Islam y Cristianismo

 

NO PUEDEN CALLARSE/4

El diálogo islamo-cristiano en los tiempos del “califato”

 

La crisis de las sociedades musulmanas

Las sociedades musulmanas están hoy en un momento decisivo de su historia. Viven una profunda crisis, en la cual ya no está descontado para nadie lo que es islámico y lo que no lo es. Si en la religiosidad tradicional las oraciones, las prácticas y las creencias tienen de su lado la fuerza indiscutible de la evidencia, hoy todo tiene que ser objeto de demostración y de discusión. Las divergencias son profundas: se vuelve cada vez más difícil ponerse de acuerdo sobre lo que el islam prohíbe, tolera y recomienda, y los debates se prolongan a lo infinito.

En esta pérdida de la espontaneidad, una tendencia une a las opuestas facciones: el bricolaje, en el sentido que los diversos individuos se construyen autónomamente una versión del islam que juzgan sensata para ellos. Un procedimiento, pensándolo bien, verdaderamente moderno, también cuando el resultado es el de arribar a las variantes del islam más retrógradas. Moderno porque es el sujeto, el individuo, y no el grupo, el que es central. Se trata de una religiosidad que se vive como elección, y que debe ser constantemente expresada y formulada de nuevo y justificada.

Es bricolaje el de los yihadistas que juntan una identidad construyéndola sobre trozos de tradición, a menudo, descargados de internet. Según su parecer, la interpretación literal de ciertos versículos del Corán hecha por wahhabitas y salafitas tiene el valor de la inmediatez. Pero, lo que están haciendo es reducir la realidad a la alternativa justo-equivocado, puro-impuro, musulmán-infiel, blanco-negro. Actúan, como ha observado años atrás Olivier Roy, atento observador de los extremismos islámicos, según la lógica binaria de la computadora: de hecho, muchos de ellos son técnicos con una formación superior, y no corresponden mínimamente a la imagen, difundida por muchos, del desamparado empujado por la inestabilidad económica a abrazar la causa del extremismo islámico. Tanto en Argelia como en Egipto, donde se ha estudiado el origen social de los extremistas, se ha constatado que estaban enraizados fuertemente entre los universitarios de las facultades técnicas –médicos  ingenieros, químicos…– pero muy poco entre los estudiantes de Letras o de Historia, cuya forma mentis está acostumbrada a captar la complejidad y los matices de las realidades sociales y es refractaria a encasillarlos según una lógica binaria.

Es bricolaje también el de los reformistas que se afanan por dar una coloración islámica a sus elecciones, operación inevitablemente marcada por algo artificial.

La difícil confrontación con las fuentes

En la crisis actual del islam, algunos quieren volver a las fuentes para detenerse en ellas. Son no solo los salafitas, sino también los Hermanos Musulmanes, que representan una versión “en chaqueta y corbata” de los primeros, y practican la disimulación como método, porque su objetivo principal es el poder, como se ha visto recientemente en el breve paréntesis que los ha llevado a conducir Egipto después de la “primavera árabe”.

Otros, en cambio, piensan que las fuentes deben ser el punto de partida para inscribirse en la modernidad. Es así, por ejemplo, para Hmida Ennaifer, teólogo de la Universidad az-Zîtûna de Túnez, con un pasado extremista –fue entre los fundadores del partido an-Nahda, la principal formación islamista tunecina–, pero, desde hace muchos años comprometido en repensar críticamente la tradición y activo en el diálogo islamo-cristiano, también como actual Presidente del Grupo de Búsquedas Islamo-Cristianas. Para él, “no hay ninguna duda de que la edad de oro, para las generaciones musulmanas futuras, no será un ideal que se sitúa en el pasado. La edad de oro es una construcción permanente y siempre en proceso de cambio, que se crea en el plano de la vida y a través del pensamiento”.

