Cartas de Emilio Grasso

 

MI PUNTO DE VISTA

 


Mons. Rogelio Livieres Plano, ex Obispo de la Diócesis de Ciudad del Este, en su blog http://www.rogeliolivieres.info/, ha querido manifestar su posición acerca del hecho de que no habría participado en la consagración episcopal del nuevo Obispo de Ciudad del Este, Mons. Wilhelm Steckling, OMI. Puesto que la posición tomada por Mons. Livieres Plano es de importancia relevante para la Iglesia del Paraguay, el P. Emilio Grasso ha querido expresar su punto de vista con referencia a la posición asumida por Mons. Rogelio Livieres Plano.

 

Excelencia:

Mons. Rogelio Livieres Plano

He leído con gran atención su carta “Porque no voy a la ordenación del nuevo Obispo”.

Sería interesante, para mí, profundizar en esta carta a fin de que Ud. pueda llegar, para utilizar palabras suyas tantas veces escuchadas, a una plenitud de comunión “afectiva y efectiva” con todos los Obispos del Paraguay.

Un análisis de la situación a la que se ha llegado en la Diócesis de Ciudad del Este requiere el conocimiento de documentos de archivo, que me falta.

No entro, por lo tanto, en juicio sobre lo que Ud. afirma. Y tampoco me detengo en el estilo que Ud. utiliza hablando de la Visita Apostólica (definida “penosa”) o de la decisión tomada por el Santo Padre que Ud. define como “abuso de autoridad”, “acto tiránico y dictatorial”, “acto malo”. Será porque soy romano de nacimiento y formación, habiendo chupado el amor al Papa en la leche de mi madre, el motivo por el cual he leído entristecido y con sufrimiento estas expresiones.

La estatua de Giordano Bruno en la Plaza Campo dei Fiori en Roma

Pero, gracias a Dios, nosotros los romanos tenemos fuerte el sentido de la ironía y también de la autoironía. Por eso, la tristeza se ha convertido en sonrisa cuando, a renglón seguido, he notado que Ud. también tiene fuerte el sentido de la autoironía hablando, en alusión a su caso y al Papa Francisco, de “tantos Papas que han condenado o mandado a la hoguera equivocadamente”. Trasladar a Giordano Bruno y Campo dei Fiori de Roma a Ciudad del Este podría ser una idea para el desarrollo turístico de la ciudad.

No soy un eclesiólogo y tampoco un canonista. He entrado en el Colegio Capránica en Roma, y he empezado a estudiar filosofía y teología en el mismo tiempo en que se abrió el Concilio Vaticano II.

Me acuerdo bien de todo ese período porque varios Obispos ex alumnos vivían en el Colegio, y algunos estudiantes de los últimos años participaban en las sesiones conciliares como ayudantes.

El tema de la relación entre Obispos y Papa, el tema de la colegialidad episcopal, fue uno de los más debatidos y, podemos también decir, conflictuales en el Concilio Vaticano II.

No cabe duda de que fue la intervención del Obispo-teólogo Pietro Parente –quien orientaba gran parte del voto de los electores italianos y de los Obispos que lo habían tenido como profesor en la Pontificia Universidad Urbaniana–, la que determinó el éxito del debate.

Le digo esto porque hablé con el Card. Parente (Pablo VI lo nombró Cardenal al final del Concilio), en un encuentro muy amable que tuve con él, pocos meses antes de su muerte, gracias a una hermanita de mi Comunidad que es pariente del mismo Cardenal.

El Cardenal Pietro Parente

Con este hombre de una inteligencia y memoria excepcionales, a pesar de que tuviera 95 años y estuviera casi ciego, hablé también de la cuestión de la colegialidad episcopal.

Para volver a este tema, me parece importante subrayar que es una cuestión tan compleja que en sus instituciones de actuación queda abierta y no se puede reducir en forma tan sencilla come Ud. hace.

Nuestra comprensión del depositum fidei crece en el tiempo.

Lo afirma muy claramente la Constitución dogmática Dei Verbum en el n.º 8:

“La Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios”.

Si el Concilio Vaticano II ha desarrollado la comprensión del dogma ya afirmado en los Concilios anteriores, no cabe duda de que nuestra comprensión del dogma mismo seguirá desarrollándose, permitiéndonos una mejor comprensión del misterio de la Iglesia y, dentro del marco del pueblo de Dios, del ejercicio del primado petrino, de las relaciones entre el Obispo de Roma y los demás Obispos, de los Obispos entre sí, de las formas de actuación de esta comunión…

La cuestión de la actuación de la colegialidad episcopal es una cuestión que queda abierta.

