Islam y Cristianismo 

 

NO PUEDEN CALLARSE/2

El diálogo islamo-cristiano en los tiempos del “califato”

 

 

Aunque sea importante y necesaria una toma de posición como la de la carta a al-Baghdâdî, un análisis de las argumentaciones muestra todas las dificultades del pensamiento musulmán contemporáneo, que no tiene los instrumentos adecuados para responder de manera convincente a un desafío cruzado: por una parte, la propaganda de los yihadistas, por otra, un Occidente que empuja a los musulmanes a entrar en la modernidad aceptando, sin reservas, la libertad de conciencia y de religión, además de la igualdad de derechos entre hombre y mujer y de otros temas sensibles.

Es interesante detenerse en algunas de las afirmaciones de la carta, no para sostener que el esfuerzo de los firmantes, aunque admirable, es todavía insuficiente, sino para tratar de entender cuáles son las dificultades en que se debaten las sociedades musulmanas, que no están representadas principalmente por la presencia de extremistas-fundamentalistas-salafitas-yihadistas, sino por la ausencia de un arsenal de reflexión adecuado al siglo XXI, y capaz de dar razón de las prácticas de ese islam pacífico y devoto vivido por la gran mayoría.

Califato y yihad

Tomamos solo algunas de las veinticuatro tesis desarrolladas en la carta. Una de las más problemáticas es la que se refiere al califato. Está enunciada así: “Está prohibido declarar un califato sin el consentimiento de todos los musulmanes”. Y a continuación se lee: “Hay un acuerdo (Ittifâq) entre los estudiosos en que un califato es una obligación de la Ummah [Comunidad musulmana]. La Ummah ha carecido de un califato desde 1924. No obstante ello, establecer un nuevo califato requiere el consenso de los musulmanes y no solo de un pequeño rincón del mundo”.

La afirmación que, por consenso unánime, la instauración del califato es obligatoria para todos los musulmanes significa que un musulmán, sin distinción, que sea ciudadano de la República Italiana o de la República Árabe de Egipto, es decir, de un cualquier moderno Estado-nación, tiene que acordarse de que su fidelidad al país en que vive es transitoria o de fachada, en espera de la llegada de un Estado auténticamente islámico gobernado por un califa de parte de Dios.

A la luz tanto de la historia como de la teoría político-musulmana-sunita clásica, aparece luego completamente infundada la afirmación según la cual “un nuevo califato requiere el consenso de los musulmanes”. No es este el argumento que pueda quitar eficacia a la tentativa de al-Baghdâdî, puesto que la teoría política sunita siempre ha consistido en el justificar la situación de hecho: la única cualidad requerida al califa era la de tener la fuerza necesaria para imponer su gobierno. Y eran los acontecimientos, a posteriori, que lo determinaban: si estaba en el poder, aunque adquirido con la violencia, era legítimamente califa. Por eso, el Congreso del Califato que se reunió en El Cairo en 1926 –en verdad, con escasa participación– estableció que un musulmán puede volverse legítimamente califa simplemente con la conquista militar, a pesar de que no reúna ninguna otra condición. Históricamente, no hubo consenso en la Ummah ni para los primeros cuatro califas, que constituyen la verdadera referencia: es en las disputas para el califato de entonces cuando se originan las fracturas entre chiitas y sunitas.

Es oportuno señalar que el actual Primer Ministro de Turquía, Ahmet Davutoğlu, comparte la convicción de la necesidad de la restauración de un califato, guiado por Turquía, que comprenda Cercano Oriente, Cáucaso, Asia Central y los Balcanes hasta Bosnia. Un estudioso turco, Behlül Özkan, ha analizado los centenares de artículos escritos por Davutoğlu cuando era profesor universitario, concluyendo que Davutoğlu está convencido de que Turquía tiene la misión histórica de hacer renacer un Estado panislámico sunita.

Es inverosímil creer que todos los musulmanes del mundo no conciban otra teoría política fuera del califato. Muchos de ellos, en el pasado, han sostenido proyectos nacionalistas, socialistas, nasserianos, panarabistas, hoy ciertamente en crisis, pero no debe ser olvidado que la mayoría de los integristas mismos lucha por la conquista del Estado, que no vuelve a poner en tela de juicio, y no por su abolición, desintegrándolo en la Ummah bajo la guía del califa. Si en sus publicaciones los salafitas (de salaf, “los antecesores”, es decir, las primeras generaciones de musulmanes a quienes los salafitas quieren imitar, conformemente a lo que ha sido definido “una utopía regresiva”) insisten en el califato, los Hermanos Musulmanes aspiran, en cambio, a tomar el poder en un Estado concreto, sin poner en tela de juicio las fronteras nacidas después de la colonización y la desintegración del califato otomano, con los mandatos de la Sociedad de las Naciones.

Prófugos cristianos alojados en el Patriarcado latino de Jerusalén

Otra sección que no puede no engendrar controversias es la que se refiere a la yihad. En ella se leen frases como “en verdad, está claro que vosotros y vuestros combatientes no tienen miedo y están dispuestos a sacrificarse en su intento de la yihad. Ninguna persona veraz siguiendo estos eventos –amigo o enemigo– puede negar esto”. O como esta otra: “La palabra ‘yihad’ es un término islámico que no puede aplicarse a los conflictos armados en contra de cualquier otro musulmán”. ¿Y contra un no musulmán? Si se busca, en estos párrafos, un claro rechazo de una guerra conducida en nombre de Dios, se permanece profundamente desilusionado. Por otra parte, la referencia a la yihad es muy frecuente, hoy, en el mundo musulmán: innumerables sermones, artículos, comicios y discursos presentan el conflicto contra Israel en términos de yihad, es decir, en categorías religiosas, sin suscitar ninguna indignación, frecuentemente ni siquiera fuera del mundo musulmán. El concepto de yihad, la división del mundo en territorio del islam y territorio de la guerra, el desprecio para los no creyentes son elementos peligrosos que la teología nunca ha desactivado verdaderamente (véase el recuadro). Esto se refleja, luego, en las actitudes concretas: desde el Obispo que tiene que recorrer a negociaciones extenuantes para obtener el permiso de repintar la fachada de la catedral hasta las tantas matanzas de cristianos.

 


“Los musulmanes han gobernado España por ochocientos años, pero han sido exterminados hasta el último hombre. Ahora los cristianos gobiernan España y tenemos que arrancarla a ellos. Toda India formaba parte del imperio islámico, perdido porque los musulmanes dejaron de hacer la yihad. Palestina está ocupada por los hebreos. La Sagrada primera qibla (primera dirección de la oración) de Jerusalén está bajo control hebreo. Muchos países como Bulgaria, Hungría, Chipre, el Turquestán ruso y el Turquestán chino… eran países islámicos y es nuestro deber volver a obtenerlos de los descreídos”.

(Why Are We Waging Jihad?, panfleto del grupo yihadista Lashkar-e-Ta’iba, basado en Kashmir)

“Palestina es un waqf islámico [bien inalienable], consagrado para las próximas generaciones hasta el día del juicio… Ni un particular país árabe, ni todos los países árabes, ni un cualquier rey o presidente, ni todos los reyes y los presidentes, ni una organización ni todas las organizaciones, sean ellas palestinas o árabes, tienen el poder legítimo de renunciar a una parte de ella… Lo mismo vale para cualquier tierra que los musulmanes hayan conquistado con la fuerza… Cualquier procedimiento en contradicción con la Sharí’a islámica es nulo e inválido”.

(Estatutos de Hamâs, en el poder en la Franja de Gaza)


Michele Chiappo

(Continúa)


(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

12/01/2015