Islam y Cristianismo

 


NO PUEDEN CALLARSE/1

El diálogo islamo-cristiano en los tiempos del “califato”

 

 

La Declaración del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso del pasado 12 de agosto tiene un tono inédito. Empieza vigorosamente –“el mundo entero ha presenciado estupefacto lo que ahora llamamos ‘el restablecimiento del califato’, que había sido abolido el 29 de octubre de 1923 por Kamal Atatürk, fundador de la Turquía moderna” – y sigue enumerando las prácticas de las que se ha hecho culpable el “Estado islámico”: la matanza de personas por el único motivo de su pertenencia religiosa, también a través de decapitaciones, crucifixiones y ahorcamientos de cadáveres; la elección impuesta a los cristianos y a los yazidíes entre la conversión al islamismo, el pago de un tributo (el jizya) o el éxodo, que ha implicado a decenas de millares de personas, incluidos niños, ancianos, mujeres embarazadas y enfermos; el rapto de muchachas y de mujeres pertenecientes a las comunidades yazidíes y cristianas como botín de guerra; la imposición de la práctica de la infibulación; la destrucción y la profanación de los lugares de culto cristianos, frecuentemente de valor cultural inestimable.

Llega, luego, a una afirmación que no tiene antecedentes en los documentos de ese dicasterio: “La dramática situación de los cristianos, de los yazidíes y de las otras comunidades religiosas y étnicas numéricamente minoritarias en Irak exige una toma de posición clara y valiente por parte de los responsables religiosos, incluso musulmanes, de personas comprometidas con el diálogo interreligioso y de todas las personas de buena voluntad. Todos deben ser unánimes en condenar sin ambigüedad alguna estos crímenes y denunciar la invocación de la religión para justificarlos. De lo contrario, ¿qué credibilidad tendrán las religiones, sus seguidores y sus jefes? ¿Qué credibilidad puede tener todavía el diálogo interreligioso pacientemente mantenido en estos últimos años?”.

Para quien ha seguido los desarrollos del diálogo islamo-cristiano, es inevitable percibir en esta declaración un viraje, madurado lentamente desde una quincena de años hasta hoy, también por la constatación que precisamente muchas de esas “personas comprometidas con el diálogo interreligioso” interpeladas en la declaración, habían dejado pasar todas las ocasiones para decir una palabra de condena frente a las tantas matanzas de cristianos, de Timor Est a Nigeria, de Somalia a Pakistán, de Egipto a Irak.

Las respuestas musulmanas

Las reacciones han sido numerosísimas, con una toma de distancia radical que llega hasta la negación del carácter islámico del “Estado Islámico”.

El 15 de septiembre, las principales organizaciones islámicas de Francia, el país europeo con la mayor presencia de musulmanes, han firmado un “llamamiento” que saludaba la respuesta “espontánea, responsable y unánime” de los imâmes que en sus sermones habían condenado las acciones abyectas del Estado Islámico, organización –afirmaban– que no tiene nada de un Estado y ni siquiera de islámico. Invitaban, además, a los jóvenes musulmanes franceses que se sintieran atraídos por el Estado Islámico a tomar conciencia de la gravedad de los crímenes que habrían cometido.

Pocos días antes, también el UCOII (Unión de las Comunidades Islámicas en Italia) había emitido un comunicado –en realidad muy ambiguo, como veremos– con el cual declaraba que “el respeto y la protección de la Gente del Libro (los cristianos y los hebreos) y, en general, de todas las poblaciones que viven en un país o territorio gobernado por los musulmanes es un deber ineludible de cualquier poder que se remita al islamismo. Cuando, luego, una fuerza que fija insignias islámicas viola todas las reglas de la Sharí'a y morales del conflicto, ninguna referencia religiosa podrá ser presentada para justificarlas o sostenerlas”.

En un reciente encuentro interreligioso en Amberes, el gran muftí de Egipto, Shawqî ‘Allâm, ha estigmatizado los “autoproclamados seguidores que han buscado pintar una imagen alterada del islam. Ninguno de estos extremistas ha estudiado el islam”.