Por otro lado, la institución de las Conferencias Episcopales no resuelve el problema teológico-canónico.

Esto lo encontramos claramente afirmado en el n.º 5 del documento de la Comisión Teológica Internacional del año 1984, presidida por el Card. Ratzinger.

Pero, si las Conferencias Episcopales no substituyen la misión del Obispo en su Diócesis, queda cierto que “el sentimiento colegial (affectus collegialis) que el Concilio ha vivificado entre los Obispos se ha traducido concretamente desde entonces por el papel importante jugado por las Conferencias. … Tales asambleas proponen a nuestro tiempo, que ve la unificación y la organización de grandes conjuntos geopolíticos, una figura concreta de la unidad de la Iglesia en la diversidad de las culturas y de las situaciones humanas. La utilidad e incluso la necesidad pastoral de las Conferencias Episcopales, así como de sus reagrupaciones a escala continental, es indiscutible”[1].

Me permito, querida Excelencia, abrirle mi corazón y rogarle una vez más que, sencillamente, vuelva atrás y reconsidere su affectus collegialis, sin el cual su aislamiento no permitirá que Ud. enriquezca a la Iglesia local, como parece que Ud. quiera hacer, colaborando con el nuevo Obispo de Ciudad del Este.

He dicho, y lo repito, que no soy un eclesiólogo y tampoco un canonista.

Le escribo públicamente porque Ud. se ha expresado públicamente. Le escribo con el corazón abierto y con aquella libertad que Ud. conoce bien.

Por mi experiencia y sensibilidad personal, quería subrayar un punto que me parece fundamental para nuestra Iglesia, que está llamada a vivir en este tiempo y en diálogo con la cultura de los hombres de hoy.

Yo me acuerdo del fastidio que experimentaba, desde el tiempo de mi primera juventud, cuando se reducía la Iglesia a una sociedad cualquiera y el criterio de mérito consistía en la eficiencia, la funcionalidad, el primado estadístico.

El mejor era siempre quien era el primero en realizar obras, en vender más que los demás en actividades económicas, en llenar la sala de las reuniones con nuevos compañeros, en aumentar de cualquier manera el prestigio y el poder de la asociación católica a la que pertenecía.

Eran los días de la omnipotencia, y nosotros los jóvenes católicos llevábamos una boina verde para distinguirnos de los jóvenes comunistas que llevaban una boina roja.

En Italia teníamos el más fuerte partido comunista de Occidente, y la conmixtión entre Iglesia y política llegó al máximo nivel.

Los mejores curas coincidían siempre con los mejores organizadores y los Obispos tenían que ser, antes que todo, óptimos reclutadores y también proveedores de recursos económicos.

Mi experiencia en la Italia del posguerra me ha vacunado bien y ha creado en mí un sexto sentido, allá donde todo se reduce a una empresa directiva, fuera nomás por el honor de Jesucristo, como nos enseñaban en la Acción Católica.

A largo plazo, este tipo de pastoral y de visión de la Iglesia se paga duramente.

Hoy pagamos el precio de haber considerado a la Iglesia bajo el perfil numérico y no, ante todo, bajo el místico: la Iglesia como misterio de fe, como la Eucaristía; la Iglesia como Esposa de Cristo, como María.

Lo que no comparto y teológicamente me molesta es esta insistencia suya sobre los números, pero mi parecer, querida Excelencia, cuenta lo que cuenta y, gracias a Dios, llegado a mi edad… ni corta ni pincha.

En su carta Ud. habla de “abundancia de sacramentos”, y agrega: “Los bautismos se triplicaron”, “las bodas se duplicaron”, “ordené a 70 sacerdotes, cosa que no ha ocurrido en todo el Paraguay, juntas las Diócesis, aletargadas desde hace decenios”.

Mons. Claude Dagens

El 8 de julio de 2014, apareció en el periódico francés “La Croix” un artículo del Obispo Claude Dagens que subrayaba una visión eclesiológico-pastoral que yo, por mi experiencia pagada a duro precio y rica en fracasos, comparto.