Ciertamente no es el único en esta línea de pensamiento. En un artículo publicado algunos años atrás en “Le Monde”, Abdelmajid Charfi, que fue decano de la Facultad de Letras de la Universidad de Túnez, escribía: “Se trata, en primer lugar, de volver a definir el estatuto del Corán. ¿Es, como proclama la tradición, un texto divino en su contenido y en su forma, dictado de manera sobrenatural al profeta Mahoma, cuya función fue la de un transmisor pasivo? ¿O bien el Corán, siendo en lenguaje humano, es, para el creyente, divino por su origen y su inspiración, pero también humano, en la medida en que la personalidad del Profeta, su cultura y sus condiciones de vida individual y comunitaria no podían no intervenir en la elaboración del texto sagrado? Una tal deconstrucción pondría en tela de juicio la idea según la cual las primeras generaciones de musulmanes (as-salaf as-sâlih) tenían un mejor conocimiento y una mejor aplicación de los preceptos del islam… Nos atrevemos a afirmar que una nueva interpretación del Corán y de los textos fundadores es no solo posible, sino también más fiel al espíritu y al objetivo último del mensaje del Profeta”.

Cuánto esta operación sea necesaria, lo evidencian las consideraciones de un médico canadiense de origen pakistaní. Para quien conoce la evolución de la teología musulmana, en sus palabras simples e impertinentes se puede captar el eco de debates seculares. Indignado –después de haber seguido un debate televisivo, donde dos representantes de organizaciones islámicas intentaban relativizar la envergadura de las matanzas y de las expulsiones de cristianos de parte del Estado Islámico, y negaban cualquier relación entre algunos versículos coránicos y esas manifestaciones de violencia–, ha escrito en Huffington Post, dirigiéndose a los dignatarios musulmanes: “Muchos de ustedes insisten en las interpretaciones alternativas, en algún tipo de lectura metafórica, en cualquier cosa para evitar leer el Libro así como está escrito. ¿Qué tipo de mensaje piensan enviar, de esta manera? Para los de afuera, esto implica que hay una carencia en lo que ustedes proclaman ser la perfecta Palabra de Dios. En cierto sentido, están diciendo a quien los escuche que debe privilegiar las explicaciones de ustedes con respecto a las sagradas palabras mismas. Evidentemente, esto no favorece mucho la idea que Dios sea el autor de ellas. Combinado con la idea que el Libro está ampliamente malinterpretado, esto hace aparecer al autor o incapaz de expresarse o incompetente”.

Repensar el diálogo islamo-cristiano

Sin esta operación “radical”, que no pocos intelectuales han empezado, también las relaciones islamo-cristianas siempre irán metiéndose en un callejón sin salida: lo máximo que se podrá esperar es un tratamiento conforme a la Sharí’a. Por eso, es deplorable que en tantos encuentros islamo-cristianos se conceda el uso de la palabra a representantes de instituciones religiosas que se arrogan el derecho de hablar en nombre del islam, y reproducen un discurso siempre igual a sí mismo, incluso presentando como auténticamente islámicas prácticas que son ilegales en la mayor parte de los países musulmanes. No se puede olvidar que entre los huéspedes más escuchados de estos encuentros se haya encontrado, en el pasado, también Yûsuf al-Qaradâwî, actual guía de los Hermanos Musulmanes, naturalizado catarí y muy ligado a las élites de ese Catar que ha sido uno de los principales financistas de al-Baghdâdî, salvo, luego, desmentirlo. Al-Qaradâwî es conocido por sus fetuas, entre las cuales la que justificaba los atentados suicidas en Israel, aun cuando las víctimas fueran niños, porque, una vez crecidos, se habrían vuelto soldados.

Dignatarios musulmanes semejantes, que recurren a un doble discurso según los interlocutores, contribuyen a prolongar el estancamiento de una civilización que en el pasado ha dado tanto a la humanidad, y a aumentar el desconcierto de esos musulmanes que intentan trabar un diálogo auténtico. 

Michele Chiappo

 (Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

18/01/2015