La “carta a Baghdâdî”

Mucho más articulada, significativa –y de tono decididamente diferente– es la carta escrita por ciento veintiséis influyentes personajes y estudiosos musulmanes al autoproclamado “califa” Abû Bakr al-Baghdâdî, a la cual en un segundo tiempo se han añadido otros expertos poniendo su firma. La carta tiene veintisiete páginas en la versión árabe, diecisiete en la inglesa, y ha sido publicada en internet (http://lettertobaghdadi.com). Contiene veinticuatro tesis que quieren confutar las prácticas del Estado Islámico (“en el islam están prohibidas las conversiones forzadas”, “en el islam está prohibido negar a las mujeres sus derechos”, etc.).

Veintisiete páginas parecen muchas, pero pueden también ser muy pocas, y muchos temas quedan liquidados de manera aproximada. Entre los firmantes están el ya citado gran muftî de Egipto, su predecesor en aquel cargo, el gran muftî de Jerusalén y de Palestina, Bulgaria, Kosovo y Malaysia, el Sultán de Sokoto (Nigeria), el Decano de la Facultad de Teología de al-Azhâr y el Sheikh de la Universidad az-Zîtûna de Túnez, entre las más influyentes instituciones islámicas. No invalida el valor de la carta el hecho de que están firmantes que se presentan como representantes de los musulmanes de Italia y de Bélgica, que, sin embargo, son totalmente desconocidos.

En esta carta, el líder del califato ya no es “uno que no ha estudiado el islam”: la carta se dirige a él llamándolo doctor, lo que efectivamente es, habiendo obtenido un PhD en Ciencias Islámicas. Sus seguidores nunca son llamados terroristas, sino siempre “combatientes” o “seguidores”. El tono de toda la carta, que condena las acciones y los métodos del Estado Islámico refiriéndose al Corán y a la tradición islámica, es semejante a un llamamiento a algunos “compañeros que se equivocan”.

Este tono corresponde a la sensibilidad de un número no irrelevante –aunque no predominante– de musulmanes en todo el mundo. En el web es fácil encontrar los sermones de algunos imâmes de grandes mezquitas, de Viena a Berlín, de El Cairo a Gaza y a Jerusalén, que han deplorado que se haya estipulado una alianza con los infieles, han exhortado a los fieles a no fiarse de los medios de comunicación de masas occidentales y de sus relatos de las presuntas atrocidades cometidas por el Estado Islámico, que serían exageradas, y han invitado a distinguir entre la validez del proyecto del Estado Islámico, que ha “liberado” Mossul, y algún exceso que puede haber sido cometido accidentalmente. Muchos, según un reflejo condicionado, lo han atribuido todo a “un complot sionista”.


En Irak, ya antes del nacimiento del Estado Islámico, la campaña contra los cristianos había provocado al menos setenta asaltos con lanzamiento de explosivos contra edificios religiosos, como también matanzas, una oleada de raptos y otros atentados contra clero y laicos. En 2003, antes de la Segunda Guerra del Golfo, estaban todavía 1.500.000 cristianos en Irak. En 2013, a consecuencia de estas atrocidades, quedaban 150.000. Desde entonces, al menos otros 100.000 han dejado Irak.

En Siria, a principios del siglo XX, los cristianos representaban el 11% de la población, es decir, casi 130.000 personas. Pocos decenios antes, en las matanzas de 1860, fueron asesinados 20.000 cristianos. Hoy son casi 1.600.000, es decir el 7 o el 8% de una población que tiene 22 millones de habitantes.

En 1900, un tercio de la población de la actual Turquía era cristiano. En Estambul, la concentración de cristianos era mayor todavía. Hoy los cristianos constituyen el 0,15% de la población.

Más generalmente, en 1900 un cuarto de toda la población del Cercano Oriente estaba formado por cristianos. Hoy ellos no llegan al 7%.

Ejecuciones de armenios en 1915

Los motivos son varios: la fuga después del genocidio armenio de 1915, el clima de discriminación y las presiones sociales, las guerras (conflicto árabe-israelí, guerra civil en Líbano, guerras del Golfo en Irak), la emigración por las carestías y las dificultades económicas.

Ya una veintena de años atrás, la diáspora representaba buena parte de los efectivos de muchas Iglesias de Oriente: el 57% de la Iglesia maronita, el 53% de las Iglesias siro-ortodoxa y griego-católica, el 35% de las Iglesias griego-ortodoxa y siro-católica. Porcentajes que desde entonces seguramente han ido aumentando. 


  

Michele Chiappo

(Continúa)

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


08/01/2015