Homilías y discursos de Emilio Grasso

 


“SOLO TENGAN MIEDO AL PECADO QUE ESTÁ DENTRO DE SU CORAZÓN”


Homilía de Emilio, con ocasión del 48 aniversario

de su ordenación sacerdotal



Traemos a continuación la síntesis, a cargo de la redacción, de la homilía que Emilio ha pronunciado delante de los fieles de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí, después de escuchar las cartas que le han sido dirigidas por el grupo de los monaguillos y de las niñas liturgistas y de parte de todos los fieles de la parroquia. 


Ypacaraí, 31 de octubre de 2014

 

 

Agradezco a todos los que han querido felicitarme, ya desde esta mañana, con ocasión del aniversario de mi ordenación sacerdotal.

Me alegra ver el rostro lindo y feliz de estos niños y niñas, sobretodo de los que hoy van a recibir la vestidura o el fular. Y no existe nada más bello en la vida que crear felicidad en medio de los hombres: cuando hacemos algo para que nuestros hermanos puedan ser felices, hemos logrado dar sentido a nuestra vida.

La belleza de la vida está en el entablar relaciones con los demás, en el no encerrarse en sí mismos.

La enseñanza de mi mamá

Yo me acuerdo de toda mi vida: me acuerdo, por ejemplo, de que era un niño muy muy avaro, que pensaba solo en sí mismo y no permitía que alguien tocara lo que le pertenecía.

Y, con una gran sabiduría y un profundo sentido pedagógico, mi madre me liberó de esta tristeza, la de estar encerrado en mí mismo, haciendo lentamente desaparecer todas las cosas a las cuales yo iba apegándome. Por eso, me enfadaba mucho al descubrir que era ella la autora de esas desapariciones, y la llamaba mala, ladrona. Pero, de esta manera, ella me ha enseñado que la felicidad no se encuentra en quedar apegado a tantas cosas que tarde o temprano se van a perder, sino en el dar, en el entregarse a los demás y, sobre todo, en la generosidad para con los que más necesitan.

He nacido en 1939, el año en que estalló la Segunda Guerra Mundial. Mi padre tuvo que ir a la guerra, y lo vi solo después de seis años.

Me acuerdo de un episodio que ya he contado tantas veces: un día, en 1943, cuando Italia estaba perdiendo la guerra y el Rey –un gran cobarde que pensaba solo en sí mismo y había entregado nuestro país a la dictadura fascista– había huido de Roma, la capital, para salvarse a sí mismo con sus camarillas, dejando al ejército italiano sin órdenes y desbandado, un pobre soldadito, de dieciocho o diecinueve años, se refugió en el edificio de varios pisos donde yo vivía.

Había, entonces, una gran solidaridad entre la gente del barrio y entre los habitantes del edificio donde yo habitaba. Estos empezaron a recoger algo para aquel soldado y llegaron a mi casa. Mi mamá tenía solo un huevo, y yo estaba ya soñando cómo podía comerlo. Tenía también dos hermanas que debían comer, pero el huevo era ya mío.

Mi mamá, sin embargo, cocinó ese huevo para el soldadito. Cuando vi que lo daba a ese militar que huía del país solo, escapando de las SS –las tropas especiales de Hitler, verdadera encarnación del demonio, que ya habían tomado posesión de Roma–, empecé a gritar y a llorar. Recuerdo que mi mamá, con gran paciencia, después de dar el huevo al militar, me explicó que hay siempre una persona más pobre y que tiene más hambre que nosotros. Me enseñó que también ese joven era hijo de Dios. Recuerdo que me preguntó: “¿No tienes vergüenza, sinvergüenza?”. Fue la primera vez que escuché esta palabra.

