Perfiles misioneros y espirituales  


 

MADELEINE DELBRÊL A LA LUZ DE LA ENCÍCLICA SPE SALVI/1

Si el cielo no está vacío, la misión no es facultativa, para los cristianos


Madeleine Delbrêl (1904-1964) –considerada una de las más grandes místicas del siglo XX– ha unido la experiencia del abismo de “la muerte de Dios” al misterio cristiano. Proponemos un artículo sobre los rasgos que han caracterizado su pensamiento.

Algunas líneas que emergen de la lectura de su figura, extremadamente actual, hacen de ella un personaje interesante y de estímulo para la misión de la Iglesia en el tercer milenio.

 

 


Un sepulcro vacío ha marcado la historia. Generaciones y generaciones han debido discutir el porqué de esto. Aquel vacío ¿es presencia del todo o de la nada?

Benedicto XVI, en su encíclica Spe salvi, ha afrontado este nudo crucial de nuestra época y de todas las demás. Para el Papa, un elemento distintivo de los cristianos es exactamente el saber que su vida no acaba en el vacío (cf. n.° 2).

María Magdalena, delante de aquel sepulcro vacío, ha permanecido en espera de una respuesta que le será dada. En el siglo pasado, nos sugiere Jacques Loew, sacerdote obrero francés, también otra Magdalena, en contacto con el ateísmo y la negación de Dios que ella compartía totalmente, ha sabido esperar, buscando una respuesta que no humillara su inteligencia. Proponemos algunas líneas, que emergen de una lectura de la figura de Madeleine Delbrêl (1904-1964), extremadamente actual, quien ha unido la experiencia del abismo de la muerte de Dios al misterio cristiano. Un estímulo para la misión de la Iglesia en el tercer milenio.

“¡Dios ha muerto, viva la muerte!”

Muchacha francesa, inteligente y libre, atraída por la lectura, el arte y la poesía, Delbrêl es, desde joven, sensible a las vivas discusiones del ambiente culto que puede frecuentar. La fe está ausente de su vida.

A los diecisiete años exclama: “¡Dios ha muerto, viva la muerte!”; pero, luego evidencia que, por consiguiente, el mundo y su historia se revelan “la más siniestra farsa que se pueda imaginar”. ¿Cómo jurarse amor y fidelidad eternos, si todos los días se acerca cada vez más la segura traición con el abandono de la muerte? ¿Por qué preocuparse tanto por hacer felices a las personas, si luego será más duro, para ellas, dejar una vida en la que se hallan bien? Y así por el estilo, en un vórtice en el cual permanecen solo tres certezas: la muerte, la inexistencia de Dios y el absurdo.

Madeleine ve y constata la realidad. Sin embargo, en esta observación no le pasa inadvertido el encuentro con algunas personas, no más viejas, no más estúpidas, no más idealistas que ella, pero cristianas. Percibe que viven su misma vida, discuten como ella, bailan como ella, a veces trabajan más que ella, tienen una formación científica y técnica más elevada que la suya, algunas convicciones y un compromiso político que ella todavía no tiene. Y, con la más grande simplicidad, hacen entrar a Cristo en sus discursos, parecen no prescindir de Él, quien aparece como vivo. Se pregunta, entonces, si es intelectualmente honesto seguir considerando a Dios como seguramente inexistente. Empieza allí su búsqueda. Es ella misma quien escribe que, para ir directo a la cuestión, decidió hablar con Él, rezar, “luego, leyendo y reflexionando, he encontrado a Dios; pero rezando he creído que Dios me encontrase y que es la realidad viviente, y que se puede amarlo como se ama a una persona”. Pero, no es un abstracto espiritualismo lo que caracteriza la vida de Madeleine.

Nos explica la Spe salvi: “Quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo, está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida. (…) ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’ (Jn 17,3). La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco solo por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida” (n.° 27). “Es un Dios personal quien gobierna las estrellas, es decir, el universo; la última instancia no son las leyes de la materia y de la evolución, sino la razón, la voluntad, el amor: una Persona. Y si conocemos a esta Persona, y ella a nosotros, (…) ahora somos libres” (n.° 5).

Escribe Madeleine: “Dios es un Alguien. (…) Todas las demás palabras que quieran ‘dar una idea de Dios’ hablan, en efecto, de un Dios que sería una idea, no viviente, no activo, no eficaz: en dos palabras, no ‘un alguien’”. Su concreción le hará decir que también el cristiano no es un idealista, sino que lo que lo caracteriza “es hablar y actuar: hablar para decir lo que Dios ha mandado decir; actuar para hacer lo que Dios ha dicho que hagamos”, y hacerlo percibir como una presencia que está actuando.

