Islam y Cristianismo 



NO PUEDEN CALLARSE/3

El diálogo islamo-cristiano en los tiempos del “califato”

 

Otro ejemplo evidente de la dificultad de los redactores de la carta a al-Baghdâdî en salir de una formulación del islam, que difícilmente puede encontrar una colocación en el mundo moderno, es su tesis respecto a las penas corporales (hudûd, literalmente “límites”, porque tienden a poner un límite a los castigos y a las venganzas).

En la carta se destaca que la tradición, además de indicar que deben ser ejecutadas solo cuando se tiene certeza del delito cometido, ha formulado una serie de reglas para restringir lo más posible su aplicación. Ciertamente es verdad, pero un contemporáneo no puede escapar de la alternativa: si estos castigos son expresión de la voluntad eterna de Dios, ¿por qué limitar su aplicación, como si Dios se hubiera equivocado y el hombre tuviera que corregirlo? Si proceden de Dios, es necesario aplicarlos sin avergonzarse. O bien son solo una construcción humana, justificable y tal vez también apreciable históricamente, pero hoy repugnante, y tal que reverbera el disgusto hacia los textos en los cuales estos castigos se fundan.

Una inquietante continuidad cultural

De hecho, en la gran mayoría de los países musulmanes la aplicación de los castigos corporales es ilegal. Si los ciento veintiséis dignatarios no mencionan este dato incontrovertible, es por una renuencia de ellos en tomar distancia de la Sharí’a, mostrando así una inquietante continuidad cultural con al-Baghdâdî.

El análisis podría continuar para cada una de las veinticuatro tesis, evidenciando que el bagaje teológico y jurídico no es adecuado para justificar algunas prácticas y concepciones islámicas, frente a críticas que vienen contemporáneamente de dos frentes diversos. El problema es que los textos sagrados musulmanes contienen afirmaciones que, si se interpretan al pie de la letra, pueden corroborar los puntos de vista del Estado Islámico, cuya doctrina es, además, “tradicional”, en el sentido que refleja una tradición dentro del islam. Por eso, los firmantes de la carta quedan muy cautos en sus argumentaciones, con el resultado de pintar un islam que difícilmente puede encontrar lugar en la sociedad moderna.

La carta a al-Baghdâdî, con sus indecisiones, muestra también que no es sostenible decir simplemente que el suyo y el de sus seguidores no es islam, como ha hecho, por ejemplo, también el Presidente Obama. También el suyo es islam, en continuidad con una secular corriente teológica y jurídica.

Volviendo, entonces, a la declaración del UCOII, anteriormente mencionada, oír hablar de “protección” de la Gente del Libro de parte de los musulmanes, no puede sino sonar como una reafirmación de un estatuto de inferioridad de los cristianos en el mundo islámico. La dhimma, que, en sentido eufemístico, significa precisamente “protección”, indica ese conjunto de reglas profundamente discriminatorias que han definido la condición de los cristianos en el mundo islámico. Pero, los cristianos de Oriente no quieren protección (¿contra quién?), sino ciudadanía e iguales derechos.

Es exactamente esa “protección”, por otra parte, que el Estado Islámico ha querido volver a introducir con respecto a ellos, bajo el pago de la yizya. Recurrir a términos como “protección” de parte del UCOII testimonia el apego a conceptos y costumbres que ya son inaceptables, a menudo para los mismos musulmanes. La referencia a las “reglas sharaíticas del conflicto” hecha por quien tiene la ambición de representar a los musulmanes italianos, da escalofríos, porque la Sharí’a, aunque en los siglos pasados pueda haber estado una construcción relativamente ecuánime y admirable, hoy es simplemente inaceptable, porque está fundada –como notaba Mohamed Charfi, ex Ministro tunecino de la Enseñanza Pública– en una triple discriminación: entre hombre y mujer, entre musulmanes y no musulmanes, entre libres y esclavos.

¿Quién representa la mayoría de los musulmanes?

No se debe caer en el error, por lo tanto, de pensar que esos ciento veintiséis dignatarios representen la mayoría de los musulmanes, que no se preocupa en absoluto de la restauración del califato y no se deja enredar por los llamamientos a la yihad. Y esto no desde hoy. Ya el califa Mehmet V, a la vigilia de la Primera Guerra Mundial, alineándose al lado de los imperios centrales, había lanzado el grito de la yihad contra Francia e Inglaterra, potencias coloniales que ocupaban países islámicos y que reaccionaron preocupadas, salvo constatar, muy pronto, que el llamamiento del califa había permanecido ignorado. No solo esto, sino que los ingleses pudieron contar también con el apoyo de los árabes contra los turcos.

El verdadero drama es que esta mayoría de musulmanes, pacífica y tolerante, no dispone todavía de los instrumentos adecuados para expresar la propia sensibilidad y las propias convicciones. No ha podido formular todavía el propio pensamiento de manera organizada y coherente, es decir, respetuosa tanto de las propias experiencias cuanto de los fundamentos de una fe que se proclama revelada.

Lo que es seguro es que no se reconoce en el lenguaje y en los conceptos de quien querría representarlos, como esos ciento veintiséis o como el UCOII. Cuando estos toman la palabra y se expresan con su arsenal teológico-jurídico fijado siglos atrás, para un número muy importante de musulmanes es como volver a estar metidos en el pasado. Aquel pasado habrá sido también espléndido, admiten, pero volver a proponerlo hoy es una operación oscurantista a la cual no se prestan.

Y cada vez más rechazan la etiqueta de moderados. Ya Muhammed Arkoun, entre los pioneros de la renovación del pensamiento islámico, profesor en la Sorbona, fallecido en 2010, mostraba una fuerte irritación por este término, de una vaguedad inaguantable, apto a lo sumo para un debate televisivo presuroso y aproximativo. ¿Qué significa, en religión, “moderado”? ¿Uno que cree solo en parte, o solo en algunas circunstancias de la vida, un no practicante? Nadie querría poner en marcha un diálogo interreligioso con un cristiano “moderado”. Un musulmán de tal índole simplemente no sería representativo. Pertenecería a ese grupo de personas llamadas en el Corán munâfiqûn, hipócritas, que no por casualidad son los peores enemigos de los salafitas-yihadistas-takfiristas, mucho más antipáticos que los hebreos y los cristianos. El islam tiene necesidad de reformadores, o más precisamente de radicales, en el sentido del proyecto de Muhammad Arkoun y de sus discípulos: ir a la raíz, a los textos sagrados, reinterpretarlos y hacer salir de los cepos un pensamiento esclerotizado.

 


“No podemos resignarnos a pensar en Oriente Medio sin los cristianos, que desde hace dos mil años testimonian allí el nombre de Jesús. Los últimos acontecimientos, sobre todo en Irak y en Siria, son muy preocupantes. Asistimos a un fenómeno de terrorismo de dimensiones antes inimaginables. Muchos hermanos nuestros son perseguidos y han tenido que dejar sus casas incluso de manera brutal. Parece que se ha perdido la consciencia del valor de la vida humana, parece que la persona no cuente y se pueda sacrificar por otros intereses. Y todo esto, lamentablemente, con la indiferencia de muchos. Esta situación injusta requiere, además de nuestra constante oración, una adecuada respuesta también por parte de la comunidad internacional”.

(Papa FranciscoConsistorio del 20 de octubre de 2014 )

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

15/01/2015