En estos pequeños episodios, he descubierto que el hombre es hijo de Dios, y que la belleza consiste en compartir. Cuando yo compraba algo, mi mamá me preguntaba siempre: “Y has pensado en…”, y agregaba el nombre de uno u otro de mis compañeros de clase más pobres que yo. Si respondía que no, me decía: “Tú no tienes vergüenza, tú no amas a Jesús”. El amor a Jesús lo he comprendido así. Mi madre no era una persona de gran cultura, no había estudiado en las universidades, pero hasta el último día me ha enseñado el amor con estos ejemplos tan sencillos.

Y he descubierto que no se puede amar a Dios si no se ama al hombre, sobre todo, al hombre más necesitado.

La enseñanza de mi papá

Mi padre, cuando volvió de la guerra me enseñó otra cosa: no es suficiente hacer actos de caridad, debemos tener también el coraje de hablar, de defender. Él era un antifascista, un hombre libre que había pagado precios duros, un hombre también de cultura, alto funcionario del Estado, de quien aprendí a no ser cobarde, a no tener miedo a nadie, a no aceptar la injusticia.

No es suficiente dar un huevo, como hizo mi mamá, sino que debemos también proclamar fuerte el derecho, que tienen todos los hombres, a la justicia, a la paz, a la verdad, al amor, al respeto de su dignidad.

Me ha gustado mucho cuando Cinthia ha pronunciado la expresión “abrir los ojos”: debemos tener los ojos abiertos y defender nuestra dignidad, aprender el valor de nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es el Cuerpo de Dios, su Carne, es la Eucaristía que camina en medio de los hombres.

Por eso, no es suficiente amar la Eucaristía que está sobre el altar; debemos amar también la Eucaristía que camina en medio de nosotros. El amor a los pobres –como decía Gustavo–, requiere también que defendamos la justicia y los derechos de los pobres. No se puede aplastar a una pobrecilla que ha trabajado quince años, sin que nunca le dieran un recibo: quien hace esto es un chupasangre, maldito por Dios, y todo el dinero que tiene no le sirve para nada, porque sus hijos solo están esperando que muera lo más pronto posible para heredar. Él morirá abandonado y maldito.

Esto debemos proclamarlo de manera fuerte, sin miedo ni cobardía. El Papa Francisco ha dicho, hace pocos días, algo muy bello: “Si hablo de esto para algunos resulta que el Papa es comunista. No se entiende que el amor a los pobres está al centro del Evangelio”. Defender a los pobres no quiere decir hacer política, que es toda otra cosa.

No se puede permitir que un joven trabaje hasta diez horas al día, y no le paguen el salario mínimo establecido por la ley de este país.

Esto es amar a los pobres: no solo dar un huevo, no solo recoger alimentos con las canastas, no solo hacer el trabajo de la Cáritas –que se debe hacer, y yo bendigo a mi madre por habérmelo enseñado– sino defenderlos, proteger a todos los más débiles, como estos muchachos pequeños.

No se puede explotar el cuerpo de una muchachita, no se puede engañar, defraudar, pronunciando palabras de amor detrás de las cuales no hay ninguna realidad. Muchas veces, uno hace lo que quiere con una muchachita y después la abandona: esto Dios no lo tolera, porque el cuerpo del hombre, sobre todo de estos muchachos, es la Eucaristía que camina en medio de la ciudad, que debemos amar.

Un padre que no defiende a su hija, no es un padre; ¡no hablemos de perdón y de bondad, sin hablar al mismo tiempo de derecho y de justicia!

La lucha contra el enemigo interior

Ustedes hoy me hacen redescubrir con pasión, amor y fuerza el sentido de mi sacerdocio: la lucha no consiste primeramente en que yo combata a mi enemigo explotador externo, sino en que debo llevarla a cabo dentro de mi corazón, en cada momento. No se trata de apuntar el dedo contra otra persona: el primer enemigo de Emilio es Emilio.