Me permito traer solo algunos pasajes:

“La Iglesia de Cristo no es una empresa más o menos sometida a los riesgos del mercado mundial. Tiene su fuente permanente en el corazón de Dios, en el misterio pascual de Cristo y en la fuerza del Espíritu Santo, quien siempre es el Maestro de lo imposible. … Nosotros los Obispos no ejercitamos unos poderes administrando algunas instituciones complejas. No cedemos a la ilusión de llenar unos vacíos y de alistar a algunos colaboradores, enfrentando tiempos de penuria y de crisis. Seamos claros: la razón cristiana no es una razón calculadora, con la cual hacer unos planes o proyectos pastorales. Es una razón espiritual: está continuamente llamada a abrirse al Espíritu Santo que pasa más allá o más acá de nuestros cálculos. ¿Qué sería la ‘pastoral de las vocaciones’, si fuera una técnica de alistamiento, con agentes reclutadores y redes de influencia? … Hay dos concepciones de Iglesia y, tal vez, dos formas de representación de Dios. O la Iglesia es un sistema de poderes del cual se debe asegurar la eficacia, y entonces se pondrá al Espíritu Santo, sin decirlo, al servicio de esos proyectos de rentabilidad espiritual y pastoral, contentándose con los resultados obtenidos y con los números alentadores, confrontando los ricos con los pobres, y entonces ¡ay de los pobres, de las Diócesis sin seminaristas! Y Dios, en este conjunto muy construido, se vuelve un principio de orden superior, el promotor supremo de un sistema que funciona y que se impone con sus éxitos visibles. O bien la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, siempre herido pero vivo, vivo de la caridad de Cristo que ella recibe como don y manifiesta a través de palabras y de gestos. Y, en este Cuerpo de Cristo, nosotros los Obispos aprendemos a no ser jefes triunfantes, sino centinelas y también luchadores, sí, luchadores para que nada impida a la caridad de Cristo ser el alma de la Iglesia, en todas sus actividades y sus misiones. Y el Dios, del cual nosotros somos testigos desarmados y apasionados, es el que no cesa de donarse y de enviar al Hijo Jesús al mundo no para condenarlo, sino para salvarlo (cf. Jn 3, 17)”.

El insistir demasiado en la dictadura de los números nos conduce a la dictadura del relativismo, como lógica consecuencia.

El Cardenal Joseph Ratzinger en la Misa “Pro Eligiendo Pontifice”

De esta dictadura del relativismo habló el Cardenal Ratzinger en la “Misa Pro Eligiendo Pontifice” del 18 de abril de 2005, cuando afirmó que esta dictadura “no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solo el propio yo y sus antojos”.

Si caemos bajo el juicio del número y las estadísticas llegan a ser criterio de verdad teológico-pastoral, entonces el camino hacia la dictadura de la mayoría está abierto, y esta dictadura lleva consigo la dictadura del relativismo.

Estas son mis perplejidades, querida Excelencia, que he experimentado en estos últimos años y se han confirmado en esta última carta suya.

Como expresé públicamente todas mis perplejidades, por el bien de la Iglesia y por la dignidad del pueblo paraguayo, sobre la cuestión del ingreso de Mons. Lugo en política, no puedo hoy no expresar mis perplejidades sobre esta carta suya.

Me permita que concluya con las palabras dirigidas por el Papa Francisco a la Curia Romana el 22 de diciembre de 2014, y también a cada uno de nosotros, allá donde el Santo Padre habla de la enfermedad espiritual de la planificación excesiva:

“Cuando el apóstol programa todo minuciosamente y cree que, con una perfecta planificación, las cosas progresan efectivamente, se convierte en un contable o gestor. Es necesario preparar todo bien, pero sin caer nunca en la tentación de querer encerrar y pilotar la libertad del Espíritu Santo, que sigue siendo más grande, más generoso que todos los planes humanos (cf. Jn 3, 8). Se cae en esta enfermedad porque siempre es más fácil y cómodo instalarse en las propias posiciones estáticas e inamovibles. En realidad, la Iglesia se muestra fiel al Espíritu Santo en la medida en que no pretende regularlo ni domesticarlo... –¡domesticar al espíritu Santo!–, él es frescura, fantasía, novedad”.

La saludo con la estima y la cordialidad de siempre. 

 


P. Emilio Grasso



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[1] Comisión Teológica Internacional, Temas selectos de eclesiología (1984), 5, 3.


26/12/2014