La misión no es facultativa

La vida y las elecciones de Delbrêl no están marcadas por especiales apariciones, por grandes obras y resultados imponentes. Nacida en 1904 en Mussidan (Francia), será conocida y apreciada, a través de sus escritos a menudo de ocasión, sobre todo después de la muerte improvisa que la alcanzó a los 60 años. La suya es una existencia ordinaria entre gente ordinaria, hecha de encuentros y de contradicciones. Entre estas, la enfermedad del padre, quien, después de haber perdido la vista y el juicio, causará, con sus extravagantes comportamientos, la disgregación de la familia; la vocación religiosa del muchacho, quien parecía que debiese transformarse en el hombre de su vida; todo su recorrido, después de su conversión, hasta los largos años en contacto con los trabajadores de Ivry-sur-Seine, en la periferia industrial de París, baluarte comunista de aquellos decenios, donde fue a vivir pobre, casta y obediente junto con otras dos muchachas[1], sin reglas particulares si no la de sumergirse en aquel vacío de Dios que ella misma había experimentado, con la única certeza de su fe. Dirá, acerca de su experiencia de muerte y de vida que siempre la acompaña: “Es necesario considerarse perdidos para querer ser salvados”.

Fundamental fue, para Madeleine, el encuentro con el padre Jacques Lorenzo, un sacerdote “que quería ser tan solo sacerdote” y que “ha hecho estallar” en ella el Evangelio: un libro hecho para ser recibido en nosotros y que quiere ser nosotros mismos por todas partes. El Evangelio como una llamada personal, para todos, que se debe vivir aquí y ahora, porque, repetía frecuentemente, una vez que hemos conocido la palabra de Dios, no tenemos el derecho de impedir que se encarne en nosotros, y tampoco el de tenerla para nosotros. Es la misma experiencia de la que habla la Spe salvi (con respecto a Josefina Bakhita): “La esperanza que en ella había nacido y la había ‘redimido’ no podía guardársela para sí sola; esta esperanza debía llegar a muchos, llegar a todos” (n.° 3).

Delbrêl actúa precisamente en el momento en que algunos católicos se interrogan si Francia no es, también ella, un país de misión en el cual nacen las experiencias, de las que también ella participa, de la Mission de France[2] y la de los sacerdotes obreros, para afrontar lo que el cardenal Emmanuel Suhard de París llama “un muro que separa a la Iglesia de las masas. Este muro hay que derribarlo a toda costa, para volver a llevar a Cristo las muchedumbres que lo han perdido”[3].

Madeleine y sus amigas se sumergen en una situación social, donde el frenético desarrollo industrial, los turnos agotadores de trabajo, las condiciones insalubres de vida, las luchas obreras, el anticlericalismo y el ateísmo dominante no dejan espacio a ilusiones. Los cristianos que han permanecido viven segregados en un mundo en que nadie siente la falta de Dios, y que se va ya construyendo sobre su ausencia y negación. Madeleine ve una doble miseria: la “de los espíritus hambrientos”, “anoréxicos de Dios” y, en paralelo, la miseria de los creyentes rutinarios, quienes ya no viven como “deslumbrados/seducidos por Dios”, y para los cuales evangelizar ya no es un deber prioritario. Para ella, al contrario, se trata de un aspecto constitutivo de la fe, puesta aún más de relieve en ciertos contextos: “Los ambientes ateos, cuando uno vive en ellos, imponen una elección: misión o dimisión cristiana”. “En los lugares más contemporáneos, creer es saber, pero creer es también hablar. No sé dónde se ha podido ir a tomar la opinión, tan corriente hoy, que hablar es facultativo, cuando uno es cristiano”.

Ser misioneros no es opcional, para los cristianos, porque “la misión es cumplir, allá donde estamos, la obra misma de Cristo” y esto es ser Iglesia. “La fe sirve para que Dios ame al mundo a través de nosotros, como a través de su Hijo”.

Mariangela Mammi

(Continúa)

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

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[1] Las pequeñas comunidades por ella comenzadas reunirán hasta a una quincena de mujeres (una agregación que todavía existe), mientras son casi 500, en Francia y en el exterior, los “cristianos ordinarios” que hoy forman parte de la asociación de los “Amigos de Madeleine Delbrêl”.

[2] La “Misión de Francia” debe su origen al cardenal de París Emmanuel Suhard, convencido, delante la ausencia de fe en los hombres de su tiempo, de que pensar en términos de cristiandad constituida era una ilusión: la Iglesia podía solo ponerse toda en actitud de misión. La “Misión” se concretiza con la apertura, en 1941, de un seminario interdiocesano en Lisieux, para formar sacerdotes destinados a ser enviados a ambientes obreros y rurales faltos de clero, para compartir y evangelizar. Entre sus formadores está también el padre Jacques Lorenzo. Importante, en aquellos años, la publicación del libro La France. Pays de mission? de dos jóvenes sacerdotes, Henri Godin e Yvan Daniel, en el cual Francia, de hija primogénita de la Iglesia, se descubre, en cambio, territorio donde precisa implantar nuevamente a la Iglesia misma. La “Misión de Francia” inspira también el movimiento de los sacerdotes obreros, que, una vez suspendido en los años cincuenta, fue impulsado de nuevo después del Concilio Vaticano II. En 1954, la Mission de France ha sido erigida como Prelatura territorial.

[3] M. Guasco, “Emmanuel Suhard arcivescovo di Parigi”, en Storia della Chiesa, XXIII. I cattolici nel mondo contemporaneo (1922-1958). A cura di M. Guasco - E. Guerriero - F. Traniello, Paoline, Cinisello Balsamo (MI) 1991, 294.


22/01/2015