A través de la experiencia, he comprendido que el lugar donde la lucha es más fuerte, donde se determina quién va a ganar, es el corazón del hombre. Podemos cambiar todas las leyes de un país, podemos conquistar el poder y ser, mañana, los senadores, los diputados, los intendentes, los concejales, los presidentes de la República: no conseguimos nada si no cambia el corazón del hombre.

Y el corazón cambia solo si el hombre encuentra a Jesús, si sabe arrodillarse solo delante de Él, en vez de arrodillarse delante de tantos ídolos que el mundo ofrece.

Cada uno de nosotros es el primer enemigo de sí mismo, no su madre, padre, novia, hijo, suegra, vecino.

Por eso, queridos amigos, debemos transformar en actos concretos las palabras que decimos. En mi vida he escuchado tantas palabras, y siempre sigo creyendo a la palabra que uno pronuncia. Debemos dar confianza, no debemos condenar a nadie, pero la palabra hay que vivirla.

Al respecto, no todos los monaguillos o las niñas litúrgicas tienen un buen comportamiento, y no todos realizan lo que han dicho. En realidad, algunos fracasan, otros son incluso un escándalo y otros hacen llorar a sus padres, personas muy buenas que trabajan mucho, se levantan temprano y vuelven tarde de noche, dándoselo todo. Mientras tanto, su hijo hace lo que le gusta. Esta afirmación: “Hoy me gusta estar contigo, mañana ya no me gusta y me voy con otra persona”, es una expresión maldita porque indica que uno nunca quiere ser fiel.

No es la libertad la que hace verdadero un discurso, sino que es la verdad la que nos hace libres.

La escuela de los monaguillos y de las niñas

Cumplan las palabras que han escrito en su carta: verdad y libertad se acompañan siempre. No hablen, pues, de libertad sin hablar también de verdad, de justicia, de lo que es razonable. Sepan esperar el momento oportuno para cada cosa. Fórmense, prepárense, no quieran tenerlo todo y enseguida. Hay un tiempo que es de espera, de formación, sobre todo con vistas a un amor verdadero: el cuerpo tiene un valor sagrado, es el signo de la presencia de Dios, por eso, no se puede entregarlo al primer vagabundo que pasa por la calle y dice:Te quiero. Llegará también el tiempo de la entrega del cuerpo a quien se ama, a quien ha demostrado la verdad de su amor a través de la capacidad de tener un trabajo, una casa, de defender a su esposa y a sus hijos. Y ha demostrado fidelidad.

El vagabundo, al contrario, hace todo lo que le gusta y luego un padre, una madre o una abuela deben hacerse cargo de lo que ha hecho, deben poner la comida sobre la mesa, pagar las consultas médicas y todos los demás gastos. Esta no es dignidad, no es responsabilidad.

Por eso, la escuela de los monaguillos y de las niñas es exigente. No todos perseveran, hay alguien que se cansa y abandona. Emanuela y Liz tienen que ser exigentes, porque estos niños y niñas llevan en su corazón una chispa de la presencia de Dios, y tienen todas las capacidades para hacer cosas bellas y buenas. Misericordia, por supuesto, dulzura, cariño, y, como repetía hasta cinco veces el Cardenal Siri, “paciencia, paciencia, paciencia, paciencia, paciencia…”, pero, al mismo tiempo, firmeza.

Ahora vamos a entregar las vestiduras y los fulares. Sé que ustedes se han preparado bien; tendrán que aprender algunas cosas más y, sobre todo, lo que aprenden deberán vivirlo en su casa. No quiero que vengan los padres a hablarme mal de ustedes.

Abran su corazón al Sagrado Corazón de Jesús. No tengan miedo a que Jesús sea el Rey del corazón de ustedes. Solo deben tener miedo al pecado que está dentro del corazón de ustedes, no fuera de él.

Cuando no tengan miedo a nadie, serán verdaderamente hombres libres: ningún miedo a los chupasangres que encontrarán en el trabajo, ningún miedo a quien tiene el poder y la riqueza, ningún miedo a quien los amenace.