, de nuestros sacrificios, en la catequesis, en el servicio litúrgico, entre los compañeros, en la casa, en la escuela, en todas partes, en todas las situaciones de la vida.

Por eso, custodiar a Cristo, es custodiar a nosotros mismos y también a los demás, según la voluntad de Dios.

El Papa Francisco nos recuerda: “Para custodiar, también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen”.

Tenemos que amarnos, ayudarnos y custodiarnos mutuamente, para no ofender a Cristo que vive en nosotros.


Con gran amistad, envío mis saludos a cada uno de ustedes y a sus familiares. 

 

Mary